Cuatro derviches: I La vida según Zeynep

Antes de partir, de hacerme de nuevo al camino, es preciso quitar del equipaje las historias pasadas.  Algunas son fotografías de personas que encontré en la ruta, otras son crónicas de aventuras, hay también tratados sobre misteriosos rituales. Esta es la primera serie de esos recuerdos de viaje y está compuesta por retratos de hombres y mujeres que conocí viajando por Europa y Asia, entre el 2008 y el 2011. Sufíes de hoy en día, sabios, vagabundos, locos, artistas, soñadores y místicos. Gente que hace que valgan la pena todas las piedras de la jornada.

Conocí a Zeynep en un tekke, y luego de diez minutos de conversación, nos invitó a vivir en su casa. Y acepté sin dudar su ofrecimiento. En la noche del día de nuestra mudanza, después de cenar, Zeynep nos guió a uno de sus lugares preferidos. Bajamos el camino de la colina hacia el embarcadero de Uskudar. Todas las luces estaban encendidas y la ciudad parecía flotar en una atmósfera rojiza, como si el color del té de repente hubiera rebalsado sus copas tulipanadas y lo hubiera cubierto todo. Las vecinas, sentadas en la puerta de sus casas, sobre las alfombras, bebían y conversaban en calma. Los niños pequeños corrían, tal vez a algún mandado de sus padres o hermanos mayores. Los viejos pasaban las cuentas de sus tesbihs en las entradas y patios de las mezquitas, acompañados por gatos también silenciosos y ancianos. Los vendedores, “buyrun, buyrun”, invitaban a entrar a sus negocios. Todo se movía y a la vez estaba quieto, todo producía sonidos, pero ninguno sobresalía. Un extraño equilibro mecía la calle en una bruma de ensueño.

Más allá del mercado de pescado y de las dos grandes mezquitas construidas por el célebre arquitecto Sinan, el Bósforo. En frente, del otro lado, atravesando el agua, los minaretes de la Mezquita Azul, el palacio de Topkapı, Europa. A la derecha, el puente con sus luces de colores.  En frente nuestro, la torre de la doncella, kiz kulesi, flotando soberbia en medio del estrecho.

La luna brillaba sobre el mar, se olía el calor. El piso de la rambla en donde de día ponían sus zapatos los caminantes, los pescadores, los que jugaban a dispararles de globos en el agua, estaba ahora cubierto de alfombras. Ninguna era igual a la otra. Todas encerraban un universo complejo en sus urdimbres, una galaxia que se reflejaba hacia arriba en el cielo estrellado y abierto. Toda la costanera era un jardín de té, un çay bahcesi.  Los empleados tapizaban la calle todas las noches para que los paseantes se sentasen, los pies desnudos, a beber sus tazas con silueta de tulipán y té del color del rubí y a hablar mirando el mar, oliendo el mar, adivinando la orilla de en frente que esconde Europa en las noches sin luna. Los estambulitas dejaban fluir la noche sentados en el piso, acostados, descalzos, susurrando las melodías del silencio y de las olas, disfrutando del tiempo sin tiempo, del tiempo sin horario, siendo. Así conocí a Zeynep.  Aquella mujer sufí era la mayor anarquista del mundo. Vivía sin trabajar, sin creer en el dinero, aprendiendo y lanzándose siempre hacia el futuro. Confiando, pensando, rezando, sonriendo, descansando los pies sobre la arena, los ojos en el libro, la lengua en las canciones, la frente sobre la alfombra.

Zeynep nació en una familia comunista y pro laica, en la costa mediterránea cerca de Antalya. Estudiaba cine, leía, viajaba a encuentros rainbow por Turquía. Pero un día, antes de su último examen, dejó todo. Simplemente sentía que no podía más. Lectora, adolescente rebelde, joven inteligente, escritora en formación, conoció en la calle, por azar, a Osmán. Él era un joven poeta de ojos azules y cabello despeinado que escuchaba Nirvana.  No se me ocurre mejor metáfora de la soledad que esa, escuchar Nirvana en una pequeña habitación de adolescente, dentro de una casa tradicional, mientras afuera el sol del mediterráneo brilla, los niños corren alegres, las viejas vecinas bordan velos con canutillos, se cuentan picantes secretos y chismes y suena, melodioso y cotidiano, el llamado a la oración. Música para dormir bajo puentes en un pueblo de calles de piedra, música de fábricas abandonadas y smog entre ermitas, santuarios, derviches, mercados y azulejos turquesas. Música de suicidas en un pueblo en el que la gente se sienta a tomar té al sol sobre alfombras venidas de bazares orientales.

Cuando se encontraron, Zeynep estaba impresionada por una película que había visto. En ella una joven decía sin cesar “Señor Jesús ten piedad de mí”. La frase era la meditación que un peregrino ruso repetía como práctica espiritual. Osmán estaba leyendo ese libro en el momento que se conocieron y esa lectura fue una coincidencia, un vínculo entre ellos. Y lo sería también entre nosotros, porque ese era el libro que yo acarreaba, desde Buenos Aires, en la mochila: “Relatos de un peregrino ruso a su padre espiritual”.

Al poco tiempo de conocerse Zeynep y Osmán se casaron y se mudaron a una casa llena de papeles y falta de dinero. Allí nació Ayşe. Zeynep consideraba a su pequeña hija una bendición. En un mundo en el que nadie apostaba por ellos, en el que nadie creía en su relación, habían recibido un regalo. Momentos de creación y felicidad, tiempos de desesperación y locura, el amor de Zeynep y Osmán había resistido cuanto pudo.

En una de esas largas noches despierta, mientras escribía su novela interminable o esperaba impaciente conciliar el sueño y calmar los dolores que le producían sus enfermedades crónicas, Zeynep oyó en la televisión la voz de un hombre que hablaba sobre sufismo. No sé cuáles fueron las palabras que escuchó, pero cambiaron el rumbo de su vida. En rebelión con su familia y con su esposo, se aferró al Islam. Sentía que escuchar el Corán no solo la calmaba, sino que la sanaba. Esas palabras en una lengua incomprensible la hacían llorar. Recorría las mezquitas y visitaba los cementerios buscando. Pasaba las noches leyendo y rezando. Y en contra de lo que todos esperaban de ella, comenzó a usar el velo. Hasta que un día encontró el dergah.

No podía trabajar porque no le alcanzaba el tiempo. Además de cocinar, jugar con Ayşe y llevarla a plazas, tenía mucho que hacer. Leer una edición bilingüe del Mesnevi de Rumi hasta aprender el persa por el cansancio de pasar los ojos una y otra vez sobre las mismas páginas, descubrir lugares ocultos de la ciudad, ir a clases de lengua otomana los sábados a la mañana, revolver entre los polvorientos libros de una antigua biblioteca, mejorar su lectura del Corán, cuidar de su sobrina, pasar tiempo en las mezquitas y dormir pequeñas siestas en ellas para absorber la baraka, las bendiciones del lugar, peinar el cabello de su hija, resolver sudokus de dificultad máxima,  enseñarle a escribir a los vecinos analfabetos, sentarse a saludar a los gatos de la calle, llevar animales enfermos a su casa para curarlos, alojar a extraños viajeros sudamericanos.

Vivía, entonces, de lo que le llegaba. Una mujer golpeaba la puerta y le entregaba un sobre, su marido y su padre le hacían llegar dinero, una anciana le llevaba yogur. Su fe total en que Dios le proveería siempre la subsistencia la hacía incapaz de ahorrar. Si había dinero, se iba a tomar helado, a comer delicias turcas. Si no había era cuestión de pedirle al colectivero que nos dejara pasar, de comer pan con queso y té. No había angustia ni tensión en el porvenir. Eso no era solo la política de Zeynep sino que tenía que ver con una práctica social. El dinero turco no era sucio, no era oscuro. Y por lo tanto circulaba de otra manera, como un regalo más.

En el momento en el que conocimos a Zeynep ambos amantes estaban separados. Pero eso no era una ruptura, sino un estado de su amor, inagotable, resignado a perdurar y a subsistir a pesar de las dificultades, de los problemas, de los años.

Con el tiempo, tras la vuelta a casa, después de haber mirado muchas películas turcas, leído libros sobre Turquía y sedimentado un poco más nuestras percepciones y vivencias, comprendimos que Zeynep, tal vez, no era una auténtica estambulita como nosotros hallábamos en un comienzo, sino una mujer de provincias. La sopa de lentejas por las mañanas, su acento y su forma de hablar, los agudos sonidos que hacía cuando reía, su piel morena, su forma de vestir, con aquellos pañuelos bordados, la apreciación de las demás mujeres de que “no me vistiera como ella” eran señales de que ella también era una extranjera a aquella ciudad, que la fascinaba tanto como a nosotros. Y que como extranjera, la vida no siempre le era sencilla. Pero eso sería mucho después. Ahora el paseo se termina junto con la noche y regresamos cansados al departamento. Zeynep me pregunta cómo se dice “my baby” en español. Desde ese momento, para que no extrañe a mi mamá no hay una sola noche en la que no me diga, después de iyi geceler, “hasta mañana mi bebé”. Había sido adoptada. A mi familia argentina le correspondía un reflejo oriental. Zeynep, mi madre turca.

*********************************************************************

Te invito a unirte a esta caravana a través de facebook y a compartir nuestros caminos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s