Cuatro derviches: II Yunaid, el enamorado de Dios

“Las uvas aún no habían sido creadas
cuando nosotros ya estábamos embriagados”
Bin Farid

Era mi segunda vez en Estambul. Cumplía la promesa que le había dado a mi corazón de volver a la ciudad amada y Estambul retribuía mi visita con sus dones inesperados. Siendo el primer día del regreso todo lo que sucedía tenía un aire de presagio, de cifra del porvenir del viaje. Aquella pequeña muestra de futuro estuvo plagada de magia, no solo por el reencuentro con la belleza del Bósforo y la elegancia de las mezquitas, tampoco por el hombre que nos dejó viajar gratis en el barco, o por la señora que nos compró un simit y una taza de té en la cubierta, ni por el encuentro inesperado con unos amigos alemanes entre una multitud de personas, ni tampoco por el mendigo que recitaba plegarias que hacían llorar a nuestra amiga. Ni siquiera por que aquella noche fuera la víspera de Ramadán, o por todos aquellos pequeños milagros juntos. No. Lo que me hizo saber que ese viaje tendría frutos y que encontraría lo que buscaba fue haber conocido a Yunaid.
Fue justamente esa tarde cuando oí hablar de él por primera vez. Revisaba un cuaderno que guardaba entre sus páginas mis viejas palabras de hacía dos años atrás. Aquel no era un cuaderno normal. Era una especie de bitácora en la que mis dos amigos turcos volcaban las crónicas de su viaje por el conocimiento. Estaba escrito con tinta antigua y alternaba entre el caos y el orden perfecto.
Allí había muchos misterios: diagramas y figuras extrañas, resúmenes de lecturas, análisis de citas de distintos autores, flores, estrellas, pensamientos. Y entre esas páginas apareció un dibujo raro y bello pintado con témperas de colores con un trazo infantil. La imagen representaba a distintos derviches danzando con vestidos de colores. En la página de al lado, con una letra desordenada, estaba escrita una plegaria. El autor de todo aquello, me dijeron, estaba loco.
Pocos minutos después oí unos pasos por la escalera y un grito cortó el aire. “¡Allahu akbar!”, Dios es grande. Era el mismísimo Yunaid del que habíamos estado hablando, traído frente a nosotros por quién sabe qué artilugios de las mal llamadas “coincidencias”. El visitante antepuso su gran sonrisa. Era muy joven aunque vistiera como un viejo y, mirado con detenimiento, su rostro daba cuenta algunos signos de un tipo de desorden mental.
Sonreía sin pausa y hablaba con la voz delicada de un niño. Después de saludarnos, con un beso a los hombres y una reverencia a las mujeres, abrió su riñonera y nos entregó a cada uno un tawuz, un talismán protector de aquellos que se venden en los mercados religiosos. Esos pequeños amuletos suelen ser colgantes que llevan dentro inscripciones coránicas. Detestados por los eruditos ortodoxos pero amados por la religiosidad popular, los talismanes protegen de pequeños males con su magia cotidiana. Agradecí el regalo y vi como Yunaid, sin perder la sonrisa, extendía las palmas de sus manos al cielo y comenzaba a implorar bendiciones para nosotros. Aquella era su forma de conversar: era extraño pero de alguna forma lograba mantener un diálogo con el otro sin decir nada que no fuera una plegaria.
Su teléfono sonaba a cada rato y daba la impresión que cada llamada era un pedido de oración, porque continuaba implorando por los otros como había hecho con nosotros. Y así, sin perder la sonrisa, continuó hablando y rezando hasta que inesperadamente dio un grito tan profundo que no parecía poder venir de su cándida simplicidad. Y al instante se quedó paralizado en su silla.
Nada en él se movía y sin embargo hubiera sido más preciso decir que estaba petrificado a que se había quedado dormido. Hasta el sonido de su respiración parecía haberse detenido. Quedé perpleja y miré a mi amiga como esperando una respuesta.
– Es un loco, un loco por el amor de Allah- me dijo.

Atraídos al éxtasis divino, inocentes santos locos y ebrios por el amor de Dios: esos eran personajes que creía más propios de algún cuento sufí medieval que de la realidad de una ciudad europea del siglo XXI. Y sin embargo allí estaba Yunaid, hermano del legendario Qays ibn al-Mulawwah, aquel poeta creador de Majnun, el eterno enamorado de la bella Layla. La historia nos cuenta que al serle negado ver a su amada, Majnun vaga por el desierto, amigo de las bestias salvajes, y se entrega a la locura. Los místicos mantuvieron viva la historia viendo en ella una analogía del amor por lo divino que llevaba al amante al más profundo grado de intoxicación. Yunaid, inmóvil y ausente, venía a representar para nosotros el viejo papel de Majnun. ¿Dónde estaba ahora?¿Estaría perdido en la contemplación de su Amado?¿O no sería más que un loco cualquiera con una patología susceptible de solucionarse con la toma de un ejército de pastillas de colores?
De pronto volvió en sí y continuó sin más con su dulce rutina de plegarias, como si nada hubiera pasado. Las llamadas no dejaban de sonar y se me ocurrió que sus receptores eran personas de diversos rincones de la ciudad que se comunicaban con él porque creían en el poder de su súplica. Y de nuevo, sin previo aviso, gritó “Allah” tan fuerte y firmemente que mi amiga y yo saltamos sobresaltadas de nuestras sillas, haciendo estallar en carcajadas la risa de los hombres. Cuando volví del susto, la tarde continuó como si nada, pero Yunaid no se movió más hasta que nos fuimos. Lo miraba con detenimiento y no podía ver en él ni un solo pestañeo, ni un signo de movimiento. Cuando me fui quise saludarlo pero me indicaron que no lo molestara: nadie podía saber en qué mundo se encontraba y tal vez fuera posible que estuviera en la presencia de su Amado.
Poco después regresaba a nuestra nueva casa en un barco y miraba el mar y su espuma de plata sobre el turquesa de las aguas. Si Yunaid viviera en mi país, pensé, nadie dudaría en internarlo en psiquiátrico hasta borrar aquellos silencios suyos y hacer desaparecer las pausas y los gritos que las precedían. Aquí, sin embargo, todavía existían los enamorados de Dios y tenían un lugar entre todos aquellos que buscaban su compañía porque consideraban benditos a los simples de corazón.

Antes de partir, de hacerme de nuevo al camino, es preciso quitar del equipaje las historias pasadas. Algunas son fotografías de personas que encontré en la ruta, otras son crónicas de aventuras, hay también tratados sobre misteriosos rituales. Esta es la primera serie de esos recuerdos de viaje y está compuesta por retratos de hombres y mujeres que conocí viajando por Europa y Asia, entre el 2008 y el 2011. Sufíes de hoy en día, sabios, vagabundos, locos, artistas, soñadores y místicos. Gente que hace que valgan la pena todas las piedras de la jornada.

*********************************************************************

Te invito a unirte a esta caravana a través de facebook y a compartir nuestros caminos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s