Cuatro derviches: III Celestine de Palestina

El lugar está rodeado de verde. Se llama “Albergue Otomano” y se pierde en medio de un dormido pueblo alemán al lado de un bosque. Tiene un hotel, una mezquita y una casa de té en donde es obligatorio entrar sin zapatos. Los niños cruzan el parque siguiendo la alegre flecha de sus juegos. Los hombres llevan turbantes de colores, las mujeres visten polleras largas. Son sufíes de toda Europa que se encuentran allí una vez al año para disfrutar de un festival gratuito que convoca a músicos de diferentes rincones del mundo que confluyen en la misma tradición espiritual. Se escuchan desde qawwalis pakistaníes hasta ilahis turcos, suenan también tambores árabes y no faltan melosas baladas folk improvisadas por guitarras ocasionales.

 Estamos como de campamento. Hay una casa en donde dormimos las mujeres una al lado de la otra sobre dos plataformas de madera con colchones individuales. Los hombres descansan en el otro extremo del predio. Comemos todos juntos en largas mesas extendidas alrededor del patio y nos reunimos también para las oraciones, los conciertos y los dhikr espontáneos que surgen a cada momento. Dos músicos venidos de distintos extremos del mundo confluyen en un pasillo y dan vida a un sonido nuevo. Como atraídos por el anárquico llamado de las notas algunos acercan sus instrumentos, otros simplemente se van sumando con sus voces. Y así los círculos de adoración nacen y mueren, después de haberse desplegado como flores salvajes.

Lo mismo sucede con las charlas. Las conversaciones comienzan en un idioma que pronto abandonan, tanteando la precisión o simplemente la comodidad de lenguas distintas. La puerta está siempre abierta: algunos llegan, otros parten e incluso hay quienes, siguiendo la costumbre de los antiguos mercaderes, montan carpas en torno al patio en las que venden perfumes y telas, confeccionan sandalias artesanales o cocinan distintos platos. En una de aquellas carpas, completamente alfombrada, extendieron arena sobre la cual preparan el té a las brasas, siguiendo una antigua costumbre del desierto.

Somos una pequeña comunidad nómada, consiente de su pronta disgregación. Nadie sabe con certeza quién es el otro, quién puede ser, pero sin embargo uno se acerca, se abre a los desconocidos. Estoy sola en la casa de té, recostada sobre los almohadones y descansando del frío de afuera mientras miro la lluvia deslizarse por la ventana. Aunque sea julio, pienso, esto no tiene nada que ver con nuestro verano latinoamericano. El hecho de que lleve puesta en diferentes capas toda la ropa que traigo lo atestigua bien.

Aquella calma se ve rápidamente interrumpida. Transpone la puerta siempre abierta una mujer con la que me recomendaron hablar. Me acerco y le pregunto si tiene ganas de conversar. Nos sentamos juntas en la cafetería. Y de pronto comienza a hablar.

-Si te digo “Celestine of Palestine”, ¿qué pensás? ¿Qué se te viene a la mente?- me pregunta en inglés y al oído aquella mujer morena de ojos negros. Siento su presencia espesa, aterciopelada, fuerte como el mar, la naturaleza o la muerte. Hay algo en ella que genera una especie de magnetismo, hay un secreto en su peculiar manera de hablar y de mirar. Le temo y a la vez la amo, y ambas cosas me son igualmente inexplicables, puesto que la acabo de conocer y ni siquiera se su nombre. Es una hermana y una madre, es la mujer primera, lo femenino primordial. Hay algo en ella de loca pero también de santa, de profetisa y de poeta, de huérfana y suicida. Sobre ella se extiende un aroma indefinible.

-Pienso en campanas, en cielos claros y en lo celestial, en algo delicado, femenino – respondo como sumida en la atmósfera de un juego nuevo y desconocido.

-¿Y si te digo Rabbia al Adawiya, qué pensás?

Se bien de qué me está hablando. Se refiere a una santa sufí nacida en Basora en el siglo VIII, sin duda una de las mujeres más conocidas del Islam después de aquellas pertenecientes a la familia del Profeta. Se trata de la sufí más famosa, maestra de maestros de su generación. De ella se guardan cientos de anécdotas e historias, como la que cuenta del día en el que los habitantes de la ciudad la vieron caminar llevando una antorcha en una mano y un balde de agua en la otra. “¿A dónde vas, Rabia?”, le preguntaron. “Voy a apagar el infierno y a prender fuego el paraíso para que amen a Dios sinceramente y no por temor al fuego o anhelo del cielo”. Aunque sabios y príncipes pedían su mano, Rabia nunca se casó, entregada plenamente a la búsqueda de su Amado. ¿Pero a qué venía aquella pregunta?

-Pienso en el color rosa, en la anécdotas que conozco de aquella santa musulmana… no sé- respondo entre fascinada y extrañada. Y sin embargo me parece que no es la primera vez que hace esas preguntas, que de alguna manera son su presentación.

-¿Y si te digo… – su voz por tercera vez se acercó a mi oído, susurrando- que ella está en frente tuyo? ¿Qué pensás?

-No sé…- es lo único que atino a decir. Abro los ojos y escucho atentamente, algo extraño está sucediendo y mi única respuesta es la incertidumbre.

-Yo creo que- las palabras vienen de su boca, surgen lenta y suavemente, -yo creo que yo soy Rabia- dice por fin. Y se hace un silencio.

No es extraño, pienso. Rabia era un modelo de mujer en un mundo desprovisto de modelos femeninos. Miles de niñas que leían su apasionada poesía y sus enardecidas súplicas soñaban con parecerse a ella, con ser esa Rabia inteligente y sabia que despreciaba el mundo en pos del ardor espiritual, con parecerse a aquella que rogó a Dios que diera el paraíso a sus amigos y el Infierno a sus enemigos, pero que para ella no dispusiera nada más que Él. ¿Cómo habría sido la presencia de Rabia? ¿Sería algo así como esta mujer cautivante que ahora tenía en frente mío? ¿A qué se refería cuando decía que ella era Rabia? ¿Algo así como una reencarnación espiritual?

-Puede ser… tal vez seas ella- respondo confundida.

Y de repente me pregunta:

-¿Puedo leerte un poema?

Asentí. Una cascada de palabras brota de sus labios. No entiendo todo aquel rítmico poema que es susurrado apasionadamente en mi oído. Solo comprendo que hablaba del amor y de los átomos y que es ella la que lo escribió. Después de escucharlo, el aire de la sala se siente más alegre y parece que nos sacudimos un poco aquellos viejos fantasmas medievales.

Entonces por primera vez me pregunta por mí. Le digo que estoy casada y asiente, afirma que está bien, como si fuese una especie de sheika con la capacidad de aprobar o desaprobar los actos ajenos. Luego me pregunta si quiero en un futuro tener hijos y le respondo que sí. Entonces hace en voz alta una oración para que los tenga y para que sean niños llenos de fe. No puedo evitar largarme a llorar y la abrazo, sintiéndola una hermana.

Todo es extraño. Me pregunta ahora sobre la muerte.

-Pienso en la muerte todos los días, en cada oración.

Me dijo, con gran seriedad, que esa era una interpretación muy personal del Islam, que tenía que ir a una isla a encontrarme con el Gran Sheik y tomar mano con él, unirme a su grupo sufí. No respondí.

Se acercó a susurrarme una vez más:

-¿Creés que soy Rabia?

-Tenés una personalidad muy fuerte, hay algo en vos que no necesita de los otros, que no necesita de los hombres.

-Es cierto, agregó, los hombres se asustan de mí. ¿Sabés? Un derviche me pidió casamiento, pero no se si es el indicado, ¿qué debo hacer?

-Para casarte tenés que dejar de pensar que vos sos Rabbia. Quizás entonces todo cambie.

-Entonces tengo que apurarme, porque ya tengo 30 años. Antes de conocer el Islam tuve un pasado muy turbulento. Pero ahora no se qué hacer, ¿te parece que él es el correcto?

 No sé las respuestas a sus preguntas pero improviso un discurso sobre el matrimonio. No sé de dónde vienen las palabras que digo pero la tocan. Ella escucha atenta pero un poco disgustada por ser esta vez la que recibe los consejos. Y entonces una amiga la viene a buscar porque su auto ya sale para Bélgica. De repente se levanta y se va. Me quedo en un estado distinto, confuso, especial. Me doy cuenta de que tal vez jamás la vuelva a ver. Y pienso que no le pregunté su nombre. No hace falta, me digo, para mí se llama Rabia.

Antes de partir, de hacerme de nuevo al camino, es preciso quitar del equipaje las historias pasadas. Algunas son fotografías de personas que encontré en la ruta, otras son crónicas de aventuras, hay también tratados sobre misteriosos rituales. Esta es la primera serie de esos recuerdos de viaje y está compuesta por retratos de hombres y mujeres que conocí viajando por Europa y Asia, entre el 2008 y el 2011. Sufíes de hoy en día, sabios, vagabundos, locos, artistas, soñadores y místicos. Gente que hace que valgan la pena todas las piedras de la jornada.

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