Cuatro derviches: IV Relatos de un cálamo

Afuera el sol del verano en Estambul, la euforia de las avenidas al mediodía, la agitación de subir y bajar cuestas hasta que llegamos a una plaza. Frescor arbolado en el que los niños jugaban, los enamorados conversaban, los ancianos miraban al infinito. Detrás había un edificio antiguo. En él trabajaba y vivía Osman Hoca, el maestro Osmán. –Hoş Geldiniz! Welcome!, nos saludó un hombre de cabello blanco desordenado, sonrisa de niño y anteojos que no lograban ocultar una mirada apasionada. Era Osmán, el maestro de caligrafía. El taller de Osmán estaba en una antigua casa de madera al lado de una mezquita. Tal vez hubiera sido en algún momento una madrasah, una escuela de religión, pero hoy en día era solamente una biblioteca. Lo otomano aún estaba vivo en aquel sitio escondido y no por nada el nombre del maestro coincidía con el del primer sultán de ese imperio. Un gran escudo con una bandera verde y otra roja se encontraba en la pared de la escalera, y arriba, los libros. La sala tenía ventanas que daban al mar turquesa que nos separaba de Europa, allí debajo de la colina. En sus marcos me posaba junto a las gaviotas para mirar la vista y tomar aire.

El mobiliario de la habitación era simple: dos sillones en donde dormitaba cada tanto el maestro, mesas abarrotadas de papeles y tintas, cuadros con caligrafías, dibujos, tazas de té, sillas y decenas de bibliotecas abarrotadas de libros polvorientos escritos en lengua otomana. Cuando llegué, la voz de Osmán resonaba fuerte y alegre. Melek me bautizó el Hoca, tal vez porque le costase pronunciar mi nombre, tal vez porque aún parecía una niña, y él sabía ver en mí algo que le recordase a un ángel. Osmán condujo a mi compañero de viaje y de vida, por el brazo y lo sentó frente a una hoja en blanco. Luego el maestro tomó un cálamo de caña y lo introdujo con cuidado en un tintero de cerámica lleno de hilos de seda. Sus manos eran a la vez delicadas y fuertes, como los anillos de piedras de colores y plata que llevaba en ellas. Fluyendo en un movimiento armonioso que comenzaba en su muñeca, el cálamo se deslizaba por la hoja, dejando atrás un trazo que contenía un sentido y un sonido por entonces indescifrable.

Elif – dijo Osmán, y comprendí que ese bastón negro que yacía sobre la hoja era la primera letra del alfabeto árabe y que su sonido era equivalente a la “a”. – Simdi sen, now you,- agregó Hoca mirando a mi compañero. Sorprendido como un niño al que su padre le cede por primera vez un barrilete, él se sentó tímidamente en la silla que había dejado el maestro, tomó de las manos de este el cálamo y comenzó a copiar el diseño. Con paciencia y concentración la mano temblorosa del aprendiz se dejaba guiar por la del maestro. La muñeca realizaba imperceptibles contorsiones para dar lugar a la letra, a la escritura, a la mancha. Esa danza producía un sonido, una música de arrastre y fricción, de partículas besándose para imprimir los caracteres sobre la hoja. El viajero había escrito su primera letra. –Çok güzel!- “muy bien”, lo incentivó Osmán y le indicó que continúe. Comenzaba así nuestra relación con el arte de la caligrafía islámica, el hat.

Hat significa línea. Y de hecho toda la caligrafía nace en la línea y desde antes de llegar a ella, en el punto. En la cultura islámica la representación de imágenes de seres con alma ha sido controversial, tanto por el miedo a la idolatría como por la creencia de que embarca un tipo de imitación altanera, de fraude del Creador. Y la prohibición dio lugar a un arte de la forma, la armonía y el equilibrio, del movimiento estático en el espacio, el recorrido móvil del universo creado plasmado en lo imperecedero, lo permanente, lo eterno. Pero también del sentido, puesto que el trazo da vida a una frase que pertenece a la tradición o, en la mayoría de los casos, a la palabra directa de Dios, el Corán. En ese juego entre la palabra ajena y la propia el calígrafo se atiene a un sistema de reglas que fijan geométricamente las medidas de cada letra, pero lo hace para imprimir en el espacio su propia marca, su propia singularidad en el trazo y la composición, convocando en partes iguales técnica y libertad. Como el arte del graffiti moderno, el ritmo va a veces en detrimento de la legibilidad y esto convierte a la palabra en un símbolo y una cifra, legible sólo para quienes ya la conocen, para iniciados en el misterio de la frase. La caligrafía se codifica, transmuta sus leyes, está siempre en pugna en la tensión entre forma y contenido.

Para los místicos musulmanes, cada letra está cargada de símbolos. Puesto que son parte del alfabeto de un idioma sagrado (ya que el árabe fue la lengua elegida por Dios para su última revelación), cada letra es algo más que portadora de un simple fonema. En cuanto a la forma, todas las letras se derivan de la primera y la segunda del alfabeto, la alif vertical y la ba horizontal. La alif es a su vez la primera letra del nombre Allah, y representa lo masculino, a Adán, el primer hombre. La ba es la primer letra de bismillah (“en el nombre de Dios”), la fórmula con la que comienza la mayoría de las suras del Corán, y Eva, principio femenino. La dirección de la escritura, de izquierda a derecha, también tiene sus significados secretos: se escribe hacia el lado del corazón. Incluso el vacío, el espacio en blanco que juega con el negro de las letras, dice algo, significa.

La caligrafía en el mundo islámico antiguo ocupaba todo. Su imperio sobrepasaba los libros y los decretos para extenderse a las tumbas, la vajilla, los edificios, las decoraciones de las mezquitas, la vestimenta, las armas, las banderas. El complejo arte del hat cuenta con siglos de historia en dos continentes. Hay diferentes estilos tradicionales, desde el cúfico que remeda la rigidez y la geografía árida del desierto hasta la elegancia y la destreza del zülüz. En todos, el calígrafo regula con complicados movimientos el aliento del trazo. Esa respiración propia que se adquiere con la práctica tiene que ver también con un conocimiento de sí, con un cierto estado de sensibilidad espiritual a partir de la búsqueda de la belleza, de control del ego asociado a la lentitud y paciencia que implica el arte. Como la música del mundo islámico, compuesta a partir de estructuras destinadas a fines terapéuticos, el ritmo en la caligrafía busca provocar la impresión de movimiento perpetuo y generar un bienestar en quien la contempla, en la armonía de las letras. Y como el músico, el calígrafo es intérprete de un texto que lo precede. Las escrituras confirman en parte el fetichismo de la letra. El Profeta Mahoma señaló a sus discípulos que la lectura de cada letra de cada palabra de cada aleya del Corán encierra una recompensa para sus lectores. El Corán  contiene suras que comienzan con misteriosas letras cuyo significado certero se desconoce. Y se cree también en la existencia de un Corán celestial y de un cálamo primero de la creación, aquel que ha escrito todos los destinos. Todos aquellos secretos los fui aprendiendo de Osmán Hoca con el tiempo, pero la primer impresión obtenida ese día nunca se modificó. El maestro intentó darme un cálamo a mí también, pero al poco me aburrí, puesto que no conseguía ningún resultado. Mi esposo, sin embargo, estaba obnubilado, concentrado en el nuevo arte. Osmán lo halagaba y lo entusiasmaba, llevándolo más allá, enseñándole letras nuevas. La mujer que nos había llevado hasta allí, se había perdido entre los libros. Fui en su búsqueda. La encontré con un viejo volumen en la mano, quitándole el polvo.

-Esta es una antigua biblioteca otomana. Nadie viene aquí y nosotros a gatas podemos leer, no solo esta escritura, sino esta lengua.

Recordé lo que había aprendido sobre Atatürk, el modernizador de Turquía y de cómo había “depurado” la lengua turca de sus palabras y expresiones árabes y persas, adoptando el alfabeto latino.

-Menos de cien años pasaron y no podemos ya comprender la lengua en la que hablaban nuestros ancestros- dijo mi amiga con mirada triste. Con una paciencia asistemática, cuando podía, iba a esa biblioteca a tratar de revelar el secreto que escondían esos libros. Los hojeaba, iba descifrándolos poco a poco y cuando encontraba algo de interés corría a mostrárselo a Osmán. Juntos, en horas y horas de conversaciones y consultas de volúmenes habían escrito un cuaderno en el que signaban los pequeños secretos a los que habían accedido. Un cuaderno lleno de dibujos, decorado por caligrafías y miniaturas, por flores y diagramas misteriosos en el que me hicieron escribir la palabra “ojalá”, gemela del árabe “InshaAllah”, si Dios quiere. Aquella pervivencia islámica en el español y en tierras tan lejanas como las nuestras estaba llena de significados para ellos. Aprovechando una pausa para el infaltable té en vasos con forma de tulipán, Osmán Hoca contó la historia de cómo había llegado hasta allí.

Osmán había nacido en una familia de sufíes, y sus padres vivían en una dergah, lugar de reunión de los místicos del Islam. Él, con los años, había cambiado de tariqa, es decir, de orden sufí. Esta decisión, relacionada con el encuentro con su maestro espiritual, la explicaba con gracia e ironía: todo se debía a que le gustaba fumar y en la orden en la que había nacido eso no estaba permitido. Trabajó en un trabajo cualquiera, de chofer, se casó, fue padre y vivía normalmente, hasta que un día tuvo un sueño peculiar. Soñó que su sheik, su maestro espiritual, le indicaba que escribiera, que practicara la caligrafía. En Turquía quienes quieren ser calígrafos generalmente estudian durante seis años en la universidad, hasta poder dominar todos los estilos. Ese no fue el caso de Osmán. Bajo la influencia de su sueño, al despertar tomó el cálamo y comenzó a escribir. Y escribió. Sin profesor. Simplemente sabía, recordaba algo que nunca había aprendido. Y con la práctica, se convirtió rápidamente en un maestro. Dejó de vivir en su casa (sin por eso divorciarse de su esposa o desentenderse de su familia, a la que visitaba siempre) y se mudó a aquella biblioteca, donde se dedicaba a su nuevo trabajo y a la oración.

-El derviche -me dijo- usa una parte del día para comer y dormir, otra para trabajar y otra para rezar. Y nunca se preocupa por nada. Si afuera el mundo estalla, el derviche sigue aquí, trabajando, rezando.

De aquella seguridad de la existencia de un lugar inamovible, siempre sereno, surgía su sabiduría. Un saber relacionado a una experiencia y no a un título. Algo que lo movía a ayudar a los otros y no a mostrarse soberbio. Firme como la letra alif, de pié, así estaba Osmán todos los días, preparado, predispuesto, abierto, entregado.

Los zapatos habían quedado escaleras abajo, en una sala llena de cajas con libros, al lado de una pequeña cocina. En la salida había que pasar por un pequeño patio poblado de gatos y plantas y cerrado a la calle por una puerta con timbre. Dos árboles de ciruelos eran cosechados regularmente por Osmán, para hacer jugo y mermelada. En la entrada de la mezquita había un hombre que cuidaba los baños por una propina. En frente había un pequeño cementerio. Osmán se paró para rezar una plegaria por aquellos muertos antiguos, cuyas lápidas estaban escritas en un idioma al que la mayoría de las personas era sordo. Salimos. La calle, con su alboroto, parecía borrar las huellas de aquel lugar magnífico y misterioso. La ciudad nueva se comía a la ciudad otomana que albergaba en su interior, era su cementerio. Nuestros amigos estaban en ese mundo de tumbas y libros polvorientos y semi descifrables, leyendo los signos perdidos, resistiendo al olor del smog y al ruido de los autos con su aroma a rosas y la suave lengua del cálamo hablándole el papel.

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