Postales I. Entre lámparas y alfombras mágicas: el Gran Bazar de Estambul

El Gran Bazar de Estambul es uno de los bazares más antiguos y más grandes del mundo. Y es el más grande en una ciudad de mercados. Estambul está lleno de bazares y se puede encontrar en ellos de todo. En los barrios de Maltepe y en Üsküdar hay mercados de pescado, en Eyup se venden artículos religiosos, al lado de la Mezquita Nueva está el mercado de flores y el de especias, llamado Misir Carsi porque en algún momento las especias que vendían provenían de “Misir”, Egipto, y también hay ferias rotativas que ocupan muchas calles, en donde se vende desde ropa hasta comida. Pero el Gran Bazar supera y reúne a todos, y si bien se trata netamente de un nido de turistas, los locales también concurren a apreciar, como en una galería, la variedad de artesanías y artes tradicionales que concentra.

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Visto desde arriba este complejo que contiene kilómetros de pasajes y casi cuatro mil negocios, es un sinfín de cúpulas grises. Las puertas de entrada son magníficas: de noble madera y piedra, llevan las insignias doradas del Imperio Otomano, una bandera roja y otra verde, con una estrella dentro de una medialuna, armas, una balanza, y la tugra, el sello de los Sultanes. Otras entradas, más austeras, suponen un lento deslizarse desde el tumulto del mercado abierto de las estrechas calles que lo rodean.

El Gran Bazar, o Kapali Carsi, por su nombre en turco, es una ciudad en miniatura, que tiene su propio hamam y su mezquita e incluso sus propias calles con los nombres de antiguos oficios, algunos de los cuales lamentablemente ya no existen. De todos modos, para la vista de una occidental no se siente la pérdida: estar allí es estar en presencia de artesanos y obras que ya llevan siglos sepultados en nuestras tierras. Es en cierto modo un viaje al pasado, o a un presente sorprendentemente bonito, el recorrer esas calles que parecieran circulares, puesto que uno acaba siempre perdido por más que intente orientarse siguiendo las buenas intenciones de los carteles señalizadores.

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Como toda ciudad, como su espejo de afuera, el Gran Bazar es un gran laberinto cubierto con miles de puertas. Fue fundado en el año 1461 y fue destruido por fuegos y terremotos y reconstruido por las manos de mercaderes y obreros en múltiples ocasiones. Tal vez fueron esas refundaciones y el hecho de que se haya ido expandiendo como un molusco, que haya ido creciendo como un hongo sin que su construcción siguiera un plan completo, lo que transformó al bazar en un lugar caótico. Entre sus calles nunca se sabe lo que se puede encontrar. Más allá de los sectores destinados a diversos oficios y materias primas (la seda, las joyas, las alfombras, las lámparas, los mosaicos, las piezas de cerámica, la orfebrería, los bronces, el cuero, el ónice) hay cientos de pasadizos secretos, de cuartos invisibles al caminante, de rutas detrás de la piedra que comunican los locales con sus depósitos y que son las vías por las que respira ese pueblo en miniatura. A veces salen al encuentro escaleras de roca que conducen a mezquitas y caravasares abandonados o cortan el paso bellas fuentes de mármol por donde corre el agua con su dulce sonido cubierto por el ajetreo del comercio.

Entre las lámparas de vidrios de colores, las muñecas de lana de Anatolia, los almohadones con espejitos y bordados, las telas trabajadas, los pañuelos, los chales, las pashminas, las teteras de plata y las ollas de cobre, se destacan los “ojos” azules de vidrio o cerámica. Según la tradición mediterránea, el color azul evita que la mala energía de la mirada afecte a personas, animales, o casas. Desde calcomanías en colectivos y camiones hasta colgantes y pulseras en la piel de las mujeres y en muchas de las puertas de las casas, el “ojo” está presente en miles de lugares de la ciudad, y se vende también en el Gran Bazar.

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Si no se quiere comprar nada, lo mejor es andar en silencio. Los políglotas mercaderes, hábiles en reconocer la procedencia de cada paseante, asedian sin cesar a sus futuros compradores en su propia lengua para invitarlos a conocer sus tiendas. Dentro de ellas les ofrecen té mientras les muestran sus productos, dando lugar a la ceremonia del regateo. Hay quienes dicen que incluso los comerciantes se sienten ofendidos si logran vender algo al precio inicial. Para los que no son buenos en esos tira-y-aflojes monetarios es difícil recorrer el mercado intentado encontrar alguna zona-museo en donde valga el salvoconducto del “estoy mirando” y donde el “¿cuánto cuesta?” tenga una respuesta única y estable. Es mejor dejarse llevar y abandonar la brújula, la calculadora y el mapa en la primera esquina. Entonces sí, el tiempo se detiene y el mercado se revela tal cual es, eterno, y ya ni las pesadas puertas de madera podrán separarnos de él, porque sus laberínticos exteriores lo continúan al infinito en calles estrechas rodeadas de edificios de piedra rústica, de siglos y siglos atrás.

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