Siete puertas hacia el sufismo: I Sema, la danza de los planetas

Prohibidos en Turquía, pero resistiendo en la clandestinidad, los sufíes de Estambul conservan aún sus milenarias tradiciones espirituales. Los lunes por la noche los derviches reunidos en una antiguo tekke en el barrio de Karagumruk llevan a cabo una ceremonia de adoración a Dios, el sema.

El “monasterio” ocupa un viejo pero hermoso edificio de madera. Los hombres se ubican el salón central mientras que las mujeres observan todo desde el piso de arriba, invisibles detrás de una un enrejado de madera labrada. Están reunidos desde la tarde y ya hace horas que ha oscurecido. Sentados en el piso, pareciera que todos esperaran algo. Y aquello que anhelan comienza con el sonido.  Primero se entonan ilahis, canciones religiosas que forman parte del canon de la música clásica turca. Además de los solistas, cantantes profesionales y reconocidos que formaban parte de la comunidad espiritual, resuenan las voces del resto de los hombres, graves y aterciopeladas. Se perciben, en contraste con las notas bajas del coro, las dulces melodías de los músicos virtuosos. Suenan el ney (una flauta de caña), el qanun (un laúd pequeño), el arpa de mesa y los infaltables tambores que vienen de la tradición chamánica de Asia Central. La música es solo el comienzo de un antiguo ritual.

En el siglo XIII, Mevlana Jalaluddín Rumi, un santo sufí, fundó la orden Mevlevi y enseñó a sus derviches la danza del giro, que se repite hasta hoy en día en su forma pura, como alabanza y recuerdo divino, como símbolo de la dicha del recuerdo de Dios. El ritual, dividido en cuatro secciones, dura más de una hora. Comienza con la recitación del Corán y las alabanzas al Profeta Mahoma, seguidas del sonido del tambor que simboliza la orden divina de ser, de existir. Luego suena el ney. Es un lamento profundo y secreto, que parece comunicar algo directamente al alma humana, sin necesidad de pensar, sin necesidad de articular palabras. Tal vez lo logra porque el sonido viene del soplido y este es aire que sale del centro del cuerpo, aire sagrado de la respiración, aire vivo. O tal vez porque nosotros también hacemos sin saberlo nuestra propia alquimia del aire en vida es que ese sonido puede decirnos algo, acariciarnos.

Hay un círculo vacío en el centro de aquel salón de baile místico llamado semahane. Entran en él dos maestros y 8 o 9 derviches, cada con un gorro alto y marrón de felpa. Todos llevan túnicas negras. Sus movimientos son lentos, como si fueran producto de una concentración extrema y de una dignidad de siglos como la de los viejos árboles frondosos.

Caminan muy despacio y se acomodan en fila hasta que se sientan en el suelo. En el otro lado de la habitación, los músicos tocan sus complejas melodías. De repente, al golpe que produce el maestro al apoyar sus manos en el suelo, los derviches se ponen de pie y comienzan a caminar en círculo lentamente.  Saludan a sus maestros con una reverencia y reciben de ellos unas palabras al oído. Son un recuerdo, tal vez, de aquellas palabras con las que los giradores se inician y que son las que les permiten danzar sin marearse. Muchos dicen que aquel conjuro secreto no es más que el nombre de Allah, poderoso y dulce.

Todo es muy lento, pero esa lentitud se interrumpe con movimientos vigorosos, como el golpe del suelo con las manos, o el ahora enérgico sacarse las túnicas negras y quedarse solo con unos vestidos blancos asidos por una faja en la cintura. Aun así en esta brusquedad no hay nada incontrolado, nada caótico. Todos, increíblemente porque no obedecen a señal alguna, coordinan sus movimientos y nada queda fuera de equilibrio. Y sin embargo ningún movimiento parece rígido sino que todos nacen del centro de cada individuo con armonía y gracia.

 Luego de esta procesión de saludos, comienza a girar el primero de la fila, muy despacio, seguido por el segundo, el tercero, y así sucesivamente. Al dar vueltas sus largas polleras blancas comienzan a tomar vuelo y desde arriba se ven como un círculo. Mientras giran, van abriendo los brazos como si fuese un capullo que está floreciendo, de una rosa que se desenvuelve al sol. Extienden lentamente los brazos que llevaban cruzados sobre el pecho como los cadáveres y quedan con su cabeza un poco inclinada, con la palma de la mano derecha hacia arriba y la izquierda hacia abajo, simbolizando el recibimiento de las bendiciones del cielo y su devolución a la tierra.

Y pronto ya todos los derviches están girando. Mientras que giran sobre su propio eje, se mueven en el espacio, rotando y trasladándose, exactamente como un planeta. “Mi pie izquierdo está fijo en el pilar de la shariah, la ley divina, y mi pie derecho viaja en dieciocho mil universos”, dijo Rumi. Cuando el cuerpo gira sobre la pierna izquierda, el pie derecho se mueve hacia la derecha al sonido interno de la sílaba “Al” y completa su giro con “lah”, recordando el más simple (y la vez el más complejo) de los nombres de Dios.

Cuando todos los derviches están en movimiento, con la vista perdida en el vacío, entre todos forman un círculo. A su vez, ese círculo en torno al cual se gira está compuesto por dos semicírculos imaginarios, el del mundo actual y el del mundo de lo no visto. Uno de los maestros se queda en un lugar fijo, y el otro camina entre los giradores, que jamás se desvían de su órbita imaginaria aunque no miren ni la pista ni a sus compañeros. El maestro que parece mayor mueve siempre sus labios incesantemente, rezando algo inaudible. Es el único que tiene una vinculación con el sonido, mientras que los otros están recogidos en el silencio. Cuando él lo indica, todos dejan de moverse y se vuelve a la quietud.

Entre las cuatro partes del ritual, cada una con un ritmo, todo se detiene para volver a renacer de idéntica forma: primero el saludo, luego aquel hacerse trompo, y otra vez la pausa, la vuelta a la quietud. El sema simboliza el viaje hacia la muerte. Cada vuelta es una etapa de conocimiento, del saber, al ver y al ser. El gorro es la lápida, la túnica negra, la tumba, y el vestido blanco la mortaja. El yo muere y el alma vuelve a levantarse para enfrentar su juicio final, cuyo anuncio lo da el ney.

En la última vuelta los dos maestros se ubican en el centro y giran muy lentamente sin abrir sus brazos, casi como con torpeza, envueltos aún en sus capas negras, sujetándose el cuello de la túnica con su mano derecha. Observando desde arriba, los derviches parecen planetas y los maestros su sol y su luna. En aquello había algo indescriptiblemente bello, sagrado, armónico que producía una emoción enorme y a la vez cierta calma desconocida.

 La melodiosa recitación del Corán hecha por un hombre ciego que conocía de memoria el texto sagrado ponía fin a la ceremonia. Aquella sutil representación del cosmos se desvanecía y lentamente todos volvían a la realidad, dejando detrás una experiencia inolvidable, como la degustación de la dulzura de una flor de otros mundos.

“Si los electrones giran alrededor de un núcleo, si los planetas giran alrededor del sol, ¿por qué no podemos girar nosotros?”, preguntó el sheik a los asistentes después del ritual. Y nadie respondió. Pero al costado de la habitación un grupo de niños practicaba los pasos, porque en el futuro encontrarían el equilibrio, la palabra mágica y la concentración. Porque en el futuro serán ellos quienes realicen una vez más este arte sagrado.

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3 pensamientos en “Siete puertas hacia el sufismo: I Sema, la danza de los planetas

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