Postales II: Hagia Sofia o cómo volverse infinitamente pequeño

Hagia Sofia es uno de los lugares más hermosos del mundo. Ese edificio rosa abovedado contiene tanta belleza que los otomanos jamás pensaron en destruirlo y ni siquiera borraron sus íconos, sino que simplemente los taparon para convertirla en mezquita y rezar en ella el mismísimo día en el que, por fin, después de siglos y siglos de desearla, conquistaron la ciudad de Constantinopla. Se me ocurrió, cuando pude sacudirme del estupor de su grandeza, que casi me iba de Estambul sin conocerla y me estremecí, sabiendo que hubiera sido una pérdida imperdonable.

Por casi 1400 años ese espacio albergó plegarias. Hoy, en un hoy que se extiende cansado desde 1935, es solo un museo. La pérdida de la identidad religiosa sin duda debería afectar a aquel edificio (el más magnífico entre los magníficos de Estambul, el más precioso de los que vi en el mundo), pero no lo hace, puesto que hay algo místico intrincado en su estructura, amarrado a sus cimientos. Dice incluso la leyenda que la saliva del profeta Mahoma fue necesaria para cuajar sus piedras, que Santa Sofía venía a borrar la memoria del tempo de Salomón, que la puerta imperial está hecha con la madera del Arca de Noé y que fue un ángel quien le dio el plano al emperador. La historia agrega que en el año 537, cuando fue construida, medio mundo se despojó de sus grandezas para cederlas al gran proyecto de Justiniano. Éfeso, Roma, Atenas, Egipto, todas entregaron sus maravillas y convirtieron a Hagia Sofía el puente entre el mundo antiguo y el medieval, entre Grecia y Bizancio.

Transcurría el verano del 2008 cuando me llegó el turno de entrar a la gran iglesia por una hermosa puerta que había sido traída de Asia. Sobre ella había un ícono. Dos hombres (los emperadores Constantino y Justiniano) ofrecían sus regalos al niño Jesús: el primero la ciudad de Constantinopla, la gran ciudad cosmopolita, el centro del primer gran imperio moderno, y en ella la iglesia de la Santa Sabiduría.caravansaray2

Ingresé a la nave. Cuando estuve adentro, todo lo de afuera desapareció. Ese edificio sin esquinas, ese círculo enorme extendido al infinito por sus cúpulas, era un gran vientre, una galaxia prenatal. Dejaba detrás mi existencia en la puerta y moría al ingresar. Moría, porque aún no había nacido.

Como en todas las iglesias ortodoxas el espacio es amplio y desnudo de sillas o muebles; como la mezquita que ya no es, no tiene alfombras. El lujo es el vacío, la suprema presencia de la existencia desnuda. Miro, camino y observo hacia arriba, la cúpula decorada de flores, las ventanas con sus vitrales, las columnas que se expanden en arcos, en cientos de arcos, el gris del mármol, los gigantes platos escritos en dorado, los íconos que han sobrevivido primero la furia iconoclasta de los cristianos y luego los emplastes de los musulmanes, veo los inmensos ángeles que expanden sus alas en la cúpula y sobre todo el vacío, el enorme espacio libre, el sublime espacio libre. Y me siento pequeña en medio de la grandeza infinita del mundo en el que estoy, y en paz. Me dejo perder en medio de la vacuidad y siento que allí soy porque dejo de existir, porque el ilímite me devuelve mi dimensión y me siento afortunada de saberme mínima contemplando la inmensidad. Y quisiera quedarme allí toda la vida.

Subo al segundo piso por una rampa de piedra, laberíntica, interminable. Y mientras dura aquella estrecha oscuridad, aquella contra-arquitectura, aquel revés que de apariencia abandonada en donde se confunde la simplicidad con el despojo, me siento de nuevo en la Europa medieval, subterránea, austera y contemplativa. Pero por fin alcanzo el segundo piso y el tirante capullo deja nacer a la flor. El recuerdo de la estrechez no existe, no dura, se disuelve en la inmensidad y la luz.

Si antes, desde abajo, me achicaba la magnanimidad de lo sublime, ahora, desde arriba, desde el círculo en el suelo que marca el sitio en donde Teodora, la cortesana emperatriz, asistía a misa, vislumbro la mirada de Dios. Miro a la gente que abajo (tan lejos que el sonido no les llegaría, tan lejos que no hay escalera, tan lejos que es abismo) se ve pequeñísima, diminuta.  Abarcándolo todo con la vista, experimento lo que sería la mirada suprema y me vuelvo a empequeñecer: yo fui una hormiga como los que ahora están bajo mis ojos, como a una hormiga es la forma en la que el Altísimo me ve. Ese es el mensaje místico que esconde Hagia Sofia en su arquitectura, la infinita belleza del espacio, la sensación de universo que genera.

Y aún no estoy en la cima, no estoy a la altura de los ángeles, aquellos que los otomanos nunca taparon porque consideraban talismanes de buena suerte que solían predecir el futuro antes del nacimiento del Profeta. Tampoco estoy a la altura de las últimas cornisas. Hay dos pisos más antes de llegar al domo más alto del mundo a los que no se puede acceder. Y aún así desde el primer nivel se logran apreciar los íconos y caligrafías, los mosaicos de emperadores y emperadoras que surgen de entre el muro como una galería de retratos de la época, los inmensos platos con los nombres de Allah, el Profeta y sus compañeros que necesitan de su increíble dimensión para poder ser vistos en medio del gran elefante. Estos íconos centenarios, milenarios, son obra de antiguos artistas. Todo en ellos es detalle y precisión, delicadeza que contrasta con la simpleza de los íconos que vi en las iglesias de Serbia, por ejemplo. Es lógico, esta fue la gloriosa capital, esta la Iglesia tres veces construida, la gema del Imperio, el último baluarte de Bizancio. En los íconos los rostros se ven como conceptos. Cristo, María, o el Arcángel Gabriel no están representados para fijarlos en la memoria y poder reconocerlos como una cara, sino que corporizan valores, estados: la sabiduría, la compasión, la bondad, el misticismo. Y ninguna imagen está muriendo, ninguna está muerta. Nada recuerda aquí a la muerte, y todo habla de la pasión, la introspección y el amor por el conocimiento divino.carvansaray2

Imaginarse cómo logró ser construido este lugar en el año 537 e imaginar los personajes ilustres que por aquí pasaron no puede añadir nada a este lugar, puesto que por sí mismo es tan sobrecogedor como lo que representa, la sabiduría divina. Y sin embargo aquí entró dos veces Justiniano seguido por el pueblo, y aquí el sultán Mehmet encontró a la ciudad entera protegiéndose inútilmente de él. Santa Sofía está llena de historias.

Pocos lugares en el mundo son capaces de conservar el hechizo de su construcción, de hacer sentir algo a pesar de estar afectados por el virus del turismo. Hagia Sofía es uno de ellos, deglute cámaras y turistas y nos coloca a cada uno frente a un espejo de nosotros mismos. El temor ante la majestad divina, la sumisión frente a su belleza. La dimensión y la armonía. Esa es la magia de Santa Sofía, ese es su secreto.

*********************************************************************

Te invito a unirte a esta caravana a través de facebook y a compartir nuestros caminos

Anuncios

2 pensamientos en “Postales II: Hagia Sofia o cómo volverse infinitamente pequeño

  1. Pingback: Postales IV: el palacio de Topkapı, | carvansaray

  2. Pingback: Mostar: los guardianes del puente | carvansaray

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s