Siete puertas hacia el sufismo: II Dhikr, el éxtasis como forma de adoración

Después recitación de Corán y de la oración de la noche, en el dergah era el momento de una de las ceremonias más importantes de la orden, el dhikr. Dhikr significa recuerdo y esencialmente recuerdo de Dios. En el Islam, el mayor recuerdo de Dios es el sagrado Corán, compuesto como una amonestación que religa al humano con su creador. El recuerdo, creen los devotos, vivifica el corazón. El Profeta enseñó a sus discípulos a repetir ciertos nombres de Dios como un para tener presente al creador. Estos nombres, llamados Esma ul Husna, “los más bellos nombres”, son cualidades o atributos divinos cuya mención o invocación específica sirve a diversos fines, muchos de ellos secretos. Así, dicen los tratados de religión, basta que el siervo recite, por ejemplo, “Al Latif” 133 veces por día para poder lograr sin dificultad las tareas que se proponga o que recite “al Qahhaar” incesantemente para liberarse de su amor al mundo y reemplazarlo por el amor a Dios.

En el sufísmo el término dhikr adquiere otra connotación ligada a ciertos actos rituales o prácticas específicas de cada orden. En el siglo XI comenzó la incursión de estos ritos, y a cada pir o santo principal de una orden le fue inspirado el suyo propio. En el momento en el que la orden que yo visitaba se fundó, las otras más antiguas le enviaron como regalo una parte de su ritual, lo que vuelve a este dhikr en particular una combinatoria, una especie de resumen puesto en escena de todos los anteriores.

El dhikr como forma ritual incluye letanías, plegarias, técnicas de control de la respiración, movimientos altamente precisos y codificados que a través del trance, la concentración y la gracia divina pueden llevar a un nuevo estado de conciencia. El dhikr constituye una forma de plegaria y requiere como tal una sacralidad y una seriedad especial. En el no se admiten turistas ni visitas pasivas, es un acto de intimidad con el creador.

Todos los derviches se reúnen para la ceremonia y el lugar entero queda en silencio. Hay en el suelo pieles de cordero dispuestas en forma circular. Una es de color azul y representa al santo fundador, dos son rojas, una negra y las demás blancas. Los hombres están allí, de pie, hasta que entra el sheik y los saluda. La compostura que mantienen durante el saludo y en la presencia del sheik en general recuerda los honores debidos a príncipes y sultanes. Entra luego un derviche con un gran sahumador y poco a poco el aire se transforma en perfume.

Los hombres se sientan en círculos, de rodillas, hombro con hombro, y ocupan todo el meydan, (el “campo” o el salón) hasta donde llego a ver con filas concéntricas. El maestro está sentado en uno de los extremos, de espaldas a la qibla con una túnica negra sobre su ropa y un turbante.

El sheik, desde el silencio, canta la profesión de la fe (“la ilaha illa llah”), con una melodía que, después me daré cuenta, es nueva cada vez.  Los derviches repiten la frase. Los hombres cantan la ilaha illa llah, moviéndose rítmicamente, al unísono, como un péndulo. Poco a poco incrementan la velocidad de la invocación, que pierde su melodía, y el movimiento se traslada solo a la cabeza, que se mueve de un lado al otro mientras dicen “no hay más dios que Dios”. Continúan así, cada vez mas rápido, subiendo de tono y bajando un número impar de veces e incrementando la velocidad en cada ascenso y descenso hasta que el sheik, con una palmada sobre su pierna, cambia la forma de repetir la frase y comienzan a hacerlo con un jadeo, con un sonido producido por la respiración. Aquel sonido áspero y cortante, generado entre el aire del diafragma y el sonido de la glotis es una especie de respiración sagrada que según dicen afecta el plexo solar. Sobre aquel rugido, un solista comienza a recitar.

Arriba del sonido grave de las voces, como un latido, emerge en contraste la aguda y melodiosa voz del cantante. Suben de tono todos, siguiendo las modulaciones que anticipa el solista, y la música, a la vez sagrada y primitiva, celestial y pulsional, va ganando altura y velocidad. Desde arriba las mujeres, aunque sentadas en desorden, repiten gestos, movimientos y sonidos. Así, erguidos sobre sus rodillas, balanceándose, los hombres parecen olas del mar en sus respectivos círculos y por sus respiraciones el calor comienza a subir dentro de la sala. La voz del sheik, sin micrófono, se escucha nítida y más fuerte a pesar de los cientos, incluso tal vez mil hombres que cantan y respiran y se mueven. El movimiento se acelera y el mentón va dibujando puntos invisibles en su peregrinaje de un extremo al otro del pecho, acompañando el movimiento de la cabeza. El gesto parece reconcentrarse, hacerse más pequeño sin perder fuerza y armonía, como un péndulo que poco a poco cesa.

Todo se interrumpe y un hombre ciego, de voz cristalina y dulce, recita el Corán. Luego el sheik da otro nombre divino, Allah, y luego Hu. De repente, todos se ponen todos de pie, retiran las alfombras y se cierran en círculos sucesivos. El más interno lo ocupan quienes antes estaban, por orden de antigüedad y jerarquía espiritual, en la primera fila, en donde también está el sheik y los círculos más externos incluyen a los derviches más nuevos, que estaban sentados atrás.

Todos tienen sus manos debajo de la axila opuesta y están hombro con hombro. Cuando el sheik dice “ya Allah” abren sus brazos y se dan la mano, como una flor al expandirse. La mano izquierda va hacia abajo, la derecha hacia arriba en el mismo gesto de los derviches giróvagos que toma lo divino para repartirlo en la tierra según la tradición mevlevi.

Comienzan a cantar un ilahi, una canción sacra de la música clásica turca hasta que el sheik dice “hu” y los derviches repiten con él, balanceándose, mientras avanzan girando hacia la izquierda, la pierna izquierda adelante mientras que la derecha pasa por atrás. Alguien trae unos tambores y el sheik los besa, desde adentro del círculo que gira.

          Los hombres se sueltan las manos y se toman de lo hombros, mientras que el sheik se deshace de de su turbante y su túnica, no sin antes besarlos y queda en el centro del círculo interno. De la misma forma en la que en el mundo todo gira, hasta la sangre dentro del cuerpo, aquella danza celebra el movimiento de los planetas. Allí, dentro, el sheik, sol de aquel jardín de olas, da otro dhikr, y comienzan los tambores a marcar el pulso, mientras que los shakirs, la rueda de derviches cantantes que permanece fuera del círculo, parece cantar cada nota de sus antiguos poemas con más aire que la anterior. Los derviches abandonan la sílaba en pos de una respiración rítmica y sonora y mueven la cabeza acompasadamente, de un lado al otro, en sentido contrario al movimiento de los pies. El sheik, solo dentro del círculo, como un sol orbitado, gira en sentido contrario a los derviches, y enfrentado a ellos, los mira.

Sin importar lo fuerte del sonido, ni el calor que sube, ni la cercanía de los hombres, ni el gemir de las mujeres, nada de aquello se vuelve ni violento ni tenebroso, la sensación es de una extrema pureza, y a pesar de la intensidad, no tengo en absoluto miedo, me entrego sin dudarlo a aquella nueva experiencia que me parece celestial, purificante.

En medio del círculo, junto al sheik que continúa su caminata como pasando revista a las almas de sus derviches saludando a cada uno de sus corazones, ingresa un derviche girador y expande sus brazos como si se tratase de alas, suspendido entre el ritmo bajo de la respiración y el alto de la melodía que se eleva. El pulso de los tambores, los bendires, comienza a acelerarse y los derviches lo siguen con su rapidez de movimiento y respiración, mientras el girador continúa en su ritmo, olvidado del mundo. Los otros se van apretando, y la distancia entre las líneas se reduce. Visto desde arriba, parece un extraño organismo vivo en movimiento, una galaxia en expansión. El éxtasis lánguido del derviche que gira, la ronda presente y vigilante del sheik, la euforia conciente de los hombres abrazados, moviendo sus cabezas como una flor carnívora que se contrae y se dilata. Aquella danza contiene al mundo, hace a la ciudad detenerse, logra aniquilar al tiempo en el instante. Todo es ese momento de presente, aquella exaltada y múltiple comunión con todo. Hay silencio y sonido, introspección y voluptuosidad, ritual y fuerza, hay algo vivificador, algo misterioso, un ardor místico, un anhelo sagrado.

El sheik vuelve a su lugar en la primera fila, la del primer círculo, el interno. A su lado, a veces, les deja lugar a algunos niños. Los cantantes cantan cada vez más fuerte, sus voces son tan nítidas como bellas, no hay amplificación ninguna del sonido humano. Inesperadamente, como una sacudida de la tierra, el sheik da un grito y los derviches comienzan una respiración más lenta y profunda, en tres tiempos. El ritmo se acelera. El girador se va, los cantantes dejan de cantar y comienzan a armarse círculos más pequeños en lo que fuera el primer círculo. En el centro de todo esta el sheik y a su rededor cuatro hombres. El tambor toca solo un golpe, un pulso. Hacia él, hacia el hombre del centro, respiran todas las bocas y se conduce todo sonido y energía. Cada uno apoya sus manos en la espalda del de adelante. Con cada respiración se acercan al centro y comienzan a rebotar sobre sí mismos moviendo la cabeza de arriba a abajo, como un fuelle abriéndose y cerrándose. El sheik grita “ya Hayy“, ¡oh, Eterno!, y todos lo siguen, dejándose llevar por el nuevo ritmo de la frase que impone un tiempo aéreo, de rebote, y una caída. Es intensidad. El sheik, en el centro, parece crecer y alargarse, subir por sobre la altura aún de los más altos y los hombres entrecierran los ojos y abren la boca con gesto extático. ¡Ya Hayy, ya Hayy!. Todos se entregan, se deshacen frente al hacedor, como en el fuego primero de un volcán cósmico, la vida se forja en el caos, en la danza misteriosa del magma.

Cuando el maestro grita, nunca es un grito, sino una voz que retumba, serena y a la vez increíblemente fuerte, como un rugido del rey de los leones, y los derviches mudan el ritmo a una respiración jadeante que se acelera. Cuando llega al punto máximo comienza a decrecer en volumen hasta convertirse en un suspiro. El sheik, con un sonido, lo termina. Los hombres desarman los círculos y se ponen en dos grupos de filas enfrentadas dejando un pasillo en el medio en donde se encuentra el maestro. Las filas guardan también la jerarquía por antigüedad, respetan el mismo orden que los círculos. Llevan las manos agarradas a la altura del abdomen y crean ese camino que remeda el que se creaba al paso de los antiguos sultanes.

Por más complejo que sea al dhikr, a pesar de la variedad de los movimientos, repeticiones, aceleraciones y rallentandos, cambios repentinos, ritmos, melodías, pasos, posiciones, movimientos, a pesar de lo intricado de la coreografía y de su matemática relación con la música (por no hablar del significado místico que esconde cada gesto, de la tradición de cada verso, de la alquimia de cada rezo), no hay un corte, una hesitación, un error, una duda, un tropiezo. Todo fluye armónico, todo se desarrolla como si aquella multiplicidad no fuera más que un solo cuerpo, como si aquel ritual fuera un símbolo, una representación del tawhid, la unidad divina que contiene la multiplicidad de los mundos.

Un solista sube la voz. El tambor vuelve a empezar. La respiración, el jadeo gutural, cambia de sonoridad. Los hombres se toman con cada mano de las solapas de su chaleco. El ritmo de la respiración jadeante vuelve a cambiar y se acelera y se intensifica hasta que ya no deja lugar para otra cosa, hasta que invade todo y no hay quien no sude ni quien conserve el aliento, quien no sienta su pecho expandido y su mente vacía de todo cuanto no sea sonido. No queda ya nada que no contenga eso. Y aquella satisfacción plena embriaga en su misterio y deja lugar a un silencio llamado paz, llamado sakinah. Todo calla de golpe. Todo movimiento se desvanece. El sheik avanza por el pasillo, todos los derviches se ponen en posición, el dedo del pie derecho cubre al del izquierdo, las manos guardadas debajo de las axilas, la mirada baja. El maestro llega hasta la puerta, se da la vuelta y saluda. “¡Assalamu aleikum!”. Un solo hombre, el que lleva el incienso, le responde “Wa aleikum as salam”.

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4 pensamientos en “Siete puertas hacia el sufismo: II Dhikr, el éxtasis como forma de adoración

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