Postales III: Timios Prodromos, las sutiles monjas de Grecia

Estábamos en Serres, un pequeño pueblo de la Tracia griega. Solo los olivos habitaban esas calles tranquilas en las que nada pasaba. Y sin embargo fue allí donde encontré uno de los lugares más hermosos del viaje.

Íbamos por un camino entre las sierras en busca de un monasterio ortodoxo. El camino era árido y de cintura. Bordeábamos la cornisa. La tierra era seca y los pastizales eran duros, de un verde claro. Todo resistía, sediento, el contacto permanente del sol y del polvo. Cuesta arriba, nos alejábamos de la ciudad y entrábamos a otro tiempo. “Serres: sierras” pensaba, tal vez inventando etimologías. La única dirección era hacia arriba, sorteando cabras, vacas y jabalíes que pastaban a su antojo, leyendo carteles incomprensibles, mirando la ciudad abajo, esquivando los autos de los turistas.  Sabía que no iba a poder cumplir mi sueño de visitar el Monte Athos y sus monasterios sagrados por la irrefutable razón de ser mujer. En Athos todo lo femenino (salvo las gallinas y la Virgen) está prohibido y las pocas mujeres que en el curso de su milenaria historia lograron escabullirse en la península sacra murieron poco después, según cuentan las leyendas. Si en Athos los monjes de negro no me aceptaban, no importaba, en Grecia era posible encontrar un monasterio solo de mujeres a poco más de 10 kilómetros de Serres.

Timios Prodromos carvansaray

Arriba el sol pegaba más fuerte, pero el viento era más frío. Timios Prodromos, el monasterio que buscábamos, se asolaba en esas colinas desde hacía más de ocho siglos.  En medio de un muro de rocas grises y desiguales una antigua puerta de madera en forma de arco conformaba, abierta, la entrada. Un camino de piedra que bajaba recorría el monasterio entero. Se dibujaba, contra el verde de la montaña, el blanco de la iglesia, su campanario, la pequeña cúpula roja de una fuente en el patio central, las viviendas de techos de teja, los canteros con árboles añejos, el seco verde de los olivos, las difíciles escaleras de laja, los balcones de madera, las pequeñas ventanas, los maceteros llenos de flores. Pequeñas callejuelas llevaban a casas de madera destartaladas con cimientos de piedra.  Algunas eran habitaciones, otras talleres. Podía visitarse también una iglesia que parecía una cueva, sin luz, con antiguas sillas de madera apoyadas sobre las paredes laterales, una capilla oscura como un útero, adornada con íconos laboriosos y de vivos colores y lámparas ostentosas. Aquellos edificios se habían ido agregando con los años, con los siglos, superponiendo los colores de sus materiales y sus estilos.

Timios Prodromos serres

En aquel monasterio ortodoxo dedicado a Juan el Bautista viven más de treinta monjas que se acuestan a las cinco de la mañana después de rezar toda la noche y se levantan a las ocho para hacer diversas tareas rurales. Son delicadas y fuertes, llevan austeras ropas negras y el cabello tapado con un velo oscuro que resalta contra la piel blanca del rostro. Treinta y siete mujeres, la mitad ancianas, la otra muchachas bellas, calmas, absolutamente felices.

Sus miradas inocentes me hicieron recordar a las jóvenes con chador negro que caminaban por las calles de los barrios más religiosos de Estambul. Vestidas con el mismo color, con el cabello igualmente cubierto, con largas faldas sobre amplios pantalones oscuros corroídos por el sol, con túnicas de telas arruinadas por el viento, las monjas eran bellas y en sus rostros suaves, amasados por el sol, el trabajo, la plegaria y la lectura había una calma sencilla y profunda, una armonía nacida de la paz y del bienestar de quien no aspira a nada más que a permanecer.  Con mi corazón cansado del viaje, del trajeteo, del movimiento, con mi cerebro resentido de tanto pensar y analizar y planificar y razonar y no encontrar asilo, sentí que me hubiera gustado ser una de aquellas muchachas y ver la belleza palidecer pura debajo de un velo, la juventud evaporarse en la dulzura de la rutina y de los ciclos, abstraerme por siempre del mundo y del cambio, de la ansiedad, del vértigo del acontecimiento y del amor y no hacer nada más que esperar sin esperar, que transcurrir en la compañía inagotable de madres y hermanas hasta morir, y aún así descansar en esa misma tierra, regada por el sol y la lluvia y recibir sobre mi tumba las flores que las novicias depositasen.

Timios Prodromos caravansaray

Una novicia joven de poco más de veinte años tenía como tarea atender a los visitantes. Me explicó en inglés que en aquel lugar vivían muchachas procedentes de diversos lugares del mundo que debían aprender el griego antiguo para leer las escrituras. Muchas estaban lejos de sus familias y no las veían en mucho tiempo. En ese universo femenino, eran ellas las que, cuando los necesitaban, mandaban a buscar hombres: el cura que oficiaba la misa estaba permanentemente a su servicio.

Me dijo que ellas tenían un maestro espiritual, Elder Efraín Archieratefontos, el abad del famoso Monte Athos. Aquel maestro podía, si quisiéramos (nos dijo como una invitación), convertirnos en ortodoxos y era él quien, después de unos años de noviciado, les daba a las monjas y a los monjes un nombre nuevo.

Me habló de sus rutinas de oración y recordé a las jóvenes sufíes turcas. ¡Qué diferente era aquello en cuanto al cristianismo que había conocido en mi infancia! ¡Cuántas similitudes lograba encontrar con respecto al Islam!. A la luz de esa nueva experiencia volvía a leer ambas culturas, ambas religiones. Y sentía que aquella religiosidad, la pureza de espíritu y entrega que vivían esas muchachas no se distanciaba de la que se respiraba por momentos en Estambul. Cómo una muchacha capaz de hablar muchos idiomas, refinada y educada, podía convertirse a monja cerrando la primera década del segundo milenio era algo que no entraba en los planes de una joven argentina promedio, y era a su vez algo en cierto punto revolucionario.

La monja, con un tono dulce, me relató sus rutinas: limpiar, cocinar para vender, trabajar en la huerta, mantenerse ocupadas, estudiar, rezar, leer, entre otras lecturas, la Filokalia.  Me contó que si bien los monjes y las monjas jamás se casaban, los sacerdotes sí lo hacían. Con mirada de enamorada me confesó que estaba casada con Jesús, que el de ella era un matrimonio espiritual. Su expresión y la de las otras mujeres eran tan armoniosas que me emocioné. Sentí el amor que ellas tenían por lo divino, sentí la fuerza de su ardor místico, su paz, su goce y lo que significa matar dentro de sí al mundo y al deseo.

Timios Prodromos

También me contó la historia del monasterio. Fue construido en 1270 un monje del Monte Athos, San Juan. En aquellos días estaba habitado por hombres y supo ser uno de los centros espirituales más importantes de los Balcanes, como lo atestiguaban sus íconos y tesoros. El monasterio vio pasar imperios y reyes, y se sobrepuso a guerras y batallas. Pero a comienzos del siglo pasado los búlgaros atacaron Grecia y asolaron el monasterio. No solo robaron su extensa biblioteca sino que, cuentan las monjas, mataron a todos los monjes de Timios Prodomos menos a uno. Este, que no podía llevar el sitio sin la ayuda de sus hermanos, lo abandonó, hasta que a una abadesa y a sus monjas pertenecientes a la congregación de Odigitria Portaria Volos lo recuperó en 1986.

Nuestros amigos se aburrían e insistieron para que nos marchemos. Dije las últimas palabras a nuestra guía mientras caminaba, como si me costase separarme de aquel lugar, como si estirase el brazo para seguir tocándolo. Le pregunté, en el último aliento, sobre la posición de los dedos de la mano de Jesús en los íconos que lo representaban. y me dijo que significaban la J y la C, iniciales de Jesus Christi.

Bajábamos, volvíamos, descendíamos a la ciudad y sentía la pérdida que siempre me toca cuando me alejo de la naturaleza acompañada por una nostalgia nueva, la de la paz rústica y salvaje del monasterio, la del silencio lleno de trinos de pájaros, la de la verdadera vida.

*********************************************************************

¡Te invito a unirte a esta caravana a través de facebook y a compartir nuestros caminos!

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s