Las crónicas persas: II Elegía al alma esquiva de Teherán

Una ciudad europea

Nadie dijo nunca que Teherán fuera hermoso. La persistencia de las remeras de “I love Istanbul” en todo Turquía, Georgia, Armenia y hasta en la capital iraní ayudaban a aclarar de qué lado se sigue situando la balanza estética del urbanismo mediooriental. Pero no sabía que Teheran, como una minoría de las mujeres que la habitan, es una ciudad que usa chador, una pudorosa dama que se resiste a mostrar su belleza al desconocido.

Llegábamos de un viaje de un día desde Yerevan y gran parte de la primera jornada se había ido en sortear casi 300 kilómetros que separan la capital armenia de la frontera. No hay en Armenia ni en Georgia un solo kilómetro que no sea verde, ni uno que sea plano. Cuando la bandera iraní flameó en el horizonte (que, consecuente con pertenecer a un país desértico se había vestido de gris seco 100 metros atrás), ya se veían las primeras estrellas. De modo que aquella primera mañana teheraní en la ruidosa, caótica y caliente Terminal Azadi, no solo estábamos comenzando un nuevo día, sino que abría los ojos por primera vez a una nueva ciudad, y a un nuevo país.

iran imam jhomeini

Típica postal iraní

De cierta forma Irán era para mí un regreso al mundo musulmán, después de una semana en sus cristianos vecinos (campanas, casinos, íconos, vino y minifaldas). Pero la vuelta había traído consigo 10 grados de más, que ya se sentían en la frontera, y el sol iluminaba furioso el asfalto enardecido. Aunque eso no significara que estuviera soleado. Algo que llama la atención de Teherán es su cielo. Es el velo que cubre la cabeza de la ciudad. No son nubes, ni neblina, pero cuando se levanta la vista no se ve más que cientos de píxeles grises, amarillos y rosados que hacen las veces de cúpula del mundo. Pensé mal de los teheraníes y después de presenciar la cantidad de autos y de barbijos que circulaban por la ciudad y de constatar que estábamos en un pozo sin árboles rodeado de montañas, le eché la culpa a la contaminación. Pero estaba equivocada. Lo que nos ocultaba el celeste eran nubes de polvo, venidas de toda la extensión desértica de Irán. Cuando llovió, vi los árboles y los autos cubrirse de lodo. Cuando la tormenta de polvo se desató, hubo que buscar refugio y cubrirse la boca y los ojos. Y entendí. El cielo gris de Teherán no es el resultado de su capitalista locura automovilística, sino de su oriental corazón de arena.

Teherán se divide en Norte y Sur. Detrás, al norte, están las lejanas montañas cubiertas de nieve y humo. Atravesar la ciudad lleva tiempo y petróleo. Shabnan, nuestra amiga teheraní trabaja a una hora y media de distancia de su casa, que se convierten en más de dos por las noches, cuando el tráfico estalla en su estático ritmo de bocinas. Las calles son como plazas de mercado. Los semáforos casi no existen, y si lo hicieran nadie los respetaría. No hay mano ni contramano y las motos kamikaze se inmiscuyen tras las hendijas invisibles que autos y camiones dejan entre sí. Cruzar la calle es un acto de fe, un arrojo de coraje y una declaración de identidad. -¿Son extranjeros, no? – nos dijo un desconocido en una esquina- me di cuenta porque les tomó más de diez minutos cruzar esta avenida. Las autopistas evitan a los peatones, pero no imponen un tipo de respeto que induzca a no girar en “u” o a no detenerse en el momento que el conductor considere más oportuno. Aún así, sin ellas el rico norte y el pobre sur estarían aún más distanciados. Ruido, caos, velocidad y un calor que parecía emerger del asfalto para quedar atascado en el aire sin viento de la ciudad infinita: esa era la cara visible de mi primer Teherán. Y, en la superficie, poco legado de los tiempos antiguos.

foto 3 carvansaray-transito teheran

Mano y contramano son nociones subjetivas

Quitando la furia de las norteñas zonas modernas, olvidando las avenidas sofisticadas y los kilómetros de autopistas, maraña de acero y concreto que intenta comunicar una ciudad inmensa, hay una superficie de barrio que se extiende por kilómetros y da abrigo a más de 15.000 personas. Gran parte de la ciudad es de un relieve bajo y deslucido. No hay altos rascacielos, pero tampoco casas. Esta es una constante en el Este: la gente se agolpa en pequeños edificios, iguales los unos a los otros. Desde afuera nada se ve, hacia afuera nada se ostenta. Pero todo está en el interior. Hablaré de eso más adelante, pero puedo adelantar que cada casa iraní está construida en torno al living, al espacio común. A diferencia de las viviendas europeas, en donde el cuarto propio se extiende al infinito, en Teherán las habitaciones son pequeñas porque la vida transcurre en otra parte. El salón, siempre preparado para recibir invitados, alberga las enormes y preciosas alfombras, que todo iraní podría catar de un vistazo. La pequeña mesa, siempre con dulces y frutos. Y tanto la sala como la cocina, trabajan como una especie de muestrario de la más nueva tecnología. El lema de la sociedad persa es más el verso de Rimbaud que cualquier slogan de la Revolución. Hay que ser absolutamente moderno[1].

foto 4- los jardines de

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Namazhane, espacio para rezar a cielo abierto

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Parece difícil de creer, pero Teherán tuvo alma de aldea desde su arqueológico nacimiento en el neolítico. Y aún más utópico es imaginar que hubo un tiempo en el que Teherán fue un bosque de caza, un remanso de jardines para los reyes safávidas y los monarcas que les sucedieron. De aquellos días quedó la nostalgia de un amor perdido. El verde es la pasión (casi imposible) de los iraníes: solo un pueblo del desierto puede apreciar la delicia de un vergel. “Verde” es el mejor de los elogios persas, seguido tal vez, para una buena parte de la sociedad, de “occidental”. Si había un sitio capaz de combinar ambos y convertirse en el no va más de lo que se debe ver en Teherán, ese fue, para mis anfitriones, la visita al complejo de Sad Abad. La entrada costaba dos veces más que el ticket de Persépolis y nos permitía deambular por el extenso parque e ingresar a la que supo ser la residencia veraniega de los Pahlavi. El anteúltimo de los shahs construyó el llamado “Palacio Blanco”, en el que intentó plasmar su pasión por occidente. La sed de lujo se agotaba en salas que bien hubieran podido pertenecer a cualquier ministerio argentino, sin que nadie les reconociera su pompa decimonónica ni cobrara entrada para admirarlas. En cuanto a los objetos, se destacaban alfombras inmensas, joyas exhibidas en vitrinas, lámparas de cristal y, las más asombrosas piezas del museo frente a la mirada persa: un juego de mesa con sus sillas y, en el lecho nupcial, una abultada cama. La fascinación que hubieran generado estos elementos en los años 30, cuando la familia real habitaba la propiedad, me pasó desapercibida en un primer momento. Recién llegaba a Irán y aún no me había dado cuenta de que más impresionante que las alfombras o las joyas que el pueblo podía ver en los bazares, era una cama en un país en donde la gente aún hoy duerme sobre delgadas colchonetas y una mesa con sillas, cuando la mayoría de los iraníes come en el suelo.

En el palacio blanco me topaba de lleno con aquello que no quería ver. El lado occidental de Irán se burlaba de mi ilusión orientalista, e intentaba refugiarme en los pequeños detalles que con necedad calificaba de “verdaderamente” persas. Teherán no era ese palacio, Teherán no entraba en un museo. Su corazón estaba allí afuera, oculto tras el velo del smog.

Imamzades: los jardines turquesa de los amigos de Dios

El viaje no es una colección de tardes deambulando por museos, sino una cacería tras el pulso salvaje de los lugares. La travesía se concentra en percibir aromas y en acudir al llamado de los sitios sagrados y entonces la andanza se convierte en peregrinación. La caravana se interna en los caminos y se deja guiar por los sonidos de la(s) fe(s). Y en Irán el corazón de los creyentes no se agolpa en las mezquitas sino que late entorno a las tumbas de los descendientes de la familia del Profeta. Un imamzade es la tumba de un hijo o hija de uno de los doce imames shiítas (los sucesores del Profeta a través de la descendencia de su hija Fátima y su yerno Alí).  Solo uno de los doce imames yace en suelo iraní (el Imam Ali Reza, a quien conoceríamos en Mashhad), pero hay decenas de imamzades enterrados a lo largo del país.

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Imamzade Saleh

El imamzade Saleh, del hijo de Musa al Kasim, el séptimo Imam Shi`a, se escondía detrás de un pequeño bazar de tiendas religiosas. Su brillante cúpula turquesa reemplazaba el cielo gris, inmensa y a la vez delicada, sutil. Los mosaicos que la revisten están unidos de tal forma que no se distinguen las junturas y el azul se desliza transformando la arquitectura en sueño, en espuma de un universo liviano. En el patio externo la magnífica entrada del imamzade contempla una fuente triste. El gran rectángulo de la puerta es suavizado por la gracia del arco. Desde allí miran desde sus pancartas a la multitud que ingresa Khomeini y Khamenei, los dos ayatolás de la Revolución. Desde allí también penden las guirnaldas de luces y los banderines. Porque la tragedia de la muerte, al tamizarse de la gloria del martirio, alía dolor y goce, la amargura de este mundo con la dulzura del paraíso. Y la tumba, como lugar de intercesión, aspira en su construcción a generar en el peregrino una multitud de sentimientos. Recogimiento, fascinación, piedad, pero también alegría.

foto 10 detalle

Los imamzade y las tumbas de las personas piadosas en general, son el objeto de la ziyarat, de la visita sagrada. La ziyarat comporta muchas veces un adab, una cortesía especial que generalmente implica realizar una oración o leer el Corán. En la práctica shiíta la visita incluye muchas veces plegarias especiales y el acercarse a besar la tumba, y circunvalarla. Tanto las manifestaciones populares del Islam, como los sufíes y los shiítas consideran la visita como un medio para obtener baraka, bendiciones divinas, y para pedir intercesión (o ayuda divina directa en un sitio privilegiado de presencia divina) tanto para la vida del otro mundo como para cualquier tipo de problemas.

A diferencia del Hajj o peregrinación a la Kaaba en Mecca, la ziyarat es voluntaria. Algunos viajan desde muy lejos para visitar a tal o cual santo, otros construyen una relación cotidiana con las personas piadosas enterradas en sus pueblos, pero a todos los mueve no el temor, sino el amor. Y mientras los sufíes buscan en cada visita la apertura de sus corazones, para los shía el amor al Profeta y a sus descendientes es un pilar de su creencia, la tawalla.

foto 11 dibujo chador

foto 12 entrada

Cualquiera sea la naturaleza de la peregrinación, antes de traspasar los arcos del imamzade hacía falta arroparse dentro de un chador, tela holgada que cubre el cuerpo femenino de la cabeza a los pies, siempre que su portadora tenga la destreza de mantenerlo firme en su sitio sujetándolo con una mano por debajo del mentón. Hombres y mujeres entrábamos por separado, pero el espacio para unos y otros era equitativo. Al ingresar el mundo de afuera dejó de existir. Toda la superficie del mausoleo estaba recubierta con pequeños espejos que fragmentaban y reflejaban la luz, haciéndola viajar de muro en muro y de espejo en espejo. Las reverberaciones lumínicas tenían un tinte verde y plateado y deshacían el espacio en una estela sin fin de resplandores coloridos. El arte de los espejos es de una belleza extraordinaria, llena de gracia, a la vez complejo y simple como la luz que es la principal actriz de esa escena de otro mundo.

foto 13- espejos

Las mujeres, sentadas en desorden, charlaban y hasta comían, pero a medida que me iba acercando a la luz verde que emitía la tumba, la actitud de las peregrinas cambiaba, y, por detrás de las voces de las recitadoras del Corán, se oían los lamentos y el llanto de aquellas que se agolpaban junto a las rejas del sepulcro. Era aquella una ceremonia de la pasión, había sonrisas de éxtasis, lágrimas de emoción, gemidos de pena. Las mujeres se aferraban al enrejado, lo acariciaban, lo besaban, frotaban su cuerpo y algunas telas y dejaban dinero dentro de las tumbas. En contraste con la serena sobriedad de las tumbas de Turquía, aquí no hay silencio, hay flores, hay dinero, hay días de pena pero también hay noches de fiesta y hay banderines, luces y colores que tienen un lejano parentesco con la cercana presencia de la India y sus templos. Los imamzade a través de la voluptuosidad de su arquitectura son también un monumento en honor a la victoria de un pueblo: ostentación de la diferencia y celebración del fin de la opresión shiíta.

foto 14- mujeres

Sin darle la espalda a Saleh, retrocedo hasta la entrada. Los peregrinos se desean unos a otros que su ziyarat sea aceptada. Y algunos de ellos murmuran sobre anteriores milagros del sitio sagrado y sobre la alegre promesa de que sea el santo el que visite espiritualmente a sus peregrinos, cuando a aquellos les toque el turno de habitar el sepulcro. Porque todas las almas probarán la muerte, pero solo algunas podrán sentir desde sus tumbas el aroma dulce del paraíso.

El bazar de Teherán o los laberintos de la belleza escondida

Sobre la caótica avenida Khorad, entre los puestos de falafel y a la vista de los taxis, los autos y las motos descontroladas que en todas direcciones asediaban la calle, se encuentra la entrada del Bazar`e Bozorg, el gran bazar de Teherán. La majestuosidad de los azulejos ajeados por el tiempo se pierde tras la confusión propia de la trayectoria incansable de cientos de personas. Adentro, dos filas de negocios dejan un pasillo un tanto estrecho por el que caminar, que va a multiplicarse en cientos de esquinas con sus nuevas calles. Los primeros locales son de los vendedores de joyas y oro, pero cada corredor agrupa un sector de artesanos diferentes. Están los mercaderes de alfombras, de oro y de especias, y los artesanos que fabrican cuchillos, los zapateros, los calígrafos, los sastres, los miniaturistas, los que trabajan el cobre y los vendedores de telas y manteles artesanales, todos dentro de un perímetro de más de diez kilómetros cuadrados de negocios.

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Podría postularse al bazar como la abuela del shopping, pero de aquel lejano parentesco solo se conserva la contigüidad de los negocios en un espacio techado. En el bazar no hay música, se escuchan las arengas alegres de algunos vendedores o las persuasivas conversaciones de otros. No hay publicidades anunciando descuentos, solo las mercancías arrinconadas frente a las vitrinas, o expuestas en el piso, y el silencioso cantar de sus colores. No hay luces blancas que le den a todo una atmósfera de lujo, sino la presencia permanente de los muros, con sus arcos decorados de tanto en tanto por azulejos, y las cúpulas con las claraboyas que dejan pasar la luz pero no el calor.

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Los pasajes del bazar se entremezclan, se confunden, se comprimen. Caminan mujeres envueltas en negros chadores y muchachas que llevan el velo casi sobre la nuca, enseñando el cabello teñido de rubio, el flequillo erguido sobre toneladas de maquillaje que soportan los párpados. Muy de vez en cuando aparece un anciano con barba blanca y ropas de aldea, o algún religioso de túnica y turbante, pero son casi tan raros como aquella mujer bandari que escondía la cara detrás de una máscara de hierro. Pasan jóvenes de jeans y remeras apretadas y se codean con carretilleros de la misma edad, de mirada profunda y rostros curtidos que muestran una niñez de trabajo y montaña y la nostalgia de una familia que espera, lejos de la capital. Los carretilleros parecen pertenecer a una logia secreta, estar bajo el imperio de un ritmo distinto, de otras leyes. Andan siempre apurados, siempre cargando más de lo que pueden llevar, cordilleras de bultos al borde del derrumbe. Se mueven sin que nadie pueda adivinar ni su procedencia ni su destino, trazan caminos ocultos, y dentro de sus paquetes distribuyen el alma del bazar, del que conocen todos sus misterios. Dueños de los pasadizos, primeros en llegar y siempre últimos en irse, se chocan, se ayudan, se las ingenian para darse paso entre callejuelas por definición más estrechas que sus cargamentos. Las carretillas son los vehículos sobre los que se desplazan pero también las mesas sobre las que comen, las camas donde duermen cuando el cansancio es mucho y el trabajo poco. Ellos, y no los bazaris poderosos que se atrincheran detrás de sus mercancías, son los dueños verdaderos del Bazar`e Bozorg.

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De repente, al girar en lo que creíamos un camino sin salida, nos vimos en medio de una gran plaza. El cielo anunciaba lluvia y hacía brillar más fuerte el turquesa de la cúpula de una mezquita. El aire se extendía, como el calor, hacia los costados, descomprimido. El espacio abierto le daba al complejo una prestancia inesperada. La gente atravesaba la plaza de un lado a otro, conocedora de atajos que yo ignoraba. Pero la calma era total dentro del espacio azul de la mezquita, universo de azulejos, remanso de silencio y soledad, reino de lo divino en medio del mundano mercado. Algunos hombres dormían sobre la alfombra gastada aprovechando la sombra, algunas mujeres rezaban, la frente contra la piedrita de arcilla mandataria para los shiítas. Y el resto, espacio vacío, quietud, antítesis preciosa del mundo de allí afuera.

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No se trata solo de aquella plaza. El bazar esconde decenas de caravansares, baños turcos, depósitos y mezquitas. Pero sería inútil querer dar con ellos siguiendo las frías indicaciones de un mapa. Como la mítica Shangri-la, Teherán abre sus puertas mágicamente. Cuando quiere y a quien quiere.

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Volvimos al bazar. Más que intentar descifrar los precios en riales y tumanes, me dediqué a disfrutar de las banderas que decoraban los techos. Pronto llegaría ramadán y el bazar se preparaba para los días sagrados con fluorescentes invocaciones a la familia del Profeta y citas del Corán. Caminamos hasta que, perdidos, dimos con una callejuela del bazar cuyos arcos, a más de tres metros del piso, estaban decorados con pequeños abanicos de vitrales coloridos. El atardecer jugaba con el bazar como la mirada de un niño con un calidoscopio, y el piso gris se llenaba de azules y amarillos que bailaban con los rojos y verdes para parir violetas, naranjas y dorados. Las luces brillaban altivas y graciosas sobre el polvo que las horas habían creado. La belleza sutil de la luz era capaz de hacer sucumbir la rigidez de los ladrillos y hacía olvidar que aquello era arte planeado para representar la opulencia de los señores del bazar.

Vagando, dejamos el bazar por sus calles de atrás.  Nos zambullimos en una red espesa de veredas angostas rodeadas por muros de ladrillo amarillo con grandes portales. Adentro se escondían las casas y la vida. Cada tanto la risa corría junto a alguna niña que jugaba, más adelante una moto posaba frente a un cartel ceniciento y la magia nos atrapaba, a la vuelta de la esquina, en un mausoleo perdido y hermoso rodeado de banderines, o en la mirada solitaria con la que el azulejo de un mártir adornaba un muro.

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Aquellas calles teheraníes, ajenas al ruido y al tráfico, mostraban la entrecasa barrial de una megaciudad de cemento y autopista. Allí la vida aún fluía paso a paso a la sombra de los árboles en los patios escondidos, al compás de los susurros de las vecinas, de los gritos de los niños y el zumbido de las motos de los jóvenes. Desnuda de su ropaje de acero y polución, el alma de Teherán brillaba desde una semilla alegre de suburbio y su luz se extendía, calma e impalpable, sobre todas las calles, sobre todas las cosas.

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[1] Estas ansias de novedad no nacen de la sociedad de consumo, sino que tienen que ver con lo más ancestral de la cultura persa, el Noruz, el ritual de renovación que incluye la fiesta del año nuevo iraní.

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