Las crónicas persas: III el encuentro con el Señor de Mashhad

 “y no digáis de los que han muerto

por la causa de Dios “están muertos”,

sino que están vivos, pero no os dais cuenta”

 Corán 2: 154

 

Mashhad representa el punto más al Este sobre el que jamás estuve. Habíamos cambiado el rumbo tan rápido que en ese momento no llegué ni siquiera a pensarlo. No había dónde detenerse y eran los pasos los que decidían nuestro nuevo destino mientras yo solamente me limitaba a levantar mis hombros. El futuro era aquella runa de silencio que esgrimíamos cada vez que alguien nos preguntaba por nuestros planes; el pasado, el racconto interminable de ciudades ya borrosas por las que habíamos caminado. -Entonces ustedes son como los antiguos sufíes, “los hijos del instante”- nos dijo una joven muchacha que conocimos en Na`in. Sabía que no podía medirme con las huellas de esos sabios del pasado llamados a ser siempre presencia. Pero si en algún modo era una hija del instante era en esa vocación de camino, de algo transitado y en tránsito, en aquel constante ponerle el cuerpo a coordenadas desconocidas que implicaba por sobre todo sustraerme del lenguaje. Las palabras habían desaparecido, la conversación interna había sido silenciada, no quedaba un solo pensamiento que ordene los hechos, que nombre los días, que cree historias. Todo en mí se había arrojado a vagar sin poder asirse de la certeza de los calendarios, y nada se trasladaba conmigo de un lugar a otro, más que un cuaderno incompleto que era incapaz de llenar. Cada minuto era un ahora siempre desorientado, cansado y fascinado. Es por eso que solo cuando partía a bordo de otro tren que se alejaba del asfixiante calor del Golfo Pérsico, en un minuto extraño de lucidez sobre el pasado, me dije que Mashhad representaba el punto más al Este sobre el que jamás estuve. Y sonreí.

Era otro tren el que me llevó a Mashhad un lunes, apenas cuatro días después de haber llegado a Irán. En la estación de tren todo era un caos. Niños, bolsos, mujeres, hombres sentados en el suelo y una furia de color que superaba a la que escondían los pasillos adornados del bazar de Teherán. Estaba inmersa en un caos de ropas, gestos y rostros que presentía de tierras lejanas y se veían extraños entre la moderna planicie blanca del hall de espera, con sus negros asientos siempre insuficientes y sus controles exhaustivos (el de las mujeres incluía un cartel que instaba a usar chador porque la BBC era el enemigo ¿?). Parecía que ante la confusión generalizada y la (generalizada también) falta de información, muchos coincidíamos en ir a preguntarle a un hombre vestido de religioso, que por supuesto no trabajaba en la estación, pero que con buenas intenciones trataba de descifrar nuestros pasajes y darnos alguna respuesta. De pronto la puerta que nos separaba del andén se abrió y en una apretujada avalancha llegamos a nuestro tren.

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Tomamos lugar en un camarote de seis camas. Llevábamos poco equipaje, íbamos leves en busca de la levedad.  Por la puerta podíamos ver una multitud ruidosa de mujeres de negro que gritaban en árabe y buscaban desordenadas sus sitios, empujando kilos y kilos de bolsos. En una superficial plegaria pedí que sus boletos no tuvieran números hermanos de los nuestros y que pudiéramos viajar en calma. Fue entonces cuando se abrió la puerta, entró el señor Alí y supe que la oración había sido aceptada y que algo maravilloso se había colado en nuestro camarote para modificar nuestro destino.

Alí Aga llevaba una barba blanca, una camisa y un pantalón liviano del mismo color y en sus ojos brillaba una mirada clara. Nos sonrió, nos convidó frutos secos que tenía en su pequeño equipaje, y comenzó a conversar con nosotros en una mezcla de farsi y árabe, que mi compañero lograba entender sin conocer ninguna de esas lenguas. Y así, tres minutos después de su entrada a nuestro mundo, supimos que Alí Aga era un derviche shiíta, que vivía en Mashhad, y que estábamos invitados a quedarnos en su casa. No sabía si debía confiar en aquella invitación o si considerarla como taroof, el arte iraní de la cortesía que obligaba a hacer (y a rechazar) ofrecimientos. Pero no hubo tiempo para dudar o especular. El señor Alí no tardó en abrazar a mi esposo, acariciar sus mejillas, tomar su mano. Lo llamaba “hijo mío” y lo miraba con amor y ternura. Y además, él era la respuesta a mi plegaria. Era sorprendente que en un país de mezquitas vacías y gente que bebe alcohol de contrabando justo el tipo del asiento de al lado sea una especie de sufi iluminado.

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Había comenzado a dudar de la religiosidad de Mashhad cuando vi la atmósfera laica de Teherán y confirmé que la ciudad del mártir se había convertido en la segunda mayor del país, un polo no solo religioso, sino que también famoso por su tecnología y cosmopolitismo. Pero el encuentro con aquel señor me hacía pensar que tal vez aún restase algo sagrado en la ciudad. Tal vez Dios nos hubiera mandado a uno de sus amigos. Sonreí deleitada. Después de todo habíamos partido en peregrinación y algo de la baraka del santuario caminaba en dirección a nosotros, salía a recibirnos. Otra vez habíamos sido abordados por una gracia inmerecida. Hacía falta acostumbrarse al milagro sin perder ni la maravilla ni la gratitud. Habíamos sido nuevamente adoptados.

Cuando las señoras de negro entraron al vagón atropellándose unas a otras y gritando en una lengua incomprensible, supe que la tranquilidad había huido tras ellas. La que está sentada a mi lado tiene en las manos las marcas verdes de antiguos tatuajes. Son gentes del desierto. No hacen caso de los cestos de basura y arrojan las cáscaras de banana debajo de los asientos. Alí Aga les sonríe y nos cuenta que son iraquíes. Me sorprendo al saber que hace semanas que están en camino, visitando los lugares sagrados del Islam. Son un grupo de más de cien mujeres, no viajan con ningún hombre y muchas tienen ya edad de bisabuelas. Pero ninguna parece cansada ante tan larga travesía. Saben reírse fuerte y no tienen vergüenza de ponerse a cantar cada tanto alguna canción, de vagón en vagón.

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La comida comienza a rodar: es de malísima educación compartir el camarote y escamotear las viandas. Las iraquíes se las ingenian para preparar un té fuerte y demasiado dulce: el azúcar ocupa un cuarto del vaso, pero mantiene la bebida caliente. Si están impacientes por beber, vuelcan el té en los platitos para que se enfríe y así poder tomarlo más rápido. Cuando una bolsa de pistachos llega a ellas, agradecen y la guardan, para siempre, en uno de los cientos de pliegues de sus bolsos. Y después se ponen a dormir. Al extender las camas no se puede permanecer sentado. Abandono la horizontalidad por una silla en el vagón comedor y mientras escribo, miro por la ventana. La tarde pasa lenta a través del vidrio. El paisaje cambia sutilmente. Dunas, algunos oasis, llanos estériles. Desfilan frente a mí montañas que tienen una piedra verde celeste, algo que jamás había visto. El desierto está lleno de colores.

El tren se detiene a la hora del rezo y una multitud de personas baja al andén y lo cruza rumbo a la mezquita. Nosotros seguimos los pasos rápidos del señor Alí, pero me separo de ellos en la puerta del baño. Cuando entro el negro se deshace en color y en belleza, las mujeres devienen otras. En la mezquita el Imam está demasiado lejos de nosotras, y cada una reza a su tiempo. Aunque a simple vista no era más que un humilde templo de estación, el techo era precioso. Las muqarnas, elemento decorativo principal de la arquitectura persa, se ubican debajo de cúpulas y arcos como una especie de estalactitas o colmena abierta tallada en distintos niveles. En Irán la mayoría de las muqarnas están recubiertas con coloridos mosaicos turquesas, siempre resplandecientes. Con brillo, volumen y luz esas formas emergían hacia nosotros como las estrellas de los fuegos artificiales.

Portakal, orange-, me dijo repentinamente una chica mostrándome el color de mi ropa y señalando hacia la puerta. Cuando salí me esperaban. Nuestro tren había pitado ya tres veces y era hora de correr. Concluimos a tiempo nuestra aventura y nos sentamos a conversar en nuestros asientos. Poco a poco la noche iba cayendo, dejamos de hablar y abrimos los bolsos que proveía el tren para armar las camas con sus sábanas, colchas y almohadas.b1

-“Mashhad, Mashhad”-, gritó en mitad de la noche un empleado del tren. Apenas anunciada la inminencia de la ciudad sagrada las mujeres de negro se abalanzaron con sus bolsos hacia el pasillo.  Siguiendo las órdenes de Alí Aga esperamos tranquilos en nuestros asientos viendo las luces de la ciudad acercarse. -Vamos-, dijo de un momento a otro y con una agilidad extraordinaria se abrió paso entre los bolsos que ocupaban el pasillo. Hasta ese momento no sabíamos con certeza si la invitación seguía o no en pie, pero pronto lo vimos abriendo la puerta de un taxi y subiendo en él nuestras cosas. Estábamos camino a un nuevo hogar.

Aquella visión de la Mashhad nocturna desde las ventanas del tren me había hecho recordar a Mar del Plata, pero esa ciudad que se me escurría por las ventanillas del taxi era otra y estaba dormida. Vi unos carteles que anunciaban el camino al haram, el lugar sagrado donde descansa el Imam y cuando el auto paró supuse erróneamente que se trataba de aquel edificio que teníamos en frente. Pensé que nuestro amigo, que nos había contado que era seyyed (descendiente del profeta) y cuyo hijo era sheik, tal vez tenía acceso VIP a vivir en presencia del santo, tal como los derviches que conocí en Konya vivían en frente de la tumba de su Mevlana. Pero me equivocaba y solo al ver la majestuosidad del mausoleo me daría cuenta de mi error.

Estábamos en una calle estrecha. Aún no lo sabía, pero los muros de cada casa estaban construidos de forma tal que la pequeña callejuela permanezca siempre a la sombra. Aún sin conocer aquella inestimable bendición, me gustaba esa calle porque era de los viejos días en los que los autos no existían. El viejo Alí hizo sonar su anillo turquesa contra la puerta de una casa blanca. Adentro había una luz. Un joven con una musculosa negra escrita en inglés salió a recibirnos. Era el hijo menor de Alí Aga, la oveja negra de una familia de religiosos que había preferido llevar remeras con dibujos de marihuana en vez de turbantes almidonados.

Dejamos los zapatos tras la puerta y subimos las escaleras rumbo a un salón con dos grandes alfombras. En las paredes había algunas caligrafías y fotos de líderes religiosos. Nos sentamos en el suelo y pronto regresó el joven. En una bandeja trajo té, huevos, pan, queso y miel, acompañado de un atlas y un gran bagaje de conocimientos futbolísticos. Mientras él nos preguntaba curiosidades sobre Argentina (de rigor: si hace frío o calor, cuál es la moneda, cuántos pesos son un dólar, si habíamos visto a Messi), Alí nos hablaba sobre irfan, gnosis o conocimiento espiritual. Yo completaba lo mucho que no entendía con mi imaginación. Hablando y comiendo, llegó la oración de la mañana. Alí el viejo nos preguntó si queríamos ir al haram o esperar al día siguiente. Su hijo leyó el cansancio en mis ojos y lo convenció de que ya era hora de dormir.

Nos despertaron temprano. Alguien dejó una bandeja con el desayuno tras la puerta.  Se correspondía con lo que habíamos comido el día anterior, pero esta vez pudimos observarlo mejor. El pan era barbari, una de las clases de pan iraní (siempre chato, pero sabroso). El té se bebía con ghand, caramelo o cubo de azúcar, en este caso con sabor a pistacho. La técnica era mantenerlo en la boca y dejarlo derretir al ritmo de la bebida, haciéndolo durar todo el vaso. Estaban también los huevos, la miel, el queso y un potecito con jengibre en polvo, que el señor Alí tomaba como remedio para la diabetes.

Después del desayuno fui invitada a conocer a la mujer de Alí.  Tenía apenas cincuenta años, pero parecía muchos más, especialmente cuando se quitaba su chador negro y el velo que le cubría el rostro al salir a la calle. Me recibió como a una hija. No se si era nuestra presencia la que la limitaba al piso de abajo, o si habitualmente pasaba sus días allí. Esa parte de la casa era más vieja y más calurosa.  Allí estaba la cocina y una especie de sala de estar, que se convertía en habitación y en el lugar en el que descansaba después de ocuparse de las tareas de la casa. Como podíamos, sentadas en los divanes al ras del piso, hablábamos de nuestras vidas y de nuestras familias. Ella había criado cuatro hijos y tenía ya varios nietos. Era una mujer de mucha fe, conforme de llevar su destino de entrecasa, al que veía como un servicio divino, y sobre todo feliz de servir a su amado Imam Reza. Como habitante de Mashhad había construido una relación cotidiana con él a través de los años, y era él la razón por la que vivía en la ciudad

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el chador: la moda Mashhadí

Después del desayuno salimos con ella y con su hijo rumbo al santuario. Pero antes tenía que zambullirme dentro de un chador negro que me fue regalado por la esposa de Alí, y que era abrigado como si fuese de invierno. Era media mañana pero ya se sentía fuerte el calor del mediodía. Tomamos un colectivo. La señora y yo fuimos detrás, en la mitad legalmente reservada a las mujeres. Trataba de evadirme por la ventana para aprehender la ciudad: un tránsito caótico, una avenida ajetreada llena de negocios, un gusto a nada y una pátina decolorida que parecía cubrirlo todo, como una nostalgia de los antiguos muros de barro. En lo que Mashhad se diferenciaba más de Teherán era en la atmósfera y en el paisaje humano. El maquillaje, el flequillo y las remeras apretadas aquí iban en desuso. La mayoría de las mujeres llevaba un riguroso chador negro y los hombres, en su mayoría, vestían atuendos de religioso: camisa y pantalones amplios, cubiertos por una túnica marrón o negra abierta hacia delante que llega hasta los pies, un turbante envuelto alrededor de un pequeño gorrito y el rostro semioculto detrás de una corta barba. Aquel desfile de moda piadosa tenía una capital, un corazón, una patria. Cuando finalmente el colectivo se detuvo y descendimos frente a una explanada inmensa, vi frente a mí la magnífica cúpula dorada, símbolo de aquel sitio que año tras año, desde hace más de mil años, atrae a multitudes de peregrinos deseosos de ofrendar una visita a su Imam.

Mashhad significa “lugar de martirio”. La aldea de Sanabad obtuvo ese nombre luego de que en ella fuera martirizado Alí Reza, el octavo Imam shiíta, en el año 818. La doctrina de los 12 imames que distingue a los shiítas se basa en el reconocimiento del liderazgo espiritual y político del linaje directo del Profeta Muhammed a través de los descendientes de su hija Fátima y su yerno Alí. Ellos son ahlul bait, la gente de la casa, la sagrada familia del Profeta de Dios. Todos ellos, consideran los shiítas, fueron espiritualmente infalibles y continuaron explicitando y explicando aspectos de la fe, siendo un reflejo de las enseñanzas proféticas. Es por eso que convertirse en su seguidor significa caminar el sendero de los correctamente guiados. Alí (el cuarto califa en la tradición sunnita) es el primer imam, seguido tras su muerte de sus hijos Hasan y Husein y de los descendientes de este último hasta llegar al doceavo imam, el Mahdi. Los once primeros imames murieron asesinados por sucesiones de tiranos y soportaron la opresión haciendo frente a los poderosos. Estos rasgos “revolucionarios” del imamato (sacrificio, resistencia, martirio) fueron puestos en relieve tras la revolución islámica de Irán y constituyen un lugar común dentro del alma persa.

Si bien son los shiítas quienes preponderan en su amor por la gente de la casa, todos los musulmanes coinciden en respetarlos. Sin embargo, es en el doceavo imam aquel en el que se da la mayor discrepancia doctrinal entre sunnitas y shiítas.  Para todos los musulmanes el Mahdi es el Mesías, el redentor, quien luchará en el fin de los tiempos contra el anticristo para reestablecer, junto con Jesús, el Islam en su forma original y luego reinar hasta el día del juicio en una Tierra purificada. Los sunnitas creen que el Mahdi aún no ha nacido, mientras que los shiítas afirman que es el doceavo imam, hijo del onceavo, Hasan al-Askari, que no ha muerto sino que se ha ocultado en el año 874 (este concepto se llama ghayba) y que retornará para la lucha final.

Alí, el octavo Imam, apodado ar-Rida o Reza, nació en el año 766 y vivió durante el reinado de Harún al Rashid. Fue Mamún, uno de los hijos del califa, quien lo asesinó dándole a comer uvas envenenadas y luego lo enterró al lado de la tumba de su padre. De Alí Reza se cuentan relatos que alaban su generosidad, magnificencia, piedad, autoridad, conocimiento, clemencia, paciencia y justicia.  Como el resto de ahlul bait se encuentra fuera del suelo iraní (en especial en Irak, lo que generó que durante la guerra entre ambos países los persas tuvieran la entrada prohibida a los mausoleos) el Imam Rida y su hermana (enterrada en Qom) reciben el amor y la devoción de los peregrinos que no pueden llegar hasta las sagradas ciudades de Najaf y Karbalá. Desde Mashhad, en la frontera con Turkmenistán, el Imam irradia la energía espiritual que abastece los corazones de toda una nación y hacia Mashhad se dirigen peregrinos, enfermos, paralíticos, familias, religiosos y enamorados de Dios para visitar a uno de sus amados.

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El haram es una ciudad en sí misma y ocupa más de 75 hectáreas. Dicen que después de Mecca, en Arabia Saudita, es el segundo santuario más grande del mundo. Y alberga mucho más que una tumba. Dentro hay mezquitas, centros de conferencia, museos, bibliotecas, patios y plazas, depósitos de agua, mausoleos, un hospital, un restaurante y un inmenso estacionamiento subterráneo. Se les permite la entrada a los no musulmanes, pero solo hasta cierto punto: pueden apreciar el complejo y recaudar información, pero tienen prohibido el ingreso a la tumba en sí misma.

Hay tal vez una decena de entradas distintas al complejo. Pasando en control inicial, en el que unas mujeres controlaron que no llevase cámaras y me palparon en busca de armas, ingresamos juntos al primer patio. Un estrecho corredor se abría abierto en una inmensa explanada generando una cadencia entre estrechez y dilatación que se repetía como un ritmo constante una y otra vez. Del encierro compungido y meditativo, útero-cueva que desata la piedad y el arrepentimiento, al espacio libre, habitado por la luz, el color, la voluptuosidad magnánima de la arquitectura. Del ahogo a la expansión, como si se tratase de una materialización espacial de aquella aleya coránica que reza: “¿acaso no te hemos expandido el pecho?”.

Desde allí no podía ver la cúpula dorada, había entrado a una explanada rodeada por una construcción de dos niveles de arcos interrumpidos por inmensos iwan en cada orientación. De lejos todo era un brillante reflejo turquesa, una metáfora del cielo, pero bastaba afinar la mirada para percibir los detalles en los azulejos: flores y caligrafías, recuadros y marcos de colores. Las baldosas eran un tablero de complejas formas geométricas y en el centro del patio una fuente dejaba gemir eternamente al susurro del agua. Supe luego que aquel patio no era el único, sino que había casi una decena, cada uno de ellos único y diferente, testigo de las ampliaciones históricas del haram y de la pasión por la diversidad del arte islámico. Me perdía en aquel vacío inmenso y al mismo tiempo rigurosamente limitado que era la explanada y la construcción que la rodeaba. Los cuatro iwan, salas abovedadas abiertas, estaban dispuestos en cruz y daban lugar a pórticos majestuosos, hechos con láminas de madera enormes y antiguas. Nos dirigimos, a través de una de ellas, a una sala gigante adornada con multitud de espejos. Primero, imitando al resto de los peregrinos besamos el marco, como una muestra de afecto y respeto a todo aquello relacionado con el Imam. Del techo pendían luminarias enormes, había algunas escaleras de mármol que llevaban a los pisos superiores y el conjunto, lujoso, daba la impresión de un palacio. Dejamos los zapatos en uno de los 16 puestos destinados a ese fin, nos separamos y comenzamos a caminar, con la esposa de Alí Aga, hacia la sección femenina de la tumba. Avanzábamos a través de un pasillo cercado a cada lado por alfombras en donde las mujeres rezaban, suplicaban y leían el Corán o la ziyarah jami´ah, plegaria especial que incluye una letanía y relata el martirio del Imam.

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A medida que caminábamos la ornamentación se volvía más fastuosa y había más gente. Sobre nosotras flotaban cúpulas cada vez más bellas y deslizábamos nuestros pies descalzos sobre las alfombras inmensas y sus galaxias de nudos de colores. Una a una atravesábamos las distintas salas, besábamos las puertas y seguíamos adelante. Sola me hubiese perdido al instante, pero mi guía me sonreía y me tomaba de la mano. Ella hacía ese camino varias veces por semana, desde niña. Y finalmente, tras la última puerta, llegamos al más santo de los lugares, desde donde brotaba una luz verde. Cientos de mujeres se agolpaban junto a la tumba, se tomaban del enrejado, lo besaban, lloraban, rezaban, abandonadas de sí mismas en el frenesí amoroso de la presencia sagrada. Todas queríamos darle nuestro saludo al Imam Reza. Aquello no era extraño, puesto que en la tradición islámica aquellos que han muerto por la causa de Dios no están muertos y no solo son capaces de escuchar a quienes los visitan sino que muchas veces han devuelto el saludo a los piadosos. Incluso hay quienes afirman que la mano del Profeta salió de su tumba para responderle el saludo a los santos.

Intenté acercarme lo más que pude pero a medida que me internaba en la maraña espesa de cuerpos vestidos de negro el calor era más intenso. Físicamente era angustiante: mi chador me estaba abandonando sucumbiendo bajo otros pies, era empujada desde todas las direcciones y respiraba con dificultad. Dar un solo paso demoraba minutos y la reja, cada vez más cercana, se me volvía inalcanzable. Pero toda aquella incomodidad se apagaba en un ardor emocional. Me sentía una con los cuerpos de aquellas otras mujeres. La fuerza de la multitud me diluía, me sacaba de mí misma, me ampliaba, me abría. La intensidad del contacto generaba una especie de conexión entre nosotras y el santo, un vínculo que fluía como un oleaje. Y fue entonces que me dejé ir y me perdí en aquel mar que sollozaba por su amado. De la estrechez a la expansión.

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Terminamos la visita con un ciclo de oraciones y regresamos a casa durante el mediodía. La vida segregada de las comidas se alternaba con largas siestas juntos, puesto que las tardes del desierto fueron hechas para descansar y esa, puedo aventurar, es una de las pocas costumbres respetadas a rajatabla por todos los iraníes. Para pertenecer a la familia, debí cambiar mi nombre. “Alif” no era, para mis nuevos amigos, un nombre correcto y decidieron entonces llamarme Zahra. Fueron de compras y volvieron con un traje completo para cada uno de nosotros. Yo recibí un par de sandalias, un velo, un vestido, un pantalón y una remera. -Son regalos del Imam Reza- decían nuestros anfitriones. No bastaba con alimentar y alojar, hacía falta también vestir a los invitados del Imam. Nosotros agradecíamos y aceptábamos. Habíamos aprendido que gran parte del arte de ser un buen huésped consiste en esas tierras en la difícil tarea de dejarse servir.

Cada día, en dos turnos (mañana y tardecita), la familia de Alí se organizaba para que alguien nos acompañase al haram. Nunca se quejaban por el tiempo que perdían con nosotros, llevándonos de oficina en oficina, consiguiéndonos entradas gratuitas para los museos o visitas guiadas en inglés.

Nuestra guía era una mujer joven y agradable que ofrecía su tiempo libre para colaborar con el santuario. No era la única: los khadama o voluntarios son más de 4300 personas que provienen de todos los sectores de la sociedad. Allí se desempeñan como clérigos, recitadores del Corán, médicos, guardadores de zapatos, porteros, extendedores de alfombras, barrenderos, cocineros, bibliotecarios, asistentes y encargados de la seguridad. Estos hombres y mujeres son elegidos de entre muchos aspirantes por las cualidades de su carácter. En el tumulto y el caos de gente, ellos realizan su trabajo silenciosa y armoniosamente. Aquella organización invisible funciona de manera perfecta: todo está limpio, los zapatos que dejamos nos son devueltos rápidamente y cuando alguien se precipita hacia la tumba en medio de un tumulto o hace algo incorrecto, hombres y mujeres lo tocan ligeramente en el hombro con un plumero y le explican con una sonrisa, sin ponerse nerviosos o agresivos, puesto que entienden su trabajo como una ofrenda religiosa no solo al Imam, sino a sus visitantes. Las recompensas que perciben por su trabajo son las flores y el polvo que se retiran de la tumba cada día.

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Farzana, nuestra guía, estaba interesada en conocer sobre nuestra cultura y nuestro acercamiento a la religión. A diferencia de la esposa de Alí Aga, ella parecía más resuelta, más libre. Continuaba estudiando (no era raro que los jóvenes iraníes tuvieran varias maestrías y postgrados), trabajaba por su cuenta, manejaba su auto y dejaba parte del tiempo que disponía para su familia y su casa para ayudar a los peregrinos. ¿Cuántos musulmanes hay en Argentina? ¿En cuántos imames creés? ¿Quieren venir a cenar a mi casa?, aquellas eran las preguntas de esa gentil muchacha que me acompañó por dos horas en un paseo y que tal vez jamás vuelva a ver. Ella y el hijo religioso del señor Alí dedicaron parte de su tiempo en hacer las gestiones para conseguir lo que todos los peregrinos anhelaban.

El haram ofrecía a sus visitantes muchos obsequios: paquetes de sal y azúcar para llevar a los familiares y amigos, ropas, cuadros y decenas de libros en el idioma que se requiera (pero nos entregaron varios en ruso porque para muchos iraníes la diferencia entre el alfabeto cirílico y el latino es como la del urdu y árabe para la mayoría de los hispanohablantes). El más preciado de los obsequios era un almuerzo en el restaurante. En él sirven gratuitamente comida para miles de personas por día, para quienes se hospedan en los hoteles y hospitales gratuitos del haram y para el resto de los peregrinos. Como en el resto del complejo, los que allí trabajan son voluntarios que realizan su trabajo con seriedad profesional y todo se costea con el dinero de las donaciones. Todos los visitantes sueñan con compartir esa comida puesto que creen que encierra baraka, bendiciones especiales fruto de sentarse a la mesa del santo y compartir sus alimentos. Pero para acceder al restaurante hacía falta una invitación especial y obtenerla no era tarea fácil. Finalmente, y gracias a nuestros amigos, el último día lo conseguimos.

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La esposa del señor Alí nos acompañó el último día al haram. Primero visitamos los museos y pronto llegó la hora de comer. Entramos al edificio. Todo era nuevo, blanco, limpio y los voluntarios organizaban a los comensales en distintos grupos que distribuían en los cuatro pisos del restaurante. Éramos tres personas, pero teníamos solo dos boletos. Para nosotros la solución era sencilla, compartiríamos entre los tres nuestros dos platos. La esposa del señor Alí se emocionó. Tal vez por ser de Mashhad nunca había accedido a aquel banquete sagrado. Era un honor estar en su compañía, un placer verla disfrutar de aquellos platos sencillos y tradicionales y guardar el pan sobrante para bendecir con él al resto de los habitantes de su casa. Supe después que, aunque no había hecho nada y lo que le ofrecía no era mío, ese era el mejor regalo de despedida que le podíamos haber dejado.

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El Imam Reza nos había obsequiado un hogar donde hospedarnos, una provisoria familia nueva, ropas, comidas, helados, la experiencia de sentir su presencia y hasta un regalo final para otorgar a nuestros anfitriones. Es por eso que cuando partimos rumbo a Isfahán en un camarote de tren compartido con dos mujeres silenciosas apenas tuve tiempo para pensar que me alejaba del lugar más al Este en el que jamás estuve. Estaba aún degustando agradecida el dulce sabor del aura que rodea al Señor de Mashhad.

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