Cuentos del Este, la tristeza infinita de Kurdistán

Oh Anatolia del Este,

reino de las nieves

 y el halcón.

Mis pies se llevaron escondida

una semilla salvaje

                     de tu suelo.

El este de Turquía tiene el alma espesa. Y el cielo claro y frío. Y un aire que duele de tan puro. Estamos rodeados de montañas, pero se siente como si estuviéramos sobre ellas: están siempre aquí, atajando la mirada con sus guirnaldas de nieve, partiendo el viento con sus rocas, deslizando sus aguas por ríos briosos y corrientes subterráneas que nutren praderas de verdes infinitos conquistadas por millares de flores, salvajes y silvestres.

Estas son tierras de cruce, de mixturas. De cuando las fronteras eran distintas, quedan las ruinas sobrias de las iglesias armenias, roca asolando el musgo. De antes de las guerras, la fe de los georgianos derritiendo una llama ante un ícono. De los días de batallas, las casas rusas. De las noches de caravanas, el kitlama, la costumbre de tomar el té con un terrón de azúcar en la boca. Desde el comienzo de las montañas, resisten las cabras y el pueblo kurdo, tenaces habitantes de las grietas de un estado. Si hay un lugar en donde la nostalgia de los tiempos otomanos se vuelve aliento es en este rincón abandonado de Turquía, condenado al silencio o al ruido trágico de los fusiles en las manos de los niños.

1 cravansaray kurdistan

Los caminos del este de Anatolia parecen prolongaciones de senderos abiertos hace siglos por la insistencia de los pies de los rebaños. Es cierto que hay algunas praderas y llanos de rutas cruzadas por los pastores, pero son inevitables los ripios, la niebla, la nieve y la altura, las rocas que se despeñan tratando de escapar a su destino de montaña. Los mapas engañan y una distancia breve se traduce en horas y horas de ascensos y descensos, acompañadas por el mal de altura y la limpidez de un cielo cercano y soberbio. Recorrí aquellos caminos en primavera y verano y aún así es fácil imaginarlos sumidos bajo el mudo vestido de la nieve. Se puede respirar ese silencio de inviernos largos, intuirlo al ver los muros de piedra y las ventanas dobles, y el frío parece filtrarse también en el espíritu de las ciudades que visitamos. Hay una tristeza inexplicable que se esconde detrás de cada cosa, boyando entre nostalgia y angustia. Hay una sobriedad épica que le da volumen a esa soledad tan arraigada. Hay algo profundamente humano y a la vez espiritual temblando siempre en el aire.  Y es como si allí, al este, algo fuese más real, más sincero. Es como si algo primordial se mantuviera, a la vez vivo y oliendo a pasado, hasta en el rostro cansado de los más jóvenes. Ese aroma a leyenda adormecida y a fuerza salvaje me acompañó en el triángulo imaginario que se teje entre Erzurum, Kars y Dogubayazit. Distintas y diversas, pero gemelas en su respiración grave, aquellas ciudades fueron apareciendo entre mis días de viaje.

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Erzurum

Salimos a dedo desde Diyarbakir. La jornada comenzó tranquila. Atravesábamos los campos de amapola acompañados por una familia kurda que nos preguntaba si nos había gustado su “capital”. Nos dejaron en el medio de la nada y mientras aún luchábamos por enderezar nuestras mochilas unas tras otras para provocar el truchísimo efecto óptico de que llevábamos poco equipaje, se detuvo un auto. Cuando preguntamos si iba al siguiente pueblo nos dijo que sí, y subimos. Al poco de andar nos explicamos mutuamente que nuestros caminos continuaban más allá del pueblo en cuestión y nos sorprendimos en saber que él, como nosotros, estaba yendo a Georgia. Teníamos que estar en Tbilisi en tres días y nos preguntamos si nos convendría detenernos en Erzurum, tal como habíamos planeado, o aprovechar la oportunidad y seguir con él rumbo al país vecino. Pero aún quedaba mucho sendero por delante y era temprano para decidir. Cuando íbamos por el medio del camino, en silencio, el chofer abrió la boca y dejó salir de sus labios un grito gutural. Estaba cantando a la manera de los dengbesh, los poetas improvisadores que había conocido en Diyarbakir. Pero gritaba con rabia y hablaba sin parar en kurmanji, y comencé a preguntarme, un tanto sorprendida, qué estaría diciendo. Después de la voz, el silencio, y nuevamente, atravesando el aire en el momento menos esperado, me sacudía el alarido salvaje e incomprensible de nuestro extraño dengbesh.

No pude evitar quedarme dormida y apenas oí cuando el auto se detuvo en medio de un campo de flores violetas y el chofer bajó, e hizo bajar a mi compañero, para “tomar aire”. Después supe que Alí sintió escalofríos cuando lo vio amagar a sacar algo de su bolsillo, que resultó ser un teléfono, y que solo se volvió a tranquilizar cuando volvieron al auto y yo desperté.

A los pocos kilómetros, cuando dejaron de verse las casas y hasta desaparecieron las ovejas para dar lugar a las montañas, la situación comenzó a volverse aún más tensa. El chofer solo se dirigía a mí y se ofendía cuando intercambiábamos algunas palabras en castellano. Insistía en que pasáramos la noche en la misma ciudad, ya fuera Diyarbakir, Rize o Batumi, a donde iba para asistir a un casino. Yo fingía no comprender lo que me decía y entonces me pasó el traductor de inglés de su celular y vi que estaba escrita la palabra “tumba”, producto de alguna búsqueda anterior de aquel extraño hombre. Entre la nieve y las curvas los kilómetros no pasaban más y mi ansiedad crecía. Cada vez podíamos hablar menos entre nosotros, a cada rato irrumpía abrupta la voz del dengbesh o retornaba una y otra vez el mismo mensaje: “es que yo quiero ayudarlos a ustedes”. Temía que el auto se detenga tanto como que no se detuviera nunca y comencé a inventar que una amiga inexistente nos esperaba en Erzurum, pero que no teníamos su teléfono ni su dirección y que simplemente habíamos quedado con ella en una plaza. El conductor matizaba su incredulidad con preguntas cada vez más raras, como “¿qué hacen con los muertos en tu país?”, pero era mi misión mantener la calma, rezar y aparentar que nada pasaba mientras aprovechaba la más pequeña oportunidad para hablar con Ali y pensar en posibles planes de escape, o de lucha. Cuando finalmente apareció un cartel que anunciaba “Erzurum”, respiré hondo e insistí que allí nos quedábamos y que no precisábamos de su ayuda.

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Ese era el momento de la verdad, había que ver si el dengbesh loco detenía su coche y finalmente nos dejaba salir o si las cosas se pondrían más complicadas. A regañadientes (puesto que insistía en quedarse con nosotros) detuvo su auto y bajamos. Estábamos ahora en la plaza principal de Erzurum. Habíamos salido pero el auto aún seguía estacionado. Teníamos que meternos en algún lado y elegimos la oficina de turismo. Conseguimos un mapa a cambio de una improvisada clase de inglés. Nuestro chofer siniestro ya se había ido, éramos libres. El cielo estaba gris y el aire era puro, espeso y exageradamente frío. Hicimos una parada para sacar algo de abrigo de los bolsos y nos abrimos camino hacia la periferia buscando un lugar donde pasar la noche. La urdimbre no expuesta de la ciudad era un pequeño laberinto de callejuelas oscuras y tiendas semi cerradas con la fachada cubierta por pieles de oveja en venta. Preguntamos por hospedaje en una puerta despintada y un hombre tosco y desarreglado llamó a una vieja rusa que malhumoradamente comenzó a hablarnos en su idioma. Les explicamos que no, que no veníamos del este sino del sur del mundo y que preferíamos hablar en turco y nos respondieron que un cuarto en su casa era muy barato, pero que el baño era compartido y no tenía ducha. El ambiente no era del todo amigable, tal vez aquella señora llegada hasta allí por quién sabe cuál ola migratoria y yo fuésemos las únicas mujeres en todo aquel edificio, y sentía que necesitábamos un baño para deshacernos del influjo de la mala experiencia del camino. Poco más adelante encontramos el lugar que buscábamos. Después de más de un mes de viaje estábamos solos, en silencio, en calma. El agua se llevó lejos el miedo y volví a sentirme capaz de salir a amar el frío puro de Kurdistán.

Afuera llovía y la única forma de refugiarse de las gotas era adentrándose en el bazar destinado casi por completo a vender joyas, tesbihs o rosarios confeccionados con la piedra negra de la vecina ciudad de Oltu.

Cuando la lluvia amainó continuamos caminando. Más allá, al lado de la mezquita de Lale Pasha, el minarete decorado con azulejos turquesas de la madrasa Yakutiye saludaba al cielo. En las cercanías los partidos políticos repartían publicidad para las elecciones, con una particularidad: los candidatos preferidos de Erzurum, al parecer, eran ancianos de barba blanca y cabezas cubiertas y los militantes tenían más aspecto de ser sus seguidores espirituales que de admiradores ideológicos interesados en un puesto. Dimos la vuelta al gran edificio para encontrarnos con un bello iwán tallado en la piedra reflejado en los charcos brillantes de la explanada. Sobre un costado podía verse un árbol de la vida con dos leopardos y un águila, símbolo de los turcos de Asia Central, capaces de conjurar la erudición islámica con la antigua iconografía chamánica.

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El área que comprende Erzurum ha estado habitada desde el paleolítico. Por allí pasó Alejandro en su ruta infatigable hacia el Este, y detrás de él cientos de ejércitos de todos los colores hollaron el pasto y derritieron la nieve en su eterna cadencia de furia y sangre. La tierra cambió de nombre como de dueño y fue Teodosiópolis, Kalikala, Karin, Erzen y Erzeni Rum, la “Erzen romana”, de donde viene el nombre actual. La temperatura promedio anual de Erzurum es de 8 grados. Es una de las ciudades más religiosas de Turquía, supo ser cuna de decenas de imames famosos y aún hoy es fácil ver en las calles a mujeres con velo y hombres con babuchas, barbas y cabezas cubiertas. Pero también, como cruce de caminos con alma de estepa, fue de Erzurum que salieron algunos de los más famosos ashiks, poetas trovadores nómades cuyo nombre está relacionado al amor. Andábamos a paso lento, mirando los rostros de desconocidos con los que tal vez jamás nos volveríamos a cruzar e intentando leer en ellos las huellas ocultas de una ciudad callada por el frío. Entre aquellos habría tejedoras de alfombras o de ehram, delgadas telas de lana de oveja, jinetes de cirit, el antiguo juego de jabalina, apicultores, artesanos capaces de fabricar samovares o bailarines de bar, una danza folklórica que expresa unión y valentía en filas de hombres o mujeres.

Adivinando destinos detrás de miradas bravías y somnolientas como las montañas cubiertas de bruma, nos fuimos topando con distintas fuentes de agua. Evliya Celebi, el célebre viajero medieval, señaló tras su paso por Erzurum que sus aguas le recordaban a las prometidas en el Paraíso. No sé como serán aquellas fuentes, pero puedo atestiguar que el agua de Erzurum es la más rica que jamás he probado. Helada y cristalina llega desde la montaña Palandoken a través de acueductos y cañerías centenarias y es el orgullo de sus habitantes, que la llaman “ab-i hayat” o “elixir de la vida”. Hubo un tiempo (que lamentablemente sigue existiendo en algunas latitudes) en el que beber agua potable era un lujo y acercarla a la población en general un acto de caridad. De aquellos días datan la mayoría de las fuentes de Erzurum, erigidas sobre rectángulos de piedra, con canillas de bronces brillantes y pequeños platitos de cobre o metal colgados con cadenas a modo de vasos. Hoy sacian la sed de los caminantes o pasantes ocasionales, lavan las frutas recién compradas en el mercado o las manos sucias de los niños, pero antes saludaban día a día a las vasijas que las acariciaban en busca de agua. Sobre la mayoría de las fuentes penden carteles o antiguas inscripciones de piedra escritas en osmanlica que dicen el nombre del constructor de la fuente, a la espera de que los bebedores lo recuerden en una súplica. La construcción de fuentes tienen una relevancia especial en la tradición islámica puesto que es una de las pocas cosas (junto con haber criado a un hijo o hija creyente y haber construido una mezquita) que continúan sumándole buenas acciones a alguien aún después de morir. Tal vez algo de la pureza de intención de los antiguos constructores de fuentes haya pasado al agua de Erzurum, brillante y deliciosa como un fruto del paraíso.

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La madrasa de los minaretes dobles (cifte minareli madresa) fue construida durante el siglo XIII. De afuera tiene la soberbia de un castillo engalanada por la simetría perfecta que refleja idénticas ambas hojas de la puerta, las decoraciones del iwán, los dos árboles de la vida esculpidos sobre la piedra, las dos torrecillas y los dos magníficos minaretes gemelos que expandiéndose hacia el cielo le dieron su nombre. Son tan grandes que uno olvida que están incompletos, que a pesar de la belleza de sus azulejos que escriben en turquesa mil veces el nombre de Allah y por más que su maravilloso relieve los hace ver como rodeados de columnas o cintas, les falta la punta. Preguntando el porqué se entra en el mundo de las leyendas. Hay quienes dicen que el maestro desafió a su aprendiz a construir uno cada uno, y viéndose sobrepasado por el talento de su alumno, se arrojó del minarete. El aprendiz, sintiéndose culpable, hizo lo mismo y el resto de los obreros no tuvieron más remedio que dejar los minaretes como estaban. Menos entretenida que esta historia de celos y frustración es la otra versión, que dice que Aladdin Keykubat, quien pagaba la construcción de la madrasa dedicada a su hija, murió martirizado en una batalla. Tras su muerte el dinero se agotó y por eso los minaretes quedaron incompletos. Yo me inclino, sin estar persuadida por otra razón más que la voluntad de creer en las fábulas más fantásticas, por la primera historia. Prefiero pensar que fue una pasión la que cambió el rumbo de la arquitectura más que creer que se trató solo de la aburrida fuerza del dinero.

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Como en Konya, en Erzurum hay muchas kumbet (“cúpulas” o estructuras circulares con un techo en forma de cono) que albergan antiguas tumbas. Aparecen en cualquier esquina, en medio de cualquier calle, con sus techos de piedra cubiertos de musgo y sus puertas decoradas por muqarnas clausuradas o sepultadas tras escombros y basura. Rara vez alguien ha sabido preservarlas a ellas y a los nombres de sus ocupantes. De entre las kumbet hay tres que se destacan por haberse convertido en un ícono de la ciudad. Se encuentran juntas en medio de un gran campo vacío, sobre el que han estado por más de 700 años. La más grande pertenece a Emir Saltuk y data del siglo XII. Esculpidos en la piedra hay figuras de animales del antiguo zodíaco turco. Las dos más pequeñas son 2 siglos más jóvenes pero los nombres de sus muertos nos son desconocidos. Estábamos vagando por entre las cúpulas mirando las montañas nevadas recortarse del horizonte poco más allá, donde la ciudad terminaba, cuando un hombre se nos acercó y se nos puso a conversar. Dijo que vivía enfrente, en una de las casas más antiguas de la ciudad, y que nos invitaba a conocerla. Aceptamos sin dudarlo. Aquello era algo así como haber entrado a un museo habitado. Ingresamos primero a la cocina: una luz roja simulaba un fuego prendido sobre el que descansaba una olla tiznada, las paredes estaban cubiertas de antiguos enseres de bronce y madera. Por detrás de las puertas se escuchaba el andar furtivo de algunos miembros de la familia del señor. Sin dudas vivían allí, desempolvando el museo y esquivando las eventuales visitas que el padre solía traer.

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Subimos una rechinante escalera de madera que nos llevó al primer piso. Si hay algo que no comprendo de la arquitectura otomana y de la de los grandes imperios de la antigüedad en general es por qué, siendo capaces de construir precisos y sublimes monumentos arquitectónicos, la pifian en los escalones, irregulares, increíblemente altos y angostos.

Arriba estaban los dos ambientes fundamentales de cualquier casa respetable otomana: el selamlik y el haremlik. El selamlik era el sitio para recibir a los hombres que vienen de visita, la parte pública y masculina de la casa. El de la residencia de nuestro amigo era una bella habitación rodeada de divanes alfombrados al ras del suelo. Las paredes internas eran de madera pintada de azul y estaban recubiertas de fotos de antepasados, relojes antiguos y alfombras con imágenes de la Meca. Desde la ventana podían verse, al alcance de la mano, las tres cúpulas. El techo, igual al que acabábamos de ver la cúpula de la Ulu Cami (la inmensamente desolada gran mezquita de la ciudad erigida en 1179), era muy particular. Constaba de entramado de maderas entrelazadas que remitía tanto a la construcción de una pagoda como a un nido, y en la punta tenía una pequeña claraboya que dejaba pasar la luz. Sin duda aquel estilo era la obra maestra de un pueblo rodeado de bosques. El haremlik, sitio de la casa destinado a las mujeres y a la familia en general, era una sala de estar occidentalizada adornada con sillas que descansaban en torno a un samovar. En los muros se codeaban banderas con caligrafías islámicas, antiguos zapatos para caminar por la nieve con instrumentos de caza entre los que había arcos y flechas. Sobre una de las paredes de madera había tallado un nicho que hacía las veces de mihrab o señalador de la dirección de la Meca. El paseo terminó con unas fotos en las que el dueño de casa nos hizo posar con el techo del haremlik, una especie de alfombra diestramente tallada sobre la madera. Después su amistad se deshizo en el pedido de una pequeña propina y tras recibirla nos dejó partir y nos entregó de nuevo al frío y a la contemplación de las montañas delante de los antiguos sepulcros de roca.

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 Cuando el sol estaba por caer subimos al Castillo de Erzurum. En aquella colina tan temprano como en el siglo I d.c. se estableció una primera fortificación. Más tarde fue el emperador bizantino Teodosio en el año 450 y luego el sultán Suleimán en el siglo XVI quienes le dieron su forma definitiva. Subimos el camino empedrado que nos llevaba hasta la cima de la colina. El senderito era estrecho y estaba rodeado de pasto y árboles. De un lado la ladera, del otro, el antiguo muro de roca. La ciudad, abajo, era solo una miniatura en tonos pasteles abrazada por todos los costados por un anillo de montañas cubiertas de nieve. Desde allí arriba vimos al sol rendirse una vez más ante el vacío de la noche, mientras el viento helado nos cantaba al oído una nostálgica canción de despedida. Al día siguiente le diría adiós a Erzurum llevándome solo la brillante melodía de su agua helada y un hálito de vida pura que su viento me dejó en los ojos.

Dogubayazit

Veníamos de Irán, con la estela de una noche en la ruta y los labios acostumbrados a una lengua que nunca llegué a entender. Había amanecido en la frontera. La luz y la bandera me dejaban ver, por primera vez en un mes, brazos, cabellos y piernas de mujeres al descubierto. Aquella imperceptible desnudez me asombraba y me sorprendía tanto como las mesas madrugadoras del bar en las que algunos iraníes desayunaban impacientes una bebida prohibida en sus tierras, cerveza. El oficial de migraciones turco festejó mi pasaporte contándome que en su equipo, el Trabzon Sport, jugaba un argentino. Además de él, nadie intentaba conversar con nosotros, cada uno continuaba con su vida. El sol brillaba desperezándose en su cama de montañas y yo sentía cierta euforia de regreso. A cada paso reconocía signos que me eran familiares y de algún modo extraño, pese a no haber estado jamás allí, me sentía en casa.

Cuando entramos en Dogubayazit arrastrando nuestras mochilas, gran parte de la ciudad dormía. En la calle principal algunos negocios estaban abiertos. ¿Tienen kurt boreği?, pregunté. Me miraron como diciendo “obvio” y tomamos asiento en una mesa vacía. Muchos hombres desayunaban junto a nosotros, preparándose para ir a trabajar. Acompañando nuestros tes, llegaron los platos del “borek kurdo”, una especie de pastel hecho de capas de una masa muy fina cubierto de azúcar impalpable, en vez de un relleno salado que suele corresponder a un borek turco normal. Aquella comida me daba fuerzas para comenzar las aventuras del día. Estaba feliz de haber vuelto a Turquía.

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Después del desayuno salimos al camino rumbo al palacio de Ishak Pasa. Había que alejarse del pueblo y tomar un camino que ascendía durante 5 kilómetros. Casi por instinto levantamos nuestros pulgares y paró un anciano kurdo que conducía un tractor. El espacio en la cabina era diminuto y los dos, uno de cada lado, íbamos casi doblados sobre el señor. No hay excusas para quienes quieren ser solidarios. Después de mostrarnos las fotos de su familia, nuestro amigo nos dejó en el campo en donde trabajaba y continuamos camino, cuesta arriba, acompañados por las flores que crecían al costado de la ruta. Pronto paró un nuevo auto: los lugareños no dudaban en llevar caminantes rumbo a las cimas.

Llegamos demasiado temprano y el palacio estaba aún cerrado. Seguimos ascendiendo, guiados por el minarete de una mezquita. Para entrar había que atravesar un cementerio, lápidas de piedra emergiendo sobre el pasto seco bajo la mirada calma de las montañas. Siempre me detengo en los lugares de entierro en medio de la naturaleza y me enamoro de su calma exquisita, tan distinta de la sensación de depósito angustioso que emana de los sobrepoblados cementerios de ciudad. Veo allí la belleza de un destino simple. Nacer en la tierra, yacer en la tierra, abonando la belleza desordenada de las flores silvestres y los árboles nativos, acompañando a los antepasados bajo el suelo puro.

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Dentro del pequeño edificio de roca se encuentra la tumba de Ehmede Xani, hijo célebre de la ciudad de Beyazit, pueblo de las montañas de la que desciende la actual Dogubayazit. Xani fue filósofo y un reconocido sheik que vivió durante el tiempo de la construcción del palacio. Su pensamiento y legado espiritual sobreviveron durante siglos, siendo otro kurdo ilustre, Bediuzzaman Said Nursi, el más famoso seguidor de su camino. Xani está enterrado en un lugar lleno de luz, por cuyas ventanas se ven las montañas. Afuera, bajo la sombra de un árbol, un anciano estaba sentado acompañado de su bastón, un tanto dejando pasar el tiempo, otro celando a aquel hombre piadoso. En un momento señaló al cielo. Con sus ojos acostumbrados a la inmensidad, descubrió un águila que nos habría pasado desapercibida. En el cielo límpido, sobrevolando las paredes de roca, el águila avanzaba en su danza sagrada, centinela de la pureza del cementerio.

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Cuando volvimos al palacio acababa de abrir. Antes de entrar, un muchacho se acercó a nosotros y nos preguntó de dónde éramos. Su nombre era Murat. Era un joven kurdo que soñaba con casarse y tener su propia familia. Con el inglés que había aprendido solo, se ganaba la vida y mantenía a sus numerosos hermanos vendiendo recuerdos a los turistas. Conocía a la perfección los detalles del Ishak Pasha, pero su verdadero placer era hablar de religión. -Hermanos- nos dijo después de explicarnos los detalles arquitectónicos del edificio, -regresen cuando terminen su visita. Estaba acostumbrada a que aparecieran personas dispuestas a hablar de religión en los recodos más extraños de nuestro viaje. Sabía que algo misterioso los acercaba a nosotros, y de hecho, confiaba tanto en aquella magia que se puede decir que había emprendido toda aquella travesía para encontrarlos, para salir a su encuentro. Pero detrás de cada uno de aquellos hombres y mujeres piadosos había siempre un enigma, un misterio. Hacía falta desandar un largo camino de confianza para que nos dijeran cuáles eran sus maestros, hacia dónde apuntaba la brújula de sus corazones. Pensando en cuál sería la senda de nuestro nuevo amigo nos zambullimos sin darnos cuenta dentro del palacio.  Y emergí adentro de un jardín de roca.

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Cuando el pashá Ishak comenzó la construcción de su palacio en 1685 tal vez no imaginó que no lo vería completo antes de morir. Hicieron falta 99 años para que sus 366 habitaciones estuvieran terminadas, entrelazando el estilo otomano con el persa, el georgiano y el seljúcida. Hay algo en los muros, en el espíritu de la construcción que habla del sueño de Ishak, que da a entender que planeó su palacio basándose en sueños. Todos los poderosos buscan inmortalizarse en una obra que hable de su propia grandeza, pero ese no es del todo el caso de Ishak. Es cierto que el emplazamiento de un palacio en medio de las montañas comparte la grandeza de las cumbres, del majestuoso Ararat que reside a sus espaldas, pero la belleza del Ishak Pasha no tiene que ver con la ostentación del poder, sino con la gracia sutil con la que su constructor pretendió representar el escenario exquisito y conmovedor de un cuento oriental. Es por eso que la construcción parece más antigua de lo que en realidad es, como si hubiese seguido por proyecto más una leyenda que una desesperada búsqueda de gloria. Hay algo humano, poético y de anhelo infantil que vence la estética del lujo, y tal vez no sea más que la comunión eterna con la naturaleza.

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Los salones donde los invitados disfrutaban de grandes festines están ahora vacíos y mudos. Del fuego que calentaba suntuosos manjares quedan solo inmensas marcas de hollín en las cocinas. En las ventanas desde las que antaño muchachas de ojos tristes miraban los caminos y las nieves ahora solo se posan palomas escrutando un precipicio. La mezquita y la madrasa que albergaban las dulces voces de los recitadores son atravesadas sin clemencia por el vigoroso ulular del viento. Nadie recuerda ya el nombre de quien yace en el bello sepulcro de piedra decorada con flores situado en mitad del patio ni nadie habita las oscuras y frías celdas de los sirvientes. Y en una de las paredes un poema se eleva como la plegaria de aquel pashá muerto:

“Oh Todopoderoso, haz que este palacio sea feliz mientras el mundo exista, salva a su dueño del infierno, déjalo permanecer felizmente en este palacio idílico, protégelo en el Día del Juicio y hazlo feliz”.

Pero hoy no quedan ya testigos de aquel soñador y solo la fuente de agua sigue haciendo latir su canción helada. Ahora las ruinas de aquella casa que alguna vez fue alegre se abren al viento, y sus piedras se convierten nuevamente en montaña.

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Afuera nos esperaba Murat, que aún no terminaba de armar su puesto.

-Hay un libro que tiene todas las preguntas que uno puede hacerse sobre nuestra religión con respuestas pensadas para la gente de nuestra época-, nos dijo poco después de saludarnos. Supe entonces que él era un seguidor de Said Nursi. Los meses vividos en Turquía me habían enseñado a identificar o intentar adivinar las tendencias religiosas o espirituales de las personas que encontrábamos. Esas inclinaciones se ocultaban a menudo más por miedo a represalias políticas (el sufismo en Turquía sigue aún hoy oficialmente prohibido, por ejemplo, y hay un nexo muy fuerte entre ciertas prácticas religiosas y determinados intereses incluso partidarios) que por algún tipo de oscurantismo propio de las órdenes místicas. Una de las escuelas religiosas más en contrapunto con la visión laica de la Turquía militarista ataturkiana es la del kurdo Said Nursi. Nursi nació en 1878 en la aldea de Nurs en la provincia de Bitlis. De joven luchó contra los rusos que invadieron el este turco y fue su prisionero en un campo de concentración zarista. En aquellos años revueltos combatió en numerosas ocasiones para defender su país. Estudió ciencias islámicas y trabajó como predicador y maestro, fundando una escuela. Aquellos no eran años buenos para intentar revivir la doctrina religiosa, puesto que el nuevo gobierno intentaba “desislamizar” la nueva república prohibiendo el uso del velo, del fez, cerrando mezquitas y traduciendo el llamado a la oración en turco. El joven Nursi se enfrentó a estas medidas y dio con sus huesos en la cárcel en un par de ocasiones, pero supo aprovechar la calma forzada de su celda para escribir la que sería su obra más importante, Sözler, un conjunto de preguntas y respuestas que intenta explicar el Islam en tiempos modernos. Nursi murió en 1960 y fue enterrado en el sagrado Balikli Göl de Sanliurfa, donde meses atrás habíamos visto su tumba vacía y profanada por sus enemigos. Pero tras su muerte no fue olvidado y mucho menos por su gente, los pueblos kurdos de las montañas del este. Entre ellos estaba nuestro amigo Murat.

– La respuesta a todas las preguntas que puedas hacerte sobre la religión están en estos libros. Desde hace algunos años que los estudio, poco a poco. Hay muchos lugares en los que nos juntamos los hermanos y hermanas que intentamos comprenderlos. La próxima vez que vengan a Turquía pueden quedarse con nosotros, vos Elif en la casa de las mujeres y vos Alí con los hombres. En aquellos retiros pasamos los días leyendo y rezando, estudiando las palabras de los libros.

Murat nos despidió invitándonos a volver y nos llenó las manos de pequeños regalos que sacó de su automóvil. Adelante quedaba, para él, un largo día de trabajo y una vida de devoción al camino que había elegido. A nosotros nos esperaba la caminata de regreso al pueblo, juntando un ramito de flores silvestres bajo la mirada altiva del majestuoso monte Ararat. Y nos acompañaba la alegría de haber compartido un estrecho tramo del sendero de la vida con un joven de mirada cristalina que tal vez no volveríamos a ver, pero que recordaríamos, por más que nuestras rutas fuesen tan distintas, como a uno de los cómplices de nuestra caravana.

Kars

Una de las novelas que le valió a Orhan Pamuk su premio Nobel de Literatura se llama “Nieve”. Nieve en turco se dice kar y la novela de Pamuk (ya que estamos podemos agregar que su apellido quiere decir “algodón”) transcurre cuando una nevada inmensa deja a la ciudad de Kars aislada. Llevando a cuestas los sabores de aquella lectura me dirigí a Kars-nieve. Creía que ya la tenía algo imaginada, predigerida a través de las palabras ajenas. Recordaba de mi visita como lectora una atmósfera fría y opresiva, en donde el sol nunca brillaba en los rostros de los silenciosos habitantes y donde el manto puro de la nieve se derretía pronto para descubrir su alma de barro y lodo. Pero el viaje estaba incompleto, había que saltar del mapa al territorio, de la prosa al relieve. A medir la literatura con la vida.

Las primeras imágenes de la Kars que vi con mis pies pisando el terreno hablaban de una ciudad triste en donde caía la tarde. Estaba en medio de unas calles grises con negocios que iban poco a poco cerrando sus puertas. Pasaban algunos niños con marcas de mucho trabajo y mucha vida pesando en la sombra de la mirada. Nos movimos buscando la dirección de nuestros anfitriones y fuimos encontrando cuadras más luminosas. Las casas eran sólidas y estaban construidas con bloques de piedra y pintadas de distintos colores. Las ventanas eran largas y estrechas. Las residencias más importantes tenían un aire imperial, herencia de la larga ocupación rusa. Las mezquitas mezclaban la roca oscura con la madera siempre abundante de los bosques del este, y eran pocos los que se animaban a los balcones, un tanto inconvenientes en los largos inviernos. Llegamos al fin a un barrio “normal” para los parámetros del resto del país, en el que la gente vivía en edificios de estatura mediana que pese a ser modernos no lograban perder su aire de vecindad, los zapatos esperando siempre a la puerta de cada departamento. Y un poco detrás, el fin de la ciudad y el comienzo de la estepa.

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Aquellos calurosos días corrían en medio del sagrado mes de Ramadán y en casa de nuestros anfitriones el ayuno se guardaba a medias: el marido ayunaba, porque era sunnita, pero su esposa y su suegra no, por ser alevíes. Representantes de una heterodoxia popular que mixtura elementos del chamanismo, el shiísmo y el sufismo, la fe aleví reúne a más del 20% de la población turca. La mayoría de los alevíes turcos no se identifican como musulmanes, ya que no cumplen con los actos de adoración prescriptos por la religión, salvo por las oraciones, que realizan en grupos de hombres y mujeres enfrentados unos a otros. Para nuestra anfitriona, ser aleví era una parte central de su identidad y una forma particular de ser kurda.

-Las cosas están cambiando, ahora ya no hay que esconderse tanto por ser aleví, pero aún así es todavía difícil encontrar cemevis (centros de reunión y oración aleví) y lograr que nuestra religión sea aceptada y respetada. En Turquía, la religión siempre acaba relacionada con la política. Mi madre, no entiendo cómo, admira a Ataturk y a la república, pero para mí él no era más que un tirano, responsable de la destrucción del pueblo kurdo y de la persecución de los alevíes. En los días de los otomanos, todo era mejor- decía no con nostalgia, sino con una actitud de resistencia. Y mientras preparaba el iftar, comida que señala el final de la jornada de ayuno, para quienes no compartían su fe.

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Más allá del barrio de los edificios, casi en las afueras, se encontraba el corazón religioso e histórico de la Kars, una antigua citadela cuyo complejo albergaba una gran mezquita y la tumba de un santo, Ebul Hasan Harakani. Aquello tenía un espíritu innegable de jardín, rodeado por pinos legendarios que mantenían las malezas a raya. Detrás de los árboles, entre los pastos rebeldes, regía la silueta del castillo de Kars. Avanzábamos por una calle deshecha que se abría camino colina arriba, entre patios desordenados de casas venidas a menos. El espacio libre era cubierto por manojos de flores silvestres de todos colores. Adentro de la muralla descansaba el cuerpo de uno de los santos mártires de la ciudad. Cuenta la leyenda que Celal Baba luchaba contra la invasión mongola en defensa del Islam cuando le cortaron la cabeza. No se desanimó sino que la levantó y la cargó, luchando el brazo que le quedaba libre, hasta ir a morir, después de haber matado a unos cuantos, en el lugar en el que hoy está enterrado.

Estábamos solos paseando en aquel laberinto amurallado y ante tanta calma era difícil adivinar los soldados, las armas y los cañones que gimieron y gritaron en aquellas habitaciones en las que hoy solo se oye el ulular del viento y de las palomas o el cansado clic de las cámaras de los turistas. Y sin embargo, solo por aquel “estar arriba” y ver la ciudad a nuestros pies desplegada como un mapa de ella misma, me sentía en partes conquistadora, dueña de Kars.

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Debajo del castillo, un puente de piedra atravesaba un río delgado. Los ríos de estas latitudes tienen voces de arroyo, puras y cantarinas, a veces perfumadas de espuma e incluso irisadas en rumores de montañas, pero no comparten nada con los inmensos ríos de nuestras tierras, gigantes de aguas turbias sin orillas. Cruzando el puente más soberbio que el agua tímida de abajo, había un hamam abandonado y más allá retornaba la ciudad aletargada. Ese era el último fragmento que me guardaba en la mochila del rompecabezas de mi Kurdistán. Afortunadamente la colección estaba desordenada, descentrada, incompleta. Aquella pieza nueva llevaba impreso el dibujo de una montaña que estalla en nieve, de nieve que se transforma en agua, de agua que se desliza en río, de río que corre silencioso debajo de un puente de piedra sobre el cual una viajera de otras tierras mira en silencio la montaña, la nieve, el agua, el río.

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Hubo hace más de un siglo una literatura telúrica que postulaba la tierra como destino del que la habita. El paisaje gestaba conductas, conducía gestos. La voluptuosidad de la selva tornaba fogosas a sus mujeres e iracundos a los hombres, la aridez del desierto dejaba pobreza y desidia en el carácter de sus pobladores. Era la tierra que da a luz pero que luego traga, la tierra que entierra, poder antiguo impregnado en el aire y las piedras. Nuestros ideales de libertad y autodeterminación nos llevan a rebelarnos contra el determinismo como acabada idea de otros tiempos. Pero entonces nos topamos frente a frente con las tierras profundas, intactas en su fuerza primitiva y entendemos que hay sitios que persisten aún hoy en la atmósfera del mito.

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