Postales IV: Topkapı, las joyas turquesas del Imperio

Fue hace varios años, en mi primera visita a Estambul. Llevaba más de dos meses viviendo en la ciudad, aprendiendo su idioma y sus códigos y apenas había logrado tocar su límite más externo con la punta temerosa de mi dedo. Era ya hora de levantar las mochilas y el pulgar para emprender el viaje de regreso a Occidente y finalmente volver a casa después de diez meses en el camino. Faltaban solo dos días para que dejara Estambul, aquella vez con rumbo a Grecia y mi ciudad amada me reservaba un regalo de despedida, la visita al palacio de Topkapı.

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Una vista aérea del palacio dejaría ver sus pequeñas cúpulas y chimeneas cuyos relieves, algunos dicen, remedan los días en los que los otomanos eran nómadas y vivían en carpas. Desde afuera, y eso solo después de haber atravesado las grandes murallas de roca, la cara del palacio son tan solo sus dos torres con sobriedad de fortaleza. Topkapı significa “puerta del cañón”, puesto que en su lugar se encontraba la principal entrada marítima de la antigua muralla que salvaguardaba la ciudad y la cuidaba con artillería. El palacio se sitúa en la primera colina de Estambul, que antes fuera la antigua acrópolis de Bizancio y mira al mar y a la costa asiática como tal vez ningún otro punto de la ciudad. Protegido de un ataque costero por la pared de roca que separa del mar y desde la tierra por una serie de patios profusamente vigilados, dentro de Topkapi el sultán y el Imperio estaban a salvo.

Por cuatro siglos Topkapı fue el centro del poder. Construido en 1459 para albergar la sede imperial y ser el hogar del Sultán otomano y su familia, Topkapi no dejó de crecer hasta que el sultán Abdul Mecit decidiera mudarse al estilísticamente europeo palacio de Dolmabahçe en 1843. Desde el Sultán Mehmet el Conquistador hasta Mahmud II “El Reformador”, el palacio vio desfilar las historias de la corte.  Fue la casa de Bayezid II, “El Santo”, un religioso amante de la literatura, de Selim I “El Fuerte” y su hijo Suleimán “El Magnífico o el Legislador”. Suleimán llevó el Imperio a su máximo esplendor y fue el último Sultán en conducir al ejército en la batalla, pero también pasó a la historia por ser el primero de la casa de Osmán en casarse por amor con Roxelana, la más astuta de sus esclavas.

El palacio fue luego de su hijo Selim “El Rubio” quien sufrió la derrota de Lepanto y fue el primer sultán en morir en Estambul, seguido por su hijo Murat III, que dedicó su vida al misticismo y la búsqueda religiosa. Al morir, Murat dejó el trono a su hijo Mehmed III “El Justo” quien cumplía a rajatablas las órdenes de su madre y caía enfermo cada vez que oía alguna mala noticia del Imperio. Su sucesor, Sultán Ahmed, estaba extrañamente marcado por el número 14: a esa edad ascendió al trono, fue el decimocuarto sultán del linaje otomano y murió sólo 14 años después de haber comenzado su sultanado, a los 28 años. Brevemente lo sucedió su hermano Mustafá “El Loco” quien no quería ser sultán para poder seguir leyendo su Corán. Cuando finalmente no le quedó más opción que ascender al trono fue al poco tiempo derrocado por decreto a causa de su constante manía de regalar el dinero de la corte a los pobres. Su sobrino Osmán II “El joven” que escribía poesía bajo el nombre de Farisi murió asesinado durante una rebelión de los jenízaros, el ejército otomano conformado con niños procedentes de las nuevas naciones incorporadas al imperio. Después de él habitó el palacio Murad IV “el Conquistador de Bagdad” un excelente calígrafo, jinete y poeta, que escribía bajo el nombre de “Muradi” y acostumbraba a recorrer la ciudad disfrazado para oír por sí mismo los reclamos del pueblo. Lo sucedió su hijo Ibrahim el Loco. Como su antecesor y antepasado Mustafá, él tampoco quería ser Sultán. Tal vez aquello fuera lo que les valió a ambos el mismo epíteto dentro de un palacio en los que hermanos asesinaban a hermanos y padres a sus propios hijos para asegurarse un lugar en el trono. Mehmet IV, uno de los hijos del loco, tuvo que ocupar su sitio a los 7 años, luego de que Ibrahim fuera asesinado por las conspiraciones que siempre temió. Mehmet se dedicó a la caza y a prohibir el alcohol y durante su reino el Imperio alcanzó su máxima extensión, pero todo aquello no le valió para resistir el cerco de Viena y pasó sus últimos años en prisión sin más alegrías que dos de sus concubinas.

Luego Topkapı alojó a Suleimán II quien pasó 40 años encerrado en una celda para que gobernara su hermano Ahmed II “el príncipe guerrero”. Mustafá II fue el tercer hijo de Mehmet en llegar al trono y uno de los pocos sultanes en declarar el rechazo al lujo palaciego. Fue depuesto y la misma suerte corrió su hermano Ahmed III, quien tuvo más de 30 hijos. Dos de sobrinos llegaron al poder: Mahmud I “El Jorobado” y Osmán III “El devoto”. Mahmud I era un amante de la música, pero su hermano la odiaba tanto como a las mujeres y usaba zapatos de acero para que, al oírlos, todas las sirvientas del palacio pudieran apartarse de su presencia. Ninguno de los dos tuvo hijos, por lo que los próximos sultanes fueron elegidos entre la abundante descendencia de su tío Ahmet. Ellos fueron Mustafá III, el modernizador de las tácticas de guerra y su hermano Abdul Hamid, quien restauró el sistema militar.

De Mustafá III se cuenta una historia muy particular. Un día el sultán oye hablar de un hombre piadoso llamado Lale Baba que se encontraba cerca de la mezquita hoy llamada Laleli. Ansioso por conocerlo, Mustafá va a su encuentro y conversan entretenidos largo rato. Después de escuchar complacido a Lale Baba hablar bellamente sobre Dios, el Sultán Mustafá decide preguntarle al sabio cuál es la cosa más hermosa del mundo. “Aliviarse y descargarse después de haber comido y bebido mucho”, responde irreverente el santo. Mustafá se queda furioso con la respuesta, pero al día siguiente después de levantarse y descubrir que está constipado y recibir sin resultado la ayuda de todos los médicos del palacio se da cuenta de que Lale Baba es el único que puede ayudarlo. Lo manda a llamar y le ruega que lo cure, pero Lale Baba le pide que le dé algo a cambio. El sultán le ofrece la mezquita a la que concurre pero el hombre no acepta y pide más. El sultán agrega joyas, propiedades, lujosos vestidos pero Lale Baba no cede y continúa exigiendo más.  Mustafá no aguanta más el dolor e incluye ciudades prestigiosas a la lista, pero el maestro se niega aceptarlas y dice que solo lo aliviará si le entrega el imperio entero. El sultán, desesperado, accede finalmente a su deseo e inmediatamente se cura de su aflicción. Cuando el sultán se recobra Lale Baba le dice que no quiere su sultanado: “un reino que vale lo mismo que la mierda, es un reino de mierda, no lo necesito. Con que le pongas mi nombre a la mezquita a la que concurro me basta”. Desde ese día, a la mezquita se la conoce como Laleli, el lugar en donde Mustafá aprendió una lección.

Los últimos tres sultanes en vivir en el palacio fueron Selim III “El Compositor”, Mustafá IV, quien hundió al Imperio mientras vivía en el lujo y la disipación y Mahmud II “El Reformador”, un entusiasta europeísta que intentó reparar los errores de su hermano.  Después de él Topkapı fue visto como demasiado oriental y los otomanos prefirieron trasladarse a los nuevos palacios de estilo europeo.

Pero durante más de 300 años el palacio fue el emblema del poder, el lugar desde donde se gobernaba el Imperio, la sede del lujo y las intrigas. Allí se llevaba a cabo el diwan, algo así como el parlamento de hoy en día. También era en el palacio donde se instruía a los servidores del Imperio, funcionando como una gran escuela. Prototipo de ciudad en miniatura, allí vivían entre 4000 y 5000 personas.

Estructuralmente el palacio que viera pasar príncipes y visires, concubinas y esclavos está dividido en cuatro patios. El último, el más íntimo, era exclusivo del sultán, su familia y sus allegados, y está rodeado de jardines y terrazas. El primero, al que se accede por la puerta imperial, la Bab-ı Hümayun, estaba abierto al público y lo sigue aún hoy, puesto que es de entrada gratuita. Allí se agolpaban los jenízaros y se ubicaba un hospital, un arsenal y una cocina y muchos de los dormitorios de los trabajadores externos del palacio.

La Bab-ı Hümayun es la entrada a aquel lugar maravilloso. La atravesaron las niñas que llegaban para convertirse en cortesanas sabiendo que jamás volverían a ver a sus familias, los muchachitos cristianos que eran capturados para estudiar y formar parte del ejército de los jenízaros, los reos que enfrentaban sus juicios y condenas, los embajadores de países lejanos, los sultanes al embarcarse en sus clandestinos merodeos por la ciudad. Marcada con la tuğra, la firma del sultán hecha emblema, la “puerta imperial” es solemne y austera, sin perder la grandiosidad.

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Detrás de esta puerta se encuentra el patio de los jenízaros. Allí se emplazaban las panaderías que horneaban para el sultán un pan especial, con una harina tan blanca como la nieve que los súbditos, acostumbrados a los panes oscuros sin refinar, habrían tenido problemas en reconocer como tal. Hagia Irene, una pequeña iglesia tan antigua como su hermana Sofía, se encuentra también en este patio pero no alcancé más que a verla cerrada. Supe que tuvo peor suerte que su hermana mayor, Hagia Sofía, puesto que desde que el sultán Fatih puso un pie en la ciudad la transformó en un arsenal y luego en un depósito de leña.

Hasta aquí la visita es gratuita, pero hace falta hacerse de una entrada y sumarse a la cola de turistas para atravesar la Ortakapı, la puerta del medio. Tal como hubiéramos hecho en los tiempos de gloria del palacio, pasamos a pie. Solo el Sultán y su madre, la Valide Sultán, podían atravesar esa puerta montados en sus grandiosos caballos.

El palacio logra mantener la esencia de la vida otomana como si los sultanes y sus concubinas hubieran acabado de salir por la puerta, pero aquello no le impide funcionar como un museo que exhibe los tesoros del imperio: porcelanas, joyas, manuscritos, caligrafías, armas y reliquias religiosas. Cuna de diamantes e historias fabulosas por igual, como en todos los lugares históricos sobran turistas y cámaras y falta el tiempo y la soledad necesaria para sumergirse en el pasado, pero de tanto en tanto, sobre la baldosa menos pensada, se deja sentir en la brisa el aroma marchito y dulce de los tiempos perdidos, se escucha el susurro de la seda contra el oro, el murmullo triste de los suspiros de amor, el grito ahogado del ansia del poder.

Entramos al segundo patio en torno al cual, frente a la fuente de los verdugos, se encuentra la cocina. Veinte son las chimeneas que daban fuego a las cocinas del palacio, en donde se inventaron muchos de los sabores que aún hoy alegran los paladares turcos. Los cocineros competían entre sí por crear platos que se volviesen los favoritos de los poderosos y temían que cualquier error les quitase el favor de los grandes. Cada grupo de comensales (el sultán, las concubinas, los niños, los visires y hasta los esclavos) contaba con su propia cocina, pero las había también especializadas en distintos tipos de platos. Muchas de las salas albergan una colección de porcelana china que es la tercera en calidad y tamaño del mundo, pero disfruté más de aquellas salas que mostraban los utensilios y mesas del pasado, las ollas enormes, imaginándome los enojos ante las quemaduras imprevistas y los deliciosos aromas que llevaban a los sirvientes a mordisquear los dulces reservados para los poderosos.

Las miniaturas de la época muestran que los otomanos, a pesar del lujo, comían en el piso, cada uno con su cuchara de una misma fuente, tal como hoy continúan comiendo muchos orientales, entre ellos los sufíes en sus reuniones. Esa continuidad me sorprendió, me agradó, y supe después que tenía que ver con la obediencia a la enseñanza profética que postula que comer del mismo plato aumenta el amor entre los comensales.cocina otomana carvansaray

También en torno al segundo patio se sitúan la oficina del gran visir y el Diván. Allí el palacio abandona el tono humilde de las cocinas y sus hollines y adquiere toda la sofisticación palaciega. Los azules azulejos de Iznik, conjugados para crear todas las geometrías posibles, adornan las paredes. En el Divan-ı Hümayun, la corte de los ministros, hoy hay una exposición de armas. En sus tiempos allí se implementó uno de los primeros panópticos de la historia, economía de la vigilancia y arte de generar terror. El sultán dejó de asistir a los consejos, pero de vez en cuando los espiaba a través de una pequeña ventana, sin que los concejales pudieran saber si se encontraba presente o no.

En el segundo patio se encuentra a su vez la entrada al Harem, la residencia de las mujeres y concubinas, los eunucos negros que las cuidaban y los oficiales que llevaban un rulo a cada lado de sombrero para no poder mirar de costado a las señoras del palacio. Más allá de la fantasía orientalista aquel lugar que era más una residencia real que un templo del placer.Aquel espacio controlado por la Valide Sultán era una corte femenina en donde se tramaban intrigas y se soñaba con ser la madre del futuro heredero del trono. Pero, a pesar de las noches de música y los días de cotilleos, este no era un espacio bullicioso. A no ser por las gacelas que pastaban en el parque, pocas cosas dañaban el silencio que se extendía sobre los días del palacio.

La Bab-us Saadet, la “puerta de la felicidad”, conduce al tercer patio. Allí el sultán tenía su trono y su sala de audiencias. En él está la hermosa biblioteca que Ahmet III construyó en 1719, con sus delicadas mesitas de madera labrada para apoyar el Corán y leerlo sentado en el suelo y la luz generosa de sus amplias ventanas con vista al mar. Una de las funciones del palacio era albergar distintas escuelas para niños venidos de todos lados del Imperio, y constituirse como un centro del conocimiento y aquella sería sin duda la más bonita de todas sus aulas.

Otra sala alberga una colección de trajes de sultanes, príncipes, princesas y concubinas. En la moda estaba inscrita la noción de lujo otomana: la conciliación entre la corte europea y el lejano oriente asiático. Chaquetas largas de telas de seda o terciopelo decoradas o bordadas, coloridas y con flores, de cinturas angostas y mangas larguísimas y botones ornamentados. Los materiales incluían también oro, plata y piedras preciosas. Turbantes, feces y sombreros de colores brillantes, alguna vez usados por las cabezas más importantes del Imperio, yacían ahora luchando contra el polvo y la degradación del tiempo.

Aún hoy en Topkapi se encuentra gran parte de los tesoros del mundo. Algunos de ellos llegaron al palacio como regalos diplomáticos, otros volvieron en manos de los conquistadores para aumentar la gloria del imperio y la reputación de la capital. Todas las periferias, entonces como hoy en día, conducen a un solo centro del poder que en ese entonces se hallaba en Estambul.

En la sala del tesoro brilla el “Diamante del hacedor de cucharas” ,uno de los veintidós más grandes del mundo.  Cuenta la leyenda que esta piedra preciosa rodeada de brillantes, fue encontrada por un mendigo en un basural que, ignorante de su valor, la cambió por tres cucharas de madera. A su lado hay una caja repleta de esmeraldas y más allá se expone la daga de Topkapı. Mientras miraba los tesoros, me distrajo el griterío animado de la conversación de dos mujeres viejitas que hablaban en español con acento rioplatense.

-Esta daga es la famosa daga que utilizaron en la película, hacían que la robaban, ¡pero imaginate que no la habrán ni sacado de acá!- dijo una de ellas, con seguridad, a su amiga.

-¡Qué trabajo, qué ganas de hacer todo eso, de incrustar todas las piedras!- le respondió la otra.

-¡Qué tanta joya ni tanta joya!-me dijo la primer mujer después de confesarme que era uruguaya. -¡Yo me conformo con un asado y para tomar mate no necesito una bombilla tan lujosa!- agregó con desparpajo y siguió su camino, tal vez extrañando el termo que en sus tierras portaba bajo el brazo como un miembro fantasma.

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Esta miniatura, que pertenece al acervo del palacio, muestra al sultán Selim III en la Puerta de la Felicidad. Toda la pompa de las audiencias imperiales se evidencia en la jerárquica coreografía de los súbditos.

Un sector muy especial del palacio es la Hırka-i Saadet, la sala de las reliquias religiosas. A diferencia del resto del palacio, aquí el aire de museo se desvanece, los pasos se acallan y se vuelven más lentos. Parte de esa sacralidad se debe a la voz del recitador, que, sentado en un rincón, no deja de leer el Corán con voz melodiosa. Otra parte de ese aire sagrado parece venir del aroma dulce a rosas e incienso que lo envuelve todo.

La de la Hirka- e Saadet se considera la colección de reliquias proféticas más auténtica del mundo. Los otomanos en sus conquistas llevaron a  Estambul los tesoros que encontraron a su paso. De Egipto Selim I trajo al palacio el objeto más sagrado, la hirka o el manto perteneciente al Profeta. Las “Sagradas Custodias” incluyen además su espada y su arco, una carta manuscrita que lleva su sello, su estandarte y tres reliquias de su cuerpo: un diente, la huella de su pisada retenida en arcilla y pelo de su barba. Todos aquellos elementos, simples en su origen, están engalanados con lujosos estuches y ornamentaciones en oro y piedras preciosas. El sakal-ı şerif, cabello de la barba del Profeta, es tal vez el más común de esos elementos, debido a que contiene una mágica propiedad. Dicen quienes lo han guardado que basta con tener una pequeña muestra de cabello y guardarlo en cera para que, con el tiempo, crezca. También dicen que ese cabello tiene un olor a rosas particular y que no pierde jamás su perfume.

Aquella habitación durante la época otomana solo se había abierto en pocas ocasiones, considerada como era el sancta sanctorum del palacio. Especialmente durante el sagrado mes de Ramadán está abierta al público y muchas son las personas que compran su entrada al palacio solo para poder estar en presencia de las reliquias. A mi alrededor los turistas caminaban desatentos y miraban todo con los mismos ojos perdidos que minutos antes habían deslizado por las caligrafías, las porcelanas y los cucharones .Los fieles, en cambio, alzaban las palmas de sus manos y cerraban los ojos, pegados al vidrio que los separaba de las reliquias, elevando sus plegarias. Cada vez que tuve la oportunidad de estar en su presencia, y aquella en Topkapi fue la primera, sentí el aroma sagrado que desprenden aquellas pequeñas muestras de cabello y me embargó la emoción de la proximidad con el amado.

Además de las reliquias proféticas en otras salas en donde se escuchaba a través de parlantes la recitación del Corán, se encuentran las espadas de los cuatro califas (Abu Bakr, Omar, Osmán y Ali). La elegancia de esas espadas resiste al tiempo que casi por completo había logrado borronear las inscripciones que llevaban labradas. La colección también incluye vestidos y ropas que les pertenecieron a ellos y  a la familia del Profeta.

De cuando eran custodios de la Meca, los otomanos llevaron al palacio la Hacer-ul Esved, la cobertura de oro la piedra negra de la Kaaba. Junto con estos objetos sagrados para el Islam se encuentran reliquias compartidas con la fe cristiana y judía, como el bastón con el que Moisés separó las aguas, el tarro de donde tomaba agua Abraham, el brazo de Juan el Bautista cubierto en oro. Podía dudar de la autenticidad de ellas, por su puesto, pero pensar que algo así pueda existir era más divertido, interesante y provocador para mi imaginación.

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Sin duda la sala de circuncisiones es una de las joyas del palacio. Las paredes repletas de azulejos turquesas se parecen al mar, cuya vista cada vez está más cercana. Allí se llevaba a cabo la circuncisión de los príncipes y para aquellas ocasiones se celebraban fiestas que solían durar semanas enteras.

El último patio, llamado “jardín de los tulipanes”, abre el espacio a la inmensidad del mar. Como una enorme terraza sobre las aguas turquesas, esta sección del palacio me pareció especialmente encantadora, puesto que la belleza era la cuota que el paisaje agregaba a la arquitectura. El bello Kiosco de Bagdad, llamado así porque fue erigido para celebrar la toma de aquella ciudad iraquí, resume la arquitectura otomana en proporciones de cereza. Me senté sobre el marco de una ventana que daba al Bósforo turquesa, inspiración de todo lo que en el palacio valía la pena y pensé que sin duda aquella vista era el mayor tesoro al que podía aspirar un sultán. Nada valían las fastuosas salas de Topkapi contrapuestas a la contemplación de la ciudad amada.

Cuando dejé atrás las puertas del palacio y los murmullos legendarios de sus sueños muertos el reloj seguía corriendo apresurando la hora de mi partida. El mundo seguía adelante en forma de caminos nuevos, y algo en mí se alegraba de partir. Pero me costaba, porque estaba enamorada. Estambul era mi ciudad y no quería dejarla. Hicieron falta varios regresos para que pudiera comprender su cara cotidiana, llena de prisas y melancolía, hollada por billetes, camiones de basura, trabajos, rutinas y los sueños de miles de inmigrantes aplastados por un carro hidrante frente a un shopping en la avenida Istiklal. Y aún así, la amo como se aman los matrimonios viejos. Porque cada tanto, cuando estamos solos en la cubierta del barco y el atardecer refleja rosas, celestes y dorados sobre las antiguas mezquitas grises como elefantes majestuosos y el agua se rebela en tumultos de plata y el murmullo de las olas es vencido por la dulzura de un llamado a la oración al que pronto se le suman cientos de ecos de voces distintas provenientes de las mezquitas más lejanas y huelo la sal y siento sobre mi una brisa de albatros que se alejan rumbo a sus patrias lejanas, entonces desaparecen las incomodidades, los reproches, las quejas y mi Estambul me envuelve en su abrazo mágico. Y vuelvo a amarla a pesar de todo, tal como antes de mí lo hicieron hordas enteras de sultanes y mendigos, de taxistas y vecinas que aún arrojan desde su departamento una cesta al vendedor callejero. Y se que si me alejo será pensando en volver.

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5 pensamientos en “Postales IV: Topkapı, las joyas turquesas del Imperio

    • Muchísimas gracias Miguel! Es cierto, es imposible que no se cuele por la escritura la nostalgia y melancolía que genera el amor a una ciudad tan maravillosa, de la que tu blog es un cronista tan fiel. Gracias de nuevo por leer y comentar

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  1. Pingback: Ramadán en Estambul | carvansaray

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