Siete puertas hacia el sufismo: III Huseyin y los derviches de Konya (I)

“Los invito a mi casa. En realidad no es mía, es de Dios y yo sólo soy su cuidador.” Huseyin nos había escrito meses antes de emprender el viaje y al leerlo supimos que si alguien podía abrirnos las puertas al mundo del sufismo en Konya, ese era él.

No sé si dormía o no en el tren, siempre me pasa lo mismo. En Eskisehir nos habíamos perdido en las vías oscuras y solo habíamos alcanzado la estación desierta a último momento. La noche había sido demasiado larga y el guarda se había empecinado en prohibirme que estire las piernas apoyándolas sobre una mesita desplegable. Viajaba con los ojos cerrados, buscando el máximo posible de horizontalidad que pudiera permitirme el asiento. En un momento el sol se me coló por las pestañas, abrí los ojos y vi un paisaje hermoso entonando el amanecer. Los cerré y soñé que llegaba a Konya y que ese paisaje era el mío.

Poco a poco la planicie dorada y marrón con alma de estepa había sido conquistada por la fealdad universal de las fábricas. En el asiento de enfrente un anciano de aquellos de mirada fuerte con aire de sabio que tanto abundan en Turquía esperaba la llegada tanto como nosotros, haciendo girar sonámbulo las cuentas de su rosario. Cuando bajamos del tren un gran cartel decía “Konya”.

Caminamos siguiendo la brújula del instinto. Imaginaba como siempre una ciudad medieval y como siempre también me enfrentaba a una metrópolis de avenidas y edificios en donde buscamos las huellas de la ciudad que soñaba. Aparecieron como indicio de que estábamos en el lugar correcto unos dolmuş (minibuses públicos turcos, combis o matriushkas) que llevaban como destino “Mevlana” escrito en el frente. En algún lugar, allí adelante, estaba el santo que habíamos ido a visitar, enterrado debajo de su cúpula verde turquesa. Llamamos por teléfono. Huseyin tenía una voz delicada. El instinto se había dejado guiar por un idioma sagrado y había equivocado el camino a casa de nuestro anfitrión desconocido. Hacía falta dar la vuelta y alejarse una hora hacia la periferia hasta descender justo al final del recorrido, donde unos edificios de colores sostenían el cielo puro. Un hombre viejo y elegante, de cabello blanco y ojos claros vino a buscarnos. Nos sonrió y nos guió hasta un departamento en el último piso. La casa estaba rodeada de ventanas y por ellas podía verse todo el paisaje, los últimos vestigios de suburbio sobre una pradera infinita. Era el fin de la ciudad, una planicie dorada y vacía surcada por palomas.

tren a konya desde estambul carvansaray

En el tren desde Estambul a Konya

Behcet era el padre de Huseyin y una especie de espejo invertido de su hijo. Podría esperarse que sea el más viejo quien siguiese una vida tradicional apegada a la religión y el joven el rebelde, pero no era así. Criado en una típica familia laica turca, hijo de un profesor de historia huelguista, Huseyin había renunciado a su destino forjado por Ataturk y había decidido en su juventud acercarse al Islam a través del sufismo. Si uno se esforzaba constantemente en seguir un camino espiritual, el otro era comunista y ateo. Si el hijo apenas hablaba, el padre largaba largos discursos políticos apoyando a Fidel Castro. Si Huseyin tomaba vinagre para seguir una sunnat profética, su padre aprovechaba sus ausencias para dejarse caer en el sofá rodeado de latas de cerveza Efes vacías. Se suponía que Behcet había dejado Edirne para vivir con su hijo y ayudarlo con las tareas del hogar, pero yo sospechaba que era Behcet quien terminaba siendo ayudado y que Huseyin se enfrentaba día a día con amor a su destino, aceptando a Behcet tal cual era cumpliendo con la prueba de honrar a sus padres.

Huseyin estaba afuera. Trabajaba como profesor de arte en la universidad de teatro y volvía tarde a casa. En su ausencia Behcet era una especie de embajador de los invitados de su hijo. Estaba aprendiendo inglés con los viajeros. Tenía un diccionario artesanal escrito con letra grande en unas hojas sueltas con el que se comunicaba con las visitas. Pero no éramos los únicos invitados. Cuando llegamos había un hombre más, un anciano de ropas sencillas que llevaba un gorrito de lana y tenía un bastón de madera con aspecto de báculo de separar aguas y un bolsito pequeño. Se mantuvo callado todo el rato, pero cuando oyó el adhan de la mezquita anunciando la oración del mediodía tomó su alfombra y comenzó a rezar. Después de su plegaria silenciosa alzó las palmas de sus manos frente a su cara y suplicó con los ojos cerrados unos cuantos minutos. Al terminar se sopló hacia el lado del corazón. Huseyin nos diría más tarde que aquel señor era un derviche errante que, tal como los de antaño, no tenía más trabajo que el de recordar a su Amado día y noche, ni más riqueza que la libertad de su vida en viaje, ni más casa que el rincón que le brindaran para pasar la noche a cambio de rezar por la gente que lo hospedaba y contagiarles su baraka. Poco más nos contó Huseyin sobre aquel hermoso personaje que en silencio dobló su alfombra y sin más palabras que un “Assalamu aleikum” levantó su equipaje, entonó una oración de despedida, sonrió y partió liviano al camino.

La tarde pasó entera e incluso llegó el momento del iftar, la comida que señala el final del ayuno durante los días de Ramadán, y nuestro anfitrión, retrasado por su trabajo, aún no había llegado. Sabríamos después que siempre estaba ocupado y que concedía muy pocos momentos para la conversación y no desperdiciaba ni un solo segundo en algo banal.

-“Porque es cierto que junto a la dificultad hay facilidad /Sí, junto a la dificultad hay facilidad /Así pues, cuando hayas acabado, esfuérzate por más /y a tu Señor anhela”, dice el Corán – me explicó Huseyin- y eso entre otras cosas significa que puedo aprovechar mi tiempo en la búsqueda del conocimiento alternando entre tareas mundanales y obligaciones religiosas-

En los días que pasaríamos en Konya, siempre los momentos con Huseyin serían breves. Más de una vez volvería después del iftar, pasaría menos de una hora con nosotros y luego diría que se iba a dormir. Pero en realidad entraba a su cuarto y se quedaba en vigilia rezando varias horas, quizás hasta el desayuno.

El primer encuentro también fue así, raudo, ameno pero profundamente extraño. A medida que pasaban las horas y Huseyin no llegaba crecía nuestra intriga. Comimos con su padre, que comenzó a usar su diccionario para pedirme que lo ayudara a servir el té turco pero pronto se decepcionó porque por entonces yo era ajena al arte de combinar en los vasos de tulipán el agua de la pava de abajo con el té concentrado de la pava de arriba y nunca lograba un color rubí lo suficientemente oscuro para su gusto. Cuando finalmente se abrió la puerta, nuestro amigo no estaba solo. Venía con él una pareja de españoles que habían viajado hasta Konya en moto. Charlábamos con ellos mientras Huseyin les preparaba la comida. Les anunció que no iban a quedarse allí, sino en casa de unos estudiantes suyos que vivían cerca. Como era Ramadán no le gustaba declinar ninguna petición de alojamiento, dijo, pero en su casa no había lugar para tantos. Los españoles aceptaron entre sorprendidos y atónitos el cambio de planes. También inesperadamente Huseyin tomó su ney y comenzó a tocar. Un gemido triste surgió de la flauta de caña y condensó el aire en misterio. El ney, surgido en Medio Oriente hace más de 4000 años hacía flotar una melodía devocional, uno de los ilahis turcos, y a la vez se dejaba llevar por la cadencia de la improvisación. Su voz es extraña, se aleja de la estridencia pero se hace notar, aterciopelada y a la vez áspera, dulce pero difícil de digerir. De los tipos de flautas que conozco el ney es la que tiene el sonido más profundo, más opaco y esa textura especial parece esconder un secreto. No muy lejos de la casa de Huseyin, hace ochocientos años, Jalaladdin Rumi intentó descifrar el enigma del ney y su conexión con el alma humana. Tanta importancia le dio el místico poeta a la flauta de caña que no solo la consagró como instrumento fundamental, junto al tambor, del sema o danza sagrada de giro, sino que es la voz del ney la que comienza su obra más conocida, el Masnavi:

Desde que me cortaron del cañaveral,

mi lamento ha hecho llorar a hombres y mujeres.

Deseo hallar un corazón desgarrado por la separación,

para hablar del dolor del anhelo.

Todo el que se ha alejado de su origen,

añora el instante de la unión.

 Rumi señala que, como el ney, el buscador espiritual se deja cortar y luego quemar por el fuego del amor, hasta que de él surja un gemido, el lamento por la separación del amado.

Es el fuego del amor lo que arde dentro del ney,

el ardor del amor que posee el vino.

El ney es el confidente de todo aquél que está separado de su amigo,

sus sonidos rasgan nuestros velos.

¿Quién ha visto antes un veneno y un antídoto como el ney?

¿Quién ha contemplado jamás un consuelo y un enamorado como él?

Desde entonces, el ney es en el sufismo a la vez metáfora de la transformación espiritual e instrumento (en todos los sentidos de la palabra) que la hace posible.

Mientras tocaba, algo en Huseyin se transformaba también, como si el ejecutante estuviese siendo ejecutado por la música, traspasado por un sonido lejano y antiguo. El ney vive, crece junto con el intérprete, el neyzen. Nuestro amigo nos mostró que la caña tenía otro color en la parte cercana de la boquilla.

-Esto es porque aún no lo “quemé” con mi aliento -dijo- La de los grandes neyzen están todas “quemadas” y se ven enteras de este color oscuro.

Dejó de tocar y contó la historia mítica del nacimiento del ney. Dios le reveló al Profeta una cantidad de palabras divinas. Un día Alí encontró al Profeta triste y le preguntó qué le pasaba. El profeta le respondió que estaba apesadumbrado por el peso de aquellas palabras que le habían sido reveladas. Entonces Alí le dijo que comparta con él algunas de ellas y el Profeta lo hizo, como un secreto. Pero Alí no aguantó ese peso y se alejó de la ciudad y buscó un estanque solitario y le confío al agua sus palabras.

Tiempo después Alí y el Profeta paseaban juntos y oyeron aquellas palabras en el sonido de un ney que alguien tocaba. Ese ney había sido en su momento una caña que había crecido junto a la fuente en la que Alí arrojara su peso. Alí se sonrojó por haber roto su promesa y perdió temer la confianza del Profeta Muhammad (paz y bendiciones sean con él y su familia) lo miró y le dijo: “Alí, ¿acaso has contado nuestro secreto?”. Alí dijo que sí. El Profeta le dijo que no se preocupara, que el secreto estaba a salvo porque a través del ney las personas podrían sentir aquellas palabras, pero no comprenderlas.

mevlevi konya carvansaray

La mevlevimanía en las calles de Konya

La puerta se abrió y el aura de la música y el relato se desvanecieron. Era el alumno de Huseyin y nos pareció que lo conocíamos de algún lado, aunque nunca supimos de dónde. Acompañamos a los españoles a su casa. Era un pequeño departamento en el que un grupo jóvenes estudiantes vivían juntos. Todos saludaron con respeto y reverencia a su profesor y nos prepararon el té con una cordialidad propia de ancianos.  Caminando de vuelta con Huseyin por calles vacías en medianoche intentamos que nos cuente sobre él, y fue entonces que dijo que tenía un amigo musicólogo que vivía en Paris y al que él consideraba, secretamente, su sheik, su guía espiritual. Tenía decenas de preguntas para hacerle, quería que nos cuente sobre su relación entre la música y el Islam, sobre su camino del ateísmo al sufismo, sobre la pervivencia de órdenes sufíes en Konya, sobre el extraño derviche que habíamos conocido en su casa al mediodía. Pero el tiempo para hablar se extendió pegado a nuestros pasos y se agotó al traspasar la puerta. Ni bien llegamos a la casa él se fue a acostar.

Tal vez la Konya actual que valiera la pena conocer estaba escondida en las escasas palabras de Huseyin, pero fuera de él los antiguos edificios, con sus muros tan repletos de plegarias de fieles e historias asombrosas de santos con olor a agua de rosas, también tenían algo que decir. Para oír los murmullos de esas piedras, pensamos, el mejor lugar era el santuario de Mevlana Jalaleddin Rumi.

                                                                                                                                      (continúa aquí)

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