Siete puertas hacia el sufismo III: Huseyin y los derviches de Konya (II)

(podés leer la primer parte de esta historia aquí)

A bordo de un dolmus que decía Mevlana atravesamos la ciudad entera, dejando pasar por la ventana a esa Konya moderna, octava ciudad en tamaño de Turquía y una de sus capitales espirituales. Nos dirigíamos a esa Konya que había sido la romana Iconium y luego la capital del turquesa imperio seljúcida. Allí había vivido el hombre más famoso de la ciudad, y allí estaba enterrado.

Rumi llegó a Konya de lejos, del actual Afganistán, cuando solo era un niño que viajaba junto a su familia, pero que ya era lo suficientemente sabio como para ganarse, tras su paso por Nishapur, su nombre (Jalaleddin, el brillo o la grandeza de la religión o de la fe) de manos de Fariduddin Attar, el célebre poeta sufi que escribiera la legendaria historia del Simorg. En Konya Rumi sucedió a su padre como erudito en religión y jurista y tuvo su primer contacto con el sufismo. Pronto ganó fama y prestigio como predicador y profesor y su consagración no hubiera tenido techo de no haber sido por un encuentro que marcó la historia de su vida y del Islam para siempre. El 15 de noviembre de 1244 Rumi conoció a su amado compañero espiritual, a su maestro y espejo, a Shams de Tabriz. Shams, al contrario que Rumi, era un hombre sin prestigio social, un derviche errante separado de la misma sociedad que halagaba a Mevlana. Shams penaba vestido de negro y pedía a Dios por un compañero con quien compartir su camino espiritual. Entonces le fue dicho en una visión que en Konya vivía ese hombre y partió de viaje a buscarlo. La relación entre ambos es una de las historias de amor más famosas del Islam, en la que dos buscadores de Dios se enamoran espiritualmente al hallar uno en el otro las luces espirituales del Amado. Después de conocer a Shams, Rumi abandonó su posición de erudito en la sociedad seljúcida y se sumergió de lleno en el sufismo.  Él mismo escribió sobre el proceso de destrucción y transformación que sufrió tras la llegada de Shams: “estaba crudo, fui cocinado, y finalmente me quemé”. Así de intempestiva como fue la llegada de Shams fue su partida. Rumi nunca se consoló por la pérdida de su amigo y le escribió un libro de poemas mientras fundaba, en la que había sido la madrasa de su padre, su orden de derviches a los que les enseñó el sema, una danza sagrada que cifra su camino para acercarse a Dios. El 17 de diciembre de 1273 Mevlana (“nuestro maestro”, nombre con el que sus discípulos llamaban a Rumi) dejó este mundo rumbo a su Seb-i Arus, su noche de bodas, como él supo definir su muerte, el encuentro final con su Dios amado. Mevlana pidió a los derviches que no lloren, puesto que se trataba para él de un momento de dicha, y también dejó instrucciones sobre su tumba. Dijo que no buscasen su sepulcro en la tierra, puesto que él yacería en los corazones de los fieles e incluso pidió que no construyeran sobre su tumba, porque no podía haber mejor mausoleo que el mismo cielo. Pero su voz no se respetó y poco después de su muerte comenzó la construcción de su tumba dentro del dergah. Este se siguió expandiendo con los años y alrededor de la tumba y el semahane se construyó la cocina, la mezquita, las celdas de reclusión y los cuartos de los derviches. Hasta 1926 la historia del sufismo en Anatolia había escuchado a uno de sus corazones latir desde Konya sin pausa. Pero luego Ataturk decidió prohibir el sufismo y la tumba de Mevlana se salvó convirtiéndose en museo. Aún hoy nadie reza en la mezquita, ni cocina en la cocina, y en las habitaciones de los derviches no hay más que ridículos muñecos que representan los oficios del pasado. Desacralizar el sufismo y convertirlo en turismo, ese fue el lema del gobierno y es la política que se mantiene hasta hoy. Pero de seguro Rumi puede sobrevivirle a la industria de la cultura, a las entradas y los flashes y no hay taquilla que haga callar la voz de los que van a ofrecerle sus plegarias.

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Cuando bajamos del dolmus la cúpula verde apareció ante mis ojos en toda la belleza con la que la retratan las postales. Frente a ella tuve uno de aquellos momentos en los que siento mis pies anclados en el mapa y me emociono por haber llegado a un sitio que supo vivir durante tanto tiempo en mi imaginación. Pero felizmente no estoy en una foto y hay olores y sonidos y sensaciones y temperaturas imprevistas y un alrededor jamás pensado. En este caso al lado del museo hay una gran mezquita separada del complejo por un muro. En la gratuidad de la mezquita, del otro lado de la pared, una pequeña multitud de personas se sienta desordenada y le presenta sus respetos al santo mirando hacia la cúpula verde sin más obligación que la del amor al maestro invisible capturado por las leyes del turismo.

Antes de que el sultán Aladín Keykubad entregara el terreno en el que está emplazado el tekke para construir la tumba del padre de Rumi, todo aquello era un jardín de rosas del palacio seljúcida. El rosedal ya no está, pero como en toda Turquía el pasto es verde y está lleno de flores y custodiado por unos antiguos pinos que tal vez hubieran sido sombra para el maestro. Parte del jardín es un cementerio: crecen desde el pasto pequeñas tumbas decapitadas de los pequeños gorros que les habían pertenecido, fieles a la costumbre otomana de señalar con tocados de piedra (turbantes, sombreros o flores) la condición de los muertos.

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Al entrar al mausoleo turistas y peregrinos se mezclaban en un espacio que difícilmente podía contenerlos a ambos. A nuestra derecha se alineaban las tumbas de muchos derviches. Avanzábamos despacio. Al final del pasillo colmado de caligrafías (la llamada tilavet odası) llegamos a la sala del mausoleo de Rumi, ubicada justo debajo de su cúpula verde.  No hay en las paredes un solo centímetro ajeno al ornamento y al color. El sarcófago de Mevlana es el de mayor tamaño y está coronado por su turbante y cubierto por una tela bordada con versos del Corán.  A su lado descansan su hijo Sultán Veled y su padre, Bahauddin Walad, entre otros derviches. A diferencia del resto de las tumbas que vi en Turquía estas no se pueden tocar, ni hay un sitio para sentarse o coranes para leer.  Rumi estaba detrás de una cerca que lo separaba de todos: los turistas se asomaban para intentar ver los hermosos diseños interiores de la cúpula, los fieles se acurrucaban en el piso eludiendo la vigilancia e intentaban rezar una plegaria y el lugar parecía expulsarnos a todos a la vez. Traté de acercarme lo más posible y de sentir algo que hubiera sobrevivido a tanta profanación. Y allí estaba, ese airecito dador de calma y de alegría que brota al lado de aquellos muertos de corazones más vivos que los nuestros. La respuesta al saludo, la señal de que la visita había sido recibida y había valido la pena.

Detrás de las tumbas está la sala que había servido para la ceremonia del sema. Allí y en la sala siguiente, que había sido una mezquita, se albergan las exposiciones que dan al complejo el nombre de museo. Hay caligrafías y ediciones antiguas del Masnavi y del Corán y objetos pertenecientes a Rumi y sus derviches. La túnica de Mevlana está bordada con frases del Corán y extraños símbolos que funcionan como una especie de tawuz o talismán y su tesbih o rosario es largísimo y sus cuentas de madera son grandes como un ojo. Además podía verse ropa de Shams, alfombras, y una colección de instrumentos musicales pertenecientes a los más célebres neyzens de la tariqa, incluso Rumi, quien mientras vivió lo ejecutó durante el sema. Como diría Huseyin, todos aquellos neys estaban “quemados” por el aliento de los sufíes.

La reliquia de las reliquias es un cofre dentro de una caja de vidrio que contiene algunos cabellos de la barba del Profeta, la sakal-e sharif. Creí que un hombre besaba el cofre y también lo hice. Pero luego me di cuenta de que a los costados del vidrio, había cuatro orificios para acercar la nariz y oler el perfume que emanaba de allí dentro. Era un aroma muy hermoso y, después supe, no era perfume añadido, sino el olor original que emana de los cabellos de Rasulullah.

Afuera había un patio con una bella fuente en torno a la cual los derviches bailaban en ocasiones especiales y que simbolizaba la noche de bodas de Mevlana. A los lados del patio estaban las pequeñas celdas en las cuales los derviches solían hacer sus retiros. En donde había sido la cocina, unos muñecos representaban las 18 pruebas que los derviches debían realizar antes de ser admitidos en la tariqa. En primer lugar debían esperar a la puerta. Si eran admitidos permanecían tres días en la cocina, arrodillados en un mismo sitio, sin moverse ni hablar observando las actividades que allí se llevaban a cabo para el correcto funcionamiento del dergah. Durante ese período el candidato podía desistir en cualquier momento pero si persistían en no abandonar les entregaban un sombrero mevlevi y eran puestos bajo la tutela del maestro de la cocina. Venía luego un ciclo de prueba de 18 días en donde el aspirante hacía toda tarea que se le ordenase. Si no estaba a la altura, los demás depositarían sus zapatos junto a la puerta apuntando hacia fuera y tendría que marcharse. En caso de continuar, el entrenamiento completo duraba 1001 días e incluía alternar entre 18 tareas para aprender a servir, como ir al bazar a comprar, cocinar o lavar los platos, a su vez de estudiar el Corán y el Mesnevi, junto a las ciencias religiosas, la música y el arte. La última de aquellas tareas era de nuevo limpiar el baño, el primer trabajo que se le había asignado en aquel lejano período de 18 días.

Luego de aquellos 1001 días el aprendiz se convertía en dede y conseguía por fin una celda en el Mevlevihane, no sin antes tener que pasar la prueba de la seclusión en su celda, dedicado a la oración y meditación.  El sheik le colocaba el sikke o sombrero mevlevi. Recién entonces que el camino comenzaba era libre de irse o de quedarse, pero debería realizar un nuevo ciclo de entrenamiento, mucho más difícil y de duración indefinida, llamado vida.  Hoy ya no queda más que el recuerdo de aquellos días, de aquellos ritos, de aquellos derviches y la fuerza de su amor y de su sed de verdad. Imaginaba mirando los muros de sus celdas aquellos que, como la de Huseyin, trataban de regirse por principios tales como hablar poco, comer poco, dormir poco y soportar el dolor, todo por el anhelo del Amado, de la verdadera vida.

sufismo konya

Como si aquellos ridículos muñecos no hubieran alcanzado a burlarse del espíritu mevlevi, había también en el parque una tienda de recuerdos donde vendían a precios exorbitantes artesanías y souvenires de Mevlana.  Todo aquel comercio de espiritualidad envuelta en papel de regalo hubiera horrorizado a Rumi y a sus derviches y sin embargo parecía el precio que había tenido que pagar aquel tekke para sobrevivir. Afuera la mevlanamanía continuaba y su materialización que más amaba eran sin duda los “Mevlana sekeri”, blancos caramelos de azúcar que los konyanos comían con el té, tan dulces que era imposible terminarlos de un bocado.

En las tiendas se veían artesanías diferentes que en Estambul: huevos de cerámica pintadas que colgaban con lanas de colores, telas bordadas con espejos y caracoles y manos de Fátima, además de las infaltables alfombras y lámparas. El arte anatólico conservaba un aspecto chamánico que recordaba a las estatuas de pan y azúcar del mercado de La Paz. Pero estábamos en la ruta de la seda y en medio de la avenida principal había antiguos minaretes seljúcidas de color azul. Allí estaba la bella madrasa Karatay, convertida hoy en museo, con su bóveda de azulejos azules y su colección de cerámicas antiguas. También embellecía la ciudad la madrasa de Ince Minareli, cuya impresionante fachada parece hecha de piedra trenzada con sus bellos relieves con figuras geométricas e inscripciones coránicas. Por todos lados había antiguas cúpulas de piedra abandonadas entre los yuyos, tumbas circulares sin nombre de siglos de antigüedad, moradas de gatos, basura y musgo. El seljúcida sultanato de Rum desapareció hace casi mil años, pero su legado artístico persiste.

que ver en konya carvansaray

Nos apartamos hacía la izquierda y vimos el mercado. Entre las calles había telas colgadas a modo de techo acompañadas a un lado y otro por puestos de ropa, comida, trajes para niños príncipes circuncidados y especias. Los vendedores despedían el día con toda la euforia de sus pregones y los últimos compradores apuraban el paso para llegar a sus casas antes de que el primer muecín entonase el llamado a la oración. Le compré un pañuelo colorido a un niño que supo vendérmelo con su sonrisa y modales de otro mundo. El sol ya estaba por caer y para nosotros también era hora de volver.

Comimos otra vez solos con Behcet. Cuando Huseyin llegó dijo que le dolía la cabeza y se fue a su cuarto. Nos golpeó la puerta y nos despertó a la madrugada para desayunar. Él bebió medio litro de vinagre y nos contó como le había pedido a Dios que le llevase huéspedes que supieran hablar español porque estaba aprendiendo esa lengua y quería practicarla. ¿Estaríamos nosotros con nuestro viaje, sin saberlo, siendo utilizados para el cumplimiento de sus plegarias? Menos de 15 minutos duró nuestro encuentro de aquel día. En cuanto terminamos nuestro té, los dátiles y los panes con queso, nuestro anfitrión dijo que se iba a dormir, pero cuando pasamos junto a su puerta vimos la silueta de alguien rezando a la luz del amanecer.

(continuará)

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2 pensamientos en “Siete puertas hacia el sufismo III: Huseyin y los derviches de Konya (II)

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