Siete puertas hacia el sufismo: Huseyin y los derviches de Konya (III)

                                                                                 (podés leer la primer parte de esta historia aquí)

El día siguiente, confiando en las confusas líneas del mapa, llegamos a un parque que era sombra y era flores y refugio en el verano. Allí las mujeres descansaban sentadas en alfombras sobre el pasto mientras los niños corrían . Me senté en una fuente de abluciones. Detrás había una mezquita pequeña. Era aquel el lugar que buscábamos. Allí estaba Shamsuddin de Tabriz.

Para los turcos aquella era la tumba verdadera de ese hombre misterioso, como para decenas de ciudades es verdadera la tumba del poeta Yunus Emre que albergan, aunque se sepa que muchos derviches aniquilaron su propio nombre en el del poeta que los representaba y olvidaron en la poesía su yo, confundiendo al morir a los crédulos lugareños. Lo cierto es que sobre Shams nada se sabe respecto a su muerte. Algunos dicen que fue asesinado por uno de los hijos de Rumi, celoso del compañero de su padre, quien tras matarlo lo arrojó a un pozo. Otros que sencillamente desapareció. Otros afirman que permaneció en Damasco, desde donde ni Rumi ni su otro hijo (el bueno, Sultán Veled) pudieron llevarlo de regreso a Konya cuando lo fueron a buscar y hay incluso quienes aseguran que ni siquiera fueron capaces de hallarlo. Pero esas cosas poco importan a los corazones de los fieles. Habíamos ido a Konya sin esperar visitar a este derviche, que ignorantes imaginábamos estaría enterrado en su patria en Irán, nos habíamos alegrado de saberlo allí y ahora estábamos a su lado.

Ese lugar es muy distinto al museo de Mevlana. Allí no hay turistas, sino solo una pequeña mezquita solitaria.  Desde el sector para las mujeres, arriba, puede apreciarse el manto negro y bordado que cubre la tumba del amigo de Rumi. ¿Descansará debajo de aquel brocado Shams? Si se trataba solo de una tumba simbólica, era aquella una mentira dulce que acercaba a los dos enamorados y hacía pensar en vuelos nocturnos desde aquel parque hacia la cúpula verde turquesa para conversar hasta la mañana sobre los secretos del universo. Dimos nuestro selam a Shams, donde quisiera que esté, y nos dirigimos hacía la mezquita de Alauddin.

tumba de shams de tabriz konya

La tumba de Shams en Konya

La mezquita se encuentra sobre una colina, rodeada de un gran parque, en lo que antes fuera la ciudadela de la ciudad. Por fin, en contraste con la desigualdad edilicia de muchas mezquitas de Anatolia, había allí un lugar para abluciones femeninas. Cuando salí del baño mi compañero estaba hablando con un viejo que se ofrecía a darnos una visita guiada. Yo desconfié injustamente de que fuese un guía a la caza de turistas, pero acepté, porque mucho pierde quien rechaza los ofrecimientos del viaje. Entramos los tres juntos. La mezquita de Alauddin es un edificio inmenso y vacío de piedra en el que un joven recitaba el Corán. Era un espacio gris y desnudo, antiguo y bello, de más de 900 años de antigüedad.

-Esta mezquita es muy particular- dijo el viejo en un inglés sorprendentemente demasiado correcto. -Tiene un gran número de columnas y muchas de ellas están decoradas con dos tipos distintos. Una es a la vez griega y romana, otra es romana y seljúcida y así en diferentes variaciones.-Eso se debía a que estaba construida sobre una iglesia del año 1100 y muchos de sus materiales habían sido reutilizados. Luego nos dijo que el mimbar, el lugar donde se sienta el Imam para dar la jutbah era de madera labrada y señaló los versículos del Corán que estaban tallados en él y dijo que solo existían dos así en el mundo, uno allí y otro en Marruecos. Yo estaba asombrada, no hubiera podido darme cuenta de aquello por mi misma, sabía que explicación era otro regalo de Konya. El viejo se fue sin cobrarnos nada.

seljucida konya carvansaray

Los nuevos usos de los edificios seljúcidas

Salimos afuera. Desde la explanada se veía toda la ciudad. Había tres monumentos de piedra. Dos eran tumbas de mujeres y el otro estaba vacío y se podía entrar. Me sentí adentro de una cueva o de una iglesia. Nos quedamos allí mirando nuevamente todo con lentitud y apreciando aquel regalo que ese señor nos había dado. La mezquita se nos había revelado a través de su conocimiento y ahora era más hermosa.

Konya sostiene también la tumba de Sadr al-Din al-Qunawi o Konevi, en su versión turca, un famoso filósofo sufi, alumno de Ibn Arabi y amigo de Rumi. Konevi llevó a cabo la intención de Mevlana: tiene un mausoleo, sí, pero este es abierto para dejar pasar el viento, la luz del sol y las estrellas.

sheik konevi tumba

Ya el sol estaba por caer y volvíamos a nuestro minibús. Cuando después de una hora llegamos a la casa lo vimos a Huseyin caminando hacía la parada dispuesto también él a tomar el dolmus para ir a lugar de donde nosotros veníamos.

-Amigos, los estuve esperando. Ayer a la noche hablé con unos amigos sufis que no son mevlevi de verdad pero que lo intentan y nos invitaron a pasar el iftar con ellos. Yo los esperé pero como se hacía tarde decidí salir. ¿Quieren venir?

Aunque estábamos cansados dijimos que sí. En seguida vino el dolmus, el mismo del que nos acabábamos de bajar.

-Todos los días estudio 45 minutos de inglés y de español- dijo sacando su computadora de su bolso y aprovechando el trayecto del viaje para practicar viendo una película en otro idioma.

carvansaray konya

Calles de Konya

Cuando finalmente llegamos de nuevo a Mevlana el sol casi caía. Caminábamos muy rápido, el sitio era muy cerca. Huseyin golpeó una puerta de madera entre los negocios de recuerdos enfrente al museo de Rumi. La puerta se abrió y subimos por unas antiguas escaleras.

-Olvidé decirles que uno de ustedes era mujer- dijo Huseyin.

Después de sacarnos los zapatos entramos al departamento. En la primera habitación a la izquierda un grupo de hombres estaba sentado esperando el llamado a la oración para empezar a comer. Seguimos de largo después de saludar porque yo no podía sentarme entre ellos.

En el cuarto de al lado prepararon una mesa bajita para los tres. Mientras Ali y Huseyin iban a buscar la comida a la cocina yo acomodaba la mesa. El adab, las reglas de la buena conducta y la cortesía que también rigen la hospitalidad estaban constantemente presentes ( -yo como este pan no porque sea el más rico – dijo Huseyin en su casa- sino porque es el más viejo.)

Sonó el azan. Yo me preocupaba por servir agua constantemente como lo había aprendido de una mujer trabajadora y rústica de Bursa. La comida, como aquella mujer, era también sencilla: arroz, sopa, quizás un guisado con carne y pan, mucho pan.

Cuando terminamos dos hombres viejos amigos de Huseyin vinieron a sentarse con nosotros. Como siempre en la cultura turca el más joven es el que más trabaja. Aparecieron dos muchachos trayendo las cosas, llenando nuestros vasos en forma de tulipán de aquel líquido rojo llamado té. Uno de aquellos señores era un profesor de alemán retirado. Era algo más viejo que el otro, algo más callado y su cara mostraba una especie de bondad inocente de anciano o de niño, de personaje venerable y a la vez sencillo, expresión o esencia que me hacía recordar a mi abuelo. Mirar el rostro de aquel tipo de ancianos es como tocar una antigua moneda de un país lejano e intentar imaginar las manos que las sostuvieron, los ojos que la vieron, los sitios sobre los cuales fue apoyada, los usos que se le dio, para así comprender aquel mundo que no conocemos y ya no existe y del cual aquella moneda es testigo silencioso. Esos hombres y sus ojos comprendían un secreto por haber visto más días, más soles, más estrellas (de las que siempre me olvido de mirar), más atardeceres (de aquellos que me apenan el corazón).

seljucida konya carvansaray (2)

El otro señor era un tanto más joven y parecía más activo y más extrovertido. Tenía los ojos celestes y recordaba a las fotos de Ataturk que, enmarcadas, decoraban incongruentemente las paredes de la sala en donde estábamos. De aquellos muros colgaban sin distinción caligrafías coránicas y retratos del héroe nacional, ilustradas paradojas de Turquía. Intentábamos conversar y aquellos hombres sonreían. Comíamos galletitas dulces y Mevlana sekeri, trozos blancos de azúcar que se deshacen en la boca en el mayor éxtasis de dulzura que jamás experimenté, tan dulces que las bocas de los que no están acostumbrados suelen partir el caramelo y comerlo en dos veces para no empalagarse. Ambos habían decidido en su edad madura dejar sus casas para seguir el camino de Dios. Allí pasaban sus días, entre hombres, rezando y conversando en alegre y calma camaradería.

Después de la pequeña conversación decidieron era la hora de rezar. Retiraron todo lo que había sobre la mesa y se fueron. En verano la distancia entre la oración de la caída del sol y la de la noche no es muy corta pero igual convenía hacerla lo más cercano a su hora posible, en especial en tiempos de Ramadán. Tenía en la boca aún el sabor a crema y a azúcar de mi dulce. Me dieron una alfombra y quedé sola. Como no hice el llamado a la oración, mi rezo tomó menos tiempo que el de los hombres y me puse a observar a mi alrededor. Miré por la ventana y me sorprendí: estaba exactamente frente la cúpula verde de Rumi.

Otro amigo de Huseyin vino a buscarnos y juntos tomamos otros caminos y atravesamos la ciudad por otros lados. Cuando bajamos del dolmus hacía un poco de frío y olía profundamente a bosque. Las calles tenían poca iluminación y eran casi de tierra. Íbamos por un camino rodeado de árboles sin tener idea de a dónde nos dirigíamos y mucho menos de dónde estábamos. Tomamos un pequeño desvío a la izquierda para saludar la tumba de Tavuz Baba, que algunos dicen fue una mujer. La noche era cerrada y solo podía distinguir de la tumba una casa con una ventana y poca luz. Después de la visita, seguimos camino por entre la arboleda.

sufis de konya konevi carvansaray

-Este, para mí, es el camino del paraíso, dijo el joven que nos guiaba, derviche de la tariqa a la que estábamos yendo.

Llegamos: una casa grande a la izquierda del camino. Había un lujoso ascensor de vidrio que estaba fuera de la casa por el que subimos dos o tres pisos. Llegamos al salón de la dergah. Allí algunas personas esperaban a su maestro. En el umbral de la puerta había varias personas, aspirantes a derviches que esperaban en la entrada de la dergah según la antigua tradición mevlevi. Había una cortina detrás de la cual estaban las mujeres. Yo, siendo visita, podía permanecer del lado de los hombres. Dos muchachas jóvenes también lo hicieron.

El joven que nos había invitado nos regaló libros en turco escritos por su sheik, pero este tardaba en llegar. En aquella casa moderna y lujosa, prueba de la relación estrecha entre sufismo, riqueza y poder que se da a menudo en la Turquía de hoy en día, había diversas habitaciones para distintos tipos de derviches. Un niño trajo té y galletitas. Finalmente, después de mucha espera llegó el sheik. También llegaron más personas y parecía que había muchas mujeres detrás de la cortina. Cuando el maestro entró, al grito de destur, todos se hicieron a un lado y bajaron la cabeza para dejarlo pasar. En su presencia los derviches manifestaban su cortesía caminando hacia atrás al retirarse y realizando también otros movimientos rituales como pisarse el dedo gordo del pie.

El sheik era un hombre de entre 50 y 60 años, panzón, de barba candado y pelo negro, que vestía pantalón y camisa. Hablaba sin parar y lloraba. Era de aquellos sheiks de carácter amonestativo.

Las dos chicas que estaban allí adelante junto con algunos hombres le hacían preguntas. Él respondía y luego preguntaba a todos los que veía cómo estaban. ¿Qué pasaría con las mujeres de atrás de la cortina? ¿No tendrían ellas preguntas o comentarios? ¿No quería el sheik saber también cómo se encontraban? Mientras tanto, tomábamos té. Todas las bandejas de comida eran presentadas primero al sheik y después eran repartidas entre todos. Cuando el sheik no comía bendecía la comida que iría para los demás. Aquella noche el programa no incluía más que el sohbet, la charla del sheik, en la que dijo- nos tradujo un derviche- que la Kaaba fue creada por los hombres y que por eso muchos se equivocan cuando van y la adoran ya que no es Dios.Poco a poco todo fue terminando. Nos invitaron a volver el sábado a ver la ceremonia del sema, pero planeábamos estar en otra ciudad. El sheik, cuando ya muchos se habían retirado y todos teníamos sueño le dijo a un hermano que tenía auto que nos llevase a casa.

Huseyin había dicho que ellos “intentaban” ser mevlevis, porque en realidad esta orden perdió su sílsila, la cadena de transmisión que, pasando por Rumi y llegando hasta el Profeta, la legitime y que proporcione la baraka. Había mucho amor de aquellos derviches hacia su camino y hacia su sheik, y tal vez eso fuera suficiente. Fuimos por una autopista atravesando la ciudad de noche y llegamos a casa rápido. Comimos el zahur y sorpresivamente nos despedimos de Huseyin: nos dijo que debía salir de viaje al día siguiente pero que nosotros podíamos quedarnos en su casa el tiempo que quisiéramos porque éramos sus hermanos. Le agradecimos todo y nos fuimos a dormir. Habíamos hecho todo aquel viaje para conocerlo y él se iba. No podíamos quejarnos, su partida representaba en cierto modo la ley de Konya. Shams también se fue de repente, pero su breve presencia fue capaz de llevar a Rumi por lugares insospechados.

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