Las crónicas persas v: los guerreros de Nain

“Un pueblo en medio del desierto”. Así solía definir Nain en los lejanos días en los que planeábamos mapas sobre la alfombra, inundados de otoño y de nombres lejanos. Lo que no sabía era que aquella descripción no servía, puesto que era incapaz de convertirse en definición: valdría, con exactitud, para cualquier ciudad iraní.

old iran desert carvansaray

Nain, una ciudad del desierto

Aquel otoño, su lluvia y su frío no eran siquiera un recuerdo. La tan mentada memoria del cuerpo es una falacia. Nos movemos en un puro presente y solo “recordamos” cuando nos topamos con un muro de sensaciones repetidas. Llevaba 20 días en un Irán siempre seco y mi único consuelo frente al calor incesante era el mérito de haber sobrevivido a un par de días aún más asfixiantes en Bandar-e Abbas, sobre las aguas verdes del Golfo Pérsico.

Llegaba a Naín casi en fuga. La noche anterior en Sirjan (poblado baluchi al que también podría adjetivar como “un pueblo en medio del desierto”) nuestros anfitriones habían dado una fiesta. Todo comenzó bien. Un hombre de ojos claros y mirada esquiva nos fue a buscar a la estación y nos llevó a su elegante departamento. Nos recibieron con té y suhan, uno de los más sabrosos dulces de Qom. El dueño de casa insistió luego en que conozcamos el precio de cada una de sus alfombras. Había algo extraño en todo aquello, un aire de amenaza escindida sumada a una irreparable carencia de afinidad.

Junto con la noche, el alcohol clandestino no tardó en llegar vía delivery telefónico, en un surtido tal de marcas y bebidas que hacía olvidar que en Irán beberlo es ilegal y que la sola posesión de una botella es suficiente para comprar unos largos años de cárcel. No faltó mucho para que el dueño de casa se emborrachase y comenzara a molestar a todos los invitados: que tal baile, que el otro tome, que aquel insulte su religión, que yo me quite el velo y que cantemos canciones de nuestro país. Y así continuó hasta que todo el resto de los invitados huyeron enfurecidos y nosotros nos fuimos a dormir, postergando nuestro escape para la mañana siguiente.

Salimos temprano pero llegamos a Nain ya de noche, habiendo esquivado Yazd, famosa por sus torres de ventilación y sus templos zoroastrianos. Presa de la negligencia loca que ataca en los viajes largos, me importaba más conocer a Morteza y su familia que visitar una ciudad nueva.

Tal vez gracias a su trabajo como guía turístico (que le permitía conocer todas las regiones de Irán) la casa de Morteza y su esposa Haleh era una especie de museo de arte folclórico persa. Había caligrafías antiguas, artesanías de todo tipo, cajitas de hueso pintadas, mosaicos de la diosa solar Mitra e instrumentos musicales. En el suelo, bellas alfombras de distintos estilos. En un rincón de la casa, la única biblioteca que vi en mi paso por Irán, rebalsada de libros en persa, inglés y español sobre viajes, sufismo y literatura. En la cocina se cocinaban delicias sencillas que comeríamos en el suelo, en el living Haleh daría clases de saz a sus alumnas. En el cuarto dormía un niño alegre y pequeño.  El paraíso convertido en hogar.

Morteza y Haleh se conocieron en Teherán cuando estudiaban literatura en la universidad. Él aprendió español, ella poesía persa, Haleh tocaba música clásica de su país, su esposo cantaba flamenco. Sí, flamenco en el corazón de Irán, poesías de Lorca en una voz entrenada por las acróbatas melodías del llamado a la oración que en Irán suena tres veces al día. Mientras Haleh dormía al bebé, Morteza conversaba con nosotros en su español perfecto. Le preguntamos sobre el cuadro que estaba colgado en la pared, aquel que tantas veces habíamos visto en Irán. Se trataba de “La tarde de Ashura” del artista iraní Farshchian, pintado en 1976. La pintura retrata la tarde del día 10 de Muharram del año 680 (o 61 hégira) en la que el Imam Hussein fue masacrado tras haber sido traicionado. Él, su familia y compañeros más cercanos (72 personas en total) murieron en Karbalá a orillas del Éufrates del que se les prohibió beber. La escena que recoge el cuadro muestra al caballo de Hussein regresando solo al campamento en el que esperan las mujeres. El jinete se ha perdido, ha muerto, y no queda más que tristeza y desesperación, tanto en la montura como en la familia. El caballo está herido, pero permanece de pié en señal de resistencia. La tierra es árida, y los pastos y las palmeras se inclinan, compartiendo el dolor de las mujeres entregadas al llanto. Todo se curva, todo está perdido.

Sin duda es la obra de arte moderno iraní más representativa porque logra conjugar muchos elementos que conforman la psique nacional: por un lado la necesidad de expresar y generar dolor por el martirio de Hussein y su familia, una catarsis piadosa que busca siempre elementos para alimentar el fuego de su pasión. Por otro lado “La tarde de Ashura” actualiza el tradicional arte de la miniatura y conserva la iconoclasia religiosa ocultando los rostros de las mujeres. Creo que además de estos puntos de coincidencia con la cultura persa y de la especial fecha en la que fue pintada (3 años antes de la revolución) su éxito se debe a que, a través del chador con el que viste a las mujeres, Mahmud Farshchian logra “iranizar” a Ahlul Beyt (la familia de Hussein). Y desarabizar a los amados Imames, acercarlos geográficamente al pueblo que los ama, es el gran mérito de “La tarde de Ashura”.

la tarde de ashura carvansaray

La tarde de Ashura

Nain casi no aparece en las guías de viaje, empañada por la gloria de Yazd. Y sin embargo se lo merece. Vale la pena, lo supe mientras la caminaba bajo el sol del mediodía, en primer lugar por su mezquita Jameh. Así como en Turquía se suele llamar “ulu camii” a las grandes mezquitas, en Irán cada ciudad tiene una “Masjid-e Jameh”, una mezquita “de congregación” en donde se rezan las oraciones de los viernes. En los antiguos días sus altos minaretes servían de faros a las caravanas que surcaban el desierto, hoy son casa de los pájaros y del viento. Irán convirtió la mayoría de sus grandes mezquitas en museos, incluyendo la de Nain, una de las más antiguas de Irán. Fue construida en el siglo X y ahora espera vacía la llegada de algún turista para recordar voces y pasos que hace mucho la abandonaron. Hasta el hombre que cobraba entradas había dejado la mezquita librada a su suerte.

Caminábamos solos dentro de un gigante del color de la arena. Las columnas de piedra talladas con flores y el rico mimbar de madera parecían fantasmas tratando de mantenerse en pie detrás del polvo. Se han caído algunos de los azulejos caligrafiados que adornaban las paredes y las frases del Corán que escribían están incompletas, interrumpidas. La antigua grandeza de los días de gloria, de cuando la mezquita era un templo zoroastriano o de aquel descendiente de Noé que supuestamente le dio el nombre a la ciudad, huyó hace mucho arrebujada en una caravana. Y lo que se dejó atrás hace frente como puede a la desolación.

Nadie camina por las calles de la ciudad antigua en las horas en las que la sombra es solo una esperanza y el barro se vuelve dorado. Nos dejamos perder en laberintos de callejuelas: pasamos debajo de arcos cuya misericordia nos protege del sol, admiramos las antiguas puertas de madera siempre cerradas, exploramos los antiguos depósitos de agua y de hielo. Hacia 1960 la mayoría del agua de Irán provenía de esas magníficas obras de ingeniería popular llamadas qanats, pero hoy descansan llenos de basura. Nos dirigimos, sin quererlo, hacia el fin de la ciudad y damos con el antiguo castillo de espalda a una Nain de formas redondeadas. Es el Narenj Qal’e, lo que queda de una antigua fortaleza, y está en ruinas después de haber perdido su última batalla no contra ejército alguno sino bajo las fuerzas silenciosas de la agricultura.  De un lado la silueta de Nain, bella y legendaria en su soledad de barro, del otro las paredes desvencijadas del castillo y detrás los campos en donde las flores se abren paso sobre la tierra seca a puro golpe de verde en su lucha por sobrevivir. El amor persa por los jardines no es más que un tributo a la heroica obstinación de las plantas del desierto.

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El castillo de Nain

Un paseo por Nain es una especie de viaje en el tiempo, y más al mediodía, cuando es fácil fantasear que somos exploradores descubriendo un pueblo abandonado. Una imagen del Imam Hussein cuelga de una pared venida abajo, mirando la calle vacía, y anuncia una husseiniya, el lugar en donde los fieles se reúnen para rezar letanías por sus mártires. Hay, como en toda ciudad iraní, un imamzade con azulejos azules y banderas de colores. Más allá el viejo bazar tiene todas sus puertas cerradas, salvo una. Un enrejado deja escapar una luz verde y detrás de una ventana se detienen los chadores negros para rezar al santo que allí descansa.  Y hay también gente que lucha contra la devastación.

Morteza invirtió todo su dinero en comprar una vieja mansión casi al completo destruida. La casa, hace más de cien años, fue morada de un maestro de Jomeini y no era más que polvo cuando Morteza la rescató para intentar convertirla en un hotel tradicional. Había contratado artesanos que reconstruían los muros haciendo ladrillo por ladrillo, con las mismas técnicas con las que la casa fuera construida. Hacía falta hacer el adobe, pintar las paredes descascaradas, cavar pozos, y además había que dotar al lugar de agua potable y electricidad. La obra era millonaria, pero el sueño era digno de ella.

-Acá – decía Morteza señalando una fosa llena de escombros, caños y material- acá va a haber una casa de té tradicional, aquí van a estar las mesas o pequeños divanes y por las noches habrá conciertos. Allí, donde ahora no hay nada, será la cocina del restaurante de comida típica. También habrá un pequeño jardín persa y cada habitación tendrá vista al jardín-.

Le pregunté si valía la pena tanto trabajo, tanto esfuerzo, siendo que después de años de empezar la obra, solo los ojos ilusionados de Morteza podían adivinar tanta belleza en aquella casa derruida. –  Cada uno tiene una misión por cumplir más allá de disfrutar de su vida. Un trabajo por hacer, un sueño que dejarle a sus hijos. Y este es el mío- me dijo.

Si hubiera más Mortezas dispuestos a invertir su juventud en su pueblo, la vida volvería a las abandonadas calles de Nain. Tal vez los hubiera, pensamos, escondidos tras las puertas de las casas, empecinados en renovar lo viejo, en hacer palpitar las antiguas tradiciones. Era hora de salir a buscarlos.

“Comer helado de azafrán: hecho. Visitar la plaza de Isfahán: hecho. Ver camellos en el camino: hecho. Conocer un Zurkhane: pendiente”.  Cada vez que pensaba en las cosas que me habían llevado hacia Irán, volvía a preguntar sobre el zurkhane. Todos me respondían que sí, que obviamente sabían lo que era, que habría alguno cerca, que lo buscarían e iríamos, pero luego las promesas se desvanecían en el aire. Ya habíamos partido de muchas casas y apenas quedaban cinco días de visa en Irán cuando volví a insistir. No quería cruzar a Turquía dejando de ver el arte marcial tradicional iraní.

Zurkhane significa “casa de fuerza” y es allí donde se entrenan los pahlevanis o héroes.Como todo arte marcial tradicional la gimnasia típica iraní no es solo un deporte sino también un entrenamiento espiritual. Sus raíces se remontan tan lejos que llegan hasta el corazón mítico de la tierra: Rostam, el héroe del Shahname, ya practicaba la lucha iraní llamada koshti. Hacía falta fusionarla con el mitraísmo (del que tomó sus siete jerarquías), con la ética zoroastriana (“buenos pensamientos, buenas palabras, buenos actos”), con el sufismo (para adquirir su léxico y su rigor espiritual) y finalmente con el shiísmo, para lograr el koshti pahlevani, o “lucha heroica”, originalmente utilizada para entrenar guerreros. La Persia antigua y el Irán islámico se fusionan como pocas veces en este arte, que es deporte y música y danza y lucha y plegaria y épica y todo a la vez y además, y por sobre todo, un ejercicio de caballería espiritual.

Como toda práctica genuina, es en principio gratuito pertenecer a un zurkhane. Tradicionalmente la comunidad mantenía a los héroes a través de donaciones y estos le retribuían ayudando a los necesitados y administrando la seguridad, como una especie de policía ética, en la vieja usanza de los (super)héroes. Hoy en día, si bien existen a lo largo del país más de 500 “casas de la fuerza” esa función social de los pahlevanis solo persiste en las pequeñas aldeas.

En Nain hay dos zurkhanes: el histórico y el nuevo. Ambos funcionan todos los días de la semana pero en ramadán, después del atardecer y con más de 30 grados, el pintoresco zurkhane estaba cerrado. Nuestra última oportunidad para ver el ritual consistía en volver a atravesar la ciudad para encontrar el zurkhane nuevo, el de barrio. Cuando desde el comienzo de un oscuro callejón percibimos el canto de una voz melodiosa acompañada de un tambor, supimos que habíamos llegado. Dejamos afuera una bolsa con una sandía que habíamos comprado para la cena. Solo quedaba vencer vergüenzas, cruzar los dedos, tocar a la puerta y explicar en nuestro persa de tres palabras quiénes éramos, de dónde veníamos y que nos moríamos de ganas de entrar. Unos segundos después un hombre amable nos abría la puerta, nos permitía pasar aunque todo estuviera empezado y nos traía té y nos animaba a sacar fotos.

pahlevani nain carvansaray

El morshed en su sardam

Nos sentamos en un costado, frente al gaud, una fosa octogonal en la que están los atletas. No eran más que un puñado de hombres, por lo general suelen ser una veintena pero el verano, el ayuno y la mitad de semana sólo habían dejado unos pocos valientes. Sobre el gaud, como en todos los zurkhanes, había una pequeña cúpula decorada con mitológicas imágenes de lucha (tal vez se tratase de Rostam) y poesías que no podía comprender. A los costados, fuera de la fosa, había una pequeña biblioteca, fotos de antiguos guerreros, bates, arcos de hierro y escudos de madera (los elementos de la lucha) y, en el otro extremo, el sardam, la plataforma donde se sienta el morshed.

Como la cabina de un dj medieval, el sardam tenía todo lo que el morshed o maestro necesita para dirigir el ritual: un micrófono para recitar poemas épicos que conforman la literatura zurkhanei, elementos de percusión como su tambor llamado zarb con el que marca los distintos momentos o ejercicios, dos tipos de campanas que emiten distintos sonidos. El morshed canta y recita, guía y dirige la ceremonia y es fundamental en la transmisión del conocimiento. Su voz enseña poemas épicos y poesía sufi que conoce de memoria y recita a la par que aleyas del Corán. A su vez relata historias de antiguos pahlevanis y explica enseñanzas místicas. Es el responsable de la transmisión oral de mitos. Es el corazón del zurkhane.

A la par de la poesía y la música, el pishkesvat o campeón va a ser quien comience con cada uno de los movimientos. Él y sus pahlevanis visten pantalones que les cubren las rodillas y que están bordados con el motivo de bote jeghghe, un ciprés que se dobla y representa resistencia y humildad. Arriba llevan remeras comunes y corrientes o camisetas deportivas. Su postura no cambia jamás: los hombros erguidos, el abdomen contraído, la mirada al frente. Son cuerpos comunes, sin musculaturas asombrosas ni estaturas descomunales y mucho menos con esbelteces de dieta: su dignidad depende de elegancia de su porte.

Cada sesión comienza con cantos de alabanza hacia el Profeta y continúa con una entrada en calor. Después de haber tocado el suelo del zurkhane con los dedos de su mano derecha y de besarlos, el más nuevo tomará su lugar en último término, después de los descendientes del Profeta y de los atletas experimentados. Cada rincón pertenece a un nivel, pero los verdaderos campeones insisten en dejar pasar a los otros primero, siguiendo el tarof, las leyes de la cortesía persa. Luego comienza el movimiento. Los pahlevanis giran en círculo como los derviches, hacen flexiones de brazos y ejercicios de resistencia, equilibrio, elongación y agilidad. Hay una serie ritual de movimientos llevados a cabo con distintos elementos que imitan armas de guerra. Los grandes bates simbolizan espadas con los que los guerreros practican malabares, levantándolos sobre sus cabezas y haciéndolos girar. Los hay de diversos tamaños, según la fuerza del héroe. Hay también pesadísimos tablones de madera que levantan como pesas acostados en el piso y que representan escudos, y una especie de arco gigante de metal que mueven entre los dos brazos y al que hacen sonar como una pandereta, al ritmo de los tambores del morshed. Los ejercicios rituales son ejecutados con una seriedad propia del teatro y con el control absoluto del espacio.

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 Como en el sema, se cree que los movimientos rítmicos que requieren concentración extrema y la música cuyas palabras inspiran al recuerdo de Dios, son capaces no solo de generar goce, sino también de transformar al hombre y elevarlo hacia estados espirituales más altos.

Fuera del gaud, en un costado, los novatos imitan, como pueden, los movimientos de los héroes. Tal como los derviches de Konya, convertirse en pahlevani es una iniciación que requiere de paciencia y voluntad. En principio, cualquier hombre puede ser un pahlevani ya que no se distinguen ni religiones ni clases sociales. Pero en la práctica, no todos pueden serlo, porque se trata de un riguroso entrenamiento no solo físico sino espiritual.

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El aspirante debe pasar un tiempo observando desde el público antes de poder entrar al gaud. Una vez que es admitido será un novato y estará bajo la guía de un guerrero experimentado o pishkevat. El camino que lleva a convertirse en un pahlevani es largo e imita uno a uno los pasos que atraviesa el sufi iniciado. Una vez que el aprendiz ha logrado atravesar distintas etapas religiosas y morales y, en menor medida, logra el control de las técnicas, entonces se convertirá en un héroe.

El pishkesvat enseña con su ejemplo. Poco a poco ha ido purificando su cuerpo y su mente y pasando por distintos estados espirituales, comparables con los del sufismo. Cuando su corazón fue purificado, las habilidades deportivas y el respeto social surgieron como consecuencia de su constancia. Como en todo arte tradicional, no se aprende en los libros, sino imitando a un modelo vivo, a una persona.  No solo porque el aprendizaje sea así más sencillo, sino también porque solo alguien vivo puede transmitir la baraka, la (energía de) bendición que le fue otorgada y pasarla a los aprendices.

El morshed y el pishkevat son los dos elementos fundamentales del zurkhane: uno, desde arriba, recordando a Dios con la voz. El otro, desde una fosa, intentando elevarse a lo divino a través de la pureza de sus acciones.

gimnasia tradicional iraní carvansaray

Todo el arte del Varzesh-e Pahlavani (el “deporte heroico”) puede incluirse dentro de la futuwwa o caballería espiritual, en la que el combate exterior no es más que una metáfora del refinamiento del ego a través de la lucha interna. El concepto mismo de futuwwa unifica todas las aristas del arte pahlevani: en él se encuentra el aliento épico de la poesía de Ferdousí y la ética sufi, así como la entereza del Imam Ali, a quien se dedican las glorias del zurkhane, en la vida y en la guerra. Como en la caballería, el oponente no es un enemigo y jamás debe ser humillado, porque es quien proporciona la posibilidad de luchar, quien brinda el terreno en el cual superarse y transformarse a uno mismo.

 Cuando todo terminó, tanto el morshed como el pishkevat se nos acercaron. Sus cuerpos habían abandonado la investidura ceremonial y ahora eran dos hombres alegres y curiosos. Nos preguntaron quién nos hospedaba y cuando nombramos a Morteza nos dijeron que lo conocían, porque de niño solía entrenar allí. Dejando de lado toda formalidad, después de enseñarnos las fotos de sus héroes más famosos, nos invitaron a intentar levantar los elementos que ellos blandían con gracia en el aire. Eran tan pesados que ni siquiera podíamos levantarlos. Los campeones, mirándonos, sonreían como niños.

Al salir, nuestra sandía nos esperaba en la puerta y la acarreamos con pasos alegres mientras volvíamos a lo de Morteza habiendo completado nuestra misión iraní.

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