Los caminos sagrados de Urfa: I-Hasan, el nieto del sheik

Cuando Hasan apareció en la panadería con su barba blanca, su mirada indescifrable, su gorro de lana y su sobretodo desteñido y nos pidió que lo sigamos hasta su casa mientras se deslizaba en su antigua vespa destartalada, supe que aquellos serían días extraños.

Habíamos desistido de encontrar por nosotros mismos el banco desde donde localizar la casa de nuestro anfitrión justo en el momento en el que un grupo de adolescentes pasaba por ahí. Nos preguntaron qué necesitábamos y llamaron a Hasan “abi” (“hermano mayor”, apelativo respetuoso ineludible en turco) para preguntarle cómo llegar a su casa. Pronto abandonamos una avenida ruidosa y pacientemente nos dejamos llevar por callejuelas salidas de otro mundo. El cemento dejó paso a bloques de piedra dorada, y la dura rectitud de la avenida se ensortijó en pasadizos estrechos y ondulantes. No había veredas (no se necesitaban en los bellos días en los que los autos no existían) y cada tanto salían a saludar, desde el centro de los muros de roca, pequeños balcones tallados y amplios portones de maderas legendarias. Mis ojos, tanto más que mi mochila, me impedían seguir la marcha adolescente de nuestros guías, que se encontraban incómodos en la ciudad vieja y llamaban a cada rato al desconocido Hasan para pedirle nuevas indicaciones. De repente, sin que me diera cuenta, dimos vuelta en una esquina y entramos todos a un local sin puertas. Era una panadería (más exacto sería llamarla, como en turco, firin, que significa primordialmente “horno”). Ni bien pusimos un pie dentro, los jóvenes se esfumaron. Quedamos desconcertados los tres, el panadero, mi compañero y yo, pero serenamente acostumbrados a la incertidumbre. Nos miramos callados, sin saber por qué estábamos allí, hasta que llegó Hasan con su moto, como un viejo sabio de esos de los cuentos de derviches y gacelas.

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Hasan tenía más de sesenta años, la piel como un papiro, la sonrisa de un niño y una rodilla rota. Por eso caminaba en su moto. Su casa era un inmenso taller mecánico en el que él y un muchachito kurdo pasaban las horas de sombra restaurando motocicletas ajenas. Su ayudante lo llamaba “usta” no solo porque Hasan fuera su maestro en el oficio, sino también en reconocimiento a su pasión viajera. Cada año viajaba en su moto explorando los bosques europeos. Lo hacía desde su juventud y había logrado que su hazaña saliera retratada en varios diarios que ya ajados se decoloraban en las paredes. Su esposa y sus nietos vivían en Estambul, a donde él iba en verano escapando del calor mientras esperaba una nueva travesía. Cada invierno volvía a aquella casa, donde vivía como si el tiempo hubiera quedado detenido.

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En el portón de metal estaba tallada la estrella y la medialuna. Hasan lo abrió con un empujón cotidiano y, tras cruzar un arco de piedra, llegamos a lo que alguna vez fue un patio maravilloso. Una fuente resistía seca, rodeada de motos, tachos, herramientas y repuestos en el centro de la que fuera una antigua mansión. Un limonero, por detrás, aún mantenía verdes sus hojas, escabullido entre macetas que nadie se acordaba de regar. Pero nada en aquel desorden lograba ocultar el pequeño arco oriental que dejaba subir a una escalera de piedra, la elegancia del balcón y las ventanas del piso de arriba, ni las delicadas geometrías de la piedra tallada en los dinteles y los relieves.

Subimos a nuestro cuatro y nos encontramos con una habitación turca tradicional. Una pared tenía una especie de nicho incrustado en madera celeste que servía de ropero y a la vez señalaba la qibla. A la izquierda estaba el cuarto de Hasan, una enorme galería vidriada que nunca conocería por dentro. Debajo, la sala de comer, el lugar más antiguo de la casa, con un techo abovedado, que hubiera alguna vez servido de establo. El baño era un pozo en un cuartucho en el patio, la ducha no más que un baldazo de agua fría, en la cocina no había ni heladera, ni horno, ni fuego. Todo estaba tal como lo habían construido sus antepasados, mejor dicho tal como si los antepasados de Hasan lo hubieran abandonado. En su coyuntura de caos actual y antiguo esplendor, ninguna casa podía haber sido más encantadora. Había ido a Sanliurfa, además de a conocer a un Profeta, a buscar la atmósfera de leyenda asociada al nombre de la ciudad. Acababa de llegar y ya la había encontrado.

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Entramos a la sala, caverna de paredes gruesas capaces de mantener el sol a raya, incluso cuando en verano afuera cuarenta grados cocinan la roca. Una radio antigua repite incesantemente türküs, canciones folklóricas, en grabaciones ya oxidadas. Las paredes están repletas de estantes rebalsados y la mesa, ocupada casi en su totalidad por herramientas.

Es la hora del almuerzo. Hasan saca dos berenjenas de una bolsa y va donde el panadero. Vuelve con un pan recién hecho y con las berenjenas asadas. Corta queso, aceitunas, tomate, pepino. El té, preparado en la anafe, ya estaba listo. Había también miel y sal. Voilá el menú único de la casa de Hasan, válido como desayuno, almuerzo y cena. Aquel firin solucionaba la medieval carencia de gas en la casa, funcionando como un horno comunitario y a la vez manteniendo vivos los antiguos oficios y tradiciones. La comida, cocinada al fuego, tenía un sabor especial.

-Los europeos- divagó Hasan- cuando son jóvenes son más bellos que nosotros, pero al envejecer sus caras se arrugan y se ponen feas. Eso lo vi con mis propios ojos, y debe ser porque comen cerdo y beben alcohol, por eso nuestros ancianos, que solo comen halal, son más hermosos- concluyó su extraña teoría y volvió a servir el té.

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Hasan era un Diógenes moderno: recibía a cualquier viajero, comía simplemente, vivía simplemente, viajaba solo como un monje buscando la calma de la naturaleza y hablaba poco, salvo cuando se deshacía en alabanzas a una joven viajera, motoquera como él, que había pasado hacía meses por su casa mientras daba la vuelta al mundo sola en moto, y, de camino a Afganistán, había robado su admiración, si no su corazón.

Tenía mis sospechas sobre la causa de aquella sencilla austeridad y la extrañeza de la mirada de ese viejo niño esquivo. Entre los estantes de la pared descubrí un retrato descolorido de un hombre con túnica y turbante y pregunté. Era el constructor de la casa, un respetado sheik rifai, y por sobre todo abuelo de Hasan. Tal vez, a pesar de que Hasan dijera que no tenía nada que ver con el sufismo y que incluso renegaba en parte del Islam, ese retrato no estaba ahí por casualidad. Tal vez los ojos del retrato eran la brújula que nos había guiado hasta esa casa.

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Después de la comida comenzó el desfile de los amigos de Hasan. Primero fue Kasim, un hombrecito delgado que oficiaba de “secretario” de Hasan. Estaba casado, pero decidía pasar sus tardes en aquella casa, tomando té y charlando con sus amigos y practicando su inglés de diez palabras con eventuales viajeros. Luego Aydin, un hombre piadoso que ayunaba todos los días de los tres meses sagrados y que nos guió por la ciudad al día siguiente. Visitaban la casa de la ciudad vieja otros hombres, cuyos nombres no recuerdo, que nos sacaban a pasear, a comer, o que venían a conversar con nosotros. Todos ellos, supimos luego, eran derviches rifai. Trataban a nuestro anfitrión con camaradería, pero con una reverencialidad extraña y casi imperceptible, tal vez debida a su abuelo el sheik, tal vez a algún secreto que desconocíamos y jamás llegamos a saber: el dulce misterio de Hasan.

Continuará…

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6 pensamientos en “Los caminos sagrados de Urfa: I-Hasan, el nieto del sheik

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