Los caminos sagrados de Urfa: II- aromas de vida y muerte

Afuera esperaba la ciudad, la Urfa Gloriosa o Sanli Urfa, que ha estado ahí desde hace siglos, e incluso miles de años, viendo pasar imperios y guerreros, pero también profetas y santos. El omnipresente Alejandro la nombró Edessa en su larga caminata, fue conquistada por romanos, seljúcidas y otomanos, y parece haber existido desde siempre ya que muy cerca, en Göbekli Tepe, se encuentra el lugar de culto más antiguo del mundo, con más de 10.000 años de antigüedad[1].

Muy poco vincula a Urfa con el resto de Turquía, a no ser por ese aire indescriptiblemente sagrado de los atardeceres en Estambul, cierto parentesco con doradas ciudades del desierto como Mardin, y las huellas que la aridez deja en el rostro de las mujeres, tal como en los pueblos perdidos de Anatolia. Sanliurfa huele al Medio Oriente más orientalista que puedas imaginar [2]: señores con turbantes, mujeres con túnicas, mercados infinitos, arcos y minaretes, olores, burros, texturas, pipas de nargile abarrotando las mesas de las casas de té.  Urfa, a 1.300 kilómetros de Estambul es el otro polo sagrado que equilibra el corazón del país. Si Estambul es sagrada por los hombres que la conquistaron para el Islam, llevando a cabo una profecía de Mahoma, Urfa es, ante todo, la ciudad de los profetas. Su longevidad y su posicionamiento estratégico la convirtieron en escenario de muchas vidas piadosas del pasado, y en centro de peregrinación para muchos buscadores del presente.

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El laberinto de callejuelas y arcos está construido en una piedra caliza llamada hevara. Su color ondulaba delante de nuestros pasos, a veces brillante al sol, otras suave como la crema. Las calles estaban vacías. Hacía falta esperar a la caída del sol para ver a aquella señora vestida de negro caminando con un niño de la mano, o al hombre del burro con el carro de sandías, o a los autos que tercos insistían en pasar y, como si fuese un juego, nos obligaban a orillarnos hasta volvernos uno con la pared, conteniendo la risa y la respiración y tratando de encoger nuestros pies con el pensamiento. Todo era nuestro y nada lo era.  Ese primer deambular libre y detenido por una ciudad desconocida se parece a la forma en la que un enamorado desviste a su amada por primera vez en la noche de bodas. Todos los senderos están por inventarse y solo queda seguirlos, dejarse andar, encender la piel para escuchar el camino. En su silencio las puertas nos saludaban con carteles de colores señalando que en aquella casa había vivido un hajji, un musulmán que realizó la peregrinación a la Meca.

Había una puerta abierta y entré. La oficina de turismo estaba cerrada, pero conseguimos merodear por los jardines de una casa antigua. Nos mostraron el selamlik (sala de reunión masculina) y el haremlik (sala privada, en la que se reunían las mujeres) y disfrutamos del aroma de las rosas floreciendo ordenadas en el chahar-bagh.  

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Nuestro deambular nos condujo hacia un antiguo cementerio y entramos sin ofrecer resistencia. Creo que alguna vez lo dije, aunque en nada me agradan los cementerios occidentales modernos, jamás sentí temor en un viejo cementerio turco. Tal vez sea porque no están escondidos o apartados de las ciudades, sino en parques muchas veces centrales, o porque no hay olor a flores podridas, ni personas que lloran, ni tumbas escritas en alfabeto latino, sino árboles y plantas creciendo desde las tumbas, lápidas decoradas con bellas caligrafías y con bebederos que recolectan el agua de la lluvia para que la beban los pájaros y los gatos. Además, en los antiguos cementerios casi siempre hay algún sufi enterrado y como dijo un sheik que conocí, los derviches cuando mueren le dan un rico aroma a la tierra.

El residente estrella de aquel cementerio era Mevlana Sehabeddin Ahmad, el hijo menor de Mevlana Halid Bagdadi. Cuentan que ese sabio kurdo (que fuera el fundador de la rama khalidi de la tariqa naqshbandi) aprendió a recitar el Corán de memoria en los 14 tipos distintos de recitación y creía que sus seguidores eran capaces de viajar en el tiempo. La tumba de su hijo, un mausoleo verde detrás de un hermoso arco de piedra, es aún visitada con respeto.

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Más allá un río esperaba paciente y seco la llegada de sus aguas.  Aparecimos en patios de antiguas mezquitas, poblados de viejos de turbante y de niños mendigos. Eran los refugiados de la vecina Siria, que se ganaban sus monedas lustrando zapatos. La más pequeña del grupo apenas sabía caminar. A veces los echaban como a perros cuando extendían sus manos, pensando que eran esclavos de una mafia organizada, o gitanos disfrazados de árabes. Vi una niña esperar un día entero, al sol, junto a una balanza por unas monedas. Y vi también a un muchacho llorar junto a una balanza rota. Después me di cuenta de que a la balanza le faltaban piezas y que aquella argucia desesperada se había popularizado tanto que llegaba hasta Estambul. Urfa es una de la primeras paradas en la ruta de escape, y allí se quedan los que no tienen con qué financiar aspiraciones europeas.

A cada paso, un letrero nos anunciaba un edificio religioso: aquél había sido un tekke medieval, detrás de ese pasillo había una inverosímil mezquita de 800 años de antigüedad, esa caligrafía en la piedra señalaba el emplazamiento de la tumba de algún santo olvidado. Parecía como si en sus orígenes la ciudad entera no hubiera sido más que una red de arquitectura sagrada y que las casas comunes se hubiesen ido emplazando en los intersticios vacantes.

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Fue en Urfa justamente donde pude conocer otro tipo de institución religiosa otomana, la taziye evi o “casa de las condolencias”. Allí los deudos se reúnen con los vecinos para recordar a los muertos, leyendo el Corán o entonando letanías. Son lugares públicos que pueden ser utilizados por quien los necesite.

Asistimos a una cena a los cuarenta días de la muerte de un hombre. En la puerta, los familiares repartían cajas de comida a mendigos y refugiados, esperando que la caridad sea aceptada en nombre del alma del difunto. Adentro se sentaban los invitados, en habitaciones diferentes según su género. Abajo, los hombres rezaban antes de comer. Arriba, las mujeres conversaban despreocupadas, y comían juntas del mismo plato sentadas en el piso. Los deudos servían a todos los invitados y rellenaban tazas y vasos vacíos con celeridad y humildad.  Del menú recuerdo los dulces. Aquella fue sin dudas la mejor baklava de pistacho que probé en mi vida, por mucho que le pese a la vecina ciudad de Gaziantep, cuya baklava ostenta el renombre nacional.

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Después del dulce, por la escalera comenzó a llegar el sonido de un tambor de mano y las voces hermosas de algunos hombres. El ritmo era intenso y rápido, y hasta podría decirse que alegre. No era de extrañar, porque al fin de cuentas se trataba de un maulid, un conjunto de poesías compuestas en alabanza al Profeta Muhammed en ocasión del aniversario de su nacimiento. Pero en Turquía los maulid o mevlud en turco, se entonan también para ocasiones especiales. Hay un düğün mevludu para la celebración de los 40 días después de un nacimiento, y también un taziye mevlud, o maulid de la ceremonia de condolencias.

Eran tres los músicos, todos cantantes y percusionistas. El pulso frenético del tambor conversaba con las acrobáticas melodías de las voces, que modulaban maqams tradicionales, combinado con las palabras de una poesía que se me escapaba. El resultado era intenso y su efecto fue inmediato. Muchas mujeres rompieron en llanto y comenzaron a gritar, algunas tímidamente, otras fuera de sí. En vez de ahogarse en las letanías cansinas y sollozos eternos del duelo occidental, el ritual del taziye llevaba la pena a un punto de ebullición, hacía arder el dolor a través del trance de la música dejando salir las lágrimas en una ceremonia comunitaria de recordación y catarsis.

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En Turquía, cuando alguien muere, su cuerpo es lavado y enterrado. Los parientes se instalan en la casa de los deudos cercanos y los cuidan, sin dejarlos jamás solos. Lavan su ropa, hacen sus camas, limpian las habitaciones. Poco a poco los vecinos desfilan por la casa a presentar sus condolencias acompañados de dulces, y son los parientes de los deudos los que les sirven el té. No hay lugar a frases vacías. Por un lado se dice la cita coránica “ciertamente de Dios venimos y a Dios retornamos”. Por otro, el pragmático proverbio turco: “que tu cabeza se mantenga sana”. Llegan a la casa de la familia del difunto bandejas de comida de parte de todos los vecinos, no hay que preocuparse más que de curarse y dejarse cuidar. Los días pasan y lentamente los parientes van abandonando la casa y todo regresa a su cauce normal. Después de aquellos cuarenta días de tristeza llega la ceremonia del taziye y en el frenesí del mevlid un ciclo se entierra y algo renace, otra vez en compañía de los amigos y de los vecinos. Cuando todo termina los familiares agradecen a cada uno de los presentes y les regalan caramelos. Dulce debe ser el recuerdo de alguien amado.

En los suburbios de Sanliurfa la noche había caído y las luces prendían un brillo mágico en la roca antigua de las murallas. Caminábamos con la música aún resonando en el pecho y, como en una danza, avanzábamos flotando o nos orillábamos para dejar pasar los autos. Pasamos por debajo de los arcos, desandamos pasillos, doblamos las calles como si fuesen pañuelos de seda sin ver más que la luna, algún gato solitario, y la belleza infinita de la ciudad agazapada en cada centímetro de piedra. Empujamos el portón de la medialuna y la estrella, atravesamos el patio donde alguna vez había latido una fuente, subimos la escalera centenaria y entramos a nuestro cuarto de alfombras y qibla otomana y ahí, cuando me acosté en la cama, lo supe. Yo era una urfali. Pertenecía desde siempre y para siempre a esa ciudad.

Continuará…

Primera parte: Hasan, el nieto del sheik

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[1] La importancia arqueológica de Urfa es insoslayable. Se encontraron evidencias que la convierten en ganadora de records paleolíticos: señalan que fue allí donde vio la luz el primer templo, la primer escultura, la primera rueda, la primera escritura, el primer sello, el primer asentamiento humano, el primer sistema de medidas y la primer biblioteca, así como los orígenes de la agricultura. Con tanta evidencia arqueológica los relatos sagrados de la ciudad se despegan del mito y se vuelven verosímiles, incluso para los incrédulos.

[2] En Urfa, de hecho, muy pocos son turcos, y la mayoría de la población es kurda o árabe. En el Este, las nacionalidades conforman linajes que sobreviven por generaciones, aunque muchas veces no se evidencien en el pasaporte: encontré quienes en Macedonia se llamaban a sí mismos turcos y apenas hablaban el idioma local, aunque desde los tiempos del imperio Otomano jamás hubieran pisado Turquía. Sucede lo mismo con los albaneses y los serbios, pero esa es una historia para más adelante.

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3 pensamientos en “Los caminos sagrados de Urfa: II- aromas de vida y muerte

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