LOS CAMINOS SAGRADOS DE URFA: III- Los talismanes de Haci Baba

Caminábamos sin sentido y sin rumbo. Era sábado, los mercados estaban cerrados y las calles vacías. Los suburbios de la ciudad vieja abundaban en escombros, en casas casi demolidas, pasillos abandonados, tumbas descuidadas, mezquitas de puertas cerradas.

-Hubiera querido ir a Harrán- dije, mientras caminaba junto a la muralla- pero no sé cómo ir, y la tarde ya está empezada-. Harrán parecía candidata a una futura lista de lugares pendientes.

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Fue después de dejarnos mentir por un mapa que nada sabía sobre los laberintos de Urfa que vimos una puerta al final de un pasillo. Arriba del dintel un cartel anunciaba que aquel era un tekke rifai, un lugar de reunión de los sufis de la orden del santo Ahmed ar-Rifa´i. Esa puerta, a diferencia de las otras que señalaban otros tekkes, no estaba del todo cerrada. -¿Habrá alguien?- le pregunté a mi esposo, y golpeé sin esperar su respuesta y sin imaginar qué hacer en caso de que alguien abriera.

Nuestros viajes, cuando los pensamos, serían algo así como una caravana peregrinatoria en busca de los amigos de Dios, sus rituales, sus tradiciones, sus costumbres. Es una búsqueda azarosa, la mayoría de las veces no hay por dónde empezar y si algo sucede es producto de una “coincidencia afortunada”, por llamar de algún modo más neutro a lo que para mí es pura magia. En Urfa mucho de eso ya había pasado: los amigos del viejo Hasan, derviches rifai, nos habían invitado a conocer sus tekkes, pero en esa visita era imposible. La mayoría de los derviches se reúnen los jueves a la noche, es decir, al comienzo del viernes, un día que además de ser especial por la plegaria congregacional islámica, es auspicioso. Los viernes las súplicas son especialmente escuchadas, las faltas son más fácilmente perdonadas. Fue un viernes el primer día de la creación, los días en los que Adán entró y salió del Paraíso, viernes será el día en el que el mundo acabe. Pero como no todos los días de la semana pueden ser viernes, no había forma de visitar los tekkes de los amigos de Hasan, ni de conocer por primera vez un cenobio rifai. No había manera, pensaba mientras esperaba en el dintel, hasta que comencé a oír unos pasos que se acercaban y me enfrenté con la realidad: había golpeado la puerta sin saber exactamente para qué, ni por qué. Cuando la puerta se abrió improvisé nerviosa una presentación. El sorprendido anfitrión despabiló su aburrimiento de sábado a la tarde con la llegada de dos viajeros de la otra parte del mundo y nos hizo pasar, primero a un patio, luego a una salita alfombrada en donde un hombre leía el Corán. Nos sentamos en un rincón a la espera de no sabíamos qué, y pronto llegaron dos tazas de café a hacernos compañía.

Después de terminar su Corán, aquel hombre vino a nuestro lado y nos convidó con agua y caramelos de dhikr. Siglos antes de que la ciencia demostrara que las palabras y los pensamientos pueden afectar a los objetos, los sufis ya ponían agua y dulces en el centro de sus círculos de adoración, para que absorbieran las bendiciones de los nombres de Dios que repetían. Afuera, un hombre canoso y de bigote hacía su ablución en una fuente. Cuando hubo terminado, entró y nos saludó. –Él es el sheik- nos señaló oportunamente el señor del Corán.

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Nos dijo que su nombre era Haci Baba, lo que en sí no es un nombre, sino una colección de títulos que puede corresponder casi a cualquiera. Se sentó a nuestro lado y pidió que nos trajeran pan, queso y pepino, que él mismo comenzó a cortar. Aquella era una dergah humilde, relajada y espontánea, que poco tenía que ver con la organizada jerarquía de los tekkes de Estambul.

Aquellos hombres afables no coincidían con la idea que me había forjado sobre los rifai a través de comentarios y lecturas. La orden, fundada por el santo Ahmed al-Rifai (1106–82) es una de las tariqas sufis más conocidas y respetadas pero popularmente se la relaciona con rituales temerarios y maravillosos, tales como comer serpientes, montar leones o caminar sobre el vidrio. Si bien muchos de aquellos ritos no son más que narraciones en libros antiguos, y según afirman los estudiosos fueron incorporados muy posteriormente, aún hoy en día los derviches rifai realizan el burhan o pruebas de fe, en la que el sheik atraviesa las mejillas de sus derviches con pinches, sin que nadie sangre. Me costaba concebir que esos señores de camisa y pantalón, tan sobrios y normales, fueran los derviches aulladores que me había imaginado. Pero esos no eran más que prejuicios.

En torno al sheik nos sentamos, junto con otros derviches, todos hombres. Lo primero que hizo Haci Baba, después de consultarnos sobre la vida en Argentina, fue intentar pasarnos por bluetooth los videos de sus rituales, para que podamos mirarlos y seguirlos desde casa. La contraseña del wifi era hacibaba. Hasta los más tradicionales rincones de Urfa, hasta la más recóndita casa de piedra, a todos lados llega la tecnología.

Otro derviche, puesto que Haci Baba no hablaba de sí mismo, nos dijo que su sheik tenía el don de curar las enfermedades mentales: locura, depresión, tristezas. Nos preguntó si conocimos a alguien que las padeciera, y le hablé de una persona. Anotó en un papel el nombre del enfermo y el de sus padres. Rezó unas plegarias y sopló en un vaso. Me dijo que tomara el agua y me dio indicaciones de cómo acabar el ritual, cuando estuviera de regreso en casa. Luego, inesperadamente, nos dijo que nos tomáramos de su bastón y nos bendijo. Nos entregó a cada uno un talismán y nos dio dos papeles doblados, para que se los entregásemos a alguien que los necesitara.

-Y, a todo esto, ¿ya visitaron Harrán?- sentenció abruptamente Haci Baba y le escapó a cualquier atisbo de santurronería revolviendo lo sagrado junto a lo cotidiano, como todo buen sufi sabe hacer.

Fue decir que no y que le encargara a Muhamed Barakat, un señor con cara de bueno, que nos llevara a pasear en su auto. Nos despedimos del sheik y ganamos la calle con una sonrisa inabarcable ante la complicidad del mundo. Una hora antes, aburrida, había cruzado ese mismo portal para escaparle al tedio. Ahora me iba con dos bendiciones: el bayat del sheik y nuestro nuevo chofer[1].

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Caminábamos en fila, no hay otra forma de caminar en Urfa, y nos cruzamos con un simitci, vendedor de panes circulares con sésamo. Como todos los de su gremio llevaba la pesada bandeja sobre su cabeza. Cuando pasó a su lado Muhamad le pidió uno “para los faqir”, palabra que significa “pobres”, pero también “derviches”. El simitci le dio tres pancitos pequeños, uno para cada uno, y siguió su camino. Tal vez, dijo mi compañero, esa fuera una forma de purificar la bandeja entera. Tal vez, agregó, fueran ese tipo de episodios algo cada vez más común a medida que nos acercáramos a la Meca.

El auto era viejito y el pasacasette arrancó con el Corán ni bien nos pusimos en marcha, pero Muhamad lo detuvo para poder conversar. Afuera la ciudad cedía el paso al desierto y algún que otro camello me salió al camino para reforzar la sensación de estar viviendo en un cuento.

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Harran significó, en alguna lengua que ya no existe, algo así como “ruta” o “cruce de caminos”. Cuesta creer que aquel pueblecito de barro fue en sus días, hacia el año 600, uno de los centros de conocimiento más importantes del mundo, en el que Thabit ibn Qurra se destacó en matemática y medicina y Al-Battani calculó la duración del año solar con asombrosa precisión. De su antigua universidad, que porta el pomposo galardón de “primera del mundo”, solo quedan las ruinas de una puerta y de una torre. La mezquita no ha corrido mejor suerte. Permanecen en pié, sin embargo, los edificios más humildes, aunque no tan viejos, por supuesto.

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Uno de ellos es el mausoleo de Hayat al Harrani.  Haci Baba había insistido en que lo visitáramos y lo hicimos con la tutela de Muhammed, quien conocía todo el adab de la ziyarat, las reglas de cortesía de la visita al santo.

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Hayat (vida) Bin Kays (hijo de Kays) El-Harrani (el de Harrán) fue un sheik muy respetado nacido en la ciudad en 1185. Se lo considera un santo con rostro afable, buen temperamento, amante de la reclusión y orador nocturno.

Hasta ahí, poco más que un nombre y un aroma capaz de extraviarse con el de decenas de otros santos, si no fuera por una visión y un puñado de relatos. La visión la tuvo Abu Abdullah Al-Kureshi. En un sueño se le reveló que 4 santos tenían la capacidad de continuar realizando milagros y de derramar influencia espiritual aún después de morir. Hayat al Harrani era uno de ellos. En cuanto a su hagiografía, sobrevive una famosa anécdota que cuenta lo siguiente. Construían una mezquita en Harrán y necesitaban erigir el mihrab, el nicho que señala la dirección a la Meca. Hayat al Harrani le señaló al arquitecto la orientación, pero este se opuso porque no estaba de acuerdo. -Mirá para allá- le dijo el sheik- y vas a ver la Kaaba-. Cuando el arquitecto miró hacia el punto que el sheik había señalado, vio la Kaaba en frente suyo y se desmayó. Ahora, casi mil años después, nada quedaba de aquella mezquita o de la antigua ciudad, pero mujeres y mendigos se acercaban a la tumba de piedra en medio del desierto para entregar una plegaria.

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La arquitectura tradicional de Harrán salió a recibirme ni bien me asomé a la ventana, unos kilómetros más adelante. Las famosas casas-colmenas, construidas íntegramente con adobe (ni la madera ni los árboles abundan en esas tierras áridas), parecen montañas de heno. Pocas permanecen habitadas, algunas funcionan como pequeños museos para atraer turistas, ya que los campesinos de la zona se han desplazado un poco más allá, a unos ranchitos de cemento. En un terreno baldío -pedazo de desierto domesticado por la cercanía de una casa- tres camellos descansaban echados como sultanes en divanes de polvo. Se dejaron acariciar por mi mano forastera y temerosa sin turbar su delicada elegancia.

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Después de visitar las ruinas a Muhammed se le ocurrió una idea. -¿Quieren ver Siria?- nos preguntó, dejándonos boquiabiertos. Nuestro miedo al terrorismo y la guerra nos habían hecho dudar, al preparar el viaje, incluso de acercarnos al Este turco, tanto a Urfa como a Diyarbakir y a Antep. Una vez en el país nos dimos cuenta de que la situación dentro del territorio no era tan complicada (en aquel momento), pero aún así aventurarse hasta la frontera nos hubiera parecido un delirio a no ser por la calma mirada del señor Barakat. Estábamos a 30 kilómetros y si él decía que no había problemas, entonces no había razón para desconfiar.

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Antes de llegar a Akçakale, la ciudad fronteriza, emerge eterno, al costado del camino, el campo de refugiados. Tal vez antes esa ruta estuviera bordada de alegres carpas de nómades, hoy son tiendas tristes, que se extienden, detrás de un alambrado, hasta donde llega el horizonte. Un poco más allá, un hospital último modelo: algunos dicen que para atender refugiados, otros para curar terroristas. Luego la ruta se convierte en calle principal y entramos al pueblo. Todo es animación de sábado por la tarde, gente comprando, gente paseando, mujeres de túnicas negras, hombres de turbantes.

En el final de la calle, la estación de tren vacía. Hubo tiempos en los que desde allí salían los trenes a la cercana Alepo, pero ahora ya no queda nada. Hay un parque arbolado, allí un grupo de más de 20 hombres descansa en el suelo, tomando té en un picnic improvisado. A pocos metros espera un tanque de guerra, con la puerta entreabierta. Detrás, un alambrado. Muhammed nos hace bajar. –Allá, donde se ve esa fábrica, eso ya es Siria-dice. Nos sorprende ver, a la derecha, la frontera abierta. Bastaba con haber llevado nuestros pasaportes y con estar locos de remate para haber podido entrar a un país completamente en guerra. –Mirá la bandera- me dijo mi compañero. Agucé los ojos y vi flamear, a la distancia, una bandera completamente negra. –Sacá una foto- sugirió Muhammed. No me dio tiempo a enfocar. Desde el tanque nos tocaron una bocina que nos estremeció. “Son turistas”, intentó decirles Muhammad a los soldados. El grito por los altoparlantes hizo retroceder sus pasos y su sonrisa. Nos alejamos asustados pero llenos de preguntas. ¿Por qué nadie nos había impedido llegar hasta allí, ni nadie controlaba a quienes se acercaban a la frontera?¿Cómo podían estar tan tranquilos dentro de aquel tanque teniendo al grupo terrorista más temible del mundo prácticamente en la vereda de enfrente? ¿Por qué había un clima distendido si estábamos a cuadras de un país asolado por la guerra? Los estados tienen un discurso muy diferente a su accionar, y en su cínico campo de mentiras caen, inadvertidos, los cuerpos de los humildes que no se cubren con ninguna bandera.

Nos deslizábamos a Urfa, donde el cielo era más soleado y la miseria y las contradicciones quedaban atrás. Más allá, al costado de la ruta, se celebraba un casamiento. La zurna resonaba estrepitosa y se enredaba con el tambor, mientras que un corro de hombres y mujeres tomados del dedo meñique giraba en la alegre danza del halay, celebrando la vida nueva. De la angustia queda del campo de refugiados solo restaba un recuerdo pálido. El fin de la tarde, como los políticos, le daba la espalda a Siria y a su gente.

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Muhammed nos invitó a su casa y nos trató como a huéspedes de honor. Vivía en un pequeño departamento, pero la falta de espacio no le impedía haber convertido su terraza en un hermoso jardín. Más de diez especies de rosas se alineaban en canteros junto a la pared, creando una sombra perfumada. En el jardín nos sirvieron té y una granada dulce como aquel día y nos invitaron a compartir la cena, en la que nos trataron como a príncipes amados. Por la noche Muhammed nos llevó a lo de Hasan, a quien por supuesto ya conocía, aunque nunca supimos por qué. Después se despidió y se alejó de nosotros en su auto y ya no lo volveríamos a ver. Otra noche se fue en aquella ciudad maravillosa y antes de que se apague la luz las paredes de nuestro cuarto me vieron sonreír de gratitud.

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Unos días más tarde, cuando ya estaba en Georgia, recibí un mensaje. Era de mi familiar, el paciente de Haci Baba, que no sabía nada de aquella historia, y me escribía para contarme que se sentía bien, excepcionalmente bien, como si su pecho se hubiera abierto y los pájaros negros hubieran alzado vuelo dejando tras de sí un corazón sosegado.

[1] Barakat, el apellido de Muhamed, significa en árabe “bendiciones”.

Continuará…

Primera parte: Hasan, el nieto del sheik

Segunda parte: Aromas de vida y muerte

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