Mostar: los guardianes del puente

El puente estaba allí como debería haber estado siempre, completando su arco con su propio reflejo en las aguas azulverdes del Neretva. La escena en sí era feliz: sol del mediodía zigzagueando en el río, multitud de turistas celebrando el verano, un clavadista que junta monedas antes de probar su coraje en un salto mortal que lo inyecta al agua fría. Podría parecer que allí nadie hubiera sufrido jamás, como si el aroma de un Dubrovnik frívolo y superficial llenara el aire.

-Ojalá que no sea él- pensé mientras me acercaba a preguntarle si nos estaba esperando y si se llamaba Mehmet. El árabe gruñó con desconcierto y con su mueca congénitamente enojada. El lugar (aquel desván del viejo puente) estaba lleno de gente y de nuestro anfitrión no sabíamos más que el nombre. La noche anterior Madzida y Mehmet nos habían escrito para ofrecernos alojamiento en Mostar, y habíamos aceptado, por supuesto, aun sin ver una sola imagen de ellos. Íbamos a una especie de cita a ciegas.

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Cuando el verdadero Mehmet apareció, no se parecía en nada a aquel señor rezongón. Era joven, hablaba inglés y estudiaba para convertirse en imán. Su esposa, Madzida, trabajaba de farmacéutica. Vivían en las afueras de la ciudad junto a los padres de ella y su hermana Amira. Con las mujeres podíamos comunicarnos en turco, en inglés o en español. Como en Albania, en Kosovo, y en la mayoría de los países de los Balcanes, en Bosnia muchas mujeres hablan castellano perfecto aprendido pura y exclusivamente de las telenovelas que ven subtituladas, algo que a mí no deja de parecerme extraordinario.

Desde que el viajero Evliya Çelebi pasara por allí hace más de cuatrocientos años que aquella ciudad se llama Mostar. Çelebi estaba impresionado por la altura y elegancia del puente, construido en los días del imperio otomano por orden de Suleimán el Magnífico con el diseño de un arquitecto discípulo del legendario Mimar Sinán. Según la etimología que propuso el viajero el nombre de la ciudad viene de la fama de su puente, que convirtió a sus habitantes en los mostaris o “los cuidadores del puente”.

Cuando se sube la angostísima escalera de piedra del minarete de la mezquita pintada de Koski Mehmed Pasha, parece que poco hubiera cambiado desde los días del trotamundos otomano. Como en la catedral de Hagia Sofía, llegar al último escalón es explotar la mirada en el espacio inmenso. Durante siglos los muecines de enormes pulmones abandonaban cinco veces al día la estrechez de aquella larga escalera al llegar la su cima y ganaban dos recompensas. Una divina, por la loable tarea de llamar a los demás a la oración. La otra inmediata: la ciudad extendida en su belleza de piedra, abrazada por el agua turquesa y las montañas verdes. Allí están los techos de las casas altas, con sus pequeñas ventanas y sus muros de piedra extendiéndose al cielo, los campanarios de las iglesias y los minaretes de las mezquitas. En frente a los ojos, el Stari Most. Abajo baila el río Neretva, concentrado en dibujar el semicírculo del puente en la corriente callada y pura. Aún hoy, más de quinientos años después de que la describiera Çelebi, casi ningún indicio de la vida moderna logra hacerse un lugar en la postal.

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Musulmanes, católicos y ortodoxos vivieron en paz en aquellas tierras durante siglos. Si hay algún testimonio de esa convivencia, ese es Emina, una de las sevdalinkas más famosas. Sevdah es una vieja palabra otomana, derivada a su vez del árabe, que significa negro. Kara sevdah literalmente quiere decir “negro negro”, pero refiere a la bilis. En la teoría de los humores, la bilis negra estaba relacionada con la melancolía, pero en turco y en bosnio pasó a significar también el estado de aquel que pena por amor. Sevdah y saudade son dos palabras gemelas: no solo derivan (según algunas teorías) de la misma raíz, sino que cada una dio origen a un género musical. De Portugal nació el Fado. De Bosnia la sevdalinka, una música capaz de narrar el (dis)placer de sufrir por amor.

La sevdalinka anuda elementos de todos los pueblos que hicieron de Bosnia una nueva Jerusalén. A la sombra de una sevdah descansa la silueta del acordeón eslavo, las tradiciones de música turca y las canciones que los judíos sefardíes llevaron desde al Ándalus a Bosnia. Nació en las canciones tristes que las mujeres cantaban en la Edad Media, se expandió a los países vecinos durante los días de Yugoslavia y se convirtió en un símbolo de la identidad Bosnia, a tal punto que el antiguo himno estaba escrito sobre la música de una antigua sevdalinka. La capital mundial de la sevdalinka es Mostar, y su bandera es Emina.

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Emina es un poema de amor del poeta bosnio-serbio Aleksa Šantić a su Beatrice musulmana, una joven de Mostar llamada Emina Sefić. Como cuenta la canción, Emina, la bella hija del Imam, era vecina de Šantić. Cuando el poeta la vio de noche oliendo los jazmines de su jardín, cayó enamorado. Ella se movía entre las plantas y las flores, ajena a su mirada y a su saludo, y solo acertó a mirarlo brevemente una vez, sin reparar en él, para seguir paseándose a la luz de la luna por su paraíso secreto. Con el tiempo Emina se mudó, se casó, dio a luz a catorce niños y murió en 1967, a los 83 años, cuarenta después que el hombre que le había escrito aquel maravilloso poema. Šantić no vivió para ver la estatua de su amada en Mostar, pero tuvo la gracia de tampoco poder contemplar el odio y la muerte, la ruptura de los valores de integración y respeto a la diversidad por los que tanto había soñado.

Con la disgregación de Yugoslavia (y no hay en los Balcanes quien no diga que todo tiempo pasado fue mejor) bosnios, croatas y serbios se embarcaron en una sangrienta guerra que tuvo a Mostar como una de las ciudades más castigadas. En 1993 las fuerzas croatas bombardearon el famoso puente hasta destruirlo, no solo para interrumpir la conectividad de los bosnios, sino también para destruir su identidad, minar las bases simbólicas de la ciudad, aquello que la ligaba más ostentosamente que cualquier minarete a su pasado otomano y musulmán. Cuando el Neretva ahogó las últimas rocas y ya no se vio más un arco reflejado en el agua, algo calló, se hizo un silencio consternado. Era como si el alma de la ciudad hubiera muerto. Los bosnios habían sido ultrajados. El puente que los nombraba, que habían sabido cuidar por 427 años, yacía bajo el agua, hecho escombros.

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Puede sonar a fría reseña enciclopédica, pero no lo es. Las heridas de aquel conflicto no están solo en las caras agrietadas de sus edificios, si no en las miradas de las personas. Cuando escuché a la joven Amira explicar cómo su madre debió escapar al bosque con ella en brazos y su pequeña hermana de la mano, era como si estuviera oyendo una historia de esas que cuentan los bisabuelos que vivieron las guerras mundiales. Pero ahí estaba frente a mí una mujer de veintitantos años contándome del día en el que ella se convirtió en una Penélope niña, cuando un hombre se presentó a la puerta, cargado del cansancio de frentes y montañas. Fue corriendo a avisarle a su mamá que había un desconocido esperando, porque en aquel rostro de luchador no supo entonces ver la cara de su padre. Viniendo de un país en el que la palabra “guerra” es afortunadamente una metáfora de males leves, me cuesta imaginar las grietas que dejan en el cuerpo y en el corazón historias como las de Amira. Por momentos solo veo retratos congelados: el del miliciano que lucha en la montaña para que el enemigo no arrase con la aldea en donde vive su familia, el de la madre valiente que corre con sus hijas para salvarse del bombardeo, el de la niña que espera el regreso de su padre y pregunta por él a los que van volviendo, sin poder reconocerlo cuando lo tiene frente a frente, en el dintel de su casa. El retrato es solo un momento parcial, la mirada oblicua sobre una infinita maraña de existencia desbocada. Detrás de esas imágenes hay siempre mucho más que un cliché. La compleja trama de la identidad humana.

Después de tres años llegó la paz, pero no el olvido. La ciudad está invisiblemente divida: los croatas viven en el oeste, los bosnios en el este. Mostar es una sola en teoría, pero en la práctica son dos, completamente segregadas: otras escuelas, otros números de teléfono, otras banderas[1]. Un día vamos a un festival de danzas tradicionales que se publicita como internacional, solo porque vienen grupos de baile de distintas partes de la ciudad. Madzida nos cuenta que no va jamás al otro lado de la ciudad en su auto, porque tiene miedo de que la ataquen. Tampoco come la comida que le ofrece todos los días su compañera de trabajo serbia porque desconfía de que esté envenenada. Nadie viajó a conocer Dubrovnik, aunque esté a menos de 150 km, y se conforman con la pequeña playa bosnia de Neum. No es fácil adoptar al enemigo. No es fácil reanudar los lazos con el que arrasó tu historia.

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En el 2004 llegó el tiempo de la reconstrucción del puente y el corazón le fue nuevamente insuflado a la Mostar musulmana. Por la fama de su Nuevo Puente Viejo se convirtió en una ciudad turística. Como en un cuento de hadas, el puente regresó para ayudar a sus antiguos cuidadores y castigar a sus enemigos. Los que lo destruyeron ven pasar a los turistas de lejos, sin lograr beneficiarse de la nueva riqueza de sus vecinos.

Así como en la Revolución Española los amantes de la libertad de todo el mundo se juntaron en España a luchar contra el fascismo, miles de musulmanes de todo el mundo acudieron a ayudar a los bosnios en los días de la guerra. Mientras los serbios masacraban poblaciones enteras y quemaban mezquitas, hubo quienes desde el Este fueron a luchar[2]. Oí de derviches en Estambul que juntaban dinero para armas, de la ayuda prestada por los shiitas iraníes, de estados que mandaban sus soldados, de mujahidines de dudosa reputación. Y por supuesto no hubo nación que no colaborara en la reconstrucción. Hasta el famoso puente de Mostar fue reconstruido con dinero de una fundación turca. En los días de la guerra Bosnia se llenó de aquellos cruzados al revés que llegaban a defender el Islam. Pero también a torcerlo.

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El Islam llegó a los Balcanes de mano de los otomanos. El Sultán se dio cuenta de que las armas y las mercedes impositivas concedidas a los conversos no eran suficientes para convertir genuinamente el corazón de los bosnios. Llegaron como embajadores muchas de las órdenes sufis que vivían en el Imperio. Fue tras su llegada que poblaciones enteras abrazaron la nueva religión. Nació así un Islam bosnio, forjado durante más de quinientos años de tradición sufi. Fueron los ulema “modernizadores” y no los comunistas los que cerraron los tekkes o “monasterios” sufis en Bosnia desde los `50s hasta 1970, pero sin lograr acabar con la llama del sufismo. Durante la última guerra algunos derviches lucharon bajo el mando de sus sheiks en batallones especiales, pero aprovechando el descontrol general, grupos extranjeros comenzaron a tomar control de las mezquitas, enseñando una rígida forma de Islam. Nuestro amigo Mehmet fue uno de esos niños que acabó en una mezquita recibiendo un enseñanza religiosa simplificada, basada en una lista de prohibiciones y virtudes, separando a la gente rigurosamente entre devotos e infieles, y oyendo predicadores que se comportan como si fueran oficiales de la policía de lo haram, siempre listos para señalar a gritos a aquellos que hacen lo que consideran pecaminoso.

No pasó mucho tiempo hasta que esas visiones comenzaran a colapsar con la relajada apertura de la sociedad bosnia, y con Mehmet. Para ambos el sufismo resurgió como amorosa respuesta a la radicalización extranjera. Después de todo, el faro de la respuesta estaba muy cerca, a solo unos kilómetros, en el bello tekke de Blagaj.

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El río Buna es verde y frío, porque viene desde adentro de la tierra. Justo al lado de su fuente de origen hay una hermosa casa blanca de estilo otomano, quince pequeñas ventanas de madera suspendidas contra la pared de roca. Es el tekke o monasterio de derviches, que fue construido cerca de 1520, en comunión total con la naturaleza de la que forma parte. Blagaj era un centro religioso, pero también social e incluso científico, en el que los derviches intercambiaban ideas alegremente, hasta que fueran expulsados en 1952.

 Afuera hay un pequeño jardín de té y las paredes llevan escrito en verde “hu”, el íntimo nombre de Dios en árabe. Lo que ha sobrevivido hasta ahora no es el tekke en su totalidad, sino el musafirhane o casa de visitas, y las tumbas. Cada pequeña habitación está alfombrada con coloridos tapices locales de lana y algunas funcionan aún como lugares de rezo. La más grande tiene una pequeña mesa redonda en su centro, cortinas bordadas y un techo de madera tallada con motivos de lunas y de árboles. La cúpula del baño lleva estrellas repujadas con vidrios de todos los colores. Es un lugar alegre pero a la vez sobrecogedor: el gran muro natural de piedra reaparece en todo su esplendor detrás de cada ventana, y hay incluso mirillas que permiten mirar la roca. La arquitectura en Blagaj es solo una posibilidad más de apreciar la verdadera maravilla, la creación divina.

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Si vas antes de que oscurezca, hay que pagar entrada para conocer el tekke, y no queda hueco que le escape al turismo, con sus tours organizados y hordas de cámaras que bajan de un mismo micro. De hecho fue una empresa de viajes turca la que lo restauró y tiene su concesión, hasta dentro de treinta años. De noche, las cosas vuelven a la normalidad. Los cuidadores nocturnos no cobran entrada, si no que recitan los nombres de Dios. Son los derviches naqshbandis, con sus pantalones anchos, sus turbantes, sus chalecos los hombres, las faldas coloridas las mujeres y la sonrisa enamorada cada vez que oyen el nombre de su amado maestro, enterrado en Chipre. Cuando los turistas dejan de bajar de sus camioncitos ellos comienzan a deambular por las habitaciones del tekke, dándoles vida, tal como lo hicieran antes las órdenes Bektashi, Qadiri y Halveti, desde su construcción hace más de seiscientos años. Los jueves por la noche realizan la ceremonia del dhikr, los demás días simplemente están allí, respirando la baraka de ese lugar sagrado, alimentándola con sus plegarias y ofreciendo sus respetos a los dos que espiritualmente aún viven en las tumbas del tekke Blagaj. Uno de ellos es Sheikh Ačik-Pasha Muhammed Hindi, cuya historia no me ha alcanzado. Su compañero, sin embargo, es uno de los hombres más curiosos de los Balcanes: el legendario Sari Saltik.

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 Sari o “el rubio” Saltik es un personaje envuelto en misterio desde su origen. Los eruditos, desde tiempos medievales, discrepan sobre su origen y su nombre verdadero. Sabemos sin embargo que nació en el siglo XIII y que fue discípulo de algún Sheik, aunque no está claro de cuál. La mayoría lo considera un derviche bektashi, otros un calandar, un rifai y son muchos, incluido el famoso Ebussud Efendi, los que piensan que era un monje cristiano, por su afición a predicar sobre la Biblia en las iglesias. Tanto musulmanes como cristianos lo respetan y de estos últimos, muchos lo asocian a San Jorge, San Nicolás e incluso al Profeta Elías. De lo que nadie duda es que Sari Saltik fuera un guerrero.

Se conoce como “ghazi” a aquellos que llevan a cabo expediciones militares con el fin de expandir el Islam. En el siglo XIII en los Balcanes expandir el Islam era sinónimo de empujar los límites del Imperio Otomano, y el título de ghazi se les daba a los guerreros fuertes y a los conquistadores. Sari Saltik, como figura semilegendaria es el derviche-ghazi más importante en la islamización de los Balcanes.

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Según la versión de Evliya Çelebi, fue el mismo santo Haci Bektashi el que envió a Saltik hacia Europa, con una espada de madera (símbolo del sufismo), una alfombra de oración capaz de volar, un estandarte y un tambor con el poder de aturdir a las fieras. En su camino plagado de aventuras luchó contra los infieles, pero también contra genios y brujas. Cuando vence a sus enemigos, demuestra piedad: les da a elegir la conversión al Islam o la muerte. Saltik es un héroe que combina fuerza, inteligencia y virtud. Da muestras de su fuerza prodigiosa en la batalla, pero también de santidad cuando levita o cambia de apariencia y de erudición cuando entra a iglesias o sinagogas y les predica a cristianos y a judíos sobre sus libros sagrados en su propia lengua con tal conocimiento y de tal forma que al principio lo toman por clérigo o rabino, lloran de emoción con sus palabras y acaban volviéndose al Islam.

De todas las historias de Saltik, la más famosa es su aventura con el dragón, plagada de alusiones a la práctica sufi. Había una vez un dragón de siete cabezas que asolaba un pequeño reino, comiéndose periódicamente a sus habitantes. Le había llegado el turno a la hija del rey, una joven y bella princesa, y el soberano se desesperaba en su palacio implorando por ayuda. No había en el reino quien se atreviera a enfrentar al dragón, hasta que llegó Sari Saltik y se dirigió a su cueva seguido de sus derviches. Primero decapitó tres de sus cabezas y luego lo hizo retirarse hacia su cueva, donde le cortó las otras cuatro y lo mató. Un monje cristiano aprovechó el momento en el que Saltik remataba al dragón para robar orejas y lenguas de las cabezas cortadas y presentarse ante el rey como el justiciero valiente que lo había matado. Cuando Saltik llegó con la princesa, esta dijo la verdad, pero su padre no la escuchó. Sari Saltik propuso una solución al dilema. Mandó a traer un caldero con agua hirviente y pidió que los sumerjan al monje y a él dentro. El monje intentó retractarse, pero el rey lo obligó a entrar en el agua y murió al instante, mientras que Saltik salió ileso probando su palabra.

Tan misteriosa como su nacimiento y religión es su tumba, y muchas son las ciudades que se adjudican el sepulcro de Saltik a lo largo y ancho de los Balcanes, desde Albania hasta Rumania e incluso en Turquía. Hay para este fenómeno no poco común una explicación también en la misma leyenda. Dicen que antes de morir Saltik informó a sus seguidores que tras su muerte vendrían muchos soberanos a buscar su cuerpo para enterrarlo en sus tierras. Mandó que construyeran siete ataúdes y le entregasen uno a cada reino. Seis estaban vacíos y solo uno contenía el cuerpo, pero cada rey vio a Saltik dentro de su ataúd y  le dio sepultura, porfiando que era el verdadero. Sari Saltik está en Blagaj, pero también en Krujë y en Kaliakra, en todos lados y en ninguno, en cada sitio en el que se recuerde su nombre.

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Brillan las estrellas y relucen las ventanas contra la oscuridad de la montaña. Bajo por un sendero de piedras y llego al lecho del Buna. Sumerjo los pies en el agua helada, pura, recién alumbrada de las entrañas de la tierra. Desde la otra orilla, Blagaj tiene algo de faro. Miro el tekke y saludo por última vez a sus derviches, a la vecina ciudad de Mostar y a todas sus historias. -Tal vez venga pronto el día en el que la ciudad sea una, Mehmet encuentre su sheik y las huellas de los santos puedan reunir a cristianos y musulmanes con más firmeza que el Stari Most- murmura el agua plateada. -Es solo cuestión de convertir al rubio Saltik y a sus amigos en los verdaderos guardianes del puente-.

                                                                            ***

[1] Lo mismo sucede en todo el país. De hecho hay dos entidades políticas en lo que llamamos “Bosnia”, la Federación de Bosnia-Herzegovina (organizada en diez cantones) y la República Srpska, cuya capital es Banja Luca. Hay tres presidentes, un croata y un bosnio por la Federación y un serbio por la república. La forma de la República Srpska es tal que abraza a la Federación de Bosnia-Herzegovina. Además, dentro de esta última, sólo hay dos cantones integrados y cada uno de ellos tiene su primer ministro con su comitiva, lo que convierte a la política un buen lugar para conseguir trabajo. En estas tierras, el mapa es un mosaico complejo. Pareciera que a cada paso se cambia de país, como en un sueño en el que sin saber cómo el viajero está en un lugar en el que no recuerda haber entrado, con un pasaporte en contravención permanente.

[2] De hecho, los tres bandos recibieron milicianos voluntarios. Los serbios de Rusia y Grecia, los croatas, ayuda de países católicos como España, Suecia y Polonia, e incluso algunos albaneses.

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