Ramadán en Estambul

 

 

 

En las tierras del Islam la gente sale a la calle a recibir a los meses como si fueran viajeros venidos de tierras lejanas. Para celebrar la llegada de los más importantes los municipios colocan pasacalles y guirnaldas y las personas limpian sus casas y alegran sus corazones. Los meses están vivos y, como cualquier entidad viviente, se mueven.  Cada año se desplazan casi diez días con respecto al calendario solar y por lo tanto es imposible asociarlos a una estación o un clima determinado. En cambio se los reconoce por su personalidad.

De los doce meses del año lunar hay cuatro que son sagrados o inviolables. En Rajab Dhū al-Qa‘dah, Dhu al-Ḥijjah y Muharram están prohibidas la lucha y la guerra. Hay tres meses que tienen dueño. Según un hadiz o tradición del Profeta, Rajab pertenece a Dios, Shaban al Profeta Muhammad y Ramadán a la comunidad del Islam. Dhu al-Hijjah y Ramadán tienen prácticas específicas. En el primero los fieles que cuentan con los medios suficientes llevan a cabo al menos una vez en la vida la majestuosa peregrinación a Meca. Cuando el nacimiento de la novena luna creciente del año anuncia el inicio de Ramadán, comienza el mes de ayuno.

En Estambul, donde el estrecho del Bósforo divide como un lápiz turquesa Asia de Europa y la herencia del Imperio Otomano aún perdura, Ramadán se espera con una pasión particular. Basta descender del barco en el embarcadero de Feshane para notar que todo está distinto. Han montado un puente que cruza el Cuerno de Oro en donde ayer no había nada, y lo han convertido en una especie de restaurante interminable. Más allá hay una feria de caligrafías y artesanías. Siguiendo cuesta arriba atravesamos el mercado de artículos religiosos y bordeamos el antiguo cementerio para llegar a la gran mezquita de Eyüp. Es un cálido atardecer de verano. Dentro, detrás de frondosos patios, descansa la tumba verde de uno de los más amados compañeros del Profeta, Ayub al Ansari. Entre el sepulcro y la calle hay ahora un océano de gente sentada, y no es posible seguir avanzando. Sobre la inmensa explanada de mármol blanco cientos de personas aguardan, en el suelo sobre alfombras, a que caiga la noche y comience el Sultán de los Meses.

carvansaray iftar ramadan

Me siento en un escalón y me dispongo a observar. El ambiente está cargado de expectativa, algo en el suave aire veraniego recuerda lo sagrado. Una señora con un antiguo samovar de metal, calentado por carbones, vende té del color del rubí en un costado. En frente una heladería no da abasto con sus clientes: ofrecen marash, un helado turco que puede ser puesto boca abajo sin caerse. Una mujer se acerca a mí y me da caramelos de rosa. No los vende, los regala como una dulce ofrenda piadosa. El ocaso se nos aproxima, lento, y el día se despide salpicando el cielo con una furiosa estela de colores. Por fin llega el momento. Desde los minaretes de la mezquita la bella voz del muecín abraza el aire y pasa entre nosotros dando mil volteretas. Luego nos llega como un eco la melodía de otro minarete, y otra, y otra más, entretejiéndose en una red infinita. Cuando nuestro muecín calla un último “Allahu Akbar” aún persiste en una mezquita lejana, como un saludo de amor y no como un grito de guerra, para cesar poco después y desvanecerse en el viento.

No es solo el sonido, es la luz. Después de la oración, cuando los fieles levantan los ojos, descubren que se han encendido luces de minarete a minarete. Son las mahyas, carteles luminosos con frases que saludan al mes de Ramadán y hablan de las bondades del ayuno. Durante el Imperio Otomano comenzaron a decorarse las mezquitas más importantes en las noches del mes sagrado y la tarea estaba a cargo del mahyacı, un hombre cuya función era prender una a una las lámparas de aceite que formaban las letras escritas en ese entonces en alfabeto árabe. Hubo hasta un príncipe que se dedicó a tal bello arte de dibujar en el cielo pensando en frases que emocionen al creyente, sorteando dificultades técnicas de crear letras redondas con lámparas de aceite y rellenarlas a medida que se apagan, analizando la altura de los minaretes y moviendo las pesadas lámparas con poleas. El trabajo no era en vano: los mensajes fijados en el firmamento podían leerse a una gran distancia y llegar a miles de personas. Hoy en día las mahyas son eléctricas y se cambian durante el mes. Al comienzo saludan al Ramadán, luego dan consejos o muestran pequeños versos del poeta sufi Yunus Emre, reciben a la Noche del Poder y con un “Elveda yâ Şehr-i Ramazan” (“Adiós oh mes de Ramadán”) se despiden finalmente del mes.

carvansaray mahya estambul

Ramadán es un mes de ayuno. Durante el día, los fieles se abstienen de comer, de beber, de incurrir en la ira. -¡Se mueren de hambre un mes sin comer!- suelen decir cuando lo explico. Aclaro entonces que tras la caída del sol y hasta el alba el ayuno cesa y se puede tomar agua e ingerir alimentos. -¡Ah, no vale, eso no es ayuno en serio!- se apresuran a condenar aquellos que se escandalizaban antes.

El ayuno de Ramadán es uno de los cinco pilares u obligaciones del Islam que tienen todos los musulmanes junto con las oraciones diarias, la peregrinación a la Meca, la ayuda caritativa a los pobres y el juramento de la fe. En Ramadán excepto los viajeros, los niños, los enfermos, las mujeres embarazadas y las que amamantan, todos ayunan desde que suena el llamado de la primer oración de la mañana hasta la penúltima oración del día. El ayuno tiene distintos niveles según el grado espiritual. El más básico es el ayuno material: dejar de comer, beber y practicar las voluptuosidades tanto del amor como del odio. Pero eso no es más que el comienzo. En el siguiente nivel la persona piadosa se priva de hacer acciones que la desenfoquen de su relación con Dios, de ver, oír y decir cosas desagradables y sentir cualquier sentimiento malvado. En el tercer nivel, el estado de los amigos de Dios, no cabe durante el mes sagrado siquiera pensar en otra cosa que no sea el Amado, sin anhelar el Paraíso ni temer el Infierno pero temblando constantemente por la posibilidad de pasar un segundo sin Su Presencia.

Cuando Ramadán llega en el verano los días son duros pero las noches infinitas. Para el Islam los días comienzan cuando el sol cae, por lo tanto en la víspera del primer ayuno las mezquitas se llenan de fieles que se congregaban a rezar una oración especial, llamada tarawih, que consta de veinte ciclos de oración, separados de dos en dos, entre los cuales se entonan súplicas a Dios y alabanzas al Profeta. Por cada noche que esta oración se lleve a cabo hay una recompensa especial: en la primera el creyente queda tan libre de pecados como el día en que nació, en la novena el que ora se convierte en amado de Allah, si reza 29 noches es como si hubiera hecho mil peregrinaciones y si completa las treinta noches Dios lo invita a su Paraíso. Son tantos los que acuden a rezar que el gran patio de la mezquita de Eyüp parece, por más de una hora, una colmena de apretados suplicantes.

Aún después del tarawih la ciudad no duerme. Las mujeres sacan a los niños a jugar a los parques y conversan entre ellas. Las viejas extienden las alfombras en las veredas y se sientan a beber té y a comer pipas. Hay quienes se apresuran a llenarse de comida, un poco por temor al hambre del día siguiente pero en mayor medida porque una hermosa fiesta ha comenzado.

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La luna nueva de Ramadán me miraba dormir hasta que desperté sobresaltada. Por la ventana abierta se deslizaba un pulso seco y el canto rústico de una voz. Tambor y melodía se desplazaban. Al principio estaban muy lejos, pero poco a poco se iban acercando hasta detenerse en el umbral de nuestra puerta.  Entonces me puse de pié y vi como, una a una, se iban prendiendo las luces en las ventanas de los vecinos. Debajo, solo con su tambor entre los gatos desconcertados, estaba el davulcu, el encargado de despertar a los ayunantes.

El suhur, la última comida antes de la salida del sol, es una recomendación religiosa y a la vez algo imprescindible para sobrellevar las largas horas de ayuno. Por lo general es una comida íntima. Los miembros de la casa se reúnen en piyama, medio dormidos, y entre bostezo y bostezo beben té y comen un desayuno que suele incluir las sobras (dulces o saladas) del día anterior. Pero antes de lograr llegar a la cocina, hubieron de despertarse primero, y es allí donde la función del davulcu es esencial.

Hubo un bello pasado en el que los relojes de pulsera no se habían inventado y las alarmas de los teléfonos no ocupaban aún su privilegiado lugar en la lista de pesadillas. Desde aquellos días algún joven lleva a cabo la tarea de caminar la ciudad abandonada y despertar a los durmientes con su tambor y con su canto para que no se pierdan su comida nocturna. La tradición logró sobrevivir hasta hoy, a pesar de que algunos barrios pretendan prohibirla alegando ruidos molestos.

Las poesías que entona el davulcu saludan al mes y animan a los ayunantes a continuar su adoración. Con el correr de los días cada vez más gente se asoma a la ventana para saludar a los tamboreros de Ramadán. Todo barrio tiene su davulcu y al final del mes estos pasarán casa por casa para recibir de los vecinos algo de dinero a cambio de haberlos despertado cada mañana al compás de la dulzura de sus versos.

Mucho después de que los tambores se hayan callado llega el momento de mirar los relojes y calcular cuánto se puede beber o comer en los pocos segundos que restan. Cuando suena la voz del muecín y despliega sus mil ecos sobre el tapiz oscuro de la noche todos saben que el ayuno ha comenzado. Es momento de rezar e irse a acostar, tratando de dormir con la pesada bendición de tener un estómago lleno.

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La primera mañana del mes de Ramadán la atmósfera es otra. Estambul es la misma, pero no podría ser más distinta. El ambiente se vuelve sagrado. La respiración de la ciudad se aletarga, se pacifica y algo extraño recorre el aire. El tiempo se desvanece sin depender de su habitual armazón de comidas. El día pasa de otra manera cuando no había que sentarse a la mesa, y, pese a que resulte extraño, hay veces que el ayuno proporciona una cierta energía, producto de la ansiedad de pasar las horas, que lleva a la actividad constante. Es por eso que los creyentes aprovechan a usar el tiempo (que de repente se torna elástico) para la lectura del Corán, las súplicas, las oraciones supererogatorias y las visitas a lugares sagrados.

Durante Ramadán pasan cosas especiales. En Estambul las mañanas pueden destinarse a recorrer las mezquitas al abrigo del calor del verano y a escuchar las recitaciones del Corán que se llevan a cabo en ellas diariamente al ritmo de una treintava parte por día. Por las tardes se puede recorrer las ferias que se instalan solamente en ese mes, colaborar en los puestos que juntan donaciones para los necesitados y aprovechar para entrar a sitios que comúnmente están cerrados. Muchos lugares de la ciudad abren sus puertas más secretas. El cuarto de reliquias sagradas del Palacio de Topkapi, el Hirka- e Saadet, permanece abierto al público y lo mismo sucede con las tumbas de los santos, que no cierran ni siquiera durante las noches.

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Además de purificar y fortalecer el vínculo con Dios, depurar el cuerpo de sus toxinas y darle un descanso al aparato digestivo, el ayuno de Ramadán tiene otros propósitos. Es un excelente ejercicio de justicia social, puesto que permite a los ricos pasar hambre y conocer en primera persona lo que los pobres sienten todos los días. También enseña a ejercer autocontrol, a contener las necesidades del cuerpo y a sobreponerse a ellas. Ayunar en Ramadán es, por alguna extraña y mística razón, más sencillo que permanecer diez minutos sin comer cualquier otro día. Hay un magnetismo, una energía especial en el mes que hace que todo sea posible, que lo difícil parezca más liviano. Una de las principales ventajas del mes es esa posibilidad de evidenciar lo minúsculos que somos, nuestra ingrata condición de esclavos de la materia que hace que tanto pobres como ricos, señores y vasallos, jóvenes y viejos, dependamos para sobrevivir de un mísero plato de comida, de la mezquina realidad del agua y del alimento. Sin ellos nuestras presuntuosas ínfulas y grandes expectativas no tardarían más que unos pocos días en pudrirse y desintegrarse junto a nuestro cuerpo marchito a causa del hambre y la sed. Al comparar nuestras titánicas pretensiones con la excesiva fragilidad de nuestra existencia surge un estremecimiento, semilla de fe y de religación con el Creador de los Mundos y Dador del Sustento. Y en pos de ese paso del sacrificio a la fe es que millones de musulmanes en el mundo entero por el transcurso de un mes se esfuerzan para alcanzar con el corazón el vislumbre de la faz divina.

A medida que se acerca el ocaso la ciudad se electrifica en la prisa de sus habitantes por llegar a casa a comer. La televisión emite programas especiales y a un lado de la pantalla aparece una cuenta regresiva que señala la hora de ruptura de ayuno de cada ciudad. Pero no todos los ayunantes regresan a sus moradas. Miles de ellos forman filas junto a las carpas que instala el municipio, algunas instituciones e incluso partidos políticos. Allí se reparte comida gratuita para miles de personas, sean pobres o ricos. Todo calla antes de la oración del ocaso, las calles quedan casi desiertas y aquel adhan o llamado a la oración se escucha puro en la calma del atardecer, como una voz de otro mundo que lentamente trae la vida. En algunas ciudades el inicio del iftar o cese del ayuno se señala con un cañonazo pero normalmente basta la voz del muecín, salida del minarete o del televisor. Hay veces que el adhan te encuentra en la fila de aquellos iftares públicos y hay tanta gente que faltan minutos para que logres entrar. Entonces alguien se saldrá de su lugar para comprar agua y dátiles y repartirlos con los que esperan a su lado. Al fin de cuentas Ramadán se trata más de compartir que de comer.

Después de haber estado horas enteras imaginando comidas disfrutamos del sabor de cada bocado y de cada sorbo. Cualquier plato se convierte en una delicia y nos sacia más pronto que lo que creíamos. Muchas veces hasta olvidamos comer las cosas que tanto habíamos anhelado. Aquel hambre que creíamos inagotable se acabó tan pronto sonó el adhan, como si no hubiera sido más que un persistente espejismo de nuestra mente.

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Hay muchos que eligen pasar su primer corte de ayuno junto a la tumba de un santo llamado Oruç Baba o “Padre Ayuno”. Se cree que aquel santo fue o bien un piadoso derviche o bien uno de los soldados que lucharon en la conquista de Estambul, y que pese a su pobreza mantenía diariamente su ayuno rompiéndolo por las noches con tan solo un mendrugo de pan y un vaso de vinagre. Miles de personas acuden a visitar su tumba al final del primer día de Ramadán para realizar el primer iftar a su lado, sin más bebida ni comida que el vinagre y el pan. Luego rezan una fatiha en  memoria de su alma y piden sus deseos a Allah, confiando en la intercesión de la visita.

Dios dice en una tradición sagrada que es él mismo quien recompensará el ayuno, puesto que le pertenece. Ramadán es el mes del perdón, en el que las buenas acciones adquieren una recompensa infinita y todas las faltas son borradas, pero para alcanzar esa misericordia hace falta que la intención sea genuina y que el corazón esté limpio. Hablar mal de otros, por ejemplo, anula automáticamente el ayuno, ya que es como si uno estuviera comiendo la carne de la persona sobre la que habla. Un famoso hadiz alerta que “mucha gente que ayuna no obtiene nada de su ayuno excepto hambre y sed y mucha gente que reza no obtiene nada de ello excepto cansancio”. Es por eso que los creyentes no se cansan de pedir el perdón divino y de intentar purificar sus corazones.

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Los tekkes de los sufis también se llenan en el mes del ayuno. Los derviches se reúnen antes del maghrib y celebran un iftar abierto. Decenas de mendigos se sientan a la mesa a comer platos especiales, más abundantes y más sabrosos que los de cualquier reunión. Entre oración y oración se vive un clima de fiesta, se reparten dulces y postres y se conversa alegremente. Cuando llega el momento del dhikr la energía es especialmente intensa. El enjambre humano es tan compacto que la temperatura de la sala aumenta y el zumbido de las respiraciones que dicen “huu” se eleva produciendo una vibración que lo envuelve todo. Luego llega el turno de la música. Se escogen los ilahis o canciones religiosas más alegres y tanto los músicos como los cantantes las interpretan con especial entusiasmo. Los caramelos de rosa que se reparten a la hora de partir hacen que la dulzura de la reunión perviva al menos hasta la mañana siguiente.

Donde sea que se coma, el iftar es comunitario. Todo el mundo se esfuerza por invitar a amigos y familiares a compartir el final de un día de ayuno y buena parte de las noches de Ramadán se pasan en compañía, ya sea como huésped o como anfitrión. Los menús, incluidos los que preparan en los restaurantes, comienzan con dátiles y agua para seguir la tradición profética y luego se deslizan hacia una creativa voluptuosidad de sabores. Acompañando el sinfín de platos no pueden faltar el Ramazan Pidesi (un pan chato y redondo con semillas de sésamo) y el sherbet especial. Por más propaganda que las gaseosas hagan pretendiendo convertirse en las bebidas oficiales de los iftares familiares, el sherbet de tradición persa y otomana aún persiste en las mesas recibiendo a los invitados con su deliciosa combinación de cerezas, ciruelas, pasas de uvas, jengibre, canela y clavo. Después de comer y descansar es habitual salir a la calle, armar improvisados picnics en las veredas, sentarse en una casa de té o salir a pasear.

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Caminando por las calles de Uskudar no es raro oír un coro de salawats o bendiciones al Profeta saliendo de una mezquita. Es que alguien ha llevado un poco de la Sakal-e Sherif o la barba del Profeta Muhammad para compartir su barakat o bendiciones con los demás. Con toda reverencia los fieles forman filas y avanzan lentamente entonando saludos para el Profeta y su familia hasta que les llegue el turno de besar el pequeño cofrecito que contiene los cabellos. Cuando por fin llegás frente a frente con su presencia es como si el canto de cientos de personas cesara dejando lugar a lágrimas de amor. Aquellas son las recompensas más hermosas del ayuno en la ciudad bendita.

Fue en una de aquellas caminatas interminables de mi primer viaje a Estambul que oí por primera vez hablar del Jidr, un misterioso personaje del Corán. Único en su tipo, es una especie de profeta, un amigo de Dios destinado a instruir con métodos poco ortodoxos a sus mensajeros, que pervive a través del tiempo. Su color, como indica su nombre en árabe, es el verde. Según cuenta una tradición puede aparecerse en las noches de Ramadán. Estará vestido de verde y al preguntársele de dónde viene, contestará que desde el Oriente. Desde que escuché su historia escrutaba ingenua las calles con la esperanza de encontrarlo. Y en una ciudad como Estambul no me parecía imposible.

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El corazón de Ramadán se encuentra en sus últimas noches. Lailatul Qadr o “La noche del Poder” es una de las Grandes Noches del Islam en la que las puertas del Paraíso se abren y todas las súplicas son aceptadas. Fue en la Noche del Poder cuando Dios hizo descender el Corán por primera vez y esa noche se les asigna a los ángeles las tareas que marcan el destino de cada cosa ese año: los nombres de los que morirán y nacerán, la distribución del alimento, el crecimiento de las plantas, la misericordia y el tormento. La recompensa de las buenas acciones en esa noche equivalen a 80 años de adoración y a quienes buscan a Dios en ella se les perdonan todos sus pecados anteriores.

Se sabe que Lailatul Qadr puede llegar en Ramadán, pero no se conoce su fecha exacta y hay que buscarla pasando las vigilias en oración. Si bien se ignora cuál puede ser la Noche Bendita, el Mensajero de Allah recomendó procurarla entre las noches impares del último tercio del mes. Hay muchos que permanecen orando por las noches en las mezquitas o en un rincón de sus casas deseando que el bendito mes nunca termine y que la calma de la noche de las bendiciones los envuelva por siempre bajo su manto. Porque como dijo el gran sheik Muzaffer Ozak: “si pasas tiempo a solas con tu Señor, un día se levantará el velo de tus ojos y verás los colores. Adquirirás el sentido del olfato y detectarás la fragancia de las rosas, los jacintos, los junquillos y los narcisos. Tu sordera desaparecerá y oirás la remembranza constante de Allah. El oído de tu corazón se abrirá y te deleitarás en la recitación del Corán. Debajo de los cantos de los ruiseñores y el murmullo de las aguas, oirás el sonido de la afirmación de la Unidad Divina.”

Cuando ya abrís la ventana justo antes de que el tamborero doble en tu esquina, cuando te acostumbraste a comer fideos a las cuatro de la mañana, cuando tu cuerpo se habituó a beber solo por las noches y la cabeza ya no duele, ese día terminó Ramadán. El Ramazan Bayrami o Eid ul Fitr es un día de fiesta en el que los musulmanes celebran el haber tenido la oportunidad de llevar a cabo un nuevo mes de adoración. En el Bayram el ayuno y la pena están prohibidas y se vive una metáfora del día en el que los creyentes entren al Paraíso después de haber esperado hambrientos y sedientos en el día del Juicio.

La celebración comienza temprano. El salat del fin del ayuno se reza en comunidad entre las 7 y 8 de la mañana. Para seguir las tradiciones del Profeta Muhammad lo mejor ese día es tomar un baño, ponerse las mejores ropas, perfumarse, e ir y volver a la mezquita por caminos distintos. Antes de la oración se entrega el zakat, la parte de la riqueza personal que pertenece a los pobres, para purificar cualquier falta cometida durante el ayuno y para que todos puedan celebrar con felicidad.

Las mezquitas están tan llenas que los hombres ocupan los sitios destinados a las mujeres y la oración especial se vuelve lamentablemente una práctica solamente masculina. En los tekkes sufis es muy distinto. Los derviches pasan juntos la última noche del mes, rezando, cantando ilahis y recitando el Corán. Cuando la mañana llega rezan y desayunan en comunidad. Donde sea que se celebre, después de la oración los musulmanes se saludan y se desean una fiesta feliz. Han empezado tres días de fiesta nacional y todos quieren estar con sus seres queridos. Los que los tienen cerca los visitan en sus casas o en los cementerios si ya no pertenecen al mundo de los vivos. Los que están lejos intentan volver a sus pueblos y es por eso que para esas fechas se agotan los vuelos y pasajes.

El primer día el transporte público es gratis y los demás cuesta la mitad de su precio, haciendo que sea más fácil salir en procura del resto de la familia. La etiqueta manda que se visite primero a los mayores y se les bese la mano a la espera de sus bendiciones. En cada casa ofrecen dulces (no por nada este día también se conoce como Şeker Bayrami o “fiesta de los dulces”) y una inagotable colección de manjares en cantidad suficiente para compensar cien siglos de ayuno. El segundo y tercer día se saluda a amigos y vecinos y los niños aprovechan los regalos, los caramelos y los espectáculos gratuitos de marionetas tradicionales. Es ese el momento del año en el que pedir perdón y reconciliarse con cualquier persona con la que uno estuviera enemistado.

carvansaray seker bayrami

Ramadán termina y dentro de la alegría hay lugar para la nostalgia. Aquel río de bendiciones que descendía hacia nosotros se nos torna invisible y las malas acciones comienzan a contarse. La comunidad se dispersa, los banquetes terminan, retornamos a los antiguos hábitos y el tiempo se acelera en su aburrida rutina de desayunos, almuerzos, meriendas y cenas. Por probarla a cada instante el agua pierde el maravilloso sabor que tiene en cada iftar y lo mismo le sucede al pan cuyo gusto pareciera más ordinario. Es que la gran fiesta ha acabado y no queda más que desear que llegue el próximo Ramadán.

 

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