Gjakova, las raíces sufíes de Kosovo

-Es difícil caminar por Gjakovë sin cruzarse con algún derviche. A cada paso que das, te encontrás saludando a alguien con un “hu[1]– decía Nesimi, el sheik más joven de Kosovo. Y era cierto: un breve paseo por la ciudad vieja puede descubrir las decenas de teqjas o tekkes sufíes pertenecientes a siete órdenes o tariqas distintas, porque Gjakova comparte con Prizren el honor de ser la capital sufi del país más nuevo de Europa.

Desde la colina de Çabrati se puede ver la ciudad entera, acompañada de una taza de té. Primero viene el anillo de las montañas, luego el de los edificios modernos que unos a otros tratan de sobrepasarse. Al final la vista reposa en el centro, un círculo de techos de teja sorprendidos aquí por un minarete, allá por el campanario de una iglesia serbia. Las calles del bazar son angostas y por sus antiguos adoquines apenas andan los autos. A cada lado de la vereda danzan sobre el empedrado los puestos del mercado. El primer piso de las tiendas de vieja y noble madera recuerda a Skopje, el segundo, de paredes blancas y pequeñas ventanas, es como toda típica construcción otomana. Los tejados rojizos protegen del sol del verano y de la nieve en invierno. Por la noche las vitrinas de los negocios se esconden tras postigones de madera, de día los vendedores se sientan fuera de sus tiendas a espiar el paso de la vida. Este mercado supo ser uno de los mayores y mejores centros de artesanato de la región, en donde se producían sombreros, cuchillos, armas, objetos de madera y telas. El Çarshia e Madhe o Gran Bazar es el más antiguo de Kosovo y ha sobrevivido tanto a la guerra como a la (muchas veces más letal) reconstrucción. Algunos de los oficios de su pasada gloria han desaparecido, muchos de los puestos permanecen cerrados, pero aún es posible distinguir la habilidad de los artesanos locales en los vestidos tradicionales y en las cunas de madera pintadas para mecer, como desde hace cientos de años, a los niños al ras del piso.

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Das vuelta la esquina y te encontrás con callejuelas en donde coloridos paraguas penden de lado a lado y decoran casas de té y bares cuyas mesas colonizan las veredas. Es allí donde se juntan los jóvenes kosovares a tomar un macchiato más delicioso y barato que el de cualquier cafetería italiana. Es que la cocina de Kosovo combina lo mejor del este y el oeste, en una amalgama perfecta de lo turco y lo latino enriquecida por ingredientes verdaderos cosechados en los campos cercanos: quesos con gusto a monte, panes de aroma a madera, tomates que murmuran recuerdos del verano.

Más allá, antes de que el Hotel Pashtriku lastime el paisaje con sus esperpénticas ínfulas de montaña y rascacielos, y de que den comienzo los barrios de nuevos edificios anónimos en donde Gjakove se volverá fatídicamente una ciudad como cualquier otra, aún respira la joya de la comarca, la antigua mezquita Hadum.

Dicen que Hadum era un pastor que fue reclutado de niño para servir al Imperio y que, después de haber alcanzado una buena posición, en 1594 regresó a su tierra natal para crear una mezquita y una escuela que con los años adquirió una biblioteca y se constituyó en un centro de conocimiento. Hay quienes piensan que la mezquita fue construida por el gran arquitecto Sinán, pero aunque no sea segura su autoría eso no menoscaba su belleza.

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La mezquita es pequeña y como todas las de los Balcanes, por dentro está pintada. Un balcón de madera señala el sitio en donde rezan las mujeres, con una vista privilegiada de los dibujos de la cúpula y del mimbar. Aquí no llegaban los azulejos turquesas, pero los artesanos del barroco albanés conseguían embellecer sus lugares de adoración llenándolos de color y alternando inscripciones de versos del Corán, dibujos de cipreses y flores, arabescos, figura geométricas y “mapas” de ciudades imaginarias, con sus mezquitas y sus casas-torre de muchos pisos llamadas “kula”. Todas aquellas figuras fueron trabajo de siglos de manos diferentes que agregaron su lento aporte en procura de la belleza. Gran parte de todo aquello no es original sino que ha sido reconstruido. La gran biblioteca y sus antiguos manuscritos cedieron al fuego y se volvieron ceniza cuando los serbios quemaron la mezquita en 1999. Después los saudíes se ofrecieron a “restaurar” el edificio, con la intención de demolerlo y hacer uno nuevo. Llevó años conseguir artesanos capaces de volver a pintar los antiguos frescos, pero valió la pena. Hoy no queda dentro un solo sitio sin color.

Parece un pueblo pero es una ciudad importante y su fundación se pierde en el pasado. Gjakove fue parte del Imperio Otomano y ocupó un lugar en el Vilayet de Kosovo, una administración tan grande que comprendía desde Skopje hasta Prizren, de Montenegro a Macedonia. En todo ese territorio viven aún hoy miles de albaneses repartidos en seis países. Ellos, junto con los bosniaks representan el Islam en los Balcanes.

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Por más de quinientos años el imperio turco se asentó en esas tierras y bajo su mando muchos albaneses alcanzaron grandes logros. En aquellos días ser albanés era una buena forma de acceder al poder: miles de niños de toda Albania eran reclutados en el devshirme para convertirse en jenízaros, y 42 de ellos llegaron al puesto de Gran Visir, el puesto más alto después del Sultán. El resto de la población continuaba con sus labores y remitía sus impuestos a Estambul. Las tasas se fijaban de acuerdo al credo, y los musulmanes pagaban un poco menos, para incentivar conversiones. Cuando el Sultán vio que muchos de los súbditos balcánicos conservaban en sus corazones lo que negaban con sus lenguas, decidió que sea el sufismo el emisario del Islam en las tierras del Oeste. Desde aquellos días los rituales de los derviches se han llevado a cabo de manera ininterrumpida. El siglo XX trajo oscuridad para el sufismo europeo: en Turquía la era ataturkiana prohibió los rituales sufíes, en Bosnia Tito cerró los monasterios, en la Albania de Hoxa no quedaron ni las mezquitas en pié. En Kosovo, por lo contrario, el sufismo permaneció intacto arraigado en las tradiciones populares más que académicas, resguardado en pequeños tekkes en los que usualmente vivían los sheiks y entre las barriadas pobres de las comunidades gitanas. Es que en Kosovo “sufismo” es el nombre del Islam.

Estamos hospedándonos en una tekja o “monasterio sufi” a cargo del sheik más joven de los Balcanes. Él vive allí mismo, junto a su bella esposa y a sus pequeños niños. La mayor lleva un nombre en albanés que significa “intuición” y el bebé el nombre de su bisabuelo y como buen lactante kosovar, pasa el día envuelto dentro de su cuna mecedora. La casa está unida al tekke y en la parte pública, con su pequeña mezquita y semahane, siempre hay algunos derviches leyendo, rezando, esperando servir al sheik y a su familia. Por las mañanas las visitas desfilan frente a la casa. Algunos son locales emigrados a países del norte que pasan sus vacaciones en su tierra natal y aprovechan para tomar la bendición del maestro. Parece una actividad meramente social, pero es más que eso. Si bien nunca vimos cómo se desarrollan las entrevistas, presenciamos un día algo especial. De un auto bajó una familia. Entre dos personas sostenían a una joven pálida, que a duras penas daba algunos pasos. Minutos después la misma muchacha dejó la sala del sheik recuperada, caminando por si misma.

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Por las tarde salíamos de paseo acompañados por un jovencito de la familia vecina a la casa, cuyo nombre impronunciable significa “recompensa” en español. Al costado del camino serpenteaban los arroyos que arrullaban la suave danza de las flores frente al cielo claro. Detrás del alambrado pastaban las vacas serenas y altivas y escondidos tras las nubes los montes nos espiaban. Cuesta arriba después de unos cuantos kilómetros de curvas ascendentes, hay un pequeño mausoleo llamado “Tyrbeja e Pulaj” o “tumba del pollo”, en Babaj i Bokes. Nadie recuerda el por qué del nombre, pero todos saben que allí descansa un derviche llamado Nezirit que vivió hace 300 años. Hay una familia encargada de proteger y cuidar la tumba, trabajo, como todos en Kosovo, que acarrean por generación en generación desde un tiempo tan lejano que nadie ha logrado llevar la cuenta. Dos de aquellos hombres nos muestran el lugar. Primero visitamos al santo. A diferencia de otras tradiciones islámicas, los hombres no rezan ni levantan las manos suplicantes al lado de la tumba, si no que como los alevíes turcos circunvalan el sarcófago en silencio besando cada extremo con veneración, y luego toman el enorme tesbih o rosario que se encuentra sobre la tumba, lo despliegan, y pasan por adentro como si fuera un anillo. Después nos llevan al cementerio lindante. Entre el césped verde se yergue una pequeña lápida. En la piedra hay tallados dos espirales y una inscripción en árabe, indescifrable pero intacta después de quien sabe cuántos siglos que las manos que la tallaron abandonaran el mundo.

Cada año llegan a esta aldea miles de peregrinos para celebrar una fiesta que se empalma, cómo no, con el culto a San Jorge y a la Primavera. Los visitantes llegan incluso desde Albania y ese día se sacrifican tantos corderos que su sangre puede verse corriendo monte abajo por el cementerio. No solo los musulmanes acuden a esa celebración, si no también los cristianos albaneses de la zona concurren a disfrutar del festín y ofrecer sus plegarias para el derviche. Para todos los 6 de mayo los cuidadores de las tumbas toman el dinero de las donaciones recibidas y con él compran los corderos. Dicen que es el santo el que alimenta a la gente, no ellos. Si la carne parece alguna vez insuficiente, me confiesan embelezados, entonces se larga a llover y mucha gente se aleja, haciendo que la comida alcance para los demás.

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Mientras paseábamos aprovechábamos para interrogar a nuestro joven guía sobre las maravillas y misterios de esa cultura, la albanesa, con la que nos topábamos por primera vez. Muchas de las tradiciones se abrevan más del kanun (un enigmático conjunto de leyes orales basadas en el honor y la hospitalidad) que en el Corán. “Recompensa” era el hijo menor de una familia de derviches. Su familia había servido desde hace múltiples generaciones a la del sheik vecino, recibiendo por siglos la guía espiritual de sus vecinos. En Kosovo el sufismo es una forma de vida y de organización social, amigable y cotidiana, y pocas cosas escapan al consejo del sheik. Al ser “Recompensa” el más pequeño de los varones le corresponderá quedarse en su casa y cuidar de los padres. En ello, que nos resulta medieval desde nuestro punto de vista, hay una sabiduría: el más pequeño es el más desprotegido para ir a buscarse la vida a otra parte, y el que menos tiempo debe esperar la muerte de sus mayores. El sheik, entre todas sus funciones, tiene también la de repartir las tierras entre los hermanos varones para evitar disputas, mientras que a las hijas mujeres les queda casarse y tomar su parte de las tierras de sus maridos.

Nuestro amigo “Recompensa”, explicándonos los detalles de ese mundo lleno de signos nuevos, nos habló entonces de las tradiciones de bodas, de que todavía suceden los secuestros de novias, de cómo todo el pueblo está invitado a la fiesta (aunque en dos fiestas distintas, una para los hombres y otra para las mujeres) y de que en esas tierras donde el dinero no abunda cinco euros constituyen un buen regalo de casamiento. Recordó con orgullo la boda de su hermana cuando, en fila junto a sus familiares, agradecieron a todos los asistentes su valiosa presencia. Los casamientos son la fiesta de las fiestas, un motivo de orgullo para los parientes y el anhelo constante de los solteros.

De nuevo en la ciudad visitamos otros tekkes que sobresalían por su antigüedad en donde nos recibían sus derviches enseñándonos cuánto hubiera en ellos. Son tantos que es imposible conocerlos todos en poco tiempo, y menos aún saborear sus aromas e historias en escasos días. Los más famosos son el tekke de Sheh Eminit, construido en 1730 y el Gran Tekke, ambos pertenecientes a la tariqa Saadi, una de las más extendidas en Albania. El gran tekke, o Teqeja e Madhe en albanés, es el más antiguo y fue fundado por Sheikh Suleiman Axhiza Baba hace casi quinientos años. Aquellas bellas casas otomanas de paredes blancas y pequeñas ventanas de madera comparten una estructura similar. No pueden notarse desde afuera más que por su cartel, si lo tienen y tras franquear un antiguo portón que los separa de la calle se accede a un pequeño jardín. Dentro están las tyrbe, las tumbas de los santos, el semahane o sitio para las ceremonias de los derviches y también las viviendas de los maestros y sus familias. En una habitación del tekke de Sheh Eminit donde se guardaban las reliquias, entre las paredes llenas de retratos de antiguos sheiks, había un cuadro con casilleros escritos en árabe y serpientes dibujadas por encima. Pregunté al shehzade (literalmente “hijo del sheik” pero también “príncipe”, título honorífico con el que se respeta a los descendientes de sufíes en los Balcanes) de qué se trataba y me explicó que era un antiguo wisal o “ajedrez místico”, un método de conocimiento personal con aspecto de juego. Ya nadie en ese tekke juega con aquel tablero pero todos saben que en otras épocas los derviches lo utilizaban solamente con la autorización de su sheik y que, con la anuencia divina, puede mostrarle a cada uno su nivel espiritual. Son cien casilleros con distintas cualidades, positivas y negativas, conectados por serpientes y líneas en base a una sabiduría especial que enigmáticamente va, por ejemplo, del amor al mal carácter o del abandono a la dualidad. Es una pena que ya nadie recuerde cómo jugar al wisal o cómo extraer de él su anciano conocimiento, pero eso no es solamente un síntoma de Kosovo. Este juego, que nació en India para mostrar la posible evolución de una vida humana y tiene versiones budistas, hinduistas y jainistas fue descubierto por los ingleses durante la colonia y condenado al triste destino de mero entretenimiento bajo el famoso nombre de “serpientes y escaleras”.

Hay en Gjakove iglesias casi a la par de los tekkes, pero ya nadie reza en ellas. Durante los días del Imperio, musulmanes y cristianos compartieron el mismo territorio en paz, pero con la pérdida de poder otomano comenzaron los conflictos. Fue en Kosovo que la reivindicación de la identidad albanesa tomó forma por primera vez en 1878 y tras la formación de la Liga de Prizren los albaneses comenzaron a luchar por unificarse y adquirir mayores derechos. Entonces comenzó el enfrentamiento con los serbios. Con la llegada de Tito renació el mito de la unidad plurinacional, pero la disolución de Yugoslavia dejó preparada la arena para una nueva guerra.

tekkes en kosovo

Nadie olvida la guerra en Kosovo. Ni tus parientes que se alarman anacrónicamente, cuando les contás que estás yendo para allá, ni los extranjeros que viven ahí para intentar pacificar las cosas, ni los escasos serbios que aún mascan rencor en sus enclaves, ni los albaneses que salieron victoriosos a costa de perder demasiado.

El conflicto duró poco más de un año pero a su término, en 1999, dejó más de 12.000 muertos, enfrentando otra vez serbios contra musulmanes como una sangrienta secuela de la guerra de Bosnia. Las potencias mundiales volvieron a aprovechar la ocasión para fingir su enemistad matando a gente común en tierras que no son las suyas y hasta las Naciones Unidas tuvieron la oportunidad de descargar sus bombas para promover la paz.

Ahora Kosovo es un “país libre”, valgan las comillas, no por la falta libertad sino por el escaso reconocimiento internacional que obliga a los kosovares a usar documentos con menos aval que un álbum de figuritas o un autógrafo de Messi. Los pasaportes de los viajeros no se salvan de esta extraña condición: los oficiales de la frontera no son rencorosos y dejan entrar a todo el mundo, pero como si les diera vergüenza, te estampan su sello en las páginas más recónditas de tu pasaporte[2].

Puede decirse que la guerra empezó en Gjakova, o al menos eso es cierto para la familia del sheik Nesimi. En frente de la casa, en una pradera verde, hay un cementerio pequeño en donde reposan las tumbas de los que ya dejaron el mundo. Allí están, grabados en las lápidas, los retratos de los ancianos que murieron de tan viejos, dibujados con sus vestimentas tradicionales. Hay también tumbas más humildes, marcadas simplemente con un pilón de tierra y una tabla de madera. Y también las hay de las otras, de las más tristes. Son las que llevan grabada la bandera de Albania, las que tienen la misma fecha final, las de los mártires. El más joven de ellos es Nesimi Dervishdana, el tío de nuestro anfitrión.

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La familia Dervishdana tiene tras de sí un historial de espiritualidad pero también de martirio. Por siete generaciones sus miembros fueron sheiks, por cuatro sufis, y por cuatro también encontraron la muerte defendiendo a su país. Los nombres de aquellos que morían pasaban de generación en generación: el Nesimi cuya historia voy a contar tomó el suyo de un antepasado que murió luchando en la segunda Guerra Mundial alcanzado por una bala nazi, y él a su vez, después de morir, cedió su nombre al sheik que nos alojaba.

Una noche hace ya casi 30 años, el sheik Zeynel Abidin anunció a sus seguidores que su joven hijo Nesimi moriría en menos de un año como un mártir. Nadie entendió como aquello podía suceder en una ciudad tan pacífica como Gjakova, hasta que comenzó el conflicto con los serbios. El día del Eid de 1989 Nesimi, de diecisiete años y mirada de niño congelada en su retrato, estaba frente al Hotel Pashtriku cuando lo alcanzó una bala serbia que acabó con su vida. Aquel día los serbios habían comenzado a provocar a los ciudadanos albaneses, acosando a las mujeres e insultando a todos. Fue en ese contexto que un soldado, escondido detrás del hotel, le disparó al muchacho. Allí donde cayó se yergue hoy una estatua que no logra reparar su ausencia. En el hospital lo operaron con negligencia y por eso tuvo que ser intervenido tres veces antes de morir. A pesar de que el Estado se negara rotundamente a celebrar un funeral amenazando a la familia con quitarles el cuerpo de su hijo, los Dervishdana enterraron a Nesimi con una gran escolta fúnebre a la que asistieron más de 40.000 personas. Nadie olvidó jamás ese atrevimiento. Fahri y Emini, los hermanos menores de Nesimi fueron encarcelados por su participación política, pero la agonía de la familia no terminó allí. Otra noche del Eid, diez años después, mientras el sheik Zeynel Abidin de ya 59 años se encontraba conversando con sus dos hijos y tres de sus derviches, un comando de cetniks con máscaras negras entró a su tekke y los asesinó a todos. Allí nuestro anfitrión, el joven sheik que entonces era un niño, perdió a su padre, a su abuelo y al único tío que le quedaba con vida. Esa masacre contra gente desarmada jamás se olvidará en Gjakova. Desde cualquier punto del cementerio se distingue el pequeño mausoleo en el que se encuentran sus tumbas. Los sarcófagos de madera están cubiertos por alfombras, telas y tesbihs y en la cabeza de la tumba llevan un tocado de bordado simbolizando un turbante aunque los cuerpos estén enterrados bajo la tierra sin ataúd. Todos los días alguien del pueblo visita el lugar y ofrece una súplica por sus almas.

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Después de que su padre y su abuelo murieran, Nesimi se convirtió en sheik con apenas 18 años y construyó de nuevo todo lo que los serbios habían destruido. Las paredes del nuevo tekke son de una especie de mármol, lo suficientemente sólidas para conjurar la derrota del tiempo y resistir otras hogueras. Adentro la luz inunda un semahane completamente lleno de símbolos. A un lado del mihrab descansa el estandarte de la tariqa Saadi y de las paredes penden caligrafías y, más allá, retratos de sheiks. Sobre el suelo yace una multitud de coloridas alfombras y también un círculo de pieles de oveja pintadas de diferentes colores que marcan las jerarquías dentro del tekke. Hay una pequeña vitrina con objetos antiguos de valor simbólico. Allí se mezclan unos cuantos libros añejos con largas pipas tradicionales, armas viejas, cornamentas de cievos, y choclos morados. Cuando pregunté qué significaban estos últimos los derviches se distinguieron en dos opiniones distintas. Algunos afirmaron que, como pocos son los maíces de ese color, encontrar uno señala al campesino como el más trabajador. Otros, más inclinados a la poesía dijeron que son choclos que tomaron el color de la sangre por la tristeza que sufrió la tierra al tener que enterrar a tantos sheiks asesinados durante la guerra.

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En un estante descansan ordenados los gorros blancos de los derviches, hechos de fieltro. A su lado esperan los kudüm, pequeños tambores de madera y en una fila que me intimida se alinean los zarf, pinches de metal anchos como una aguja de coser con una bola de madera en el extremo opuesto al filo, de la que penden pequeñas cadenas. Con ellos los sufis se perforan piel en las grandes noches.

No solo fue Kosovo el único lugar en donde el sufismo continuó sin interrupciones externas, si no que también es uno de los pocos sitios en los que se preservan los rituales otomanos en su forma original. Por la gran influencia bektashi pueden verse en los Balcanes tradiciones ya extintas en Turquía, de raíz persa aunque completamente imbricadas con los cultos locales. Los sufíes del este, a diferencia de sus hermanos turcos, aún festejan noruz, el año nuevo zoroastriano y conmemoran el matam, los diez primeros días del mes de Muharram.

En los diez primeros días del primer mes del calendario islámico los musulmanes recuerdan la masacre de Karbalá, cuando el Imam Husein (nieto del profeta Muhammad) y 72 de sus compañeros fueron martirizados. El luto que los fieles shiítas llevan a cabo en recuerdo de la tragedia incluye teatralizaciones de la batalla, letanías, y desfiles en los que los hombres se golpean en el pecho e incluso se flagelan con cadenas o espadas[3]. En el resto del mundo islámico Ashura (el nombre que toma el décimo día de Muharram) parece convertirse en una simple conmemoración, atrapada entre la reflexión sobre la tragedia y la celebración de otros hechos auspiciosos acaecidos ese mismo día[4]. Pero para los sufíes de los Balcanes[5], Ashura es un momento especial, es el extremo épico de diez días y diez noches de pasión.

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No pude vivir en Gjakova aquella magnifica ceremonia, pero vi brillar de emoción los ojos de quienes me contaban sus tradiciones. Durante diez días nadie bebe agua limpia en honor a Hussein y su familia a quienes les fue negada el agua toman solo café, ayran o agua embarrada. Tampoco se bañan, ni se cambian de ropa, ni se cortan el pelo o las uñas, los esposos se abstienen de dormir en la misma cama y nadie osa matar siquiera un insecto recordando al Imam y a sus seguidores.

Cuando llega finalmente el décimo día del mes las mujeres preparan un postre de tradición llamado también “ashura”, inspirado en un dulce hecho por el profeta Noé con todos los alimentos que había en su arca. Las mujeres cocinan durante horas turnándose para revolver ollas inmensas. Cuando todo está listo los derviches se reúnen junto al semahane alimentados con una de las comidas más antiguas del mundo y vestidos con sus túnicas, chalecos y gorros. Entonces comienzan los cánticos de alabanza, las rítmicas invocaciones de los nombres divinos, la respiración acentuada, los movimientos rituales y cuando el ritmo se acelera el aire cambia, se estremece, se sacraliza. Con total reverencia el sheik toma un zarf. Frente a él se inclina un derviche, a la espera. El maestro susurra algo al pinche, lo besa, le habla y finalmente lo penetra en la mejilla de su discípulo, atravesando su cara de lado a lado. No hay muestras de dolor, no hay sufrimiento. Dicen que, de haber sangre, esta solo mana del primer derviche y es casi imperceptible, y que todos los que le siguen permanecen impolutos. Con aquellas pequeñas espadas clavadas en la piel, los sufíes, ancianos y niños, prosiguen su danza sagrada recordando los nombres divinos. La “prueba” de fe los religa con el padecimiento de los mártires y con la baraka del milagro. La vigilia durará de seguro hasta la mañana. La tierra sobre la que danzan aquellos albaneses se irá a dormir otra vez oyendo el sonido del “hu”, tal como lo hizo con los antepasados de estos hombres por más de quinientos años.

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La noche de nuestro viaje llega también y sin saberlo partimos de Gjakova con las mochilas cargadas de bendiciones. Miramos atrás para despedirnos del tekke nuevo, invencible como si de una fortaleza se tratara. En frente está el cementerio donde descansa el sheik Zeynel Abidin; dentro de la casa duerme acompasado el niño que lleva su nombre. Y es como si una raíz de ternura socavara los cimientos de la tumba hasta la cuna y ligara al anciano y a su bisnieto, uniéndolos bajo el manto del amor sagrado. Nada pudo la guerra en Gjakova. A cada paso que das, te encontrás saludando a alguien con un “hu”.

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[1] Hu, de “hua”, él , es un pronombre árabe que los sufíes usan para referirse a Dios. Según Muzaffer Ozak, un santo del siglo pasado, en toda remembranza de los nombres de Dios hay una expectativa. Para aquellos que recuerdan a Dios con el nombre hu, la expectativa no es ni el perdón ni la misericordia, sino que simplemente anhelan la presencia divina. “Hu-escribe Muzaffer Efendi en su libro Irshad– es la remembranza de aquellos que no ven más que uno en la multiplicidad de Allah”.

[2] No se trata solamente de que no quieran escandalizar a los incrédulos de su independencia. Serbia, el vecino enemigo, no reconoce a Kosovo como país, por lo que si te encuentran un sello kosovar pueden acusarte de haber entrado ilegalmente a su territorio.

[3] En Irán hoy en día ha sido prohibido producirse cortes para derramar la propia sangre en solidaridad con el sufrimiento de los Imames y como alternativa el estado proporciona unidades para donar sangre.

[4] Muchos creen que el 10 de Muharram es un día especial en el que ocurrieron infinidad de sucesos importantes: el arca de Noé llegó a tierra, el profeta Adan fue perdonado, la senda del Mar Rojo fue abierta para Moisés y Jonás escapó de la ballena.

[5] Y también para los alevíes y los bektashi, que ayunan durante esos días.

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