Postales V: Ulu Cami, los secretos de la Gran Mezquita de Bursa

Una inesperada lluvia de verano nos empujó a entrar, sorprendidos y mojados, en busca de refugio. El bullicio cesó de pronto y nos internamos en un sutil bosque de columnas, armonioso, misterioso, inmenso.

Cuando hace siglos el famoso Evliya Çelebi pasó por Bursa no resistió la tentación de llamar a la Ulu Cami, su gran mezquita, la Hagia Sofia de la ciudad verde. Es que su tamaño es simplemente colosal. Si se compara la superficie cubierta, es sin duda la mezquita más grande de toda Turquía, con más de 2200 metros cuadrados. Semejantes dimensiones son el resultado de una promesa: el cuarto sultán otomano, Bayezid, había prometido construir 20 mezquitas si vencía en la batalla de Niğbolu. Para conmemorar la victoria decidió construir una única y magnífica cami, tan grande como para sostener 20 domos, uno por cada mezquita prometida.

carvansaray ulu camii

La Ulu Cami está cargada de símbolos, de secretos y de leyendas, como un Notre Dame islámico. Fue construida entre los años 1396 y 1400 y como decenas de otras mezquitas, se adjudica la fama de ser la cuarta más importante del mundo musulmán. Para sostener semejante título los amantes de la mezquita se basan tanto en las particularidades de su arquitectura como en su relevancia histórica, sin olvidar la más importante: las miles de historias que aquellas paredes pintadas pudieron generar, multiplicar y dislocar en sus casi setecientos años de existencia.

Como todo buen lugar sagrado la Ulu Cami alberga una reliquia. Sobre una de las paredes está, enmarcada tras un vidrio, la tela que alguna vez cubrió la puerta de la bendita Kaaba, y que fuera llevada tras la conquista de la Meca, por el Sultán Selim con sus propias manos como regalo a la mezquita de la antigua capital. También, como todo lugar legendario, merece la especial gloria de albergar un secreto. En el púlpito de madera hay tallados unos círculos en relieve que fácilmente pueden pasar desapercibidos a causa de su falta de simetría. No son una mera decoración, si no que, según algunos estudiosos, se trata de una representación a escala de nuestro sistema solar , hecha siglos antes de que algunos de aquellos planetas se conocieran; mera coincidencia o destellos de una sabiduría abandonada, la elección queda en la voluntad del lector.

rezo en mequita de bursa carvansaray

La más evidente de las singularidades de la Ulu Cami es su şadırvan, la fuente de agua de mármol blanco de dieciocho esquinas construida debajo de un domo transparente. Originalmente ese domo estaba descubierto, y recolectaba el agua de la lluvia que caía a la pileta. Hoy la lluvia ya no entra, pero la luz continúa haciendo danzar al agua y proyectándose levemente en las paredes. La fuente es usada para realizar las abluciones rituales, pero ni el wudu ni la lluvia son las razones por las que está ahí, si no que para conocer su origen hay que remontarse a las viejas historias, más antiguas incluso que la mezquita.

mezquita bursa fuente

Según una versión, cuando en 1396 el Sultán Bayezid  preguntó por un sitio en dónde construir su mezquita todos sus asesores señalaron el mismo lugar e inmediatamente Bayezid se enamoró de aquel sitio. Pero había un pequeño problema. Una anciana (algunos dicen que no era musulmana) que vivía en medio de esas tierras se negaba a vender su casa. Primero la visitaron los visires, luego hasta el mismo sultán fue a rogarle que vendiera, pero la mujer continuaba rechazando la oferta. Desesperado, el sultán consultó a su yerno, Emir Sultán, quien se limitó a sonreír : -qué no puede cambiar en una  noche- dijo. Aquella madrugada la mujer sueña que es el día del juicio y que la confusión y el terror reinan por doquier. Sin embargo hay un punto de intersección, quien lo alcanza se salva. Intenta correr, pero ni siquiera puede mover los pies. Desesperada ve a Emir Sultán y se queja: todos están yendo al paraíso, menos ella.

Con ternura, el sufi le pregunta si quiere salvarse. –“Por supuesto!”- responde la mujer. –“Entonces no entristezcas al sultán”- le aconseja el sabio. A la mañana siguiente la anciana va a buscar a Bayezit, porque tiene una noticia que darle, acepta vender.

bursa ulu cami arquitectura otomana

Por respeto a la señora, deciden hacer la fuente en donde se encontraba su casa. Según otra versión, la mujer jamás aceptó la oferta y el sultán se conformó con respetar su voluntad. Solo tras su muerte lograron comprar la casa a sus herederos, y construyeron la fuente porque no está permitido rezar en un sitio que ha sido usurpado. Hay quienes afirman que la fuente está ahí por motivos estéticos y que la leyenda de la mujer es solo una copia de una historia árabe, lo cierto es que el agua aún sigue brotando desde el monte Uludag y que su bello murmullo se entremezcla dulcemente con la recitación del Corán. La şadırvan es un bello ornamento de la mezquita y el recordatorio de una lección: ni siquiera el capricho piadoso de un sultán puede arrebatar el derecho de una anciana. Y, además, la fuente sirve para reflejar la verdadera gloria de la mezquita, sus paredes.

A diferencia de las mezquitas de Estambul, la Ulu Cami no tiene azulejos, no los necesita. Sus enormes muros están cubiertos por más de cien inscripciones hechas por los más destacados calígrafos de la época. Están sobre la piel de las columnas, tatuadas en las paredes, o enmarcadas en grandes cuadros y narran aleyas de Corán, dichos del Profeta, o proverbios religiosos. La caligrafía es un arte callado, pero musical: las letras respiran marcando ritmos y cadencias de colores. El rojo, el negro y el dorado se acercan y se alejan, se cruzan, se abrazan y se sueltan en su tersa danza contra la blancura del muro. A su lado nos sentimos pequeños, son tan inmensas las letras que parece que cabemos en el punto de una ba,  que podríamos acostarnos dentro de la “l” de la palabra Allah u apoyarnos en una alif como si fuera un bastón. Estáticas, conocen más del arte del movimiento que nuestras propias piernas cansadas. Desde hace siglos viven en esa mezquita, y oyen las secretas plegarias de los fieles.

bursa jidr carvansaray

De todas aquellas hermosas letras hay una capaz de albergar más misterios y más historias. Se trata de la “u” árabe, la wau. En cada pared de la gran mezquita hay al menos una wau representada. Esa elegante letra contiene múltiples significados. Su forma tulipanada recuerda de la belleza de Dios, a alguien postrado en oración, a un niño dentro del vientre de su madre. En árabe significa también “y”, la palabra que sirve de nexo entre las demás, y es la inicial de muchas hermosas cualidades de Allah, como el amor y la unicidad. En el Corán, se usa para jurar por los diferentes momentos del día. Para los aprendices de calígrafos es algo así como la prueba final, la más difícil de las letras, y una de las más bellas.

De las wau de la Ulu Cami específicamente se cuentan asombrosas historias. Se cree que las súplicas debajo del gran cuadro de madera con la wau son aceptadas. Hoy aquella caligrafía está recubierta para evitar que los suplicantes se lleven una pequeña astilla de la pintura como recuerdo del juramento.

1 carvansaray bursa caligrafia (2)

Cuando la mezquita se estaba edificando, un famoso sufi de Bursa llamado Somuncu Baba solía ir a la mezquita a llevarles pan a los trabajadores cuando vio a un hombre rezando justo debajo de una wau. Algo en él le llamó la atención y gracias a su sabiduría pronto se dio cuenta de que aquel hombre era el Jidr, el misteriosísimo personaje islámico, mezcla de santo y de profeta. –Vos sos el Jidr- lo increpó, y con una iluminada desfachatez lo amenazó- voy a descubrirte delante de todos estos hombres a menos que me prometas venir a rezar todos los días a esta mezquita, hasta el final de los tiempos.- El noble Jidr le dio su palabra. Nadie sabe a cuál rezo acudirá, pero se cree que acostumbra rezar debajo de una de las wau de la mezquita.

Según otra leyenda quien realiza la oración de la mañana en la mezquita por cuarenta días consecutivos, tendrá el honor de conocer al Jidr. Un hombre tomó el reto y después de haber cumplido la mañana número cuarenta se dispuso a esperar sentado sobre la alfombra. Adormecido y aletargado, veía cómo la luz entraba en la mezquita y los hombres se marchaban, con su deber completo, a continuar el sueño o a comenzar el día. Después de un rato, sintió una mano en su hombro. Era seguramente un forastero. Con cortesía, el recién llegado le preguntó qué esperaba a esa desacostumbrada hora.

1 carvansaray bursa caligrafia arte

–Hoy cumplí las cuarenta mañanas rezando en esta mezquita. Dicen que a quien lo hace le es dado conocer al Jidr. Lo espero a él, pero no vino.- respondió el hombre, un tanto decepcionado.

-Ah, sí, conozco la historia -replicó el extranjero- dicen que el Jidr vino, se sacó el abrigo, lo colgó ahí, después rezó y se fue- le explicó al que esperaba mientras él mismo se quitaba la campera, la colgaba y se disponía a rezar.

Después de su oración, el forastero se puso de pie, y se excusó con el lugareño:

-Tengo que irme, pero no te decepciones, seguí esperando, que seguramente lo verás- dijo, y partió.

El hombre continuó en su letárgico sentar sobre la alfombra, entre dormido y pensativo. Un rato después sus ojos cayeron sobre el lugar donde el forastero había colgado su chaqueta. Y entonces lo vio. En la pared no había ningún perchero, ni siquiera un simple clavo. Solo una wau pintada. Y entonces supo que esa wau había sostenido el abrigo, que aquel visitante no era otro que el Jidr y que su espera había terminado.

1 carvansaray bursa caligrafia tugra

Si bien el Jidr es el más ilustre de los visitantes de la Ulu Cami, no es el único santo en la historia de la mezquita. Fue Emir Sultán el que propuso su construcción e hizo la primer jutba o sermón, Somuncu Baba el primero en dirigir la oración (se dice que a la salida todos los asistentes afirmaron haberle dado la mano, pese a haber salido por tres puertas diferentes) Suleyman Celebi, el autor de un famoso mevlid o canto de alabanza al profeta, fue el primer imam y el primer muecín Üftade Hazretleri, maestro del famoso Aziz Mahmut Hüdai.

No solo los nombres de los santos de la Ulu Cami pasaron a la historia: gracias a una rara mueca del destino uno de sus albañiles se hizo más famoso que el mismísimo arquitecto, tanto que no hay en toda Turquía quien, setecientos años después, no lo conozca. Se trata de Kambur Bali Çelebi, un obrero de la Gran Mezquita cuyas imitaciones y ocurrencias eran tan notoriamente graciosas que distraían al resto de los trabajadores de sus obligaciones y los reunían en un corro de risas. Bayezit, según dicen, mandó a matar a aquel hombre que retrasaba con su humor la construcción de su obra, y en su memoria surgió un teatro de sombras que conserva su vitalidad hasta hoy en día.

leyendas de bursa

Los personajes del karagöz son figuras bidimensionales, vestidos con antiguos trajes de la época otomana y siempre de perfil, que miran son su único ojo a sus interlocutores, a través de una pantalla. Tradicionalmente las marionetas estaban hechas de piel de camello tratada con aceite para lograr una mayor transparencia y luego hermosamente decoradas, pese a que sus colores que no puedan sen del todo vistos por el público. El teatro de sombras toma su nombre de Karagöz, “el de ojos negros”, uno de sus dos personajes del dúo cómico, contrapuesto a Hacivat (abreviatura de Haci Ivaz, o “Ivaz el que completó la peregrinación a Meca”). El primero es rústico y algo tonto, el segundo, poético y sofisticado. Más allá de sus interminables rencillas, el teatro es un mosaico de los diferentes pueblos del gran imperio. El hayalî es el encargado de presionar las figuras con un pequeño palito y moverlas contra la pantalla semitransparente iluminada desde atrás y, además, de imitar más de una decena de acentos y dialectos para dar voz a los personajes. Muchas veces el titiritero está rodeado de sus asistentes o acompañado de algún músico o cantante. Salvo los héroes, el resto de personajes no son más que tipificaciones de la época que dan al maestro la posibilidad de lucirse imitando distintos estilos de habla. Así cobran vida el matiz (borracho), el tuzsuz çelebi (joven atractivo que seduce a las doncellas), o el tiryaki (adormilado adicto al opio) o aquellos que se definen por su origen, como el arnavut (albano), el yahudi (judío), el çerkez (circasiano) o el kurt (kurdo). Solo hay un personaje femenino, zenne, que representa alternativamente a mujeres de diversas edades y condición.

cravansaray mezquitas turcas

Si bien muchas veces las figuras de karagoz representan historias tradicionales, como las epopeyas amorosas de Sirin y Ferhat, usualmente el espectáculo consiste en cuatro partes. En la introducción, mukaddime, los contrastantes protagonistas pelean. La segunda parte, muhavere, da cuenta del desarrollo de la trama. En la tercer parte se presentan los otros personajes y la cuarta parte, el final, termina con una nueva reyerta. Malentendidos, equívocos, exageraciones, chistes y gags son los elementos con los que crea el maestro de karagöz su teatro, que no se queda solo en el humor y la risa, sino que incluye la crítica, y más importante aún, un sentido místico o filosófico profundo. Hoy en día el karagöz pervive en todo el país, especialmente en Ramadán y en la ciudad de Bursa aquellos entrañables personajes cuentan con un museo y con una tumba de fantasía, en donde sus seguidores pueden recordar su memoria con una sonrisa.

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Los fantasmas del karagoz deambulaban junto a la memoria de santos y sultanes. Dentro de la inmensa mezquita había lugar para todos. Los turistas sacaban fotos. Algunos ancianos rezaban o leían el Corán en silencio. Más allá, un hafiz recitaba hermosamente para un grupo de hombres que lo oían sentados en el piso. Otros hacían la ablución en la fuente, o conversaban andando con pasos lentos. Los pocos niños que había se deleitaban con la amplitud del espacio, pero pronto abandonaban sus correteos no tanto por ceder a las reprimendas de sus madres, si no como embelezados por el susurro del agua. En cuanto a las mujeres, algunas estaban simplemente sentadas atrás, también rezando o esperando la hora de la oración de la tarde. Otras estaban detrás de una mashrabiya de madera calada, leyendo el Corán o practicando árabe, rezando en sus tesbihs o simplemente contemplando, dejando la tarde y el ayuno pasar. La mezquita se desperezaba de una nueva jornada  y aún repleta, parecía vacía, albergaba a todos sin pertenecer a ninguno, daba refugio en su fresco regazo de cúpulas y alfombras. Andaba entre aquella multitud, latente, adormecida y a la vez alerta, absorta. La manta del tiempo se me había deshilachado y yo misma me había perdido junto con las horas, me había disuelto entre aquella callada multitud y esos muros tan llenos de voces. Un rayo de sol entrometido se coló por la puerta para avisarnos que la lluvia había cesado y sin darnos cuenta lo seguimos hasta afuera y pronto volvimos a perdernos en el ruido del bazar de Bursa y la anciana algarabía de sus calles. El cosmos de la Ulu Cami volvía a replegarse sobre sí mismo, esperando una vez más la visita del misterioso profeta.

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