Las crónicas persas VI: Qeshm y Bandar Abbas, las tierras del fuego iraní

Si mi pequeña hija hubiera estado conmigo no lo habría dudado ni por un segundo. Al bajar del micro en la estación me hubiera dado la vuelta y habría usado toda una retórica incomprensible para convencer al chofer de que nos llevase de regreso a Shiraz. Pero por entonces nuestra niña no había llegado aún a este mundo y mi testarudez le dio a Bandar Abbas el beneficio de la duda.

Había oído cientos de veces sobre el calor agobiante de aquella zona, y aún así logré subestimar los comentarios emitidos por gente en cuyas ciudades, cuando nadie me veía, me cubría la cara porque me quemaba el sol. Nada se compara con la propia experiencia, me dije, y le creí al pronóstico que anunciaba apenas unos 40 grados para el resto de la semana. No consideré que la humedad que falta en todo Irán hasta el punto de que se te agrieten los labios y enrojezcan los ojos, iba a condensarse toda junta en el sur peninsular del país convirtiéndose en una bola de fuego, elevando la sensación térmica hasta cifras imposibles. Y cuando a las 5 de la mañana de un día de mayo di un paso fuera del colectivo con aire acondicionado la realidad me saludó con su abanico de ardiente incandescencia, y un calor inverosímil, que jamás podría haber imaginado, me dio la bienvenida a Bandar Abbas.

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El mercado de Bandar Abbas

El día y yo nos despertábamos al unísono y mientras que él se sacudía de los velos de la noche yo me refregaba los ojos en vano, porque sentía que acababa de entrar en un nuevo sueño, más espeso y más lúcido que mi dormir anterior. Estábamos en una plataforma anónima, rodeados de la árida nada sobre la que comenzaba a clarear y el aire hervido golpeaba sobre el pecho. Unas figuras blancas se entreveraban con la asfixiante noche. Eran las delgadas siluetas de los hombres bandarís, arrebujados en sus shalwar kamiz, con sus rostros morenos y sus turbantes, que me hacían creer que había abandonado el Irán de los occidentales persas y los ulema de negras túnicas y que, de contrabando, había pasado al vecino Pakistán. -“Ellos sí que saben vestirse para sobrevivir en estas tierras de fuego”- intuí desde mi sopor agobiado -“se cubren por completo del sol pero con unas telas tan finas que podrían dejar pasar la brisa, si la hubiera”. Pero no la había, por supuesto. Estábamos en Bandar Abbas, una comalera marchita por el calor y el sol aún no brillaba.

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Las calles de Qeshm, Irán

Nos arrastramos hasta adentro de la terminal, donde se podía vivir a expensas de la fidelidad del aire acondicionado. Hileras de bancos albergaban a los hombres de blanco, silenciosos en su semidormida contemplación del televisor.  Ni una sola mujer. Las descubrí arriba. Niñas, muchachas maquilladas, ancianas acostadas sobre sus bolsos y cubiertas con sus chadores, durmiendo desordenadas sobre la mullida alfombra de la mezquita. Me ovillé en un hueco libre y me sobresalté cuando se prendió la luz y desde afuera una voz nos instó a despertar y bajar. La mañana había llegado y la mezquita debía volver a ser el lugar de las que oraban y no de las que dormían. Se levantaron las mantas, se ordenaron los bolsos, se acomodaron los velos y se maquillaron las ojeras. La tropilla de mujeres salió a enfrentar el día. Y no tuve más remedio que partir con ellas.

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Las calles de Qeshm, Irán

Nos costaba decidir. O volvíamos a Shiraz con aire de derrota (¡oh, aire!) o nos arrastrábamos como fuera hacia la ciudad. Cinco kilómetros nos separaban del centro, y había que hacerlos ya. Si el alba era un horno, no quería imaginarme el mediodía. Juntamos coraje, montamos las mochilas. No podía ser tan malo, ya nos iríamos aclimatando. El cuerpo es rápido en confundir las dimensiones de las cosas: si adentro pensaba que hacía calor era porque no recordaba la sofocación extrema de la explanada descubierta. ¡En marcha!. Buscábamos la parada de colectivos y encontramos como respuesta a un manojo de taxistas que porfiaban que solo ellos podían llevarnos y que se sometieron de buena gana al regateo. Atravesamos avenidas grises aún dormidas y nos chocamos de frente con el mar, verde, turquesa, esmeralda. Una rambla de cemento y nada más seguía intermitentemente la orilla sin playa y saludaba a los edificios sin sentido que crecían en la vereda de enfrente, entre ellos la nueva gran mezquita shía en construcción. Nadie caminaba por la calle, no tanto por la hora sino porque nadie camina en aquel brasero. La belleza tampoco se dejaba ver y no se colaba por ningún dintel de la foto. Más allá estaba el puerto desde donde salían los barcos a la afamada isla de Qeshm. -“Vamos al mercado”- dijimos, suponiéndolo centro de los centros. Y ya habíamos llegado. Pero no. Al abrir la puerta del auto tampoco esperábamos precipitarnos sobre la roja hoguera del vapor.

Aunque nos costara creerlo, apenas se deshojaba la mañana. Todas las tiendas estaban cerradas y no había más que ver que las persianas cerradas. Agazapados en un dintel aún oscuro, soñábamos con agua. Fui a buscarla (peor era quedarme sola con los bolsos, demasiado el esfuerzo de volver a cargar todo) y un joven iraní vino en mi ayuda y pidió la botella en persa en una tetería donde desayunaban los trabajadores antes de lanzarse a la faena. Con el agua como aire líquido nos sentíamos más capaces de resistir el calor que iba en aumento. Poco a poco fueron abriendo las tiendas y prendiendo sus ventiladores, debajo de los cuales nos parábamos con los brazos abiertos a interrumpir el tránsito inexistente. Había puestos de televisores, de teléfonos celulares, de camisetas de fútbol, de hermosas telas bordadas, de máscaras para cubrir el rostro y todos se confundían ante nuestros ojos nublados por el aire caliente.

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Navegando el Golfo Pérsico

Ya era la mañana cuando, desconcertados sobre el propósito de nuestro viaje (u aturdidos por el calor), caminamos como pudimos hasta el puerto y embarcamos rumbo a Qeshm junto a dos cabras con collares de colores en una pequeña lancha que remontaba todas las olas a la velocidad de la náusea. Dicen que desde el barco es posible distinguir a los delfines zambulléndose en las aguas verde chicle del Mar Arábigo, pero ninguno se acercó a nuestra saltarina embarcación y el viaje transcurrió sin más actividades que secar el sudor con el aire acondicionado. Desperté cuando las olas nos acercaron sin aventura a una nueva orilla. Una ciudad gris se dejaba ver bajo un cielo de polvo debajo del cual el sol continuaba quemando sin tregua. Ni casas medievales, ni la belleza de los iwanes de las mezquitas persas, si no un puñado desordenado de rascacielos sin pintar y de palmeras.

Si en Bandar Abbas el transporte público era escaso, en Qeshm ni siquiera existía. Soñábamos desde hace meses con Laft, una pequeña ciudad de casas de barro y torres del viento que aún mantenía la arquitectura y la pesca tradicional. Imaginábamos la cuesta desde donde se contempla el atardecer sobre los techos del pueblo. Pero, según decían, la única forma de llegar era en costosos taxis y por más que nos bronceamos una hora haciendo dedo, nadie quiso llevarnos sin exigir como intercambio una abultada suma reservada a los escasos turistas. Confinados por el destino a esa parte de la isla, nos dedicamos a perdernos por las calles, deteniéndonos cada cinco cuadras a comprar un jugo, un tanto por la sed pero más para aprovechar la agradable temperatura de cualquier negocio. Nunca nos cansaba el juego del calor. En segundos olvidábamos el bochorno para reencontrarnos con los grados que nos esperaban cual mochilas detrás del dintel de la puerta.

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Un cementerio abandonado en Qeshm

Sin buscarla, encontramos una mezquita abierta. Afuera había un antiguo cementerio descuidado. La basura y las hojas marchitas pastaban entre las tumbas de los que debieron de ser musulmanes sunnitas, las plantas que crecían desde la tierra hace mucho que se secaron pero persisten enmascaradas tras centímetros de polvo.

Por muchos siglos Qeshm y gran parte del litoral iraní fue puerto de marineros y mercaderes venidos de tierras aún más calientes. Situada entre Omán y la India, entre África e Irán, Qeshm, la isla más grande de todo el Golfo Pérsico, vio pasar cientos de viajeros y conquistadores que navegaban por la ruta de las especias. Hace mucho que los extranjeros se fueron, pero dejaron su religión y sus colores. En cuanto a las creencias, el shiísmo llegó hace poco: en contraposición al resto del país, en la provincia de Hormozgán, la mayoría practica el Islam sunnita.  Hay un imamzadeh de típica arquitectura iraní (una cúpula de turquesa caramelo, el iwán azulejado, el interior de luz verde, y el cenotafio del santo detrás de su enrejado plateado), pero todo acaba de construirse no tanto para acercar a los locales al nuevo Islam como para acompañar a los expatriados que llegaban del Irán profundo en busca de nuevos trabajos. En el centro, sin embargo, la humilde mezquita en la que rezaban los bandarís continuaba llamándose Omar Ibn Jattab, en honor a uno de los tres califas que los shiitas rechazan.

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Afuera de la mezquita el sol brillaba con una furia irredenta, tal como relucen los reflectores de los estadios de fútbol, enajenando el exótico derrotero por las calles de la isla. Aquello no se veía como el resto de Irán, no olía a Irán. Aún con mis sofocados ojos podía percibir la diferencia. Sí, tal como había intuido por la mañana en la estación, estaba en un país otro. Mientras nos arrastrábamos por las calles grises, comenzaban a aparecer signos de vida, otros humanos que desobedecían las exhortaciones del calor. Allí estaban, escasas y con andar presuroso, las mujeres bandaríes. Aquella mezcla loca de somalíes, omaníes, indios, árabes, portugueses, sudaneses y paquistaníes pervivía en los rostros, en los cuerpos y en la forma de cubrirlos. El negro chador persa se perdió en el desierto y a estas playas llegaron, en su reemplazo, coloridas y finas telas, largas como sábanas, con las que las mujeres se arrebujan cubriéndose el cabello y la silueta, y que recuerdan a los saris de la India. Debajo a veces se adivinan los puños bordados de los ceñidos pantalones de colores, demasiado hermosos para esbozar una descripción, y las ajustadas mangas de sus brillantes camisetas. Las niñas aún jóvenes para esconderse tras un manto nos muestran las hermosas vestimentas que sus madres cubren, los ceñidos shalwar kamiz bordados con hilos dorados, brillantinas y cuentas.  Pero si algo hace famoso a esta región no es la moda india, si no la de Arabia. Como en algunas aldeas del otro lado del Golfo, muchas mujeres bandarís deciden llevar boregheh, máscaras que cubren sus rostros desde antes de que se inventara el niqab.

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Las máscaras no intentan ocultar el rostro, si no modificarlo, transformarlo bajo los curiosos ojos que intenten mirar a la mujer que la lleva. Hay máscaras con forma de bigote que hacen ver más “masculinas” a las que las usan (y dicen que se inventaron en tiempos de guerra para que el enemigo creyera que había más soldados), otras tiene picos como de ave, hay algunas como antifaces con un pliego a la altura de la nariz y bordadas con distintos diseños. Están hechas de tela, de cuero o de palitos de madera camuflados en telas plateadas para simular el metal. Las rojas tienen intricados bordados de hilos de colores. Algunas cubren la nariz y la boca, otras la frente y los párpados. Las mujeres mismas las hacen y los que conocen pueden distinguir la aldea y condición de una dama por el diseño que lleva su antifaz. No son ardides para pasar desapercibida, si no dispositivos que crean una forma especial de belleza, o una fealdad capaz de transfigurar la beldad natural de la cara, lo que es lo mismo. Casi como un anti-velo que genera más hermosura que la que tapa, en ese juego de ocultamientos, revelaciones e insinuaciones, de carnaval y de sueño, la máscara crea arte.  Y además, nunca hay que desvalorar la más obvia y utilitaria de las razones, protege del despiadado sol.

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Seguidos de cerca por los furiosos rayos del lejano astro, el final de una calle solitaria nos condujo a una extraña fortaleza. Los muros de piedra del color de la arena parecían construidos por el mar que los orillaba, irregulares como el barro y la lluvia. Era el castillo portugués de Qeshm, testigo de las andanzas medievales de los navegantes europeos. El mismo guardia, aburrido de su soledad de guerras viejas, nos ofreció regatear el precio de la entrada. Adentro no había más que una explanada vacía, acompañada de algunos cañones que tal vez pese al óxido funcionen aún, paredes de hermosas texturas, una piedra tallada en portugués que anuncia la construcción del fuerte el 7 de Janeiro de 1590, y por firma tiene dos tibias y una calavera, caracoles fosilizados en el suelo, palmeras colándose entre las almenas desmoronadas y algunos gatos, flaquísimos y como estirados a fuerza resistir el calor, descansando sobre algunas reliquias. A la vera del museo se encuentra, por fin, el mar.

Lentamente llegaba la tarde con su misericordia de sombras. Deshicimos la última calle mirando esas casas que deberían esconder la verdadera vida bandari detrás de sus puertas cerradas, sus paredes sin ventanas y sus torres del viento despreciadas por los nuevos aires acondicionados. Más allá, en la playa interminable que los adolescentes atravesaban en sus autos, dos mujeres de chador colorido se sentaban a ver el atardecer frente a sus máscaras. Un pequeño muro nos separaba del mar bravío y alto, verde caramelo, y de nuestro lado la arena suave se extendía por una superficie casi infinita. La playa era la plaza. Los niños aprendían a montar en bicicleta, los pequeños paseaban cargados por sus madres, los hombres jóvenes se arrojaban temerarios al agua y esperaban jugando a que sus amigos los rescaten en un bote. Contra la baranda las mujeres de colores reían. El sol al fin se ocultaba, y todo el pueblo pescador se daba cita frente al golfo desde el que alguna vez llegaron sus antepasados. Qeshm era un pueblo de atardeceres: las calles vacías que de día recorrimos solos custodiados por el infalible sol, ahora albergaban a sus pobladores que sonrientes abandonaban la vida intramuros. Allí estaban los hombres vestidos de blanco, las mujeres de rostros enmascarados, las niñas vestidas de bordados y lentejuelas y los pescadores con sus ceñidas ropas occidentales. Se prendían los minaretes y por fin se apagaba el sol. En la húmeda noche la pobre silueta de la ciudad olvidaba sus palmeras y el blanco árido de sus casas y enmascaraba con su calor el más calor del día.

carvansaray atardecer en qeshmcarvansaray atardecer en qeshm playa

En el barco que nos devolvía a Bandar Abbas tampoco vimos delfines. Ese era nuestro segundo mediodía radiante: decir que estábamos ya aclimatados sería mentir. Esta vez la lancha no tenía ventanas y era el viento que despertaba nuestra velocidad el que nos despeinaba los velos. Esta vez, en un barrio sin encanto lejos del puerto, nos esperaba Ali, un isfahaní que se quejaba del calor como nosotros y toleraba su estadía junto al mar a costas de la prosperidad de sus nuevos proyectos. Alí tenía una tienda de alfombras tan enormes como bellas y caras, destinadas a los ricos bolsillos de los turistas árabes o a las compras de noruz, el año nuevo iraní donde todo el que puede renueva su casa. Había alfombras sintéticas y artesanales (incluso su madre había tejido una), de diseños modernos o tradicionales y el negocio iba tan bien que daba empleo a dos hombres. Uno era joven y estaba destinado a hacer el té y otros mil recados, como acompañarnos hasta la estación de tren. El otro era un anciano contador de mirada sabia y sonrisa de niño que nos preguntaba amistoso sobre la vida en Argentina. Lo primero que hizo Ali (después de la obligada siesta iraní y de la visita a su tienda de alfombras) fue llevarnos al Imamzadeh en el que un grupo de mujeres con chador negro saludaban al hijo de un descendiente del Profeta. Afuera pendían luces de colores y desde la fachada repleta de mosaicos nos miraban los retratos de los dos ayatolás. Después de la visita religiosa fuimos a alimentar el cuerpo a un particular restaurante cuyo interior estaba hecho de barro. En vez de asignarnos una mesa, nos dieron una pequeña cueva alfombrada rodeada de almohadones. Dejamos los zapatos afuera y nos zambullimos en la pequeña caverna. Pronto llegó el kebab a hacernos compañía (¿cómo hacerles entender a los orientales que venimos de una tierra en la que la carne se come de a platos y no en aquellas pequeñas porciones del tamaño de albóndigas?) y para terminar fumamos galyan o shisha con gusto a fruta en una pipa de cerámica que llevaba dibujada la cara del shah. Mareados por el tóxico tabaco fuimos a caminar, como decenas de otros bandaríes, al lado de la playa. A la noche siguiente yo llevaba mi malla (cabello, piernas y brazos cubiertos) preparada para nadar. Junto con algunos niños me deslicé entre las olas débiles para refrescarme. El joven de Qeshm que nos había asegurado que allí el mar no era caliente si no tibio de seguro no conoce Mar del Plata. Estaba nadando en caldo. Invité a mi compañero al agua no tanto para hacerlo partícipe del disfrute como para que no se pierda aquella experiencia extraña. Él entró vestido como estaba, con el calor, pensó, pronto se secaría. El Golfo era una apacible piscina de aguas saladas, muy saladas, y estancas, incapaces de moverse en ausencia de viento. Y brisa no había ninguna. Al cabo de un rato nos cansamos de aquel agobiante sauna. Mientras yo me vestía en el cómodo cambiador de la playa, mi esposo intentaba secarse con el aliento pesado del aire bandarí y obtenía como único resultado que la ropa se le pegase más y más al cuerpo. Decidimos caminar para esperar a que se seque: la casa de Alí estaba muy lejos, a casi diez kilómetros, y sabíamos que en algún momento tendríamos que recurrir a un transporte más veloz que nuestras piernas. Además, la noche no da tregua: ouede que el sol no nos quema la piel, pero la fiebre del asfalto se desprende y suda el mismo calor asfixiante. Aún así, de noche se vive lo poco que se puede. La rambla ahora estaba poblada de familias, de niños que corrían, de jóvenes que trataban de hacerse algunas monedas extra ofreciendo nargileh a las parejas u asando unas brochetas en un rincón. También había puestos de samosas deliciosamente picantes, de falafel, e incluso vendedores de mis favoritos helados de azafrán. Caminábamos entrando en la noche, cruzando las horas y por más que avanzáramos en contra del aire, el húmedo vaho no secaba nada. Escurríamos la ropa, la plegábamos y aún así mi compañero seguía completamente mojado. Cuando a lo lejos divisamos el primer colectivo que viéramos en la ciudad, lo paramos. Como pudimos le hicimos entender al chofer dónde íbamos, y nos dejó subir a pesar de la ropa mojada. Bajamos a las pocas cuadras para no alejarnos de nuestro camino y un taxi (entiéndase como en todo Irán, “un auto particular con un conductor aburrido que al ver a dos indecisos en una esquina intenta conseguir algo de dinero extra”) nos ofreció a llevarnos por una suma regateada. Atravesamos la parte nueva de Bandar Abbas, las autopistas arrinconadas por rascacielos pintados con fotos de mártires y caligrafías devenidas graffiti, las luces de los autos como pequeños fueguitos que prenden más calor. Llegamos por fin a la casa de Ali, que se rió de nuestro nado nocturno y de la ropa mojada, añorando la sequedad desértica de su Isfahán. A la mañana siguiente, cuando nos levantamos para el desayuno, las ropas aún no se habían secado.

Desayunar en Bandar Abbas, o tal vez en todo Irán, implica moverse hasta locales que abren solamente por las mañanas y venden habitualmente un solo tipo de comida. Así acompañé a mi amiga a buscar el pan de desayuno en Shiraz, así hicimos cola en Bandar Abbas en los pequeños negocitos en los que desayunan los trabajadores. Para comer allí hay que madrugar (a las nueve de la mañana ya cerró todo), y tener un poco de suerte: cuando se acaba la comida, se acaba, no hay stock, no se descongela nada, todo se cocina y se come en el momento. El más exquisito de esos platos se trataba de salchichas fritas en salsa picante acompañadas de ensalada de tomate, lechuga y pimientos picantes con Fanta de grosellas, ideal para cualquier mañana. Algo menos exótico pero igualmente sabroso es el típico Naan e Regag, una especie de panqueque u omelet. Para hacerlo es necesario contar con una plancha caliente y bombeada y, con el arte de toda una vida de oficio, frotar sobre ella una masa, rápida y delicadamente, hasta formar una capa fina. Cuando aún está cruda se rompe un huevo encima y se lo esparce. Luego se hace lo mismo con un triangulito de queso cremoso y al final se agrega la salsa picante. Se dobla en cuatro et voilá, en menos de un minuto hay un naan e regag listo para ser devorado en los pequeños banquitos en la vereda, en el tiempo justo que se tarda en extrañar el aire acondicionado.

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Bandar Abbas se levanta, desayuna, y se encierra esperando la tarde o refugiándose en el shopping que se llena de visitantes cuando el sol brilla, pero que no consigue desplazar al Bazar al atardecer. Los bandarís, como vampiros siesteros, abandonan durante el día su ciudad a los visitantes capaces de soportar el agobio. Es por eso que teníamos para nosotros solos el único templo hindú de Irán.

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Un pequeño jardín con rosas nos daba la bienvenida. Más allá, una cúpula descolorida empujaba el aire con sus puntas de piedra. El resto del edificio estaba desnudo. La entrada era un pequeño y fino arco, sin ornamentos. Las paredes mostraban las heridas de sucesivos blanqueados. Dentro no se conservaba el más mínimo artificio: los muros blancos tenían unas cavidades que en algún momento albergaron estatuas de dioses. En 1892, Mohammad Hassan Khan Sa’ad-ol-Molk, el gobernador de Bandar Abbas mandó a construir ese templo para que los inmigrantes hindúes pudieran profesar su fe. Tiene cinco habitaciones y estaba dedicado al culto de Vishnu, pero después de décadas en desuso los responsables de su curaduría apenas pudieron conseguir una estatua de Buda para emplazar detrás de una vitrina. Tal vez allí, en los días del imperio británico, se oyeran cantos de alabanzas en lenguas ajenas. Hoy no queda más que un silencio aburrido blanqueado con cal.

carvansaray templo hindu iran

En un tren con aire acondicionado y servicio de té nos despedíamos de Bandar Abbas mientras mirábamos al desierto crecer por la ventana. Haría falta volver en invierno, pensé, mientras en Teherán caiga la nieve, y llegarse hasta Laft o hasta el mercado de Minab para conversar con las mujeres de las máscaras de pájaro o para oír los viejos tambores que vienen de África. Irse pensando en volver, en esa paradoja se anida el alma de cualquier viajero. En ese tren, sin embargo, imaginaba que minuto a minuto me alejaba del calor y eso me reconfortaba. Sí, al llegar a destino nos acompañarían los 40 grados, la fuerza radiante del sol en su camino hacia el verano. Pero después de Bandar Abbas algo habría cambiado. Ya nunca volveríamos a sentir calor en Irán.

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Un pensamiento en “Las crónicas persas VI: Qeshm y Bandar Abbas, las tierras del fuego iraní

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