Caminos de la frontera: fragmentos de un viaje por los confines de Uruguay y Brasil

“Una fuerza tal podría llamarse una cosmovisión «mágica», un sentido de la vida que rechaza el «mero» azar de una realidad de señales y prodigios, de las coincidencias significativas y de las «revelaciones». Como cualquiera que haya intentado alguna vez podría atestiguar, los viajes intencionales la abren inmediatamente a esta influencia «mágica».” Hakim Bey, Superando el turismo

Fue hace tres veranos. Había llegado con su puntualidad de siempre otro diciembre acompañado la promesa de un viaje pequeño que logré arrancarle a los tiempos.  A aquellas jornadas les quité algunas palabras, algunas historias. No son pensamientos, o tal vez sí. Crónicas disociadas de la autobiografía pero no de la experiencia.  Una serie de relatos del camino de la frontera.

carvansaray rio grande do sul brasil

Viajar para ver al barro sublevarse

 I- A modo de advertencia

Que no vaya. Que ahí no había nada para ver. Que todas las fronteras son peligrosas tierras de traficantes. Que todo el campo está vacío. Que por qué no visitar Colonia, seguro baluarte turístico. Que por qué no ir derecho a Montevideo, a saludar a la familia. Que por qué no quedarme en casa. Que para qué viajar sola. Que no vaya. Que ahí no había nada para ver.

Y del otro lado algo así como una sed alimentada por la gozosa piel de los mapas y el retumbar sigiloso de algunos datos averiguados después, mucho después, de que esos puntos en el plano me cautivasen y me llamasen sin más poder que el desnudo sonido de sus nombres. No sabía nada y por eso quería ir, para borrar la negrura del vacío con colores de recuerdos nuevos y darle relieve a la carta rutera. Pronto supe que aquellas tierras, las del sur de Brasil y el norte de Uruguay de tres culturas, donde se hablaba el castellano, el portugués y el árabe, que era una nación gaucha de hombres con botas y sombreros, pero también de musulmanes a los que quería conocer, que los parques separaban tímidamente los países y que aquellas eran tierras mestizas, mezcladas, mixturadas. Y supe también que iba a ir.

carvansaray quarai brasil

Y conocer los sitios donde supuestamente nunca pasa nada

 II- Rosa, el cíclope frenteamplista

Llegué a Salto una mañana de lluvia. Si me esforzaba en recuperar algunos fragmentos deshilachados de memoria y no rendirme al sueño el resultado daba lo siguiente: la noche maldurmiendo en el micro desde Buenos Aires en el que viajaba un hombre de túnica y topi que bajó en Paysandú y al que apodé “el musulmán misterioso”, el sello mal puesto de los empleados de migraciones orientales en mi pasaporte, la sala de espera de la Terminal de Retiro como refugio asillonado del caos y confidente de mis últimas inseguridades viajeras, la casa de mi amiga Caro y las tardes de charla y té, el amable chofer del 101 que me llevó a su casa, la partida, temprano a la mañana desde Mar del Plata dos días atrás, la despedida de mi amor y de mis plantas.

Y ahora estaba ahí y todo se salía inesperadamente del esquema.
Llovía. Sí, se que en muchas culturas la lluvia significa bendición, que además es uno de los fenómenos meteorológicos más comunes y que el litoral llevaba semanas inundado. Y por más que el hombre de la ventanilla me confirmara con su acento pajuerano que el micro que yo quería no saldría sino 4 horas después y que costaba el precio que yo ya conocía, ninguna de aquellas certidumbres contrarrestaba los relámpagos, los chaparrones y la euforia épica de esa lluvia que no había jamás entrado en mis planes y que me confinaba ahora a un banco en el que descansar mi mochila y, con mucho, a un eventual paseo por el shopping- supermercado convenientemente adosado a la estación.

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Los colores de la lluvia en la costanera de Salto

A pesar de la lluvia, todo iba bien y el tiempo pasaba a su pulso normal. Yo seguía preguntándome el por qué del viaje y repasaba mentalmente el itinerario de la jornada: de Salto hacia Artigas, de alguna forma cruzar el puente que la separaba de Quaraí, ya en Brasil, y desde allí desplazarme por Rio Grande do Sul hasta Sant`Ana do Livramento, ciudad gemela de Rivera, donde me esperaban mis anfitriones uruguayos. Eso implicaba pisar tres países en un día (fase uno: superada) y convertir los ómnibus interdepartamentales (“micro”, en idioma argentino) y las esperas en los asientos de las estaciones en mi hogar. Y en eso estaba cuando Rosa se sentó a mi lado y me dijo “¡hola, niña!”.

Tendría entre 50 y 60 años, era petisa aunque tal vez más alta que yo, regordeta y algo en su rostro delataba un lejanísimo origen africano que no lograba borrar el cabello teñido de un rubio clandestino alisado con perseverancia hasta quedar pegado a la frente a modo de flequillo. Llevaba unos pantalones algo raídos y una remera que debía estirarse hasta el límite de sus fibras para cubrir el único e inmenso pecho que le quedaba. Llenó el espacio con sus bolsos descosidos de cierres rotos, me miró sin miedo del pañuelo que cubría mi cabeza, y comenzó a hablar.

-¡Qué lluvia, mi niña! ¡ Y yo que vine para ver a mi hijo! Voy a llegar después de que le den el almuerzo- me dijo, y desenredó sin más la compleja historia de su vida. Era madre de un joven autista al que el gobierno había internado en un centro especial, y venía a visitarlo, como obligaba el contrato, una vez al mes. Me preguntó de dónde venía y cuando dije “Argentina” se puso tensa y solo volvió a respirar cuando agregué “Mar del Plata”.

– Es que nosotros amamos a los argentinos, pero odiamos a los porteños. Y tú no sos porteña, ¿no, mi niña?

Sonó una chicharra que la distrajo de su reivindicación del provincianismo rioplatense y la vi hurgar en su bolso azul de cierre roto. Sacó un repasador doblado como un tubo, lo desenrolló, y en el interior apareció una media. Metió la mano dentro y encontró un teléfono pequeño.

-Hola, sí, acá también está lloviendo sin parar, estoy en la Terminal, hablando con una muchacha argentina, ¡nooooo!, no es porteña, es de Mar del Plata, simpática la niña, sí, cuando llegue te llamo, chau.

El proceso se repitió marcha atrás. Del teléfono a la media, de la media al repasador, del repasador al bolso, y la palabra pudo recomenzar.

-Que mi amigo me dijo que te corte, que “para qué hablás con una argentina”, ¿viste?. Pero yo le expliqué que vos no eras porteña. Si nosotros amamos a los argentinos, pero no a los porteños, ¿viste?, ni tampoco a la otra soberbia. Ella no es como nuestro Mujica. Yo lo amo a Mujica, lo amo. Lo que él hizo por los que no tenemos nada, no lo hizo nadie. Ya se acabó el tiempo de los colorados y los blancos, ya no los queremos más.

Volvió a abrir el bolso y esperaba ver reaparecer al repasador pero sin embargo sacó un álbum color azul.

-Mirá, yo lo fui a buscar a un café en el que siempre desayuna y me saqué una foto con él- me dijo, y me mostró una imagen en la que los dos sonreían junto a la mesa de un café y el presidente salía con cara de zorro, de zorro bueno, pícaro, sagaz, feliz.

-Yo sigo al Frente, pero como él no va a haber otro, como él no, es único nuestro Mujica.

Era la hora de la salida de mi “ómnibus interdepartamental”, la lluvia había cesado, ella se iría al encuentro de su hijo.

-Bueno, mi niña, ¡que tengas buena suerte! Y cuando pases por la ruta 5 llegando a Montevideo, acordate que ahí vivo yo.

Y era fácil deducir tres cosas. Que casi todos los barrios cerca de las rutas son humildes y difíciles. Que aquel encuentro extraordinario solo podría haberme ocurrido estando de viaje. Que jamás la volvería a ver.

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La vacía vastedad de un pequeño país

 

III- Nicirin, Guaraná palestina

El paisaje de aquel Uruguay profundo era la lluvia. El verde de la pampa interminable se estrellaba contra el gris del aire. Desde el medio del vacío aparecía una familia callada, que subía al colectivo en silencio y estrechaba el rostro contra la ventana mojada antes de volver a bajar y perderse de nuevo en la vastedad.

Poco a poco la llanura era interrumpida por el cauce angosto y fuerte de arroyos y ríos turbios, tantos que nadie se ocupó en poner sus nombres en un cartel. Las palmeras iban ganándole terreno al vacío. Y aparecían a lo lejos la silueta algunos montes perdidos entre la niebla y el griterío del verde. Era uno de aquellos trayectos en los que cuando se llega al primer conjunto de casas uno advierte que llegó a destino, porque el mapa no indica nada más que soledades y líneas sin puntos. Y no me equivoqué: eso que veía por la ventana (siempre el camino hasta las terminales tiene cara de barrio) era Artigas.

Cuando bajé vi la estatua de Papá Noel más fea del mundo y también al primer gaúcho, camisa rosada, faja de cuero, botas hasta las rodillas, infaltable sombrero. La misión: llegar a Quaraí. El reto: atravesar toda la ciudad de Artigas y el puente que, sobre el río Cuareim, unía o separaba Uruguay de Brasil. Los artiguenses preguntados proponían taxis a buen precio, o la espera de un autobús que tal vez demorase demasiado por ser domingo. Supuse que la distancia no sería tan grande y comencé a caminar. Pasé por los primeros freeshops con carteles en portugués, vi algunas palmeras, tomé una foto en la plaza en la que el caballo de Artigas (el hombre, no la ciudad) parece señalar con su espada el campanario colonial de una iglesia blanca. Y poco a poco, bajo el peso de mi mochila, llegue a la calle que a su vez llegaba al río convertida en puente.

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Estaba camino de la frontera cuando a mi lado se detuvo un auto. Que por qué llevaba ese pañuelo en la cabeza, me preguntó el hombre en portugués, y detrás suyo viajaban dos niños y a su lado una mujer que sonreía. “Porque soy musulmana”, respondí, acostumbrada a la curiosidad ajena.

-Nosotros también somos musulmanes, subí.

Confiar o no confiar en unos desconocidos. Hacer caso a las medidas de seguridad y aislamiento, o arriesgar todo en función de la amistad por venir. Pocos segundos para decidir, sin más guía que la intuición.

Los niños me hicieron un lugar en el asiento de atrás. Después de acomodarme y mientras explicaba que estaba yendo a la estación de ómnibus, vi que sobre el espejo había un tesbih, un rosario islámico, y me relajé por completo. Comenzamos a charlar: el conductor venía de una de las tantas familias palestinas que había emigrado a la región a mediados del siglo pasado, Sandra, su esposa, se había convertido al Islam y ambos tenían, como el resto de los árabes de la zona, su propia tienda de ropa. El río pasó a toda velocidad abajo nuestro y vi una bandera brasilera intentar en vano cubrir el horizonte. Cuando llegamos a la estación el hombre bajó solo y volvió para decirme que mi micro saldría en tres horas. Y volvió a arrancar.

-Te vamos a llevar a la casa de mi hermana, me dijo, ahí podés esperar hasta la hora del micro.

Paramos en la calle principal y mientras bajaba mi mochila el conductor se adelantó por un pasillo y llamó a los gritos. Una mujer de cabello enrulado se acercó a la ventana.

-Esta chica es musulmana y se va a quedar acá hasta tomar su colectivo a Santana.

-¿Qué idioma habla?

-Portugués

Mientras la seguía por el corredor, Sandra me puso un billete en la mano. “Es para ayudarte con tu pasaje”, me dijo. Sabía que era imposible no aceptar, ese es el destino de los viajeros. La mujer de la ventana se asomó a una puerta y me instó a subir por la escalera. Le dije adiós a Sandra y a los niños, le agradecí a su marido y entré a la casa como si aquello de conocer desconocidos fuera cosa de todos los días. Dentro esperaban tres mujeres: Nicirin, la hermana del conductor, su pequeña hijita y su madre. Me adoptaron desde el primer momento. Nicirin tenía la sonrisa rápida y el cabello castaño lleno de rulos. Pensé que no tenía muchos más años que yo, y después descubrí que tenía cuatro hijos, y que los dos más grandes ya iban a la universidad, mientras que la pequeña aún usaba pañales. Su madre era una regordeta señora brasilera que había criado hijos en dos países y, siendo gaucha, había sabido mudarse a Medio Oriente para seguir a su marido y parir a la gurisada.

Cuando entré, ya estábamos charlando en portugués. Al primer minuto nos saludamos con tres besos y dejé mi mochila en una habitación blanca con paredes llenas de caligrafías. A los dos minutos hacía caso a Nicirin y me estaba bañando, limpiándome el sueño de una noche sin cama. A los 4 minutos estaba en frente de más comida árabe que la que podía comer, saboreando un vaso de guaraná. Cinco y estábamos en la calle, visitando a la vecina de al lado.

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Descansando en el balcón de mis amigas de Quaraí

La puerta estaba abierta y aquella joven llegada de Palestina hace menos de cuatro años aprovechaba la tarde de domingo para hacer una estatua de arcilla en el patio, mientras sus niños dormían. Era alta, delgada, y tenía unos ojos verdes que eran sabios y felices a la vez. Su marido tampoco estaba en casa, el domingo le había dejado la ciudad a las mujeres. Nos sentamos a charlar, tranquilas, mientras caía una lluvia indecisa. Hablábamos de los días como si nos conociéramos desde siempre.

-Tengo una clienta que viene a mi negocio y me compra cosas por 300 o 400 reales y me dice que le vaya a cobrar a la casa, pero que si está el marido no le diga nada. Cada vez que voy, el marido me abre la puerta y ella, desde atrás, me hace señas de que no, de que venga otro día. Y así pasan los meses- contó Nicirin antes de que la lluvia cayera de nuevo y nos obligara a despedirnos de la amiga y de su patio.

Volvimos a la casa y nos sentamos en el balcón a practicar el duro oficio de ver la vida pasar, sentadas en reposeras de mimbre. Me sentía cómodamente feliz y me sorprendía la fluidez que tenían todos mis movimientos, la armoniosa cadencia de la situación. Era como si todas estuviéramos representado un rol que conocíamos desde siempre: ellas las anfitrionas, yo la huésped, unidas por un rayo de gracia.  Si tres desconocidas podían compartir una tarde de domingo en el balcón todas las delicias del mundo eran posibles.

Después de un rato nos dedicamos a sacarnos fotos y en la hora de mi partida me colmaron de regalos. Por favor, aceptalos, son de corazón. Cuando llegamos a la estación nos despedimos con tristeza: yo era para Nicirin la amiga que se iba, ella para mí la hermana que se quedaba. Subí a mi micro rodeado de gaúchos y vi bajo mi mirada deslizarse esa ciudad, sin poder dejar de sonreír. Pocas horas antes me había preocupado la incertidumbre de la jornada, me había reclamado a mi misma mi capricho viajero. Y en el momento menos pensado el viaje había florecido en amigos, protectores y bendiciones inesperadas. Había conocido a los palestinos de Quaraí, sobre los que había leído en casa y los había encontrado sin buscarlos.

caravansaray gauchos brasilenhos

Mientras la lluvia afuera volvía a caer y la tierra colorada vomitaba palmeras y montes, mi boca continuaba su sonrisa agradecida. Hacía menos de quince horas que flotaba a la deriva por las entrañas del mundo, y en ese tiempo cada momento había tenido nombre, cada segundo había seguido un destino, había sido ocupado por la maravilla de la aventura. El viaje me había alimentado, lavado, hecho descansar. Me había recibido con una estela de amigos, sabores, abrazos, colores, obsequios, sonrisas, historias. Yo por mi parte no tenía más que gratitud para ofrecer.

carvansaray gauchos uruguay

Segunda Parte…

Este post fue publicado hace 3 veranos en mi antiguo blog, pensadora. Los animo a curiosear por las historias que se quedaron ahí guardadas.

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Un pensamiento en “Caminos de la frontera: fragmentos de un viaje por los confines de Uruguay y Brasil

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