Caminos de la frontera: fragmentos de un viaje por los confines de Uruguay y Brasil (parte II)

Leé la primera parte  de esta historia aquí

IV- Los Fernandos

-Les pedimos a todos que se abrochen los cinturones de seguridad porque así lo manda la ley brasilera- dijo en portugués el joven cobrador del micro. Me dí vuelta y le pregunté en el mismo idioma a un hombre sentado en el asiento de en frente si debía sacar boleto en la ventanilla o si podía hacerlo sin bajar. Y me respondió en perfecto español que cualquier opción era válida. Viajaba en la frontera y la mixtura era ley.

Estaba en Brasil casi de incógnito, puesto que ningún sello aduana o trámite acreditaba mi presencia en ese país. Según la desordenada piel de mi pasaporte, seguía en Uruguay. Pero aquellas cosas no parecían importar por aquellas tierras. Lenguas, documentos, monedas y billetes eran por completo intercambiables. Así como era imposible adivinar cuál era la lengua más correcta para preguntar algo, era impredecible el idioma en el que iba a venir la respuesta.  Era innecesario sentir una especie de pertenencia con aquellos hombres del colectivo sólo porque hablaran español. Dentro de aquel ómnibus que viajaba de Quaraí a Sant´ana do Livramento ni la lengua ni el lugar de nacimiento servían para separar identidades.  Y lo mejor era dejarse llevar.

El sueño y el cansancio habían pasado, junto con la incertidumbre, y miraba feliz Brasil por la ventana, aún con el sabor del guaraná en la boca y la felicidad del encuentro con Nicirin en los ojos. Incontables ríos turbios se abrían camino entre el verde furioso. La lluvia inquieta e indecisa aparecía veloz y se volvía a esconder, dejando al descubierto praderas de color lima que brillaban delante de las montañas. Las pocas casas esparcidas por el camino eran rosas, verdes, amarillas, azules y la tierra por momentos se sublevaba en un barro rojizo. Un hombre de sombrero, botas, y camisa salmón se bajó junto a un puesto de sandías y desapareció cuesta arriba, por una calle de adoquines. Parecía feliz de haber dejado la cómoda esclavitud del micro y de haber regresado a su antigua libertad de caballos y soledades.

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Eran más de las ocho de la noche pero el sol aún no caía, y pronto nos detuvimos en una esquina que oficiaba de estación. Bajé sintiéndome aliviada: había logrado cumplir la prueba del día, había llegado a Sant´Ana. Pero faltaba aún algo importante. No había conseguido llamar a mi anfitrión porque me faltaba el código de Uruguay para agregar a su teléfono. No era extraño, porque las antenas de teléfono se superponían con una lógica clara: ganaba siempre el más caro. Caminaba en la dirección que unas mujeres alegres me habían indicado. Atravesaba una ciudad dormida en la calma del domingo: los negocios cerrados, las calles vacías, el silencio viajando a través del dulce aire del verano. Pero estaban allí algunas casas coloniales con sus marcos decorados con bellas molduras, el cartel de un negocio llamado “Palestina”, las alfombras de oración que cubrían los productos de las cerradas lojas árabes de la luz y las miradas de los escasos paseantes dominicales. Llegué finalmente a Andradas, la calle principal, decorada en la cuadra de mi departamento con canteros de piedra que luchaban por contener las plantas y las palmeras que en ellos florecían. Encontré el número y toqué timbre en un edificio nuevo. Mis desconocidos anfitriones me contestaron que en poco me bajaban a abrir.

 

Fernando y Fernanda eran unos de los pocos couchsurfers uruguayos que habían respondido a mi solicitud de alojamiento. Si bien hace más de 7 años que pertenezco a esa comunidad de viajeros que intercambia gratuitamente hospedaje, era la primera vez que viajaba sola usándola. Pero ya estoy habituada a quedarme en casa de desconocidos, y más temo a la aburrida soledad de un hotel.

El departamento estaba en Brasil, pero quienes lo ocupaban eran uruguayos y hablaban español. Fernando era un aficionado a las motos y las vendía en un negocio familiar, Fernanda era psicóloga. Ambos compartían la vida, el departamento y la pasión por viajar.  Sentados en el sillón del living, custodiados por las imágenes de un gran televisor, comenzamos a conversar como viejos nuevos amigos. Inevitablemente, hablamos de viajes. Dejamos de conversar cuando la hora de dormir se había pasado por mucho, para continuar la charla todas las noches hasta mi partida.

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Durante el día los Fernandos no estaban en casa y solo regresaban al atardecer. La experiencia en la ciudad se escindió en dos: las noches que pasaba con ellos, en español, y las mañanas y tardes en las que exploraba las calles y descubría nuevas amigas, en portugués. Su hospitalidad poco tenía que ver con la de Nicirin y consistía menos en ofrecer que en dejar hacer. Hay tantas formas de dar(se) al otro como personas.

En las horas juntos hilvané su historia y compartí la mía. Primero los interrogué sobre la feliz coincidencia de sus nombres. Fernanda continuaba sin querer una tradición familiar: sus padres eran Julio y Julia.

De todos los lugares del mundo, Italia era su favorito. Disfrutaban de conocer uno a uno sus pueblos y estudiaban italiano para poder comunicarse mejor con su gente en futuras visitas. Pero sobre el lugar al que pertenecían no estaban tan claras las cosas. Fernando reivindicaba Uruguay, era el país en el que había nacido, en el que había estudiado. Y era sobre todo una lengua, el español. El castellano estaba en pugna en la frontera. Era una lengua minorizada. El portugués lo invadía todo. Si bien los brasileros comprendían el español, ninguno lo hablaba y eran los uruguayos los que cambiaban su lengua para adaptarla a la del otro. La inteligibilidad no es recíproca por definición, sino que es fruto de relaciones políticas, económicas y culturales complejas. De todas formas, ninguna lengua resultaba impermeable por completo al concubinato con la vecina. El portugués abandonaba el você del norte por el tú é, tan mutante a nuestros oídos como el tú sos uruguayo, que es la norma en la región. La gramática portuguesa se sostenía en otros casos, pero injertada de un léxico español. Esa es la arquitectura del portunhol. Si había algo que Fernando odiaba era esa lengua intermedia, indefinida, inestable.

-Acá la gente viene a la gomería y dice “pinchou a roda”. Eso no existe, o “se pinchó la rueda”, o “furou o pneu”- reclamaba enojado.

Su odisea por la pureza lingüística no se acababa allí.

-Fernanda dice que es brasilera- me confesó una tarde en tono de secreto, mientras la esperábamos. –Solo porque nació acá, en un hospital en Sant´ana. Pero tiene pasaporte uruguayo, hizo la escuela, el liceo y la universidad en Uruguay. Y en los partidos de fútbol, hace como que no le importa cuando le meten un gol a Uruguay. Dejé de ir a la casa de su familia porque entre ellos hablan en portuñol, y yo no soporto esa bajeza- concluyó ofendido.

Del recuerdo de aquellas interminables charlas compartidas en donde deshicimos y rearmamos el mundo tantas veces me quedo con una idea que define la identidad del pueblo de frontera. Si lo político se toca con lo personal, es el lenguaje  el más privilegiado de los escenarios para llevar a cabo esa contienda.

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V: Las musulmanas de Rivera

Parecía como si Rivera contuviera dos mundos.  Por un lado el reino sin tiempo del departamento, situado espiritual o lingüísticamente (que es lo mismo) en Uruguay. Allí pasaba las horas de la noche y del descanso. Por otro lado estaba la calle en donde exploraba sin rumbo la vida en la frontera, la voluptuosidad del verano brasilero.

Cuando el lunes por la mañana volví mi cama al modo sofá, terminé de limpiar los restos del desayuno y me hice con las llaves, a penas contenía la emoción de la aventura. Sentía esa especie de gracia viajera, la llamada ansiosa de la ciudad.

Afuera estaba la calle. Las primeras impresiones me invaden de repente. Cada vereda tiene alma de plaza. Música, ruido, personas: en todos lados hay un aire de feria. La gente es diversa: cientos de caras y cuerpos, decenas de colores. Los negocios, como en todo Brasil, no tienen más puertas que sus persianas abiertas y de ellos escapa la música y los pregones de los locutores de ofertas. Los lanches venden coixinhas y guaraná y la gente come afuera, conversando en las mesas en las plazas. Las palmeras son el “árbol” favorito y señorean elegantes todas las veredas.  Mirando al horizonte se ven algunos morros llenos de verde. Todo está abierto, todo está vivo, todo es alegre y animado.

Lo primero que hice fue buscar el correo. Estando en la frontera tenía la tentación de hacer un experimento: iba a mandar una postal a casa el mismo día desde cada país y ver cuál llegaba antes. En Brasil el correo estaba abierto todo el día y era muy barato, en Uruguay me dijeron que si mandaba una carta simple (que en sí misma costaba una pequeña fortuna) no iba a llegar a destino. Concluida la misión, me dejé perder camino de la frontera.

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Todo el mundo dice que Santana do Livramento y Rivera son ciudades hermanas, y llaman a su límite “la más hermana de las fronteras del mundo” o “la frontera de la paz”. Valdría decir que son en realidad dos siamesas unidas por un cordón central. Lo que divide o une ambos países no es un río sino una plaza con muchas palmeras y dos banderas, el Parque Internacional, orgullo de la ciudad. De un lado, Brasil con sus tiendas económicas, sus colores y su bella algarabía desordenada. Del otro los elegantes freeshops de Uruguay en donde los brasileros se abastecen de perfume, chocolate y alcohol. En el centro tiene lugar una pequeña feria de artesanos que vende mates, artesanías en cuero, facas y banderas de la revolución farroupilha. Sobre una calle lateral se encuentran los puestitos legalizados de los contrabandistas. Si la frontera es una línea con una barrera, no la hay. Pero detrás de la fachada de hermandad binacional los nombres de las calles cuentan otra historia: en cada país eligen bautizar sus aceras con los apellidos de los más ilustres combatientes contra las tropas del país vecino y en casos de confrontaciones futboleras, la frontera se cierra para evitar el vandalismo de las hinchadas.

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Yo disfrutaba de pasearme por las calles mirando a los gaúchos con sus botas de cuero pasar al lado de coloridas mulatas y de mujeres de velo y túnicas negras, me alegraba ante los pocos cuadros que ofrecía el museo local, sonreía al ver el cartel en portugués en la iglesia uruguaya, al encontrar impensadas escaleras bordeadas de mato y al zambullirme en los supermercados en busca del kilo de mango más barato del mundo. Rivera y Sant`ana eran toda luz, incluso cuando un chaparrón insurrecto abrazaba el asfalto con su estela de agua fresca, y no me cansaba de caminar. Estaba enamorada de Brasil y también de viajar, de la adrenalina de las ciudades nuevas y de la cantidad impresionante de vida que entra apretujada en un solo día de viaje. Y andaba así, sumergida en el azar de la jornada cuando recordé que en Sant`ana había una mezquita y decidí visitarla.

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Sin duda lo mejor fue encontrarla cerrada y tener que recurrir al consejo que el día anterior me había dado Nicirin de buscar a una de sus amigas en el hotel de al lado. Cuando golpeé la puerta y vi a una señora con túnica y velo supe que estaba en el lugar correcto. Pregunté por la mezquita y sin conocerme me invitó a pasar, me dio un vaso de agua fresca y se sentó conmigo a conversar. Ella  había dejado su Palestina natal rumbo a América junto a su marido. En estas tierras tuvieron sus hijas y luego sus nietos. Hanan, la mayor, vivía en uno de los pisos del hotel y bajó a conocerme. Preparó café y estuvimos conversando durante tanto tiempo que compartimos juntas el almuerzo. Aquel era mi segundo día de viaje y el segundo también en el que una musulmana desconocida me invitaba a comer. Todo fluía de tal forma que tenía que recordarme a mí misma que yo no era de allí, que no pertenecía a esa ciudad ni conocía a aquellas personas de toda la vida. Porque aquellas personas en esas tierras que quién sabe si un día volvería a pisar me hacían sentir como en casa y pronto se anidaban en mi corazón como amigos de siempre.

Hanan me invitó a una reunión a la mezquita esa tarde y no dudé en ir. Pasé un rato a descansar por la casa de los Fernandos sonriendo por mi suerte: menos de 24 horas  en la ciudad y ya tenía una cita. Aquella tarde la puerta de la mezquita estaba abierta y me sorprendí al encontrar más de 20 mujeres que se esforzaban por comprender el árabe del predicador. Cuando la charla terminó me encontraba al lado de una mujer cálida y sonriente que quiso saber de mí. Era Mila, la hermana de Hanan. Poco después ya éramos amigas y coordinamos un encuentro para el día siguiente. Según los cálculos, aquel día tenía que irme, pero ¿qué queda de un viaje si no hay lugar para lo espontáneo y desconocido? Aquella noche, antes de dormir, miraba mi suerte con los ojos cerrados. Recién llegaba y ya tenía un puñado de amigos que me impedía irme.

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Al día siguiente, cuando nos encontramos en la puerta del hotel con Mila, nos saludamos con el cariño sincero de viejas amigas. Las dos hermanas eran diferentes. Hanan era piadosamente reservada, Mila dejaba contagiaba su alegre y cariñosa sonrisa. A su lado estaba su madre para obsequiarme con más regalos. Todas las mujeres que se cruzaban en mi camino me mostraban una solidaridad inesperada y me trataban con afecto,  y para probarlo me regalaban algo. Mila había venido con sus dos hijas, y con dos otras musulmanas, Laila y Silvia, una joven uruguaya. El destino de nuestra alegre reunión no podía haber sido mejor. Entramos a la heladería y nos servimos cuanto quisimos y luego nos sentamos a conversar en un salón amarillo con las paredes llenas al completo de graffities improvisados. El lugar tenía algo de punk de escuela secundaria y hacía un divertido contraste con las túnicas negras de mis amigas, que lejos de escandalizarse por las pintadas lamentaban no tener nosotras unas fibras para dejar también nuestros nombres escritos. Toda la escena se burlaba de aquel estúpido prejuicio de la mujer sometida. Nos divertimos conversando por algunas horas hasta que llegó el momento de la despedida. Nos abrazamos felices de habernos conocido y algo tristes por ya tener que separarnos y les agradecí a todas su compañía, su alegría, su solidaridad y sobre todo su amistad y nos separamos en la puerta de la que entonces era mi casa. Al día siguiente mis pasos se alejarían de la frontera para encaminarse hacia la última escala de mi breve viaje: Tacuarembó, el interior profundo del Uruguay.

VI: Tacuarembó, corazón verde del Uruguay

Cansada de cargar mi mochila y del sol de la mañana, me alejaba de Rivera en un micro mojado por la lluvia. Viajaba al centro de Uruguay y me hablaba a mí misma en portunhol. No imaginaba cómo parar mi sed viajera porque me sentía leve conociendo, conversando, aceptando la variedad de cada día con sus novedades y dejando atrás un puñado de amigos recientes. Desde la ventana veía un parque que nuevo: siempre pasa lo mismo, la ciudad se despide burlándose de nuestra pretención de haberla conocido. Y mientras me pregunto si aquel micro será el correcto, porque nadie me pidió el pasaje, retomo mi lectura en el lugar en el que la dejé hace tres, una eternidad atrás.
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Llegamos a Tacuarembó y la sorprendí flotando en el aire cansado de un mediodía caluroso, que esperaba taciturno la hora de la siesta. Las empleadas del polvoriento puesto de información turística me entregaron un mapa con cansancio y aseguraron que la calle que buscaba no existía. No era raro el hábito de desconocer la periferia y borrar sus calles de la memoria. Con un poco de esfuerzo extra conseguí que señalasen al menos la parada del colectivo, quiero decir “ómnibus” 101. Por supuesto que lo hicieron mal,mientras me encaminaba hasta la verdadera garita, el famoso 101 (el mismo número me había llevado de la casa de mi amiga en Buenos Aires rumbo a Retiro) pasó y lo paré:
– ¿Va a la calle Diego Lamas?
– Suba.
Y no, no iba. Solo después de una vuelta gigante me dejaría en lo de Carmen, pero supe después que el chofer me dijo que sí para poder conversar y porque, según él, no iba a poder encontrar la parada correcta (que estaba justo al lado). Es así que desde mi primer asiento de “no sé donde bajarme” comenzamos a charlar, mejor dicho él se me puso a hablar mientras intercambiaba saludos, boletos y billetes con cada persona que subía.
– Buen día, ¿cómo pasó?¿Cómo pasaron? – preguntaba con una sonrisa y preocupación sincera. Tardé en darme cuenta de que no había pasado más que el día y que esa era una forma normal de saludarse, a menudo respondida con un simpático “bien de bien”. Entre conversa y conversa dimos dos vueltas al centro de la ciudad. – Tacuarembó es una ciudad chica pero tranquila- me decía como pidiendo disculpas cada vez que le quedaba un segundo libre.
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Desde mi ventana yo miraba para afuera y le veía a la “ciudad” cara de barrio adomingado y, más allá, algunas muecas de pobreza. Había casas con techo de paja y una rotonda en donde el cielo parecía ser siempre gris.
Cuarenta y cinco minuto después me anunció el chofer que estábamos en camino a la avenida Diego Lamas.
– ¿A la casa de quién vas?
– A lo de una señora que se llama María del Carmen, respondí.
– No la conozco- gruñó con desconfianza como si fuera imposible que se le escapara el nombre de algún vecino (y supe después que aquello se debía a que mi anfitriona andaba siempre en bicicleta).
-¿Qué número es?.
El colectivo iba bajando la velocidad mientras yo con dificultad ensillaba mi mochila (y es que era tan pesada que había puesto dentro mi dinero porque dudaba que alguien pudiera robarla y salir corriendo con ella). De una casa vi salir a una mujer de baja estatura mientras el conductor iba reduciendo la velocidad, como buscando el número.
– Salta la numeración, pero es acá, me dijo, y en ese mismo momento María del Carmen se acercaba hasta la puerta del ómnibus para saludarme. Sabía que la parada quedaba una cuadra atrás, y por eso agradecí, feliz, su amabilidad por dejarme en la puerta. Apenas concluí mis gracias y mi chau ya estaba abajo, siguiendo a Carmen a través de su tropical jardín hasta la puerta de la casa.
Ni bien transpuse el umbral supe que Carmen era una artesana y que me encontraba en la casa de una prolija mujer bohemia. En la mesa me esperaba la comida antes que nada, comida sabrosa y buena con condimento a hogar. Después de mostrarme mi cuarto, que tenía un aire de aventura, me dijo que aquella noche otros dos viajeros iban a llegar: una pareja de El Salvador y Colombia que llevaban más de dos años de viaje por el mundo. Pero ahora, en medio de la siesta, me hacía falta salir porque necesitaba cambiar dinero para el pasaje de la mañana siguiente. Tenía que desandara la distancia que había hecho con el colectivo, pero por otro camino y a pie.
Afuera se anunciaba una lluvia que finalmente  no llegó y que dejó a los vendedores de paraguas con aire desconcertado en el centro de Tacuarembó. Estabamos en un barrio que se fundía con el campo: malezas, pasto, caballos, jardines y flores, arroyos, árboles centenarios. Cuando empezaba el camino, entre cansada y ensimismada, los ojos fijos en el paisaje y el mapa en el bolsillo, pasé por al lado de dos empleados de la central eléctrica vecina. Oí que uno le decía al otro, bajito, como contestando a la inaudible pregunta de “¿Ésta es musulmana? ¿Cómo se saludan los musulmanes?”-“Assalamu aleiikum” y respondí con un -wa aleikum salam- alegre y sorprendida pero acostumbrada a lo impredecible. Llegué a la ruta y caminé sacandole fotos a los ranchos perdidos en la vegetación exuberante, a las antiguas casas de campo donde se asoleaban los gatos, a los caballos que tomaban agua de los bebederos. Y poco a poco fue apareciendo la ciudad. Había dos plazas rodeadas de antiguos edificios y llenas de árboles centenarios y habitadas como siempre por la acaballada estatua de Artigas. Allí estaba el antiguo esplendor de Tacuarembó abandonado por el calor del verano. La ciudad andaba de siesta. Aproveché a deslizarme por las peatonales. Faltaba la bulla, la alegría brasilera. Los locales tenían puertas y no esas aperturas de taller mecánico, y la música, el ruido, el olor a la fruta, la diversidad del paisaje humano, ni la gente comiendo en la calle. Averigüé mi cambio y cansada por la usura me senté en la plaza a tomar agua. Desde el banco de enfrente una mujer y dos jovencitas me miraban. Terminé mi agua y las vi caminar en mi dirección.
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– ¿Querés más agua?, me preguntó la más joven, una adolescente delgada, de pecas y ojos grandes. Si querés te traigo, acá al lado hay una canilla.
Le dije que no hacía falta, que no se preocupara. Y allí lanzó la pregunta que la estaba agijoneando. “¿Vos sos musulmana?”. Comenzamos a conversar. Después de tenerlas paradas a mi lado unos minutos, les dije que nos sentaramos en un banco. Y ahí me contó que tenía un amigo marroquí por internet y muchas preguntas sobre la religión, pero que le gustaba tanto que de tener que elegir una fe que profesar eligiría el Islam. Su abuela, porque supe que ese era el parentesco que la unía a la señora que las acompañaba, escuchaba en silencio. Ella era evangélica y miraba con malos ojos la alegre curiosidad de su nieta.
Cerraban ya los negocios que yo tenía que visitar, había respondido a todas sus preguntas y ellas habían descansado lo suficiente como para poder continuar con su paseo siestero. Nos despedimos con una foto que sellara el azar del encuentro callejero y seguimos camino, cada una por su lado.
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Cuando regresé a casa, y las vueltas son siempre más cortas que las idas porque la incertidumbre parece alargar los caminos, estaban allí Salvador y Gisela. La casa se convirtió entonces en una especie de campamento. Mientras cocinábamos unas tortillas, la mesa se volvía  fogón y las palabras trazaban mapas y fluían historias de tierras lejanas y de países imaginarios. Había un aire de camaradería que se olía por detrás del aroma a la harina asada, tributo callado a los ancestros mayas de Salvador del Salvador. Y fue entonces, en medio de las historias de maras y musulmanes, Carmen rompió su sutil silencio para decir lo más bello que oí en las tierras del Uruguay:
-Al principio yo pensaba que los de los otros países eran extraños, pero después de conocer gente de tantos lados me di cuenta de que en todos lados hay abuelas que cocinan dulces.
Embriagada por la dulzura de aquella mujer que había abierto su casa a viajeros del mundo entero y había sabido siempre apelar al corazón a falta de otra lengua común, me fui a acostar con la nostalgia de saberme al final del camino, pronta a volver.

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El desayuno transcurrió en una susurrada red de complicidades, yo añorando la marcela que no crece en Santa Clara, Cármen sorprendida de que en casa la manzanilla fuera un yuyo. Dolió un poco aquel abrazo en la puerta, pero algo hablaba de la promesa, de la necesidad de un reencuentro.
Traspasé el aura verde del jardín y con una seña de mi mano detuve el colectivo.
-No se vaya a creer que soy el único chofer que tiene la empresa- me dijo, sonrisa eterna, mi amigo el colectivero, “chofer de ómnibus” para ser más precisa. Como para no romper nuestro ritual de una sola vez y dotar todo de una simetría perfecta (terminal-ómnibus-Carmen-jardín-casa-jardín-Carmen-ómnibus-terminal), volví a sentarme en el asiento de adelante.
Me contó de cómo, hasta hace algunos años, en Tacuarembó no había transporte público, porque las empresas se habían fundido detrás del auge de las motos baratas, y cómo, tal vez tras una idea mujiquiana, el municipio había creado de nuevo una empresa cooperativa de micritos coloridos con la foto de Gardel pintada sobre la chapa. Sin duda el transporte más barato y eficaz de todo el país.
-Y ahora toda la gente usa este servicio, y cuando los domingos salimos a pasear con mi señora, me paran y me dicen “cómo está señor chofer”-decía orgulloso mi amigo.
Fue sobre el final, cuando estaba a punto de bajar, que me preguntó mi nombre. Cuando dije “Aldana” sus ojos se llenaron de lágrimas.
-Ese es el nombre de mi hija, mi señora lo eligió, pero nunca antes había conocido a alguien que se llamara así.

Mientras volvía a ensillar mi pesada mochila y entraba a la terminal poco menos de un día después de haber salido de ella, yo también tenía en los ojos el espejo de un pequeño llanto. Me iba y otra vez dejaba atrás los amigos, la casa, el aire impregnado de vida, de magia, de aventura. Aquella había sido la última estación, la última parada. Al frente no quedaban más que certezas, muecas de sonrisas y abrazos ya explorados. Y la cadencia del recuerdo del camino, retornando siempre como un mar en celo.

Este post fue publicado hace 3 veranos en mi antiguo blog, pensadora. Los animo a curiosear por las historias que se quedaron ahí guardadas.

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