Hacı Bektaş-ı Veli, el santo de Capadocia (primera parte)

El sol brilla sobre un cielo azul y alto, tan claro y tan prístino que no se oye ni un tímido rumor de nubes.  Es un lienzo terso y su lisura equilibra el oleaje irregular del paisaje, la tierra que se rebela en una abrupta marea de roca en movimiento. Siglos de fuego y de aire fraguaron un altiplano donde antes era montaña, y sembraron en aquel desierto una floresta de piedra. Un turbulento pasado de eras geológicas le legó a Capadocia sus lunares chimeneas de hadas. Una inclemente hilera de hordas guerreras le otorgó sus protegidas ciudades subterráneas.  Capadocia es un bosque de piedra caliza esculpido por el viento y pintado por los peregrinos.

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Se trata de una región un tanto pequeña en los mapas, pero vasta sobre el terreno.  Capadocia está compuesta por una alegre gama de formas. Parece como si aquel fuera un reino del aire en donde el viento soberano hubiera edificado distintas naciones, porque cada relieve es extrañamente propio de un rincón. Primero se distingue la diversidad crómatica: hay prados enteros de piedra rosa, otros blancos, amarillos o grises.  Hay una región de nubes de piedra yaciendo en ondas unas sobre las otras a las que los locales llaman los durmientes, están las formaciones de Göreme que parecen pequeños dólmenes derretidos. Se pueden ver puntas de piedra apuntando sus flechas al cielo, roca derretida, y por supuesto, las famosas “chimeneas de hadas”, cónicos castillos sellados con capuchones de roca, irregulares, únicos, todos distintos.  Hay incluso un valle de los “surtidos” en donde el viento moldeó un delfín, un camello y una virgen rezando.

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Esa mágica tierra árida guarda decenas de pequeños pueblos que se hicieron extraños a fuerza de asimilarse al paisaje.  Para recorrerlos hace falta mecerse en las curvas con los ojos clavados a la ventana, o a andar a pie, tratando de adivinar qué escultura nos saldrá al paso después de aquel montecito.

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De aquellas aldeas Göreme es la más famosa. A su alrededor se encuentran varias iglesias excavadas en cuevas donde se refugiaron los cristianos desde el siglo IV, aunque fue a partir del siglo X que comenzaron a pintarse los hermosos frescos que perduran hasta hoy.  Los santuarios guardan parte del alma bizantina. En aquel valle onírico, ocultas bajo piedra moldeada como algodón, se esconden cientos de pinturas que susurran secretos de una religiosidad apasionada, secreta y ya desaparecida. Afuera de las cuevas pastan los camellos con sus coloridos collares y sus monturas dispuestas para pasear turistas. Más lejos, el alba presencia cada día el ascenso de los globos aerostáticos, la otra gran atracción de la zona. En el centro del pueblo una casa otomana enmarcada delante de una enorme formación rocosa exhibe cientos de alfombras de colores, tan enormes que cuelgan desde el techo de un piso a otro. Hay también antiguos vestidos que documentan la pasión folklórica por el color y la diferencia, tan contraria a la idea prefabricada de la ropa islámica actual.

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Pero viajar no es tomar instantáneas a cuadros construidos para los turistas, sino captar el pulso de lo cotidiano, de lo verdadero.  Detrás de las iglesias, los camellos y los globos hay afortunadamente una Capadocia latiendo en los racimos de uvas dulces y negras, en las higueras que exhiben voluptuosas sus higos maduros, y en el sol que instaura su dominio de luz sobre las cosas. Los pueblos están plantados en cuidadosos intervalos entre curvas y curvas de rocas danzantes que con sus estrambóticos relieves hacen más desérticas esas soledades o más solitarios esos desiertos.

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El saludo que la antigua ciudad de Ürgüp propina desde la ventana es inolvidable. El paisaje, de repente, se vuelve fabuloso.  A la izquierda del camino se eleva un muro de roca. La pared es tan alta como una muralla, y está tallada en ventanas y puertas de casas-cuevas más allá de cuanto los ojos pueden contar. A primera vista la Ürgüp troglodita es una ciudad moldeada y habitada, un mundo de hadas y de luna, un paisaje barroco inolvidable. Muchas de esas ventanas desde las que alguna vez miraron campesinos hoy están convertidas en hoteles de lujo, pero desde debajo de la colina sigue pareciendo como un jardín de roca creado por un niño gigante.

A la derecha del morro troglodita se encuentra el actual pueblo de Ürgüp, dueño de una decena de calles ensortijadas y un centenar de bellas casas de piedra con portones de alma vieja y sabia. En una pequeña plaza central se dan cita la mezquita, los supermercados y la torre del reloj, escenario cotidiano que convive con la maravilla natural que lo rodea. Ürgüp, como toda Capadocia, es un sitio hecho a medida humana, y en sus calles, cuando el alboroto de la plaza se acaba, es posible creer que el tiempo ha dejado de pasar desde al menos cien años atrás.

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Ortahisar tiene un nombre que me sonaba a vasco, pero que en turco significa “la fortaleza del medio”.  No nos llevó hacia allí otro designio más que el azar. Los pueblos de Capadocia son tantos y tan escasos los autobuses que cuando vimos uno nos decidimos a tomarlo a donde fuera que nos dirigiera.

La calle principal vertebra al pueblo y a su vera se arriman las casas de té con sus mesas sobre la vereda. Una larga hilera de hombres se sienta en torno a las devotas mesas vacías de Ramadán, a ver pasar la tarde bajo la sombra de los techos de madera. Algunos juegan al dominó, otras conversan, algunos se reclinan sobre sus tesbihs o rosarios a esperar el fin del ayuno. Seguimos caminando hacia el fondo del pueblo. Hay un puñado de tiendas de recuerdos vacías en donde comprar mantas de lanas de colores con motivos locales y decorados cabestros y ronzales para caballos o camellos.

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A lo lejos, se ve una figura extraña. Una torre de piedra blanca y amarilla, retorcida como manteca, llena de huecos que ofician de ventanas y puertas y condecorada en su cima la bandera turca. Es el castillo de Ortahisar, la fortaleza que le da nombre al pueblo. Fue en algunos tiempos vivienda, en otros depósito de armamento y hoy, si es que está abierto, alberga por pocos minutos a los turistas que se aventuren por un pedregoso camino. Según la leyenda popular, este “castillo” está unido con fortalezas cercanas, como la de Uchisar por túneles subterráneos kilométricos. Si pensamos que muy cerca se encuentran dos monumentales ciudades subterráneas (la de Derinkoyu con 60 metros de profundidad, la de Kaymakli más extensa, con capacidad para miles de personas) y hay unas 34 ciudades bajo tierra más de menor tamaño en el área de Capadocia, no suena tan extraño.

Caminábamos en dirección al castillo deteniéndonos, perdiéndonos por las callejuelas. Los caminos transversales no son más que pequeños pasillos amurallados por antiguas casonas de piedra. Algunos viejos de chaleco y bastón y ancianas con pañuelos que le cubrían la barbilla descansaban en la entrada de sus cuevas convertidas en casas, frente a las viejas y descoloridas puertas y ventanas de madera.

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Una de esas abuelas que parecía desconocer el tiempo a no ser por la peste del turismo que sin querer nosotros también propagábamos con nuestros pasos, nos invitó a entrar a su casa en cuanto nos vio pasar. Alegamos que no teníamos dinero y nos dijo que no le importaba, que bastaba con que tuviéramos una cámara de fotos. Abrió el antiguo portón de su casa y descubrió para nosotros un espacio abierto cubierto de excrementos y yuyos. Se internó dentro del patio y oculta detrás de un arco de piedra gris comenzó a proferir unos sonidos extraños. Desconcertados, nos limitábamos a esperar.  Del corral salió lentamente una oveja grande y blanca. Unos segundos más tarde vi que detrás de ella había dos ovejas más, pequeñitas. La mujer sonreía orgullosa. Nos pidió que fotografiemos a las pequeñas crías con la ternura de una madre que sabe que su hijo es el más bello. Tomamos con timidez una foto a los tres animales y la anciana la aprobó con una sonrisa antes de abrirnos de nuevo la puerta y dar por cerrado aquel fugaz encuentro silencioso.

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En Uchisar los ancianos de caminar acaracolado eran los dueños de las calles. Junto a los camiones pintados de colores y a los portones de madera antigua y desvencijada los viejos pasaban la tarde charlando tal vez de los lejanos tiempos en los que ellos y el pueblo fueran niños. Los pocos jóvenes que quedaban cazaban turistas en sus puestos de artesanías y antigüedades. Me hicieron pasar a una tienda por culpa de mi mirada curiosa y su holgado posarse sobre unas piezas de cerámica. Nos invitaron un té que fue a servir un niño de menos de diez años, mientras que el artesano dibujaba con belleza y presteza arabescos sobre las piezas de cerámica que luego serían pintadas y esmaltadas. Sentado a la mesa, comenzó a charlar con nosotros un poco por curiosidad, otro tanto para vendernos. -Si tuvieron dinero para el pasaje, ¿cómo no van a tenerlo para comprarme mis piezas?- nos preguntó, incapaz de creer que viajábamos a dedo y que en ese momento no llevábamos con nosotros lo suficiente para costear sus artesanías. No dejaba de quejarse de su vida, del trabajo, de no poder viajar, y sin embargo yo pensaba que su suerte era buena. Tenía un auto, una casa y una tienda, un trabajo de dibujar arabescos sobre la cerámica, siempre iguales y a la vez siempre distintos, y pasaba los atardeceres viendo ese sol caer, tomando luz y té, conversando con viajeros de tierras lejanas al lado de un castillo de piedra horadada, atravesando valles con formas de chimeneas de hadas para regresar por la noche a su casa.

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Caminamos rumbo al castillo de Uchisar. En su entrada las señoras del pueblo pasaban la tarde tejiendo puntillas, bordeando pañuelos para vender a los turistas. Mujeres de distintas edades pero en su mayoría ancianas, hacían todas exactamente los mismos “productos”, labores idénticas que parecían haber surgido en tiempos inmemoriales todas de la misma mujer, de la misma madre.

Desde la cima vacía del castillo cerrado el paisaje de Capadocia se reclinaba ante nuestros ojos. El sol caía y la roca se volvía dorada. Abajo estaban los valles, las casas de piedras que se confundían con la materia del castillo, las cuevas convertidas en moradas, el pueblo, los colores del atardecer, las rocas de los durmientes, los campos, los otros pueblos, el minarete de la mezquita, la planicie, la estepa llana.

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Moverse por Capadocia sin auto es un poco difícil, puesto que el transporte público es escaso y solo funciona desde las ciudades. Las alternativas se reducen por lo tanto a dos: hacer autostop, y sentir la magia de los pulgares al cielo cuando el primer coche para, o caminar. Gracias al dedo, conocimos a un guía turístico que nos dio una explicación gratuita sobre Capadocia, a condición de que contáramos donde fuéramos a cerca de la hospitalidad de los turcos. Gracias a las caminatas nos perdimos una tarde entre el polvo y la roca del valle, dorada por el cielo del atardecer.  Salió la luna, el sol comenzaba a caer y desde el centro de aquel valle veíamos nuevas y bellas formaciones, paredes de piedra con ventanas horadadas y puertas mágicas que tal vez aun fueran casas, pero ningún indicio capaz de señalar nuestro rumbo. La noche acechaba y estábamos encerrados en un laberinto sin puertas, deambulando en círculos bajo el ritmo de la desesperación, hasta que, al fin, casi como por azar, logramos encontrar el camino de regreso.

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De todos los senderos que nos llevaron por Capadocia, el que nos condujo a Hacıbektaş fue el más extenso y el más impredecible. En ese pequeño pueblo a 60 km de Ürgüp se encuentra el mausoleo de uno de los más antiguos santos de Anatolia, Hadji Bektash Veli.

Hadji Bektash fue casi exactamente contemporáneo a Rumi, y vivió desde 1209 a 1271, en una época dorada del Islam. Era seyyed, descendiente del Profeta a través del séptimo imam shia, Musa al Kazim, y dedicó su vida a enseñar a los campesinos de Anatolia su filosofía islámica, basada en el respeto y amor a todas las criaturas. Hadji Bektash dio inicio a una de las tariqas sufis más propagadas por Turquía y los Balcanes, la bektashi. Cada diciembre sus seguidores, en gran parte alevíes que consideran al santo uno de los grandes maestros de su camino, se unen en una celebración entre el 16 y el 18 de agosto, entre danzas y plegarias.

A diferencia de Rumi y su exquisita poesía persa comprendida en las ciudades, Hadji Bektash atrajo tanto a los recién islamizados jenízaros como a los sectores rurales de la sociedad otomana y, eso explica que su mausoleo se encuentre en un pequeño pueblecito en mitad de los campos de Anatolia. Para ir a visitarlo tuvimos que empuñar nuestros pulgares y despegarnos de los senderos turísticos.  El camino quería alardear de la diversidad de gentes que lo transitaban: primero nos llevó un juez, y luego un joven campesino llamado Hakki, “verdad”. A bordo de su camión que transportaba un alegre grupo de vacas tomamos el camino que habíamos marcado en el mapa pero nos salimos de él rápido. Ya no había asfalto, si no mujeres que doblaban sus espaldas hacia la tierra, las cabezas cubiertas con pañuelos, las amplias babuchas floreadas rozándose contra el pasto.

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El paisaje había cambiado. Se habían acabado las chimeneas y las rocas y el campo era a veces amarillo, a veces verde, a veces negro por el fuego que había pasado sobre la cosecha, y recordaba a la pampa natal, la de los bellos años en los que el alambrado no existía. No había carteles, no había señales, solo estelas marrones delineadas entre los campos, brechas que eran caminos para quienes sabían hacia dónde iban. Y justamente eso me preguntaba yo. ¿A dónde estábamos yendo? ¿Era seguro dejarse conducir por un desconocido en aquellos parajes sin nombre? A diferencia de nuestra vida en casa donde creemos y procuramos saber todo, donde todos los minutos están contados y no hablamos con desconocidos ni vamos sin saber a dónde, ni avanzamos sin importar a qué lado, el viaje es a veces el lugar de la incertidumbre gozosa, de la suspensión del plan y del pensar y también del miedo y hasta de la sorpresa. Aceptamos que alguien nos ayude, nos hable, nos lleve, nos de, nos pregunte, nos invite, nos aloje, nos compre comida, nos cocine, nos trate como sus invitados. Sencillamente nos dejamos llevar sin jamás proponérnoslo, sin darnos cuenta. Algo acontece en el camino que nos saca de nosotros mismos, que nos entrega a la vida.

Nadie sabía que estábamos vagando por ese camino que surcaba la nada dorada de los campos, tierras de burros y tractores.

– No temas, hermana – dijo el joven conductor como si leyera en mi rostro mi alma -Vamos a dejar los animales y allí un auto los va a llevar hasta el santo-. No temí más.

 

-Mirar todo esto que estamos conociendo al salirnos del camino es un regalo inesperado- dijo mi compañero. Y dejé de preguntar si aquel era el rumbo correcto.

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Llegamos a un corral de animales, un matadero. Bajamos del camión enfrente de un galpón. Nuestro joven conductor, Hakki, sacaba las vacas y las ataba una a una a unas argollas que había junto a la pared. Cuando terminó dijo que quería mostrarnos los animales.

Primero fuimos a un corral techado donde habría unas 30 vacas. Parecía que todas se ponían en fila para saludarnos. Un niño que estaba por ahí fue mandado a traernos una pequeña cabra marrón y muy bonita para que veamos.

-¿Es tu hermano?- le pregunte a Hakki.

-No, es un trabajador-

Hakki era el patrón, y, nos dijo con orgullo, pronto iba a casarse. Trabajaba junto a esos hombres, algunos de los cuales eran afganos, y con aquel pequeño niño de ojos dulces que estaba aprendiendo el oficio. Quién sabe de dónde vendría o dónde estarían sus padres. El pequeño obedecía con rapidez y trataba a los animales con ternura. Nos trajo un cachorrito de tres días para que admiráramos, y nos mostró los perros a los que teñían de color rosa. Después nos enseñó los corderos y las vacas. Todas tenían cuernos y llevaban en las orejas unos aros o etiquetas con un chip indicando su procedencia. Nos sorprendió ver que algunas de aquellas vacas eran vecinas nuestras y habían hecho un gran camino para llegar hasta allí desde Uruguay.

Al niño se le había dado la tarea de entretener a las visitas, pero ahora esta llegaba a su fin. Más allá unos hombres acabaron de cargar una pila de cueros pestilentes en una camioneta. Cuando estuvieron listos subimos y arrancamos sin tiempo para despedirnos ni de aquel niño ni de Hakki, nuestro amigo del camino. Quedaba atrás para siempre esa estancia sin nombre y sin mapa, donde la vida era dura, áspera y sencilla, pero real.

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Nos llevaban ahora un viejo y un joven abrigados en su silencio. Pasamos por al lado de un bello lago azul, y al preguntarles nos dijeron que no sabían el nombre. Atravesamos pueblos diminutos, tan ensimismados en su cotidianeidad y tan ajenos a la nuestra, que me sentía como quien vislumbra un momento íntimo al otro lado de una cortina. Vimos carteles que anunciaban aldeas metidas monte adentro, invisibles, lugares que jamás conoceríamos. Y llegamos finalmente a Hacibektash.

-Allí está la tumba- nos dijo el viejo despegándose de su silencio y señalando un complejo de piedra que sobresalía en la planicie. Y nos lanzamos a caminar.

                                                                                                                                 (continuará)

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