Los siete santos de Marrakech: 1- Sidi Abdelaziz

En pocos sitios como en Jamaa el Fná es tan fácil oír al alba callar y olvidar las voluptuosas locuras de la noche. Ninguna escoba barre los secretos mejor que la claridad de la mañana, ocultando los puñales, las mentiras, la estela de amores y rufianes. Al clarear la gran plaza baja la cabeza entre inocente y arrepentida y se deja atravesar por las decentes señoras en chilaba que hacen sus primeras compras, por algunos cuantos escolares mediodormidos y por los taxistas que esperan cansados reclutar trabajadores y timar turistas. Unas horas después, cuando el sol del mediodía pega en Jamaa el Fná, todo se esconde obedeciendo fiel al lejano derrotero de las sombras que se ocultan. Por la tarde van floreciendo algunos vendedores aburridos, esparcidos y expectantes, habituales y repetidos. Es cuando llega el atardecer que el rojo de Marrakech se eleva y flota, y de esa reunión de cielo y roca nace una luz naranja que lo envuelve todo, como si acabara de rayar la aurora en un lejano cinturón de asteroides. Después se prenderán mil luces y mil fuegos. Los caminantes se deslizarán en trance, balanceándose desde el pulso de un grupo de tamborileros a otro. El humo de las hogueras y el aroma de la carne asada esconderán las tenaces estrellas del desierto. Pero antes, en el arrebol místico de Marrakech, en el mágico crepúsculo anaranjado, levitaremos envueltos en la atmósfera fugaz y etérea del ocaso, sobrevolaremos el suelo en el que estamos, subiremos las murallas, anidaremos los zócalos, seremos aire y polvo y luz. Eternos como un recién nacido, girando entre épocas y ausencias como un trompo encendido, nos entregaremos y nos perderemos en el atardecer, hasta que el adhan dulce del maghrib (que por algo significa este y significa Marruecos, país del ocaso) haga volar a los pájaros y nos devuelva al frágil influjo de lo vivo.

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Antiguamente en español Marrakech se decía Marruecos, y aún hoy la ciudad sigue funcionando como una especie de metonimia del país entero. Fue fundada en 1062, hace casi mil años, por el imperio bereber de los almorávides. Su mentor era Youssef Ibn Tachfin, un hombre del desierto que huía de los lujos de la vida urbana y sin embargo creó en Marrakech jardines, palacios y mezquitas de una belleza legendaria que desaparecieron para siempre cuando noventa años después la ciudad fue arrasada. Los nuevos dueños, los almohades, construyeron la actual silueta de la ciudad: la fabulosa Kutubia (acusada de hacer “sangrar” a la ciudad hasta cubrirla del rojo que hoy inunda las paredes de la ciudad y la bandera del país), la Kasba y los Palacios. Varios siglos más tarde llegó Mulay Ismail, célebre padre de mil hijos. Para construir Meknes, la cuarta de las ciudades imperiales junto con Fez, Rabat y Marrakech, el sultán se llevó las riquezas del Palacio Badi, el más amado por los marrakshís. Como contrapartida les legó un fabuloso regalo: la convirtió en una ciudad santa.

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En Occidente se yerguen capitales sobre siete colinas. En Marruecos se levantan sobre la baraka de siete santos[1]. Muchos son los hombres y mujeres piadosos enterrados bajo la tierra rojiza de Marrakech, y quizás por eso haya quien diga que su nombre en amazigh significa “tierra de Dios”, pero son solo siete los que fueron escogidos para convertirse en patronos de la ciudad. Los Sabatou Rijal, como se los llama en árabe, han sido los elegidos para apadrinar espiritualmente Marrakech y elevarla al rango de “ciudad sagrada”. Abu Ali al-Hassan al-Yusi o Sidi Lahsen Lyusi como lo conocen en Marruecos, fue quien seleccionó a los siete awliyas por encargo de Mulay Ismail. Lyusi vivió durante el siglo XVII y nació en una aldea bereber muy cerca de la cual moriría después de haber peregrinado alrededor de su país buscando el conocimiento y la baraka o bendiciones de distintos awliyas. Era, según algunos, descendiente del Profeta a través de Mulay Idriss II y escribió renombrados libros, pero su herencia más difundida fue sin dudas la elección de los siete santos de la ciudad roja.  Llevó a cabo ese encargo no como un sirviente sumiso de un rey, si no como un hombre libre y piadoso. Él mismo era un santo y su poder espiritual, entendido también como una expresión de justicia social, lo conminó a no sucumbir jamás frente a la autoridad del palacio y a confrontar al sultán[2]. De aquel desacuerdo, cuenta la leyenda, Yusi salió victorioso. A Mulay Ismail muchos lo recuerdan como a un tirano, mientras que el trabajo del humilde bereber, la elección de los Sabatou Rijal, sigue siendo el río por el que corre la espiritualidad de Marrakech.

El Islam marroquí está impregnado por el sufismo y el marabutismo. Los estudiosos señalan que en el maghreb hay tres tipos de santos. Los primeros son los los sidi o sherif, quienes descienden del linaje profético a través de los nietos de Muhammad, Husein y Hasan. A este tipo pertenecen las principales dinastías marroquíes, como la de Idriss I, el fundador de Marruecos. El tercer grupo abarca a santos locales y populares, cuya biografía muchas veces se confunde con la leyenda. El segundo grupo está conformado por los santos que dieron origen a distintas órdenes sufíes y por sabios eruditos. A ese pertenece la élite sagrada de Marrakech.

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Los siete santos provienen de la rama letrada del sufismo y la fama de alguno de ellos es tanta que se extiende sobre toda la tierra del Islam. Estos awliya, amigos íntimos de Allah, instauran una deriva cíclica por Marrakesh, una coreografía itinerante de plegarias. Se los puede visitar en cualquier momento, pero en el adab local cada santo tiene un día asignado en el que los peregrinos confluyen y los sufíes organizan sus círculos de dhikrs y oraciones. La visita religiosa, la ziyara de los fieles, acaba por crear la semana.

Las cúpulas piramidales de tejas verdes anuncian en todo Marruecos el sitio donde descansa un gran santo[3]. Serían una guía segura para hallar, como nos proponemos, a los siete grandes de Marrakech. Pero vamos con la vista encauzada por un laberinto de muros rojizos que celan angostas veredas. Estamos en el corazón de la medina y no hay forma de mirar hacia arriba.

Nos lanzamos a explorar la ciudad sin más brújula que en anhelo de la visita e iniciamos la travesía hacia el santo que, dicen los mapas, nos queda más cerca: Sidi Abdelaziz Tebba. De él a penas sabemos algo más que el nombre. Nació y murió en la ciudad roja, se dedicó al comercio de la seda y en su adultez se interesó por el camino espiritual. Fue discípulo del Imam Jazuli y el fundador de su primer zawiya en  Marrakesh, en la que está enterrado.

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Para llegar hasta él nos internamos en el zoco. Absortos ante la belleza, nuestra pequeña caravana compuesta de un hombre, una mujer y un bebé se olvidó los ojos en los zelliges estrellados de una fuente antigua que se desteñía detrás de una bolsa con basura, en la exhuberancia de las lámparas amontonadas en las tiendas, en el tintineo de los martillos que labran el bronce, en los colores de los turrones, las babuchas y las djelabas. Entonces la ciudad hizo su laberíntico trabajo y nos largó desorientados en el otro extremo de la medina.

Perderse, en Marrakech, no es más que obedecer al destino. Oír la risa de la vereda al ver tu mapa. Creer que habías atravesado la ciudad y descubrir que volviste misteriosamente al punto de partida. Volver a intentarlo.  Caer en los lugares comunes y maldecir la vanidad inútil de los mapas. Lanzarse otra vez a la calle con el loco afán de querer llegar a algún sitio, con la infantil utopía de tratar de encontrar algo, negándonos ante la evidencia de que es la ciudad la que nos lee, nos encuentra, nos llega, nos recorre.

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En un buen momento, Marrakech nos dejó en una bifurcación. Especulé sobre a quién pedirle indicaciones y me decidí por una viejecita que vendía agua.

-¿Sidi Abdlziz?-dijo con la soltura con la que se nombra a un familiar, y señaló con certeza hacia el lado contrario al que marcaba nuestra desorientada intuición.

Un poco más allá había un muro de azulejos azules con un arco oriental de estuco blanco tallado con estrellas y guirnaldas en un trazo fino como un lápiz. Arriba del arco reposaban las muqarnas de madera, y desde atrás de un pequeño corredor los vidrios de colores de la puerta nos invitaban a pasar.

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En las mezquitas marroquíes las puertas nunca están abiertas del todo: o se cierran cuando termina la oración comunitaria, o bien esperan a los fieles después del adhan discretamente entreabiertas. Al trasponerlas la bienvenida nos la da siempre el patio, un jardín blanco, un paraíso en miniatura sin más verde que el de sus dos naranjos, uno a cada lado de la fuente. De la ciudad, a la naturaleza mediada, de lo mundano a lo divino. En los patios de las mezquitas marroquíes todo calla salvo el tintineo prístino del agua y si la mirada se fuga se refugia serena en el cielo enmarcado, o rebota curiosa en los girih de colores de los azulejos que visten los muros como galaxias lejanas y dibujan flores en el suelo. Después del patio que marca la entrada al paraíso de la fe, después de la purificación del agua, visitamos al santo y luego entramos separados a rezar en comunidad la oración del viernes.

Cuando la mayoría se había ido rumbo a sus hogares, nos invitaron al cuscús colectivo de los que tal vez no tuvieran hogar: en torno a una gran bandeja se sentaban hombres y mujeres, una rodilla en el suelo, la otra entre los brazos, expertos en el difícil arte de comer con las manos sin tocar la lengua con los dedos. Comimos en un silencio roto por algunas sonrisas e invitaciones gestuales de desconocidos que nos cedían las preciadas presas de pollo. Aunque tal vez las desearan más que nosotros, en Marruecos la hospitalidad es una virtud que la pobreza jamás pudo robarle a nadie. Aceptamos con honor la comida bendita del viernes y comimos de nuestro lado hasta saciarnos. Después nos lavamos como los demás las manos y algunos granitos de cuscús nadaron en el fondo azulejado de la fuente. Nos despedimos de Sidi Abdelaziz y sus amigos y salimos mezclarnos en la maraña de Marrakech. Al volver la vista atrás la puerta se había cerrado. Y un poco de baraka se escapaba fugaz por el fulgor colorido de la puerta.

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Continuará…

[1]  Hay siete famosos santos en muchas ciudades, pero los más especiales, míticos y misteriosos son tal vez los Siete santos de Regraga, cerca de Essaouira, de quienes se cuenta que eran bereberes cristianos que viajaron a conocer al Profeta Muhammad y aceptaron de él mismo el Islam y la misión de llevarlo de regreso a sus tribus. Cada año se celebra en la región una peregrinación masiva de cuarenta días de duración en la que desfilan caballos y santos, pero esa es otra historia…

[2] El episodio de la contienda fue el siguiente: según la leyenda Yusi, siendo invitado en el palacio del soberano, se enteró que el sultán no soportaba la más mínima falta en los miles de esclavos que construían su magnífico palacio nuevo. Cuando alguien cometía un error mandaba a que lo adosen, vivo, a la pared. Al Yusi no dijo nada pero sistemáticamente rompió una por una la vajilla en la que los siervos del sultán le llevaban día tras día suculentos manjares, al punto de acabar con todos los platos del palacio. La noticia llegó a los iracundos oídos del temible Mulay Ismail.

-¿Cómo osas tratar así a tu anfitrión y soberano?- le preguntó el sultán, encolerizado, a Yusi. El santo retrucó:

-¿Acaso vale más la arcilla que crea Dios que la que hace el hombre?

Enfurecido Mulay Ismail lo expulsó de la ciudad, pero el santo no se fue, si no que buscó refugio en el cementerio. El sultán mismo se dirigió hacia allí con su caballo.

– Ya dejé tu ciudad y entré a la ciudad de Dios- le dijo el santo cuado vio al soberano acercarse, pero de todos modos el jinete se dispone a atacarlo. Como toda respuesta Yusi traza una marca en el suelo a su alrededor. El sultán saltó pero al atravesar la línea dibujada por el santo su caballo comenzó a sumergirse en el lodo. Vencido, el sultán dejó en libertad al santo y le concedió el título de sherif o seyyed.

[3] Hoy en día los usan para otros edificios, incluso vimos uno sobre un Mc Donalds en Fez. ¿Apropiación cultural o sincretismo capitalista?

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