Itinerarios por la Macedonia sufi: I-Tetovo

Macedonia es un pequeño país en el planisferio y un gran desconocido de los mapas mentales. Su nombre es antiguo y está escrito en cientos de libros de historia. Entre las letras de su nombre brillan el gran Filipo y su hijo, el legendario Alejandro a quien los europeos llaman “el Magno” y algunos musulmanes “Dhul Qarnayn”: el que recorrió el mundo y encerró la maldad de Gog y Magog tras un fortificado muro. De aquel reino guerrero de Macedonia que llegaba hasta el Mar Egeo y constituyó la cima de la cultura helénica, nada queda en este país más que el nombre. Paradojas del destino, el pueblo macedonio se llama como los que alguna vez fueron sus víctimas: los macedonios de hoy en día no son griegos, sino eslavos que desplazaron a los bizantinos con ayuda de los búlgaros hace más de dos mil años. Pero de aquella apropiación no salieron inmunes. Pese a que durante la ex Yugoslavia esas tierras constituyeron la “República Socialista de Macedonia”, Grecia aún sigue reclamando la exclusividad del nombre “Macedonia” para una de sus regiones y obliga al país a llamarse oficialmente FYROM o “Antigua República Yugoslava de Macedonia”[1]. De todos modos los eslavos no son los únicos que viven en el país. Están los turcos que permanecen allí desde los días del Imperio y también un 30% de la población que se reconoce como albanesa y vive allí una vida paralela, haciendo de cuenta que Macedonia no existe.

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Basta con llegar al centro de Tetovo para saberlo. Da la sensación, tan propiamente balcánica, de que nos caímos del mapa, de que nos equivocamos de ruta y cambiamos de país sin darnos cuenta. Una enorme bandera roja cuelga de la plaza central haciendo volar al águila negra que lleva dibujada. Los autos ostentan patentes de fantasía que dicen “AL” en vez de “MK”, los carteles de los negocios se escriben en albanés, los niños susurran en 36 letras distintas y el cirílico parecía estar prohibido en los carteles. Caminando, descubriría el otro centro, el de las mujeres altas en minifalda, los negocios elegantes y el habla eslava. Después, también, sabría que en el 2001 Tetovo fue el corazón del movimiento de la insurgencia albanesa en reclamo por el derecho a la lengua y a la educación en su idioma natal. Como Macedonia temía una secesión similar a la de Kosovo, ambas fuerzas se enfrentaron bélicamente bajo la mirada atenta de los organismos internacionales. El conflicto concluyó meses después con el acuerdo de Ohrid que concedía más derechos a los albaneses a condición de que cesaran sus demandas independentistas. Ahora la vida transcurre en paz, pero a la distancia: cada grupo étnico “elige” un sitio distinto de la ciudad para concentrarse y en la zona antigua de Tetovo parece que son los macedonios los que se replegaron dejándole el centro a los antiguos ilirios.

El corazón de Tetovo se encuentra junto al río dulcemente llamado “Pena”. Un puente de piedra, tan antiguo y sencillo que ningún viajero medieval se tomó el trabajo de describirlo, atraviesa el río de extremo a extremo. Es verano y el agua danza flaca en su cauce de roca, junto a la tubería yugoslava. En una vera se levanta un antiguo edificio. Muros de bloques de piedras, pequeñas ventanas, cuatro domos y un techo cubiertos de tejas. Parece que fuera una pequeña iglesia ortodoxa y sin embargo se trata de un hammam otomano del siglo XVI, usado ahora como galería de arte.

Un poco más allá se encuentra el edificio que supo ser el centro de un gran complejo que incluía el hammam. Su nombre es el más justo posible, Šarena Džamija, “la mezquita decorada”. Si no fuera por su minarete otomano hubiera creído que era una cajita de fósforos pintada, un castillo armado con naipes azules, ocres y rojos, una casita fugada de algún cuento de hadas.

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La mezquita está en el centro de un pequeño jardín amurallado, dividido por un camino al que escoltan cipreses y rosas. La fachada está pintada con un entramado de paneles rectangulares con motivos geométricos de distintos colores, y centros de rayos, soles y estrellas. No tiene un domo, si no un tejado. No hay un gran pórtico, si no hermosas columnas que forman una galería techada y alfombrada donde los locales dejan los zapatos, rezan o se sientan a conversar.

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Amarillo y naranja como un jardín bajo el sol del verano repleto de flores y adornos, así es por dentro la Šarena Džamija. La luz entra por las pequeñas ventanitas y vitrales que bordean en dos niveles el perímetro rectangular de la mezquita e ilumina todos los frescos: jarrones rebosantes de flores, cintas, ramos de rosas, frutas, los 99 más hermosos nombres de Allah y, en la cúpula, los paisajes urbanos de ciudades perfectas, reales e imaginarias. Siempre me gustó esa idea medieval de reproducir las fachadas de los edificios sagrados para que sin viajar las multitudes los conocieran y viajando, los peregrinos los reconocieran. Ver aquellas imágenes, utópicas y bellas, te hace pensar en el viajero que los mantuvo en la retina, kilómetro tras kilómetro, para depositarlas con ojos de sueño en algún muro de su ciudad natal y en aquel pintor que sin moverse jamás de su aldea, soñó con Kabas y Medinas y las dibujó en su corazón. Barcos y puertos, árboles y montañas, estrellas y konaks se dan la mano en las coloridas guardas de la gran mezquita de Tetovo como si se empeñasen en mostrar que la voluptuosa diversidad del mundo es también una manifestación de la belleza de Allah. El nombre del creador está escrito en letras doradas sobre el mihrab de mármol blanco, señoreando sutilmente el complejo cosmos de las paredes.

 

En los Balcanes las mezquitas pintadas a mano no son la excepción, si no la regla. Los azulejos dejan paso a los frescos por razones tanto económicas como artísticas. Hay mezquitas pintadas en Albania, en Kosovo y en Bosnia, pero de todas las que tuve la gracia de visitar, la de Tétovo es sin duda una de las más hermosas. Y eso tal vez se deba a que no fue un sultán o un visir quien la construyó, si no que es obra de dos nobles hermanas. Hurshida y Mensure, quienes en 1438 financiaron el complejo, duermen ahora en el jardín debajo de su humilde turbe octogonal de domo abierto. Su historia fue hace mucho olvidada, pero las sobrevive su nombre, su jardín y la belleza de su obra piadosa.

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Las bellas mezquitas pintadas de los Balcanes parecen destinadas a luchar para sobrevivir. Soportaron terremotos, guerras, saqueos y ahora luchan contra los intentos salafistas de blanquear sus paredes bajo el nombre de la restauración. La resistencia se extiende también a los antiguos tekkes o conventos de derviches. El más famoso de la región pasó los años de Tito convertido en una disco. Se trata del tekke de Arabati Baba.

Para llegar hace falta salir de la ciudad. Hay que deshacer las callejuelas de antiguas casas otomanas en donde se venden cunas de madera para mecer a los recién nacidos y es posible ver hombres llevando plis, los antiguos gorros de fieltro. Es que en Tetovo las tradiciones son obligaciones y se vive al ritmo ritual, del que se enorgullecen los negocios artesanales del centro. Están los vestidos para bodas, las dimijas bordadas con hilos dorados y los caftanes de seda que se llevan en los largos días de fiesta en donde el dinero circula y se expone, como se exhiben también los regalos que las familias intercambian, ya que las dotes son para todos. Tías, tíos, cuñadas, hermanos y abuelos, cada uno da y recibe su regalo de bodas y los deja por una semana en la mesa del living, para que todas las visitas puedan apreciarlos. Del mismo modo las tiendas de bodas ocupan una calle especial, como si toda la ciudad se enorgulleciera de ellas y quisiera tenerlas siempre a la vista, junto con los trajes blancos llenos de lentejuelas para los niños circuncidados y las banderas rojas. La persistencia de las tradiciones mantiene viva la identidad en el país “otro”, y para mantener vivos los ritos, hace falta ser más albaneses que en la misma Albania.

Entre el verde de los árboles brilla también la bandera del águila bicéfala pendiendo de una especie de fortificación de madera. Es la entrada al tekke Arabati y parece la puerta de un campamento guerrero. Según cuenta la leyenda, bajo el reinado del Sultán Suleimán el Magnífico, a un hombre llamado Ali le fue dado un sueño junto con la voluntad para seguirlo. Este Alí era un visir de la corte, hermano de Mahidevran, la primera esposa del Sultán. El sueño era una invitación para dejar el poder mundano y convertirse en un heterodoxo derviche bektashi.  Por la mañana, Ali compareció ante el padishá para pedirle autorización para dedicarse a la vida espiritual y abandonar los asuntos del estado. -Tenés que ser un tonto para irte- le dijo el Sultán, y Alí se fue. Se fue a una de las zonas más remotas del Imperio, la antigua Kalkandelen, actual Tetovo y tomó el nombre de Sersem Baba, “el padre tonto”. Aunque volvió al lado del Sultán para ayudarlo a combatir varias rebeliones, Sersem Ali siempre regresó a Tetovo, donde murió en 1569. Su principal discípulo, Arabati Baba, construyó su tumba y su complejo y es por eso que el tekke lleva su nombre (de todos modos, supongo que también contribuyó el hecho de que casi cualquier nombre sería mejor que el de “sersem”).

Es domingo al mediodía, estamos en mitad de la primavera y el tekke, más que ninguna otra cosa, es un jardín. Estamos protegidos por altos muros que alguna vez fueron establos. Entre los árboles se alza un peculiar shadirvan o fuente, dentro de un hermoso kiosco de madera labrada. Uno de los edificios alberga una pequeña mezquita en la que un grupo de mujeres lee el Corán. Fue hace algunos años que un grupo de “fundamentalistas” sin fundamentos ocupó por la fuerza ese espacio para convertirlo en una mezquita, motivados por su rechazo al bektashismo, al que consideran como mínimo desviado de la heterodoxia islámica. Los bektashis, en sus comienzos una tariqa sufi fundada por Haci Bektash en Capadocia, se acercaron al alevismo turco y abandonaron los pilares del Islam: no ayunan, no rezan, no van a la Mecca y beben alcohol. Su compleja filosofía combina sufismo y shiísmo con elementos chamánicos de Asia Central, de zoroastrianismo, hurufismo y de cultos populares. Los Balcanes, y en especial Albania, son el polo actual del Bektashismo desde que Ataturk cerrara sus tekkes al comenzar su república. La sede del bektashismo está ahora en Tirana, pero nadie ignora que hasta hace poco era aquí, en el tekke Arabati donde vivía el dede principal de la tariqa.

 

Un hombre con gorro y barba hasta el pecho atraviesa el pasillo de piedra. Es el representante de la comunidad bektashi y se dispone a dar una charla a un grupo de turistas europeos congregados para escucharlo. Se sienta en un sillón del tekke, frente a una pared llena de fotos y a una mesita llena de cosas y comienza su oratoria, plagada de chistes al mejor estilo bektashi. Los asistentes, en gran parte mujeres de shorts y musculosas, asienten regocijados en encontrar en las palabras cuidadas de aquel dede un poco de la sabiduría que han ido a buscar.

La tumba de Sersem Ali Baba se encuentra afuera del tekke, en una galería techada cuyos muros llevan pintadas las imágenes de la Kaaba y de la Mezquita del Profeta, tal vez para acercarle algunas de sus bendiciones a quien allí descansa. Hace falta alejarse un poco más por los jardines para descubrir uno de los íconos del monasterio, el mavi konak. Se trata de un chardak o torre de dos pisos, el primero de piedra y el segundo de madera, pintada de un azul bellísimo que construyó un pashá para albergar a su hija enferma llamada Fátima. La joven tenía tuberculosis y su padre esperaba que la tierra sagrada del tekke la curara. La forma del chardak permitía que el viento danzara dentro de la torre y las ventanas de postigos azules le permitían a la joven expandir la mirada en el verdor de los montes. No sabemos si la joven Fátima se curó o no de sus dolencias, pero la bella casa que su padre construyó por su amor sigue siendo uno de los sitios más hermosos de Tetovo.

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[1] Hace poco se llevó a cabo un referéndum en el que la población decidió cambiar su nombre a República Macedonia del Norte, veremos cómo se implementa el cambio.

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